SOCIEDAD Y ESTADO EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO

El siglo XX ha sido una época terrible para la historia de la humanidad porque es donde se han ensayado dos planteamientos de la relación sociedad-Estado muy polémicos como son el fascismo y el comunismo. Pero también reaparece el pensamiento utópico en política.

1. La solución fascista.

En Europa, el fascismo ha tenido varias versiones: el fascismo italiano, el salazarismo portugués, el franquismo español y el nazismo alemán. Hay diferencias notables entre ellos, como constata el desarrollo histórico. Por ejemplo, en el franquismo, la religión católica funcionó como un elemento fundamental para definir la unidad nacional, En el nazismo, fue la noción de raza. Pero todos los fascismos coinciden en defender un Estado totalitario como solución a los problemas que, denuncian, afectan a los estados liberales. Estos problemas pueden resumirse en dos:

*El liberalismo se presenta como un Estado nacido de un pacto constituyente, realizado por ciudadanos libres e iguales. Pero este pacto es una ficción, como también lo es el modelo de ser humano al que hace referencia. Y es que, en realidad, lo que hay son individuos que nacen en el seno de una comunidad histórica definida por unos rasgos objetivos (lengua, cultura, tradición, religión, raza, etc.): la nación. Y la nación no se escoge: se impone por la fuerza de los hechos a los individuos. Por eso, los individuos son, antes de nada, miembros de una nación, que es la que les otorga sus señas de identidad: soy lo que mi nación pone en mí.

*El Estado liberal, al exacerbar la libertad individual, convierte la convivencia en un marasmo de luchas intestinas en las que cada uno va a lo suyo sin capacidad alguna para sacrificarse en aras del bien común. Esto se traduce en el conflicto permanente (entre partidos políticos, entre clases sociales), que redunda en una pésima gestión de los recursos de la patria. El liberalismo a la ilegitimidad de su fundamento, suma la ilegitimidad de su ineficacia en la gestión.

La solución es el Estado totalitario que consiste en:

-La comunidad política es la nación históricamente constituida. Pero ¿quién es su portavoz? El caudillo cuya persona es el pueblo personificado en un individuo, lo que se constata en las aclamaciones que suscita, los baños de masas que recibe y los apasionados sentimientos de adhesión que el pueblo le demuestra. El caudillo da su vida por el pueblo; el pueblo, por su caudillo, encarnación de la patria.

-Si la soberanía política radica en la nación, y el caudillo es su portavoz, este ostenta el poder político. Y si la nación es una, el poder que el caudillo ejerce es también uno. No cabe, por tanto, división de poderes. El poder del caudillo es absoluto (poder legislativo, ejecutivo y judicial).

Esto supone:

_Supresión de las elecciones libres, de la libertad de expresión y asociación, de los partidos políticos, de los sindicatos, etc. (Si el pueblo habla por boca del caudillo, el caudillo nunca se equivoca y la crítica política con libertad de opinión y expresión es innecesaria).

_Pérdida de independencia del poder judicial, que ha de supeditarse a las directrices que emanan del caudillo y su gobierno.

_Carencia de garantías jurídicas frente a las acciones del Estado y su administración, pues al actuar en nombre de la nación, todo cuanto hacen es justo.

*El caudillismo sustituye la votación por la aclamación, el debate por la soflama, la colaboración por la sumisión y la crítica por la pleitesía.

*El ejercicio del poder absoluto exige la supresión de toda disidencia, es decir, de los ciudadanos que no reconocen su vinculación objetiva a la nación y su sumisión a la autoridad absoluta del caudillo que la representa. Consecuencia: instauración, dentro del Estado, de un régimen de terror que se encarga de la persecución y eliminación sistemática de cualquier opositor. Fuera del Estado, el fascismo desarrolla un militarismo justificado por el objetivo mesiánico de salvar a la humanidad de los peligros que la acechan.

