EL MONOTEÍSMO


1. La creencia en un solo Dios.
1.1. Diversos formas de teísmo.
El monoteísmo es una forma de teísmo o creencia en Dios, pero no la única, diferenciándose en consecuencia de otros teísmos, entre los cuales podemos citar los siguientes:
• Panteísmo o monismo, que identifica a Dios con el universo, o que afirma que sólo existe una realidad básica, a pesar de las apariencias.
• Politeísmo, que cree en varios dioses.
• Henoteísmo, que admite a un Dios principal y junto a él un grupo de dioses menores que le ayudan a favor de los seres humanos.
• Dualismo, que cree en dos principios supremos, Dios (el Bien) y el Diablo (el Mal).
• Deísmo, que acepta la realidad de una deidad suprema de naturaleza desconocida y despreocupada del mundo.

1.2. Etimología y definición del monoteísmo.
Etimológicamente hablando, la palabra “monoteo” (y su derivado, “monoteísmo”) se compone de dos términos griegos, monos (uno) y Théos (Dios). Monoteo significa, pues, Dios único.
Según el monoteísmo, además, este Dios único queda fuera del mundo, es trascendente y de naturaleza personal: se trata de una persona divina con la que las personas humanas pueden entablar trato directo y personal.
1.3. Origen de la creencia monoteísta.
a) La teoría evolucionista, como su nombre indica, explica el origen del monoteísmo a partir de otras creencias anteriores, de las que derivaría a través de una serie de pasos intermedios, que serían los siguientes:
monoteismo• En el origen de todas las religiones estaría el animismo, creencia en la existencia de un doble de la naturaleza física con su alma correspondiente. Para cada realidad visible habría una invisible semejante a ella, pero de naturaleza anímica: los ríos y las flores sentirían, llorarían, desearían, etc., aunque de forma imperceptible.
• Ese mundo de almas daría paso, en un segundo momento, a la creencia en las figuras crecientemente individualizadas de las divinidades: los animistas pondrían rostro concreto y nombre personal a los espíritus huidizos y anónimos de antes, a fin de entrar en una relación más plena con ellos. De este modo estaríamos ya en el politeísmo, creencia en muchos dioses.
• Dualismo. Por decantación de entre los muchos dioses, los dos mayores terminan perfilándose como los responsables de todo, uno bueno (luz) y otro malo (tinieblas), al que se achacaría todo el sufrimiento del mundo, ambos en lucha permanente entre sí.
• Henoteísmo. Más tarde se abriría camino un solo Dios en el trasfondo, el más fuerte, pero son negar la existencia de más dioses junto a él.
• Monoteísmo. Finalmente surgiría el monoteísmo riguroso, la creencia en un Dios único, a cuyo lado no existe ningún otro, y al que los creyentes rinden culto.
b) Teoría evolucionista inversa. El evolucionismo explica el monoteísmo como resultado de una marcha de lo complejo hacia lo sencillo, de lo múltiple hacia lo uno. Sin embargo, otros estudiosos del hecho religioso defienden el planteamiento contrario: primero habría sido el monoteísmo inicial, del que por degeneración y decadencia procederían los politeísmos y, finalmente, el animismo.
c) Posición intermedia. Seguramente ninguna de las dos hipótesis es válida universalmente, pies, a juzgar por los restos históricos de que disponemos, tal vez en unos lugares ocurriera de una manera y en otros, de otra.
Además, ni siquiera es segura la existencia de la evolución misma, ya que el monoteísmo hubiera podido adoptarse desde el principio directa y definitivamente en determinados ámbitos, sin necesidad de más pasos intermedios.
1.4. El monoteísmo primitivo.
El ejemplo clásico de monoteísmo originario es la religión china más arcaica, donde un ser supremo, “el señor del cielo”, imaginado con caracteres personales, gobierna el mundo y vigila el cumplimiento de las normas morales.
Sin embargo, este ser supremo y personal no es todavía un creador del mundo, y tampoco puede ser invocado por el creyente, ni vivido en la interpersonal relación yo-tú.
Esta actitud de respeto distante ante el Dios único se encuentra bastante extendida en diversas religiones, en las que el culto no se dirige directamente a Dios, porque esto es considerado algo irreverente, sino a dioses o espíritus menores, a mediadores y a héroes o santos, que han sido enaltecidos y han alcanzado posiciones de influencia sobrenatural.
1.5. El Dios de los creyentes  y el Dios de los filósofos.
La historia de las religiones muestra la creencia de muchos pueblos en un solo Dios. Cada uno de esos pueblos tiene una idea de ese Dios único.
