REPASO HISTÓRICO DEL CONCEPTO DE “LIBERTAD”

En Grecia, la libertad era un concepto de entidad básicamente jurídico-política: era libre quien no era esclavo, por lo cual tenía una serie de derechos y deberes. Desde el punto de vista de la historia personal, igual que en casi todas las sociedades del momento, en Grecia se creía en el destino, ya fuese  derivado del capricho de los dioses (tal como se presenta, por ejemplo, en las vicisitudes que padece Ulises en su accidentado regreso a Ítaca), ya fuese cósmico ( como en el caso de Edipo). Los seres humanos más que agentes y protagonistas de sus acciones son víctimas de la diosa Fortuna.
Con Sócrates, al amortiguar la diferencia entre libre y esclavo, se apunta a la idea de libertad como una realidad interior universal. Sócrates, sin embargo, al igual que Platón, tiene una consideración negativa de la libertad individual absoluta pues destruye los cimientos de la sociedad al arrastrarla a la anarquía. El buen ciudadano debe plegarse a los dictados de la comunidad aunque estos fuesen flagrantemente injustos, tal como se aprecia en el Critón o el deber del ciudadano.
En los primeros tiempos del cristianismo se agudizó esa tendencia de entender la libertad como conciencia interior y emergió la idea de la voluntad del ser humano como causa única de  sus propias acciones. Se agudizaba esa conciencia de libertad interior y de libertad de creencia para defender la autonomía interior frente a las persecuciones romanas y frente a la racionalidad griega. En definitiva, la idea de libertad servía como base y justificación de las creencias y modos de vida irracionales, frente a los criterios racionales griegos. Era el modo de asentar las vidas en la reivindicación de la irracionalidad de la fe como expresión de la autonomía de la libre voluntad.
Durante la Edad Media acabó confundiéndose la definición de libertad con la de libre albedrío, asentado ahora en la voluntad guiada por la razón, iluminada por Dios. Sería la expresión efectiva del reflejo de Dios en el alma humana, y que diferenciaría radicalmente, ontológicamente, a los seres humanos respecto a los demás seres de la naturaleza. Esa libre voluntad estaría además absolutamente marcada por su carácter eminentemente moral. La antigua concepción griega, social y política de la libertad, había desaparecido.
Pero a partir del Renacimiento y durante la Edad Moderna surgen una serie de circunstancias que significarán la reformulación de la edad de libertad e incluso el cuestionamiento de su propia existencia:
*exaltación de la libertad intelectual de interpretación de la Biblia, que dará lugar a las primeras reivindicaciones de libertad política frente a la iglesia de Roma.
*La crítica al esencialismo metafísico significará el cuestionamiento del edificio teocéntrico y del dualismo antropológico.
*La nueva forma de entender el ser humano, como parte de la naturaleza, ya con Giordano Bruno, pero sobre todo con Hobbes y con Hume, promueve una conciencia  de recolocación de las relaciones entre humanos y animales; y el giro copernicano entre ser humano y origen de los actos morales, situándolo en las pasiones o en el sentimiento de simpatía.
*La nueva ciencia crea un nuevo marco conceptual desde el cual se pueden entender las relaciones entre lo humano y el resto de la naturaleza.
*Kant reconoce el carácter regulativo, moral, de la idea de libertad; pero no su carácter fáctico.
*En el desarrollo filosófico de la época, hay que decir que el mecanicismo de Descartes culminó en El hombre máquina de Holbach; que con Hume, parece quedar el ámbito de la libertad de nuevo centrado en el análisis de la capacidad de acción como no-coacción.
Como resultado de la definición humeana de la libertad como posibilidad de elegir se deriva la perspectiva política de Sobre la libertad de John Stuart Mill, del análisis de la conciencia alienada en G. Hegel y de las posturas marxistas se retoma la antigua concepción griega de libertad en sentido político. Pero en este caso no solo se presenta como el mero hecho de estar “liberado de dueño”. Se realiza un complejo análisis de las condiciones a partir de las cuales el ser humano puede liberarse de la alienación que sufre por el desarrollo capitalista a partir del siglo XIX.