*El control absoluto de la sociedad incluye el control absoluto de la vida intelectual. El fascismo promueve y ensalza un arte oficial al servicio de la nación, sus tradiciones y valores, y prohíbe toda discrepancia. En el ámbito de las ideas, tiende a defender lo irracional frente a lo racional: la adhesión a la nación se siente; la incorporación al proyecto nacional se vive; al caudillo, se le venera. A los intelectuales que no sirven a la glorificación de los intereses nacionales se los tilda de camarilla parasitaria y estéril (veneno para la unidad de la patria) y que hay que suprimir con la misma tranquilidad con la que se mata un molesto mosquito. El fascismo reduce el lenguaje político a una reiteración de palabras rituales, grandilocuentes y vacuas. La retórica de la "patria", "sangre", "tierra", "pasado de gestas gloriosas", "destino en lo universal", todos por igual sagrados, oculta los conflictos reales de la sociedad y solo busca la adhesión sentimental a los símbolos patrios.

*El fascismo mantiene una concepción aristocrática y elitista de la sociedad y de la historia. La sociedad aparece dividida en una masa amorfa, impersonal, adocenada, y una minoría protagonista y privilegiada que la dirige, con el caudillo, desde la obediencia más absoluta.

*El fascismo defiende el capitalismo y se alía con sus clases dirigentes. El fascismo ofrece a la alta burguesía empresarial y mercantil la represión y desmantelamiento del movimiento obrero, de los grupos comunistas y anarquistas. A cambio, recibe del capital el apoyo a la actividad económica y la financiación del partido y de la clase política dirigente.

2. La solución comunista.

Los regímenes del llamado "socialismo real" o "comunista" tienen en la filosofía de C. Marx su gran coartada ideológica. Para Marx, el motor de la historia es la lucha de clases, en la que las sucesivas clases oprimidas se rebelan contra sus explotadores avanzando en la progresiva liberación de la humanidad. Este proceso tiene un fin inexorable, que ha de preparar la reflexión filosófica, en la teoría, y la lucha política, en la praxis: la sociedad sin clases o sociedad comunista.

Para Marx, las democracias liberales de su época son regímenes políticos al servicio de la clase dominante, la burguesía, cuyo objetivo es prolongar su privilegiada situación y la miserable explotación del proletariado. Esto se demuestra en que la burguesía controla todos los órdenes de la vida social:

-el orden económico, pues es la propietaria de los medios de producción, de los campos y las industrias y, por tanto, obliga al proletariado a trabajar para ella, en las condiciones que establece;

-el orden jurídico, porque las leyes defienden los intereses de la burguesía consagrando la propiedad privada;

-el orden político, pues la práctica de la política exige tiempo, capital y formación, bienes de los que carece por completo el proletariado. Por eso, dice Marx, los parlamentos europeos están llenos de burgueses que aprobarán las leyes que a los burgueses interesan;

-el orden religioso, pues la religión cristiana promueve la resignación al orden existente y condena la violencia necesaria para su transformación.

Además, que las democracias están al servicio de la burguesía se constata en que las fuerzas del orden represalian, con la fuerza de las amas, los movimientos proletarios en defensa de la clase oprimida.

Hay que derrocar el régimen burgués para instaurar la sociedad sin clases. El problema es que, en este proceso, es necesario pasar por un régimen intermedio, "la dictadura del proletariado". Pero Lenin primero, y sobre todo Stalin después, se encargaron de identificar comunismo con dictadura del proletariado, un régimen que en su concreción histórica acabó por adquirir los siguientes rasgos:

*En lo económico, se instauró la planificación estatal de la producción y la distribución de bienes- con unos márgenes mínimos para su comercialización privada-, así como la propiedad estatal de los medios de producción: tierras y empresas pasaron a ser propiedad del Estado.

*En lo político, se impuso la doctrina del "partido único", el comunista, que mantiene un férreo control de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, e impide toda disidencia interna- llegando a la eliminación física de los tildados "contrarrevolucionarios" en los gulags-.

