EL CONCEPTO DE CIUDADANÍA Y SU EVOLUCIÓN HISTÓRICA

1. El concepto.

La filosofía, sobre todo en sus dimensiones éticas y políticas, va fundamentando a lo largo de la historia el concepto de ciudadanía. En efecto, este ya aparecerá desde los primeros tiempos, bajo el término griego "polis" que recoge la dimensión de la ciudadanía ejercida como participación en la política y en el ejercicio del poder, el concepto latino de "civitas", entendido como lugar de civismo o de participación en los asuntos públicos y también el latino "urbs" como concentración física de personas y edificios.

La ciudadanía, en su acepción clásica, se corresponde con un estatus jurídico y político mediante el cual el ciudadano adquiere, respecto a una colectividad política, unos derechos como individuo-civiles, políticos, sociales- y unos deberes-impuestos-. En su acepción moderna, se corresponde con el derecho y el deber de participación en la vida colectiva y democrática de un Estado.

A través de estas definiciones se puede apreciar cómo el concepto de ciudadanía se ha mostrado a lo largo de la historia del pensamiento como un concepto evolutivo. Además, este concepto se ha representado de forma dialéctica, pues se ha debatido entre derechos y deberes, entre estatus e instituciones, entre políticas públicas e intereses corporativos o particulares.

Más allá de esa dialéctica, en todas las sociedades del mundo se enseña a sus miembros a diferenciar entre "nosotros" y los "otros", desarrollando así lo que se llama "identidad cultural". La aceptación del "nosotros" supone el reconocimiento de nuestra identidad. La identidad cultural es la dimensión humana gracias a la cual ha sobrevivido la cultura de muchas sociedades aun en situaciones extremas de presión social, política, económica o ambiental. La ciudadanía también tiene su fundamento en esta dimensión humana y colectiva.

2. La ciudadanía en Grecia y Roma.

En Grecia, principalmente en las teorías de Platón y Aristóteles, se hace referencia a una vida digna de ser vivida, que es aquella en la que el ciudadano activo (aquel que conoce sus derechos y obligaciones, puede expresar su opinión y participa activamente en la sociedad. Su participación puede concretarse en la sociedad en el ámbito local, nacional, europeo y mundial) participa en la construcción de una sociedad justa, en la que puede desarrollar, en relación con otras personas, sus cualidades y adquirir virtudes. Por ello quien se recluye en sus asuntos privados acaba perdiendo, no sólo su ciudadanía real, sino también su humanidad.

Una herramienta esencial para llegar a ser un buen ciudadano es la educación, porque a ser ciudadano se aprende. El ideal de participación sería el de la democracia griega, directa, pero tal modelo tiene cuatro limitaciones: que es excluyente (solo para varones; estaban excluidas las mujeres, los niños, los metecos o extranjeros y los esclavos); que libres iguales eran solo los atenienses, no lo seres humanos; en tercer lugar, que la libertad era solo la de participar, pero no estaban protegidos en la vida privada, en la cual podían darse fácilmente las injerencias de la Asamblea y, por último, que la participación directa no es posible más que en comunidades reducidas.

También en nuestras sociedades democráticas existen sectores sociales, como los inmigrantes, que no tienen determinados derechos, como el de participar mediante el voto en la vida política.

Esta visión del ciudadano que participa en la construcción de la polis, que está interesado en las cosas públicas, que entiende que lo público es aquello que también le es propio, nace en la Grecia de los siglos V-IV a.C.

En Roma la ciudadanía se entiende en el contexto de una democracia representativa. La gran expansión del Impero romano provocó una manera distinta de entender la ciudadanía. El ciudadano ya no es el que participa, sino en que tiene garantizado unos derechos, que actúa de acuerdo con la ley y que se espera que esta le proteja. No es un miembro de la polis, sino un ciudadano del Imperio.

Este cambio se denomina como el paso de la "polis" griega a la "civis" romana. La ciudadanía, por tanto, supone un estatus jurídico y no un vínculo que exige responsabilidades de participación.

Habría que distinguir, por consiguiente, el concepto de ciudadanía en Atenas y en Roma.

En Atenas, la ciudadanía viene definida por la participación en la comunidad.

En el Imperio romano, la ciudadanía es menos excluyente, representa sobre todo una institución jurídica que supone el reconocimiento y garantía jurídica de unos derechos. La misma sociedad política es definida por Cicerón como "asociación de hombres unidos por un ordenamiento jurídico"; el vínculo es una idea abstracta y no una comunidad de vida, como en la polis griega. Del ciudadano-gobernante del mundo griego clásico, se pasa al ciudadano-súbdito del Imperio romano, que será el elemento en el que se apoye la filosofía política en el nacimiento del Estado moderno para sentar las bases políticas de la nacionalidad.