En el último siglo XX, se ha reconducido el debate respecto a la necesidad o libertad de los humanos. A partir de los desarrollos de la mecánica cuántica, del “principio de indeterminación” de W.  Heisenberg y de la introducción del análisis de probabilidades, introduciendo márgenes de error en la predicción científica se han venido abajo los ideales de causalidad absolutamente necesaria y de previsión infalible. Se rompe así el modelo de explicación cientificista de la naturaleza y, en consecuencia, de la realidad humana. Sin duda, conocemos más acerca de la conducta humana y por tanto podemos reconocer mejor así su predictibilidad; pero también estamos seguros de que siempre existirá un margen de apertura, de posibilidad, de azar, en el sentido de desconocimiento de las causas que provocan y desencadenan el “efecto mariposa”.
Tras las dos grandes guerras, el mundo dejó de ser un lugar tranquilo. Así pues, el proyecto ilustrado de una humanidad que conquistaría la justicia y el bienestar social con la sola fuerza de su razón se esfumaba. Ni siquiera la ciencia o la técnica se mostraban útiles para mejorar el mundo, pues el ser humano convertía todos sus conocimientos en instrumentos de dominio y devastación. Estas circunstancias provocaron una sensación de desánimo y desasosiego. A partir de este contexto, se presenta en el panorama intelectual europeo una clara tendencia hacia la filosofía existencialista,  de la cual J.P. Sartre será uno de sus máximos exponentes.
Siguiendo en análisis fenomenológico de E. Husserl, Sartre distingue dos niveles de ser: el ser-en-sí y, en contraposición, el ser-para-sí.
El Ser-en-sí es el ser de las cosas, de la realidad no humana, es lo que se aparece a la conciencia y, por tanto, no es más que un fenómeno, una manifestación que debe ser desvelada. Es un ser increado, pues la creación no lo puede explicar, opaco, es decir, “lleno de sí mismo”; macizo, ya que está asilado en sí mismo y no mantiene ninguna relación con lo que no sea él; y es lo que es, pues “el ser no puede ser derivado de lo posible ni reducido a lo necesario”.
El Ser-para-sí está referido a la persone en lo que tiene de ser humano y no de realidad “cosificada”. Sin embargo, en el ser humano no solo encontramos ese aspecto único y diferenciador con respecto a los otros objetos. En los seres humanos podemos distinguir dos niveles de “ser” distintos: el propiamente humano y libre; y la parte común con lo seres no humanos, la dimensión de “cosa” u objeto, que tiene cuatro aspectos principales, el ser humanos es “cosa” por su cuerpo, por su pasado, por su situación y por su muerte.
Sartre concluye que la dimensión fundamental del “para sí” es la libertad. Dado que el para-sí “no es”, tiene que hacerse. Por su libertad, el ser humano es su propio fundamento. De aquí deriva el principio característico del existencialismo: “la existencia precede a la esencia”. Inventándose a sí mismo a cada instante y creando sus propios valores, el ser humano existe y tiene conciencia de su existir: sabe que es pura contingencia, indeterminación absoluta, proyecto siempre inconcluso y constantemente con posibilidades de decidir. Rehusar esta condición y evadir el ejercicio de nuestra libertad es propio de “la mala fe”, es decir, se trata de una farsa con la que pretendemos justificar nuestra claudicación frente a la libertad, mediante la cual rechazamos el hacernos cargo del proyecto que somos. La mala fe imposibilita y elimina la autenticidad.
(AA. VV. Filosofía y Ciudadanía. Editorial Mc Graw Hill.Madrid. 2012).


 

La meta ideal de la filosofía sigue siendo puramente la concepción del mundo, que precisamente, en virtud de su esencia, no es ciencia. la ciencia no es nada más que un valor entre otros.

Autor: Edmund Husserl

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