*El partido comunista asume, además, las tareas fundamentales de la conversión del proletariado en fuerza revolucionaria contra el Estado burgués, al despertar su dormida conciencia de clase, y del mantenimiento de una revolución permanente que haga frente a los renovados intentos involucionistas de las fuerzas contrarrevolucionarias.

*El partido comunista se convirtió, en la práctica, en la encarnación institucional de alma del proletariado. La consecuencia perversa es inmediata: todo lo que es bueno para el partido comunista lo es también para el proletariado; todo lo que atenta contra el partido atenta también contra el proletariado, de ahí que exista toda la legitimidad para suprimirlo.

*En lo cultural, se instituye la sacralización del poder político y el culto al dirigente del partido- al extremo de que se momifica el cadáver de Lenin, cuya tumba en el Mausoleo Lenin se convierte en lugar de peregrinación-; se instituye un arte "comunista" y se persigue cualquier manifestación cultural que cuestione de algún modo el poder omnímodo del Estado, lo que llevó al comunismo a una beligerancia abierta con las confesiones religiosas.

Para terminar, Marx no solo inspiró el comunismo soviético- con sus secuelas de maoísmo chino, castrismo cubano, etc.-. También dio lugar a la socialdemocracia con Lasalle y Bernstein, quienes, asumiendo la justicia de las reivindicaciones proletarias, confiaron en la democracia como sistema que permitía la reforma del Estado a través de los sindicaros de clase y los partidos "obreros".

3. La solución anarquista.

Si fascismo y comunismo son, cada uno a su modo, la apoteosis del Estado, el anarquismo es todo lo contrario: la negación radical del Estado. La tensión estado-ciudadanía se resuelve en el anarquismo suprimiendo el primero de los polos: el Estado. Sus razones son:

*La legitimación contractual del Estado es una ficción que presupone que los ciudadanos aceptan someterse a la autoridad del Estado. Pero ¿qué pasa con quienes no quieren someterse al poder del Estado? ¿Quedan fuera del pacto social?

*No es cierto que el Estado sea imprescindible para realizar las tareas que desarrolla, pues muchas de ellas nacen de la necesidad de automantenimiento del propio Estado. Y si el Estado desapareciese, nos veríamos liberados de todas ellas y podríamos emplear la energía sobrante en verdaderas necesidades de los ciudadanos. Además, muchas tareas las desarrollarían con mayor eficacia organizaciones nacidas de la autogestión de la sociedad civil, como las tareas de vigilancia y seguridad ciudadana, que serían más eficaces en manos de los directamente afectados, organizados en patrullas nacidas de las comunidades locales.

El Estado es, por tanto, en sí mismo una institución inevitablemente autoritaria que ejerce su poder de coerción atentando contra las libertades de los ciudadanos. Como la libertad es el valor supremo del individuo, hay que rechazar-incluso con las armas- cualquier institución que se le enfrente.

¿Cómo organizar entonces, según el anarquismo, la vida social? Todas las respuestas anarquistas coinciden en que, sea cual sea el modo de organizarse, debe surgir del ejercicio real de la libertad de los ciudadanos. Sentada esta base, las respuestas oscilan entre el individualismo exacerbado de M. Stirner (1806- 1856), para quien el individuo debe hacer lo que le plazca sin tener en cuenta ni a Dios ni las convenciones sociales, y el colectivismo del príncipe P. Kropotkin (1842-1921), más próximo al comunismo y convencido de que la tendencia natural de los hombres a la solidaridad acabará finalmente con todas las clases sociales. Este colectivismo dará lugar al anarcosindicalismo, en el que los sistemas de producción (fábricas) y servicios (hospitales), se organizan en régimen de cooperativas autogestionadas.