3. La ciudadanía en la Edad Media.

Con la caída del Imperio romano de Occidente se inaugura una nueva etapa, la Edad Media. En ella se pierde progresivamente la idea de ciudadanía entendida como la pertenencia a una comunidad, la del ciudadano-súbdito. Así, el sistema feudal medieval basa la idea de ciudadanía en una vinculación personal más que territorial, de linaje y de sangre. Se tiende a una comunidad política imperial, dejando atrás el concepto de ciudadanía de la etapa anterior. Además, en la sociedad medieval el individuo dispone de múltiples posesiones, privilegios, derechos, etc.

De todos modos, la idea de ciudadanía en sus inicios también es excluyente, pues solo los patricios romanos gozaban de plenos derechos aunque después esos derechos se ampliaran a otros colectivos de personas como los latinos, los libres, etc.

También es cierto que la ciudadanía pudo pervivir gracias a las ciudades, particularmente las del norte de Italia. Es más, en este período se utilizó el término de "democracias urbanas" aunque bajo esta fórmula que se empleaba además de en Italia, en Flandes, para designar las ciudades comerciales, se escondía en realidad un régimen aristocrático.

Por ello, la ciudadanía medieval fue limitada y local, pero no del mismo modo en todas partes. Allí no solo pervive la tradición teórica de la ciudadanía, sino que se mantuvieron y desarrollaron ciertas instituciones características y una práctica de la participación ciudadana.

En la Edad Media, el concepto de ciudadanía reside en la subordinación política a un señor feudal o a un monarca y no en la idea de participación política. Al inicio de la Edad Media se pierde progresivamente el concepto romano de "ciudadanía" entendida como "conquista de derechos", salvo en algunos lugares como el norte de Italia. Y con ello, se sientan las bases políticas de lo que será el concepto moderno de Estado-nación.

4. La ciudadanía moderna.

A pesar de que el Renacimiento trata de rescatar, por lo menos parcialmente, la visión y el patrimonio filosófico-cultural grecolatino para aplicarlos sobre todo en las ciudades- estados italianas, lo cierto es que este período de tránsito sirve mucho más a la concentración del poder en manos del monarca y la superación de la atomización medieval mediante el nacimiento del Estado nacional, que a la recuperación de la ciudadanía como categoría político-participativa.

4.1. El Estado absoluto.

En los siglos posteriores al Renacimiento, la ciudadanía casi desapareció, aplastada por las teorías y burocracias del Estado centralizado. El modelo político dominante en Europa occidental será la monarquía absoluta. Y en la medida en que la noción de ciudadanía estaba asociada a la de autogobierno, no hay ya lugar para el concepto clásico de ciudadanía.

La modificación del sentido de la ciudadanía tiene que ver sobre todo con la consolidación del Estado territorial moderno, caracterizado no solo por su amplia extensión, lo que dificulta la participación de una ciudadanía activa, sino por la concentración de poder en manos del príncipe y el desarrollo consiguiente de la teoría de la soberanía. El ciudadano viene a equipararse con el súbdito. El súbdito debe obediencia total hacia su príncipe soberano, no hay igualdad ni participación política. El soberano solo debe protección para sus súbditos. Esto favorece la aparición de una sociedad civil (es el conjunto de las organizaciones e instituciones cívicas voluntarias y sociales que forman la base de una sociedad activa y que elige a sus representantes políticos. Tiene la soberanía que le otorga el poder popular) separada del ámbito político.

4.2. La ciudadanía incluyente.

Las bases de una nueva función político-incluyente de la ciudadanía se sientan con la aparición de las nociones filosófico-políticas de estado de naturaleza y de contrato social a partir de las cuales se construye la idea de Estado y se le dota de la finalidad de garantizar los derechos y libertades que de forma natural disfrutaban los individuos.

La ciudadanía va a desempeñar, sobre todo en el pensamiento revolucionario anglosajón francés, una función de virtud cívica que permite unir a los individuos a través del reconocimiento de unos derechos civiles y de participación política más allá del mero vínculo legal de sujeción que había generado la nacionalidad para el Estado absoluto. El ciudadano comienza a ser identificado con el individuo integrante de la nación o del pueblo, y para ello tiene que ser igual a los demás por lo menos en su titularidad y ejercicio de derechos.

Destacan varios autores que enlazan la idea de ciudadanía con la noción de contrato. Este nuevo concepto de ciudadanía del XVII se explica a partir de T. Hobbes. J Locke y J. Rousseau. Estos pensadores pertenecen a la corriente de la filosofía política llamada contractualismo.

4.3. Las revoluciones burguesas.

Los estudiosos de la ciudadanía coinciden en afirmar que es en la época de las dos grandes revoluciones burguesas, y sobre todo con la francesa, cuando se asiste al renacer del concepto de una ciudadanía abierta, entendida bajo una triple dimensión:

• Ciudadanía legal. Recoge la igualdad abstracta ante la ley, frente a la ciudadanía donde se diferenciaba a sus miembros en función de los privilegios locales, corporativos y estamentales. Es la ciudadanía como estatus, que goza de igualdad en derechos ante el Estado. Esta remite a la idea de ciudadano como individuo.

