LA DIVERSIDAD CULTURAL

1. Cultura y culturas.
Es habitual hablar de cultura de un modo genérico: lo relativo o perteneciente a cualquier cultura. Sin embargo, e implícitamente está claro, no todas las culturas son iguales, aunque todas respondan a una misma finalidad: adaptar al ser humano al medio. De hecho, dadas las abundantes diferencias entre las distintas culturas conocidas, es más preciso hablar de “culturas” en plural, e incluso de “subculturas”-grupos diferenciados dentro de una cultura concreta- que de cultura.

2. Actitudes ante la diversidad cultural.
¿Cuál es la actitud a adoptar ante la diversidad cultural? Este tema es de un gran interés, ya que las sociedades actuales son, y posiblemente cada vez lo sean más, sociedades multiculturales como consecuencia sobre todo de la inmigración.
A lo largo de la historia se han adoptado fundamentalmente tres posiciones básicas, con variantes importantes dentro de ellas.
2.1. El etnocentrismo.
El ser humano, desde las primeras formas de civilización, ha desconfiado siempre de lo “distinto”. Toda cultura tiende a pensar que su forma de vida es la auténticamente humana- de hecho la mayor parte de los pueblos primitivos se han llamado a sí mismos “los hombres”- y han mantenido con respecto a otras culturas una actitud condescendiente, en el mejor de los casos, y, en el peor, de clara hostilidad.
Esta posición que supone la preeminencia y superioridad de la propia cultura, o etnia, frente a todas las demás recibe el nombre de etnocentrismo, y su grado de intensidad se puede apreciar en las diferentes formas que tiene de calificar a las otras culturas: “ajenas”, “extrañas”, “pintorescas”, “salvajes”, “primitivas”, “inferiores”…
El etnocentrismo es la primera actitud que los seres humanos adoptan ante las culturas diferentes, pero eso no quiere decir que sea solo propia de pueblos primitivos. Ha existido a lo largo de toda la historia y sigue existiendo en la actualidad. A la mayor parte de las personas les ocurre que cuando oyen, o ven algún reportaje, en el que se relatan las costumbres de pueblos distintos al suyo, de otras culturas, de otras civilizaciones o, simplemente, de otro lugar geográfico, muchas de ellas les parecen pintorescas, curiosas y en algunos casos desagradables, si no repugnantes. Hay cientos de ejemplos, desde las ceremonias a los hábitos alimenticios, desde la distribución de la propiedad hasta la atención a los extranjeros. Pero, al tener esas sensaciones, muy probablemente olvidan que sus propias costumbres, que les parecen tan normales, son extrañas para buena parte de la humanidad, a la que les pueden parecen tan pintorescas, curiosas, desagradables o repugnantes como las suyas a ellos.
El etnocentrismo fue el criterio explícito o implícito con el que se emprendieron los grandes procesos de colonización tanto en el Nuevo Mundo como en el continente africano o en Asia.
Sin embargo, desde el punto de vista científico- seguramente también del de la sensatez- el etnocentrismo no posee fundamento alguno y, además, imposibilita la comprensión adecuada de los hechos culturales y sociales propios de otras culturas y de otras sociedades, pues utiliza criterios y valores adecuados a un contexto en otro en el que no son aplicables. En el sentido estricto del término, se puede decir que todo etnocentrismo es un prejuicio.
2.2. El relativismo cultural.
En el extremo opuesto al etnocentrismo se encuentra el relativismo cultural, para el que todas las culturas son igualmente valiosas. Para esta posición, las instituciones y normas de cualquier cultura sólo pueden ser juzgadas desde los criterios y valores de esa misma cultura, puesto que no existen criterios universales que permitan valorar todas las culturas. Cualquier rasgo cultural debe ser aceptado como tal sin ningún tipo de valoración.
Esta posición posee a su favor el hecho de que todas las culturas sirven para humanizar a las personas que se educan en ellas, aunque cada uno lo haga a su manera, pero tiene un riesgo muy serio: si se acepta su lógica, determinadas prácticas tradicionales de algunas culturas-como la antigua costumbre india de quemar viva a la viuda a la muerte de su marido, o las prácticas antropofágicas de determinados pueblos, o la ablación del clítoris- tendrían que ser aceptadas por todos al poseer legitimidad moral en el interior de la cultura que las practica, cosa que parece que se opone claramente al sentido común.
Aceptar las diferencias no es aceptar todas las diferencias. Todas aquellas prácticas que atentan contra los valores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos deben ser repudiadas, puesto que la tolerancia sin límites destruye la idea misma de tolerancia.
2.3. El interculturalismo.
Por eso ha surgido a finales del siglo XX una postura intermedia entre las dos anteriores, el interculturalismo, que propone la aceptación de todas las culturas y, al mismo tiempo, exige a todas, incluida la propia, la lucha por la eliminación de todas aquellas prácticas que atenten contra los contenidos de la declaración Universal de los Derechos Humanos, tomada como modelo universal de conducta.
Esta postura que se denomina también pluriculturalismo o multiculturalismo se basa en la consideración de los valores contenidos en la citada Declaración, como valores de los que tienen derecho a disfrutar todos los seres humanos por el mero hecho de serlo, y en la consideración asimismo de que únicamente cuando todos los seres humanos disfruten de ellos serán “fines en sí mismos” y serán tratados con la dignidad que poseen por el hecho de ser humanos.
A veces esta postura es acusada de etnocéntrica, al entender sus críticos que la Declaración Universal de los Derechos no es más que la sublimación y pretendida universalización de los valores occidentales, pero posiblemente esta crítica tenga más que ver con la historia de la colonización y con lo que a veces se ha hecho en nombre de ellos, que con su valor como proyecto.
(AA.VV. Filosofía y Ciudadanía. Editorial Laberinto.Madrid. 2008).
 

Poca filosofía aparta de la religión, mucha filosofía lleva de nuevo a ella

Autor: Francis Bacon

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