El anarquismo, que vivió en la España de la Guerra Civil su apogeo histórico, está animado por una enorme confianza en el ser humano y su capacidad para organizarse solidariamente. Es, en el fondo, un esfuerzo extraordinario por moralizar todos los aspectos de la vida social. Su repudio del Estado le llevó a un fuerte enfrentamiento con el comunismo y a combatir la dictadura del proletariado.

4. Las utopías del siglo XX.

El pensamiento utópico ha estado presente en los movimientos anteriormente citados: el Reich de la pureza y supremacía de la raza aria, la sociedad comunista sin clases, la sociedad anarquista sin poder político y autogestionaria, se presentaron a la ciudadanía como utopías alcanzables que, calando en el imaginario colectivo, movilizaron ingentes fuerzas sociales para acabar, finalmente, en la más terrible de las terribles tragedias de la historia.

Pero ¿tiene el pensamiento utópico la culpa de las catástrofes históricas a que han dado lugar los movimientos sociales, políticos y filosóficos que lo han utilizado? Dos autores del siglo XX nos ofrecen respuestas contrarias: para Bloch, la respuesta es negativa; para Popper, positiva.

Para E. Bloch(1885-1977), un marxista heterodoxo, la característica esencial de ser humano es que es un ser "esperanzado". La esperanza supone.

*Reconocernos como seres incompletos-advierte Bloch que no es lo mismo que reconocernos fracasados, tendencia que, a su juicio, se observa en la filosofía existencialista, especialmente en Sartre, al definir al hombre como "una pasión inútil"-, porque nos falta una convivencia humanizada en la que hayan desparecido todas las formas de explotación que los hombres alientan en su historia. Y esta es la utopía irrenunciable que ha de mover a los seres humanos en su actividad.

*La utopía no es, como se le ha reprochado tantas veces-y muchas con razón-, mera ilusión abstracta son la que los hombres se refugian en la irrealidad. La utopía no es autoengaño social, sino que exige descubrir las posibilidades objetivas aun no realizadas que laten en el cosmos y luchar para su realización.

*La utopía es atea: es en el cosmos material, y en la historia humana, donde el ser humano se juega la consecución o no de la utopía.

*La utopía es inevitable como teoría, es ingrediente necesario del pensamiento humano porque la praxis debe estar orientada por la utopía. Pero no es inevitable en la práctica: la historia del hombre- en lo personal y en lo colectivo- es fracasable. No hay una teleología de la historia que nos arrastre inevitablemente hacia las blancas playas de la utopía.

En definitiva, para Bloch, la utopía es la expresión política de la esencia del hombre: la esperanza.

Para K. Popper, sin embargo, el pensamiento utópico es en política un error monumental, Popper distingue entre:

a) Sociedad cerrada: basada en una concepción mítico-irracional con una organización colectivista de la sociedad- en la que los intereses individuales deben sacrificarse por los intereses colectivos-, y con unas normas rígidas amparadas por el aura sagrada de la tradición y un poder totalitario. Son las sociedades organizadas en torno a una utopía, por ejemplo, la Alemania nazi y el estalinismo soviético.

b) Sociedad abierta: basada en una concepción racional de la sociedad- conjunto de individuos que se reúnen en una red de intereses recíprocos- y en la que priman los intereses individuales sobre los colectivos- porque no existen intereses colectivos al margen de los intereses individuales-. Esta sociedad tiene normas flexibles que se cambian si muestran su ineficacia para resolver los problemas para los que fueron diseñadas. Su poder es democrático. Son las sociedades democráticas caracterizadas por:

- La democracia no es, como piensan algunos, el gobierno de la mejor de las opciones disponibles elegida mediante sufragio. Lo habitual es que logren el gobierno personas incompetentes; el mérito del sistema democrático es que podemos echarlos sin derramamiento de sangre: la esencia de la democracia es el cambio pacífico a través del voto.

