LAS VIRTUDES BURGUESAS

En este grupo entran virtudes sencillas y simples como el orden, el ahorro, la puntualidad, laboriosidad y diligencia; acertadamente se las ha llamado también “virtudes económicas”. Las crea la burguesía del siglo XVII, y no la nobleza, que por vivir en la abundancia de medios no podía comprender dichas virtudes “pequeñas, propias de una nueva clase que se ve obligada a montar una existencia ordenada con medios muy escasos”(Bollnow).

1.    EL ORDEN.
Entre las virtudes burguesas, la virtud-madre es el amor al orden: orden de los objetos en la casa, orden en el aprovechamiento de los objetos de consumo; la puntualidad es su subalterna; dicho orden funda otro más importante aún: el orden interno de los conceptos, e incluso el social y el político. La pedantería es la caída en el orden exagerado, convertido en puro mecanismo, defecto también muy propio de la época de la Ilustración. Como reacción surge el ideal de “genio desordenado”, por oposición al orden mezquino del espíritu pequeño; el ideal de un cierto desorden acogedor ha llegado hasta la decoración de los hogares.
El orden tiene, sin duda, una posición clave en la formación de la personalidad moral, pues orden significa cultura, racionalización, dominio sobre la naturaleza y lo instintivo; por eso es una virtud enormemente historicista. Hay que conquistarla y reafirmarla en cada momento.
Ilustración y Romanticismo sustentan, según Bollnow, dos conceptos antagónicos de orden. La idea de la Ilustración es que el orden está en manos del hombre; es, pues, un concepto constructivo- progresista de orden. En cambio, el concepto romántico es orgánico- conservador; el mundo está ya ordenado y sólo la voluntad presuntuosa del hombre lo desordena.
La situación del hombre es estar incorporado a un orden histórico que siempre es a la vez desorden y estar ante la tarea de tener que contribuir al perfeccionamiento del orden ya existente: he aquí la revolución y la restauración como dos posibilidades del hombre frente al orden.
2.    EL AHORRO.
Si el orden se refiere al entorno espacial, el ahorro es el orden referido al entorno temporal futuro. En sentido amplio incluye las fuerzas físicas corporales. En sentido estricto es puramente económico, un medio, no fin, para una vida con sentido.
El ahorro supone un proyecto de disponibilidad del futuro. El ahorrador se comporta con el futuro como si fuese algo cierto y asegurado, siendo en realidad incalculable. Por eso no se puede ahorrar en detrimento del presente pues tal es el desorden del ahorro, la avaricia. Nace ésta también del sentimiento de inseguridad de la vida. Renunciar a vivir la vida en aras de un fantasma; cuanto menos el avaro “vive”, más ahorra; lo que era un medio frente a la inseguridad de la vida, acaba ahogando la vida misma. El ahorro ha de ser, pues, un justo término medio entre la prodigalidad y la avaricia. Tengamos en cuenta que el equivalente aristotélico del ahorro es la liberalidad o generosidad, justo medio que apunta más bien hacia la prodigalidad que hacia la avaricia; pero el ahorro apunta más hacia ésta.
3.    LA DILIGENCIA.
El cartesiano Arnold Geulincx, en su Ética (1665), la colocó entre las cuatro virtudes cardinales (obediencia, justicia y humildad) con que pretendía sustituir al antiguo cuarteto. Pero la diligencia tiene en este autor un sentido completamente distinto al de hoy. Sería, según él, la atención del hombre a la voz de la razón, que habla en su intimidad; vendría a ser sinónimo de celo o atención a los preceptos de la razón, y, en virtud de esto, una especie de complemento de todas las virtudes, o sea, el esfuerzo interior que cada una de ellas supone. Ocupa, pues, el puesto que tenía la prudencia en el sistema clásico.
La Ilustración elimina ese tono místico-racional que la diligencia cobró en la ética del cartesiano Geulincx para aburguesarla pasando  esta a ser una virtud de la vida diaria del aquende. Es a partir de este momento cuando la diligencia aparece estrechamente relacionada con el trabajo propio del oficio, porque el trabajo deja ya de connotar esfuerzo y fatiga, pasa a significar una actividad utilitaria y con sentido. La elevación de la diligencia, en el sentido moderno de laboriosidad, a virtud cardinal, tuvo que ser obra de la Ilustración. Desde entonces se extendió la alta estima de la vida laboriosa diligente hasta llenar todo el siglo XIX…
Pero el romanticismo, que reaccionará en general contra la sobrevaloración de las virtudes burguesas, provocará una depreciación de la diligencia mediante una glorificación de la ociosidad, criticada antes como vicio. “La rebelión expresa contra la diligencia  y la expresada glorificación de una pasividad libre de fines en todo el ámbito de la existencia humana aparece por vez primera en el Romanticismo”(Bollnow).
“A la gran estimación de la diligencia, como virtud cardinal que logró su punto culminante en el siglo XVIII, sigue su completo desprecio como disposición de ánimo indigna y mezquina, sobre la que se debe elevar el vuelo del espíritu del hombre creador y espiritual”.
Ante esta contraposición de valoraciones de la diligencia se ha de observar que no se trata de que el Romanticismo tache de inmoral el aprecio de la Ilustración por la diligencia, no contrapone valor-disvalor, sino que la coloca en un punto tan bajo en una nueva escala de valores que aparece ya como un valor pequeño y mezquino. Frente a esta reacción extremada a una absolutización a su vez excesiva, habrá que reconocer simplemente que la diligencia no es una virtud tan alta como para dar sentido último a la vida. Esta es la aportación positiva de la provocadora crítica romántica: Haber relativizado el valor de la diligencia como virtud.
Pero la función antropológica de la diligencia no deja por ello de ser trascendental. Pues sin ella son imposibles las obras superiores de la vida moral. En este sentido formador y pedagógico de la diligencia, apenas se exagera, al invertir el conocido refrán “la ociosidad es madre de todos los vicios”, diciendo que la diligencia es madre de todas las virtudes. Sólo necesitamos pensar en el ejemplo de Goethe: su famosa fórmula “el genio es la diligencia”…explica la íntima unión entre diligencia y productividad.
Es cierto que en la diligencia, como en toda virtud, hay también un peligro de degeneración de la mirada al círculo de lo meramente útil. Por otra parte, está el peligro del celo exagerado y del ciego fanatismo. Y frente a ambos peligros se necesita la distancia de la ironía tal como el Romanticismo nos la ha enseñado incomparablemente.
(González Bedoya J. Curso de Ética. Editorial Mitre. Barcelona. 1987)

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