LA NATURALIZACIÓN DE LOS COMPORTAMIENTOS SOCIALES: ANDROCENTRISMO Y RACISMO

  1.  Androcentrismo.

Estamos acostumbrados a entender el mundo y a valorar las conductas de una determinada manera. Nos parece natural que una niña juegue con muñecas y que un niño participe en juegos más activos porque, decimos, “son diferentes”. ¿Lo son? Se entiende por androcentrismo la tendencia a definir e interpretar el mundo, los valores, la historia y la sociedad bajo la mirada de una determinada representación masculina, ocultando otras formas de representación, como la femenina. Esta forma de medir la realidad desde un único ángulo, al tiempo que quedan invisibles otras realidades, implica en la práctica la asignación de funciones sociales desiguales a hombres y mujeres con el simple argumento de que hay rasgos diferentes que les definen de forma natural.

La ocultación de la mujer a partir de la interpretación masculina del mundo se manifiesta en ámbitos como el uso del lenguaje. Por ejemplo, cuando otorga diferentes sentidos a una misma palabra según se utilice en masculino o en femenino o cuando recurre sistemáticamente a los saltos semánticos, es decir, al uso genérico “hombre” supuestamente para referirse a hombres y mujeres cuando en realidad sólo se quiere hacer referencia a los hombres. ¿Podéis imaginar que Aristóteles pensaba en hombres y mujeres cuando afirmaba que “El hombre es por naturaleza un animal político o social”?

Pero también es manifiesta esta ocultación en la misma interpretación de la historia humana cuando, por ejemplo, en la Revolución Francesa hay una exaltación apasionada de los valores de libertad, igualdad y fraternidad y ni siquiera se hace mención de que, al mismo tiempo, se decapita a las mujeres que tienen la osadía de reivindicar idénticos valores.

La causa de esta ocultación radica en la manera como se han establecido las funciones asignadas de cada género: el hombre ostenta la capacidad de control y del poder, trabaja fuera del hogar para el mantenimiento de la familia y se relaciona con el mundo en la esfera pública. Él tiene el dominio sobre el conocimiento y la técnica, la ingeniería y la mecánica. Él interpreta la historia, escribe los libros, utiliza públicamente el lenguaje. El papel de la mujer queda, por tanto, definido por exclusión, oculto, confinado a la vida privada. Pero las funciones de cada género, a su vez, han sido asignadas de esta manera porque se ha considerado que los hombres y mujeres tienen unos rasgos naturales que les caracterizan: la fortaleza, la valentía, la inflexibilidad, el vigor, la independencia, el control de los sentimientos, son valores positivos que se consideran naturales en el hombre y que se oponen a otros valores, por tanto, negativos, como la sensibilidad, la ternura, la volubilidad, la flexibilidad, etc. que no son sino síntomas de debilidad y no valores humanos que pueden definir a todas las personas.

Pero, ¿qué características diferenciadas podemos relacionar con las diferencias biológicas (diferencias de sexo) y cuáles son fruto de la educación y la cultura (diferencias de género)? Las diferencias biológicas están claramente relacionadas con las funciones reproductivas y no son diferencias que, en principio, hubieran de imponer una distancia tan grande en las relaciones de poder o en las ocupaciones de ambos sexos. Quizás las funciones reproductivas intervengan de manera importante en la distribución de tareas en las primeras culturas humanas, donde los hombres se dedicarían a la caza, mientras que las mujeres se dedicarían a la cría de los hijos y a la agricultura. Pero la diferencia biológica no impone una función; la distribución de funciones continúa siendo cultural, y la prueba está en que los hombres también puede ser agricultores y las mujeres pueden cazar. También es cierto que los hombres tienen más cantidad de la hormona masculina (testosterona), lo que explicaría biológicamente su comportamiento más agresivo, apto para la caza. Pero se ha observado que el nivel de testosterona puede aumentar a causa de situaciones de estrés, como en la caza, o también cuando se da la oportunidad de dominar a los demás. No hay razón, por tanto, para pensar que los hombres tienen tendencia de base biológica hacia la agresividad y que las mujeres son biológicamente pasivas, mansas y suaves, sino que puede ser al revés. Son determinadas situaciones y la educación recibida las que pueden hacer aumentar la agresividad.

Por tanto, las diferencias entre los géneros son, en su mayor parte, diferencias debidas a la interiorización de la cultura, producto del proceso de socialización.