• Ciudadanía política. Es la del ciudadano como sujeto político que participa en el gobierno de los asuntos públicos. Al depositar en el pueblo, no ya solo el origen de la soberanía, como hicieran las soberanías contractuales, sino el ejercicio de las mismas, las revoluciones francesa y americana recuperaron la ciudadanía como principio igualitario de pertenencia a una comunidad política y convirtieron al ciudadano en protagonista de la vida pública. Aquí la ciudadanía recupera su antiguo sentido de participación en el gobierno de la "res publica".

• Ciudadanía nacional-estatal. Según esta concepción, el ciudadano se presenta como miembro del Estado organizado como nación, y no a través de cuerpos intermedios. Se trata de la ciudadanía nacional. La nación sustituye al mosaico de relaciones personales entre los individuos y el soberano, y por tanto es un elemento decisivo para la traslación de la soberanía. La idea de nación hizo tomar conciencia a los habitantes de un determinado territorio estatal de una nueva forma de pertenencia compartida. Pero en cuanto nacional, la ciudadanía ha de ser excluyente.

Tras ambas revoluciones, el calificativo de ciudadano tiende a ser atribuido a todos los individuos adultos masculinos, Pero esta universalización tiene sus limitaciones. Las mujeres no iban a poder actuar en el espacio público en la nueva sociedad liberal. Sólo los varones podrán ser valorados positivamente como "hombres públicos" y el concepto de ciudadano no se podía ya entender como "persona perteneciente al cuerpo social" sino que su uso quedaba restringido a una acepción concreta, la referida a los "llamados a ejercer los derechos políticos", de tal manera que diversos colectivos sociales, como las mujeres, eran equiparadas a los menores de edad por su condición de "dependientes" y, por tanto, no podrían ser consideradas como ciudadanas.

4.4. La Revolución Francesa.

La revolución Francesa fue protagonizada por la burguesía. Los revolucionarios franceses inventaron en Europa la figura de ciudadano moderno y plantearon el horizonte de los derechos que se debían alcanzar para la obtención de una plena ciudadanía: los derechos civiles, los derechos políticos y los derechos sociales.

*Los derechos civiles. Incluyen la consideración de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley.

*Los derechos políticos. Comprenden el derecho de voto y el de la participación de los individuos en la política. Se resalta el modelo participativo.

*Los derechos sociales. Implicaban una perspectiva de igualación en las condiciones materiales de la vida de todos los ciudadanos.

Frente al absolutismo, la Revolución de 1789 trajo consigo la construcción de la ciudadanía, en la medida en que el Estado concedió a los individuos que lo integraban el derecho al disfrute de las libertades fundamentales, reflejadas en un conjunto de reglas jurídicas y políticas que las garantizaban. La nueva ciudadanía respondía a un modelo global e igualitario que se operó a través de la apropiación colectiva de la soberanía real.

Además, la democracia se inscribe desde los comienzos de la Revolución como condición esencial de la realización de una sociedad en libertad. La ciudadanía consiste en ejercer la libertad en sociedad.

La "Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano" de 1789 representa un nuevo concepto de ciudadanía y de Estado. Los valores de la revolución- libertad, igualdad y fraternidad- justifican la existencia de un Estado-nación repensado sobre las bases de la fraternidad. Los derechos están pensados en y para los hombres y por ello aún no son universales.

La evolución de los derechos humanos concluirá con la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" de 1948, en la época contemporánea, que será un punto de referencia obligado para una adecuada educación ciudadana y un referente ético. Esta declaración fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Junto con esta declaración están los Pactos Internacionales de Derechos Humanos que son tratados internacionales que obligan a los Estados firmantes a cumplirlos.

5. La ciudadanía contemporánea.

Para algunos autores las notas más destacadas del concepto contemporáneo de ciudadanía son la participación, los derechos y la pertenencia. Por ello un ciudadano es una persona que pertenece plenamente a la comunidad- no es un residente temporal- que tiene en virtud de ello ciertos derechos- y los deberes que les corresponden-, y que de alguna manera toma parte en la vida pública.

La ciudadanía representa una conquista que se va consiguiendo a lo largo de la historia. En este sentido, la ciudadanía constituye un ideal de vida política. Un buen ciudadano es aquel que, además de sujeto de derechos, es sujeto que participa en la construcción de la ciudad. Este ideal de ciudadanía representa a una persona propietaria de un cada vez más amplio repertorio de derechos que la comunidad política debe garantizarle.

(AA. VV. Filosofía y Ciudadanía. Bachillerato 1. Editorial Mc Graw Hill. Madrid. 2012)

La meta ideal de la filosofía sigue siendo puramente la concepción del mundo, que precisamente, en virtud de su esencia, no es ciencia. la ciencia no es nada más que un valor entre otros.

Autor: Edmund Husserl

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