Pregunté sobre la prevención a uno de los mayores expertos en el estudio en el poder beneficioso- y dañino- de la mente, Irving Kirsch, psicólogo neoyorquino, director  del Programa de Estudios del Placebo en Harvard. De su respuesta se destilaba que las expectativas que ponemos en la vida pueden contribuir a prevenir muchas dolencias. Kirsch lleva décadas estudiando el efecto placebo y cómo éste influye en la salud de las personas. Gracias a trabajos como el suyo, hoy sabemos que buena parte de lo que esperamos es lo que cuenta con relación a cómo nos encontramos. En dicho aspecto Kirsch coincide con Tali Sharot, psicóloga israelí afincada en Londres que constata con sus investigaciones que los humanos gozamos de un carácter optimista innato. En consonancia con Sharot, según Kirsch, nuestra manera de ver las cosas y cómo nos sentimos dependen en buena parte de lo que anticipamos, de lo que esperamos, de lo que creemos. Esta expectativa está en la base del efecto placebo- y del nocebo-.  Las creencias optimistas y pesimistas de nuestro provenir condicionan el mismo. Que un medicamento funcione no solamente depende del principio activo, también está en juego la creencia del paciente sobre el efecto del fármaco. Lo corroboró Kirsch:” Sabemos, por ejemplo, que la morfina mitiga el dolor. Sin embargo, si el paciente no sabe que le están dando morfina, si se la administran por vía intravenosa sin decirle: “Ahora vamos a darte morfina”, ésta no resulta tan eficaz. Pierde la mitad de su eficacia. ¿Y esto qué significa? Pues que la mitad de la eficacia de la morfina como analgésico se debe a su composición química, pero la otra mitad tiene que ver con el cerebro, con la mente”.

 

Increíble, ¿no es cierto? Hasta el papel del médico influye en la efectividad del tratamiento, y lo hace por dos motivos. El primero es la capacidad de contagio de su propia esperanza frente a la efectividad del tratamiento: si el doctor se muestra convencido, el paciente le otorgará su voto de confianza en que algo va a  cambiar, estará más predispuesto. El segundo motivo es la sensación de calidez y consuelo que obtenemos cuando alguien parece preocuparse por nosotros. Ello puede contribuir a mejorar nuestro bienestar y, de hecho, esta faceta del facultativo es idéntica a la de un amigo cuando le metemos el rollo y lo hacemos partícipe de nuestras penurias y vicisitudes. Kirsch me puso el ejemplo de un estudio realizado con pacientes con el síndrome de intestino irritable a los que se recetó un placebo. Para unos la prescripción fue rápida y escueta. El médico mostraba un carácter frío y los despachaba en un periquete son demasiadas atenciones. En cambio, a los pacientes restantes el médico les dedicó tiempo, los escuchó y fue próximo, cálido y amable. Mostró interés e incluso preocupación por los síntomas del paciente, y fueron precisamente los pacientes de este perfil de médico los que más mejoraron. Y recordad: ¡mejoraron con un placebo!

Incluso la forma de administrar de un fármaco puede influir en la sugestión del paciente y en su efecto curativo. El principio activo es el mismo en una pastilla, en una cápsula o en una inyección. La cantidad es la misma en los tres formatos. Sin embargo, varios estudios han indicado que las cápsulas son más eficaces que las píldoras, pero que las inyecciones funcionan todavía mejor. Asimismo, dos píldoras funcionan mejor que una sola y cuatro todavía mejor (insisto, con la misma cantidad de principio activo). Y aún más: según Kirsch, el placebo más eficaz de todos es la falsa cirugía, en pacientes a los que se volvía a coser sin ninguna otra intervención.

El mecanismo cerebral por el cual el efecto placebo funciona todavía no está claro del todo, pero, como señala Kirsch, hoy conocemos mucho más que una década atrás y seguimos aprendiendo. Sus estudios utilizan la resonancia magnética funcional, un método que permite obtener imágenes de las zonas del cerebro que concentran mayor actividad; y lo mejor de la técnica es que permite visualizarlo en el acto, mientras el sujeto está realizando alguna acción. Si, por ejemplo, está escuchando música, se suele detectar actividad en zonas de la corteza auditiva. En sus experimentos, el equipo de Kirsch provoca algún tipo de dolor o molestia en los pacientes y observa qué sucede en el cerebro. Acto seguido les administra un placebo y examina los cambios en la actividad cerebral. Con estudios de este tipo localiza las zonas del cerebro donde se ubican nuestras expectativas y cómo modifican la experiencia de lo que sucederá a continuación.