Fue Pascal quien distinguió entre el Dios de los creyentes y el Dios de los filósofos. Esto últimos defienden la existencia de un ser único, que se responsabiliza de todo lo existente y que gobierna todo. A este Dios, sin embargo, la persona no accede en una relación de yo-tú.
El filósofos Aristóteles puede servir como ejemplo al respecto: para él, Dios es un ser necesariamente existente, perfectísimo, ordenador del cosmos, regidor sumo, pero indiferente a los destinos humanos. Éste será el Dios único de os filósofos.
El Dios de los creyentes añade algo más: Dios es mi Dios, el Dios en quien yo creo. Sobre todo a partir del monoteísmo judío, Dios crea el mundo y jamás se desentiende de él. Es un Dios siempre activo y presente (providente) que recuerda al creyente que la vida y la muerte proceden de él.
Esto significa que la libertad humana no debe contradecir la disposición y el decreto de Dios respecto del mundo. Esto significa también que el ser humano ha de dar  cuenta del mal que introduce en el mundo. Por otro lado, el creyente pide a Dios que evite el mal.
Por último, cuando el creyente muere no desaparece definitivamente, sino que comparece ante la presencia de Dios recibiendo el premio, según se haya acordado siempre y bien de Dios y de su creación, o el castigo en caso contrario.
2. Formas radicales de monoteísmo.
2.1. El monoteísmo israelita.
En algunas religiones orientales pudo darse alguna forma de monoteísmo. Pero la más consecuente y definitiva afirmación de la unicidad de Dios, entendido como ser supremo, personal y creador del mundo, se encuentra sin ninguna duda en la religión de Israel, que está centrada en Yahvé.
2.1.1. Dios creador y justo.
“Yahvé es un Dios único porque los otros dioses no son nada”, como proclama la Biblia (Isaías, 44, 6-11).Yahvé es también creador de todo, uno, amante de la justicia y el derecho (Salmo 33).
Es asimismo un Dios celoso que no tolera la menor veleidad idolátrica o de culto a cualquiera que no sea él.
2.1.2. Su santo nombre es impronunciable.
Ningún humano debe osar mencionar el nombre de Dios, que sólo le pertenece a él. De hecho, durante siglos los judíos no lo nombraron. Tampoco se le puede ver el rostro, pues eso sería demasiada arrogancia humana. Cuando Dios aparece, lo hace veladamente, pues no resistiría tanta luz el ojo humano, ni soportaría tanta grandeza. Su palabra arde. “Yahvé habla en el fuego” (Isaías 66, 15-16).
Ante Dios, el creyente se postra en tierra, se cubre el rostro, se mantiene apartado.
2.1.3. Él habla a sus elegidos.
Pero Yahvé revela a Abrahán su nombre, un nombre impronunciable, el tetragrama Y H W H, al que mucho más tarde, para poder pronunciarlo, se le añadirán las vocales, e, o, a (de ahí  la palabra Jehová).
El creyente dialoga desde la actitud de escucha y dentro del respeto al misterio que él es: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (I Samuel 3,10).
2.1.4. Dios, liberador, establece una alianza con su pueblo.
Dios es el que salva, la roca, el escudo, el refugio, la fortaleza, la salvación, la muralla: “Pues ¿quién es Dios fuera de Yahvé? ¿Quién roca, sino sólo nuestro Dios? “(Salmo 18).
Y se compromete con la humanidad a través de su pueblo elegido, estableciendo con él una alianza que no cesa de renovar. A pesar de las muchas y constantes infidelidades de la humanidad a lo largo de sus distintas etapas históricas, Dios es fiel para siempre e incondicionalmente con lo que ha prometido: una vida nueva, plena definitiva.
Para poder ser fiel a esa alianza, la humanidad frágil necesita una perpetua conversión: “lavaos, purificaos; quitad vuestras malas acciones de delante de mis ojos; dejad de obrar mal, aprended a obrar bien” (Isaías 1,16).
2.2. El monoteísmo trinitario cristiano.
Como derivación del monoteísmo judío surgió hace dos mil años el monoteísmo trinitario de los cristianos: Dios es uno en esencia y trino en personas.
2.2.1. Creo en Dios Padre Todopoderoso.
El poder es bueno cuando se comparte. Y para demostrar cuán grande es su amor, Dios Padre comparte con la humanidad a su propio Hijo: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene. En que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan).
2.2.2. Creo en Jesucristo, su único Hijo.
El Hijo, Jesucristo, es Dios. En la persona del Hijo hay dos naturalezas, la divina y la humana: es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.