La mirada androcéntrica oculta también otras formas de representación, como la perspectiva homosexual. La homosexualidad no solamente ha sido ocultada como inmoral y perversa durante los últimos siglos en Europa, sino que además se ha visto muchas veces como una enfermedad y como una disfunción psíquica. Sin embargo, la aceptación de la homosexualidad varía de unas culturas a otras, lo cual nos indica que lo que se considera como comportamiento sexual natural, depende de la cultura. Por ejemplo, unos europeos ilustres como los griegos de la Grecia clásica practicaban una sexualidad que no prohibía, más bien fomentaba, la homosexualidad en determinados momentos de la vida de los hombres ( no de las mujeres).

De las diferentes formas que adopta la opción sexual hoy, la heterosexualidad, la homosexualidad femenina y masculina, la bisexualidad y la transexualidad, sólo la primera ha sido reivindicada como “natural” en los seres humanos, siempre desde la mirada androcéntrica. Ésta dibuja un tipo de masculinidad idónea con los rasgos que hemos descrito (fortaleza, agresividad, independencia, ocultación de los sentimientos…) que condena a muchos tipos de masculinidad diferentes, no solamente homosexual, a la discriminación, e impide que muchas veces los chicos muestren determinados sentimientos o tengan contactos físicos entre ellos (salvo si son en plan agresivo) por miedo a que les tilden de “mariquitas”.

La situación respecto a la homosexualidad está cambiando lentamente en la sociedad occidental y también respecto a otros tipos de masculinidad alternativa. Se valoran cada día más la sensibilidad, la capacidad de diálogo y cooperación, el interés por actividades tradicionalmente femeninas o la participación activa en la misma gestión de las tareas domésticas. Pero sigue dominando la imagen tradicional de hombre y mujer que relegan a muchas personas (incluidos, insistimos, a hombres no homosexuales) al desprecio y la discriminación.  

  2.Racismo.

Existe otra confusión entre lo que es cultural y lo que es natural difícil de deshacer porque se basa en criterios perceptivos, simbólicos, históricos y económicos. Se trata del racismo o discriminación en función de la raza. Es obvio para nuestra percepción que hay una gran diferencia entre una persona de piel negra y una persona de piel blanca. Sin embargo, la diferencia en el color de la piel es tan importante como la diferencia en el color o la forma de los cabellos, es decir, muy poco importante, ya que la variabilidad genética humana abarca muchos más rasgos que el simple color de la piel. De hecho, los intentos por clasificar a los pueblos del mundo en razas han distinguido desde tres hasta varias decenas de razas. ¿En qué se basan? Las diferencias entre los seres humanos dependen de su consanguinidad, pero las diferencias genéticas son tan importantes dentro de una misma población como entre los diferentes grupos de población humanas, de manera que no se puede decir que haya razas separadas, sino una línea continua de diversidad. Los biólogos y los antropólogos hablan de falta de fundamento para el concepto de raza, a nivel científico.

Podemos atribuir a tres causas el surgimiento del racismo: en primer lugar, una causa simbólica que atribuye en nuestra cultura al color blanco significados de pureza mientras que al color negro se le asocian ideas negativas relacionadas con la maldad. Evidentemente, este simbolismo no es universal, ya que hay otros pueblos donde la significación es la contraria.

En segundo lugar, la idea de que había tres razas en el mundo (blanca, negra y amarilla) a cada una de las cuales se asociaba un factor intelectual y moral, refuerza el convencimiento, difundido por el Conde Gobineau en el siglo XIX, de que los blancos son la raza “mejor”, la más inteligente y con unos valores morales más elevados, en tanto que los negros tienen una naturaleza animal, falta de moral y de inteligencia natural.

Por último, hay que atribuir a causas económicas el enraizamiento del racismo, ya que entre los europeos y las poblaciones negras africanas se establecieron unas relaciones de esclavitud que condicionaron los beneficios comerciales europeos y americanos. Para que esta esclavización fuera posible tenía que estar sostenida por la creencia previa de que los negros eran, de forma natural, inferiores.

Por tanto, el racismo se debe a un prejuicio cultural y no a una realidad natural. Tal como dice Giddens “las diferencias raciales se han de entender como variaciones físicas que los miembros de una comunidad o sociedad consideran socialmente significativas (…) El racismo es un prejuicio que se basa en distinciones físicas socialmente significativas. Racista es aquel que cree que ciertos individuos son superiores o inferiores a otros en virtud de estas diferencias raciales”. De manera que hoy día, aunque formalmente se reconozca la igualdad entre todas las personas, independientemente de su raza, la inercia de las ideologías del siglo XIX todavía pesa en muchas mentalidades. Eso nos hace pensar cuán importantes e influyentes son los aprendizajes sociales.

(AA.VV. Filosofía y Ciudadanía. Cuaderno II. El Ser Humano: Persona y Sociedad. Editilde. Valencia,2008.)

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