- Democracia significa gobierno de la mayoría, pero respetando a rajatabla los derechos de las minorías. Popper expone muy claramente que este respeto no alcanza a los intolerantes que no aceptan las reglas del juego. Los gobiernos democráticos tiene la obligación moral y la legitimidad jurídica para controlar a los intolerantes, con argumentos, si es posible, y por medio de la fuerza cuando sea necesario.

- El poder político debe luchar contra las formas de explotación que impiden la verdadera libertad del ser humano.

- En ellas, la acción política consiste en desarrollar reformas, nunca revoluciones. Se trata de ir solucionando con la mayor eficacia posible, y sin recurrir jamás a la violencia, los problemas que van llegando, rectificando siempre las medidas que la experiencia muestre ineficaces.

Frente a esta sensata práctica política propia de las sociedades abiertas por democráticas, las sociedades cerradas y las utopías que las inspiran incurren, según Popper, en un terrible triple error:

*Error epistemológico: los utopismos, del signo que sean, incurren en el error de creer que podemos tener un conocimiento absoluto de la sociedad. La ingeniería social es capaz de desvelar todos los secretos de la mecánica social y de diseñar las medidas necesarias para alcanzar los fines propuestos. Dicho de otro modo: las políticas descansan en la creencia de que el poder político posee un conocimiento omnisciente- lo sabemos todo- y un poder omnipotente-lo podemos todo-, es decir, descansan en la divinización del poder político al que se le atribuyen los rasgos propios de la divinidad.

*Error metafísico: las utopías conciben la sociedad como un ente independiente diferente de los individuos que la integran. La sociedad tiene sus propios rasgos y fines que ha de imponer a sus miembros, guste o no.

*Error ético: la perfección absoluta de los fines justifica la monstruosidad absoluta de los medios. La utopía se convierte en la gran coartada para inmolar en su altar a los hombres, mujeres y niños y niñas reales, el coste inevitable que tenemos que pagar para alcanzar la Tierra Prometida. Muestra la historia que, como Saturno a sus hijos, la utopía devora a los seres humanos.

Para evitar estos tres errores, Popper nos ofrece, a su vez, tres consejos.

*Reconocer el carácter limitado del conocimiento humano. No existe tal cosa como una racionalidad de fines: no hay un sistema de fines compartidos por todos los seres humanos que pueda servir de guía para la praxis política. Los fines, como los seres humanos, son plurales, y diversos los modelos de vida razonables. Tampoco poseemos certeza sobre los medios. De ahí que no podamos predecir con exactitud las consecuencias de las decisiones políticas: variables ignoradas, "daños colaterales", etc., echan al traste nuestras previsiones y debemos tener la flexibilidad suficiente para reconocer el error y rectificar. El saber político está inexorablemente condicionado por el carácter conjetural del conocimiento humano.

*Reconocer que la sociedad es fruto del modo en que las personas deciden organizar su convivencia. La sociedad es producto de los individuos, y no los individuos producto de una sociedad que puede imponerles sus rasgos.

*Defender una moral centrada en el valor de las personas, su racionalidad y libertad. Esta moral demanda una sociedad democrática, basada en el estricto respeto de los derechos liberales y sociales, y en el repudio de toda violencia que no sea la mínima imprescindible para salvaguardar estos derechos. Esta moral nos lleva a repudiar, por supuesto, el fascismo y el comunismo, pero también, según Popper, el cristianismo en la medida en que, traicionando su inicial compromiso de caridad y amor, ha promovido pavorosas guerras de religión.

Las versiones históricas más perfectas que la historia ha conocido de una sociedad presidida por este compromiso moral son, nos dice Popper, las democracias occidentales de la segunda mitad del siglo XX, que tiene en su haber la práctica abolición de los males que históricamente han aquejado a la humanidad. Pero nada ni nadie garantiza que sus logros no puedan perderse, Por eso debemos estar vigilantes en su defensa y animosos para procurar su mejora.

(Pérez Carrasco J. Filosofía y Ciudadanía. Bien Pensado. Editorial Pearson Alhambra. Madrid. 2008).

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