Otra línea de investigación se centra en el cóctel bioquímico implicado en el efecto placebo. Existen unas sustancias del cerebro que funcionan del mismo modo que los opiáceos. Son las endorfinas, unos neurotransmisores que cuando se liberan, inducidos tanto por ciertos fármacos opiáceos como por nuestra propia capacidad de sugestión, atenúan la sensación de dolor. Pero las endorfinas no son las únicas sustancias implicadas en el efecto placebo. El papel de las endorfinas se puede bloquear con una sustancia química llamada naloxona, aunque Kirsch, en sus experimentos, observó que pese al bloqueo con este compuesto seguía produciéndose efecto placebo en varios casos. Lo vio, por ejemplo, con los antiinflamatorios, fármacos no opiáceos que no se pueden bloquear con naloxona porque no tienen nada que ver con las endorfinas. Así, parece que existen varios procesos que explican la existencia del efecto placebo, y aún queda mucho recorrido por delante en este campo de estudio.

El placebo tiene un efecto  mayor de lo imaginado. Pero, cuidado, éste tiene también un hermano malvado: el nocebo. Viví durante cuatro o cinco años en Haití como representante del Fondo Monetario Internacional. Allí pude aprender sobre el vudú. No a practicarlo, sino a estudiarlo y vivirlo como fenómeno de masas profundamente enraizado en  las creencias del país. El vudú es una cultura heredada de los tiempos de la esclavitud y que las élites corruptas siguieron y siguen alimentando. Yo mismo pude contemplar cómo el propio Papa Doc, gran demagogo que echó mano del vudú para prolongar su poder, gritaba desde el balcón del palacio presidencial: “¡Je suis inmateriel!” (Yo soy invisible). En Haití aprendí que la cultura vudú está reñida con el progreso, igual que el resto del pensamiento dogmático que sigue amordazando a medio mundo. No era extraño, al pasear por las calles de Puerto Príncipe, escuchar el tam-tam de algún ritual no muy lejano o cruzarte con alguna persona que entre el creole y un francés bastante oxidado te paraba, presa de la desesperación, para compartir la desdicha de creerse víctima del vudú. Uso lanzaban maldiciones, pero quienes se las creían acababan encarrilando su destino.

Ni magia ni maldición ni mal de ojo---El nombre correcto es nocebo. Irving Kirsch también me habló de esta faceta oscura del placebo y de su insospechado poder. Estar convencido de que las cosas van a ir mal predispone a eso mismo, a que vayan mal. Tomemos como ejemplo a las personas con depresión. En ellas, el nocebo se esconde tras el desarrollo de esta enfermedad. Al deprimirse, uno se siente desvalido y se convence de que jamás mejorará. La convicción prolonga la depresión, la retroalimenta; de aquí que sea un remolino de difícil escapatoria. En gran medida, la depresión se trata con su lado opuesto, con el placebo. El objetivo es despertar esa brizna de esperanza de que algo puede cambiar, generar una expectativa de mejora, por remota que sea. Así lo plateó Kirsch, para cerrar nuestro encuentro: “La indefensión del efecto nocebo se ve contrarrestada por la sensación de “sí, ¡quizá pueda!”. Normalmente no es una certeza, pero incluso ese “quizá pueda” supone una expectativa optimista que promueve la sensación de bienestar y ayuda a mitigar la depresión”.

UN psicólogo, un terapeuta, ayudará a la persona deprimida a adoptar esa perspectiva ligeramente positiva de sí mismo, del entorno y del futuro. Algunos fármacos también ayudarán. Pero, sin duda, si algo puede disparar la mejora es poder confiar en alguien que te haga sentir escuchado y comprendido. Así qua ya sabéis: cuidad a vuestros amigos.

 ( Eduardo Punset. Carta a mis nietas. Ediciones Destino. Barcelona. 2015)