LA CIUDAD PARA ARISTÓTELES

La Política de Aristóteles puede considerarse como un apéndice de la Ética, dado que no será posible alcanzar una vida virtuosa, feliz, si no se da para ello un contexto adecuado. En este punto, su concepto no diverge en nada del de su maestro Platón. Para Aristóteles, no sólo resulta imposible la felicidad fuera de una sociedad concreta, sino que incluso el desarrollo moral del ciudadano, del individuo – y con ello el individuo mismo- es inconcebible al margen de la sociedad. Aristóteles se expresa de forma nítida y contundente al respecto: “Por lo tanto, está claro que la ciudad es una de las cosas naturales y que el hombre es, por naturaleza, un animal urbano. Y el enemigo de la sociedad ciudadana es, por naturaleza, y no por casualidad, o bien un ser inferior o bien más que un hombre (…) Al mismo tiempo, semejante individuo es, por naturaleza, un apasionado de la guerra, como una pieza suelta en un juego de damas.(…)Y el que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino como una bestia o un dios”.( Aristóteles. Política. Madrid. Alianza, 1991, pp. 43-44).
Con ello pone de manifiesto lo que en nuestros días se considera postulado sociológico, a saber, que para que alcancemos una vida satisfactoria(feliz, virtuosa) han de darse unas circunstancias favorables; nunca podremos lograrla de forma aislada e independiente. Y ello configura precisamente el marco general de la teoría política aristotélica, según la cual en un Estado carente de valores morales, de justicia (virtud política central, puesto que el referente es el otro) será imposible realizar el bien en su proyección colectiva.
No es de extrañar, por ello, que a Aristóteles  le preocupe tanto como a Platón determinar las circunstancias idóneas en las que pueda germinar esa virtud colectiva, la justicia, que las encierra e implica todas, es decir, Aristóteles se embarca en una pormenorizada investigación de lo que sería un Estado justo que garantizase la virtud suprema. Su marcado talante empirista, apegado a los hechos, le lleva a recopilar un centenar largo de constituciones estatales realmente existentes, clasificables en tres grupos fundamentales, a saber: 1) monarquías, 2) aristocracias y 3) democracias. En las primeras, gobierna, como es bien sabido, un solo individuo, el monarca; en las segundas, un grupo de sujetos que, por razones variadas, han adquirido o se han atribuido el carácter de “mejores”. En las últimas, gobierna el pueblo, la mayoría: son, por naturaleza, las más propensas a garantizar el bien común. Todas ellas pueden, no obstante, corromperse cuando se imponen los intereses particulares, sobre el bien general. Para que ello no ocurra debe, naturalmente, reinar la virtud de la justicia, dentro de la cual cabe realizar varias diferenciaciones.
Aristóteles distingue entre una justicia universal, que incluye todas las virtudes, y una justicia particular. La justicia universal garantiza el bien común, general, de la sociedad a través de las correspondientes leyes. La justicia particular sería una virtud más entre las otras. Su función consiste en promover y garantizar la igualdad entre los miembros de una sociedad y evitar, consecuentemente, el abuso de unos sobre otros tendente al propio beneficio individual. En tanto que virtud particular, consiste en un justo medio entre las pretensiones legítimas de los ciudadanos a la hora de obtener bienes o beneficios. Según cómo se establezca este justo medio, pueden distinguirse las siguientes subespecies de justicia particular:1) justicia distributiva y 2) justicia conmutativa:
 1.    Justicia distributiva: consiste en el reparto o distribución equitativa de los bienes de que se dispone dentro de la sociedad, según los méritos de cada uno. Funciona geométricamente y varía según cuáles sean los intereses de cada Estado.
 2.    Justicia conmutativa: consiste en el trato igualitario (aritmético) para todos los miembros de la sociedad en las relaciones contractuales o de pacto: ya sean actos voluntarios: préstamos, alquiler, (por ejemplo, “dar a cada uno lo que le corresponde en cada caso”, aquí al casero y al inquilino), venta, etc., o involuntarios: robo, estafa, crimen, etc.
El dinero juega en este contexto un papel fundamental como medida de bienes o escala de valor que facilita el ejercicio de la justicia, siendo a su vez él mismo, fruto de una estipulación.
Considera, además, Aristóteles que para subsanar los errores o lagunas del derecho, habría que contemplar la pertinencia de la equidad- lo que denominaríamos legitimidad- que vendría a representar- teniendo en cuenta la imposibilidad de recoger legalmente todo los casos- el protagonismo de la conciencia moral del juez, esto es, se trataría de la corrección legal basada en el derecho natural ( en la actualidad nos sigue escandalizando, por ejemplo, que, ante el vacío legal, quede impune el maltrato doméstico a las mujeres). Ello es así porque no siempre, según observaba Aristóteles, la legalidad vigente es legítima, moralmente plausible; frente a ello, la equidad representaría un aval para apuntalar cualquier “Estado justo”.
Sin embargo, cuando no predominan estas manifestaciones del derecho, los distintos sistemas políticos acaban, según se ha dicho, corrompiéndose: la monarquía se convierte en tiranía, la aristocracia en oligarquía ay la democracia en demagogia.
Actualidad del concepto aristotélico de Estado.
Algunas de las propuestas para el buen funcionamiento del Estado que propone Aristóteles y que seguirían gozando de suma vigencia, son:
1)    Conviene que el Estado se ocupe de suministrar una educación homogénea e igualitaria a los ciudadanos. Al respecto cabe destacar que tanto la Psicología como la Sociología contemporáneas hacen hincapié respectivamente en el hecho de que el desarrollo adecuado de la mente y los valores es producto de una apropiada educación-socialización de todos los miembros de la ciudadanía. En este sentido, organismos internacionales como la ONU aconsejan a los países en vías de desarrollo invertir en “educación” y en “Investigación y Desarrollo”, como única vía para alcanzar el “Estado de bienestar”.
2)    Conviene que dentro del Estado la distribución de las funciones sea adecuada. Aristóteles sostiene que el éxito de una sociedad justa se debe en parte a que se dé a cada cual lo que verdaderamente merece. Hoy denominamos “meritocracia” al poder del mérito. El cumplimiento de esta recomendación es muy desigual en las sociedades contemporáneas, en muchas de las cuales prevalecen el favoritismo, el nepotismo y el enchufismo. El convencimiento de Aristóteles es, sin embargo, que sólo es justo aquel Estado en el que la distribución de funciones atiende al mérito, es decir, es justa.
3)    Conviene que el Estado se cuide de que el número de ciudadanos sea el adecuado, ni demasiado elevado ni demasiado bajo. Los urbanistas contemporáneos se dedican a calcular cuál sería en la actualidad el número de habitantes de una ciudad ideal: en torno a ciento cincuenta mil es una de las cifras propuestas. Cifras concretad aparte, lo cierto es que los problemas y conflictos de las grandes urbes se duplican comparados con los de las más pequeñas: contaminación, violencia, inseguridad, etc.
4)    El Estado debe preocuparse del bienestar material y espiritual, de la felicidad en suma, de los ciudadanos. Cuestiones de justicia aparte, cuando ello no ocurre aumenta el desarraigo y proliferan los grupos violentos que, como destaca la “sociología del conflicto”, pueden poner incluso en peligro el “Estado de ciudadanía”.
Resulta sumamente conveniente que en el estado gobiernen las personas de mayor edad. Se trata de una recomendación en estrecha consonancia con la ética platónica, pues la gente mayor, al ser necesariamente más experimentada, suele encarnar las principales virtudes, tanto las morales como las racionales. Las sociedades occidentales contemporáneas no parece, sin embargo, seguir a Aristóteles en este punto: la juventud es un valor y la vejez una molestia: el anciano más que un pozo de sabiduría es hoy un pensionista que consume y no produce ya, es decir, “carne de residencia”.

 (González Ruiz A. y González Ruiz F. Filosofía y ciudadanía. 1º Bachillerato. Editorial Akal.2008)

Un poco de filosofía inclina la mente del hombre al ateísmo; pero profundizar en la filosofía la conduce a la religión

Autor: Francis Bacon

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