Llevó su amor a las personas hasta dar por ellas su vida en la cruz: “En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Juan 3,16).
El  Hijo, Jesús de Nazaret, enseñó el perdón de las ofensas incluso a los enemigos, el amor recíproco, la entrega incondicional. Mostró una solicitud preferencial para los enfermos, los pobres, los débiles, los necesitados de salvación.
2.2.3. Creo en el Espíritu santo.
En la unidad de un mismo y único Dios existen tres personas: la del Padre, la del Hijo y la del Espíritu Santo, amor recíproco del Padre y del Hijo que se derrama, según los creyentes, en los corazones de todas las personas de buena voluntad.
El espíritu Santo irrumpe en el ser humano como un soplo de aire fresco, vivifica y purifica nuestra vida, ilumina, abre caminos, llena los corazones de sus fieles.
En definitiva, Dios es amor, como dice el evangelista Juan en sus escritos: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Juan 4, 7-8).

2.3. El monoteísmo islámico.
El Islam, surgido en el siglo VII de la era cristiana, es la tercera gran religión que presenta una forma radical de monoteísmo.
2.3.1. Dios, irrepresentable.
En el Islam, Alá (Dios) no admite asociados: “lo que Dios no perdonará es que se le asocien otras divinidades”. “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta” (Corán 7,157). El Dios uno que “no tiene igual absolutamente en nada” es un Dios creador. Omnipotente, obra según su divina voluntad: “A él no se le pide razón de lo que hace”. Eterno y trascendente, es el ser absolutamente distinto: “No hay nada semejante a él”, y por ende resulta inaccesible a cualquier representación.
En el Corán hay 99 formas distintas de referirse al Dios único, paliándose de este modo la carencia de una iconografía antropomorfa.
2.3.2. Dios, anunciado por los profetas y los ángeles.
Ese Dios único e irrepresentable fue anunciado por diversos profetas antes de Mahoma, según el islam el “sello de la palabra”, entre los que se encuentran Abrahán, Moisés y el mismo Jesús de Nazaret. Es una obligación creer en todo lo que los profetas dijeron en su nombre.
Por debajo de los profetas hay otros servidores de Alá, los ángeles.
2.3.3. Dios, soberano del día del Juicio.
Excepto los profetas y los mártires, que ya están en el paraíso, todos los seres humanos serán juzgados personalmente por Dios.
Al final de los tiempos, la humanidad comparecerá ante Alá, presentándole el libro donde están escritas sus buenas y malas acciones. De hecho, cada uno se verá entonces a sí mismo en la verdad de lo que ha sido.
2.3.4. Dios, misericordioso.
Sin embargo, aunque totalmente distinto de los seres humanos, ese Alá es misericordioso con ellos. Y Mahoma, el profeta, intervendrá personalmente a favor de los creyentes.
3. Abrahán, patriarca de las tres grandes religiones.
3.1. Abrahán, patriarca de las religiones del libro.
Las tres grandes religiones monoteístas comparten un mismo padre humano, el patriarca Abrahán.
En efecto, según la Biblia, de él nacieron Ismael, antepasado de los pueblos árabes, e Isaac, padre de Israel.
Patriarca significa etimológicamente “padre originario”. Al llamar así a Abrahán, los judíos, los cristianos y los musulmanes reconocen en él al origen común de su fe.
Los creyentes de estas religiones monoteístas tiene, además, otra cosa en común: todos ellos creen que las enseñanzas reveladas por el Dios único se encuentran recogidas en un libro sagrado: la Biblia hebrea para los judíos, la Biblia cristiana para los cristianos, y el Corán para los islámicos.
3.2. Abrahán, elegido por Dios.
Tal como cuenta el libro del Génesis, Abrahán fue elegido por Dios como padre de un gran pueblo. Dios le prometió al anciano Abrahán que, a pesar de su edad y de la esterilidad  de su mujer, Sara, tendría un hijo, y que su descendencia se multiplicaría hasta convertirse en un gran pueblo.
Abrahán creyó en la palabra de Yahvé y aceptó la alianza con Dios. Por eso es padre de creyentes, el representante más antiguo del monoteísmo, el arquetipo de las religiones proféticas: es el hombre que cree en Dios, el amigo de Dios.
Así pues, aunque en tres religiones distintas, judíos, cristianos e islámicos se reclaman de un mismo y único Dios, y de un mismo padre en la tierra, Abrahán. Sin embargo, la visión que cada una de esas religiones tiene de Abrahán es distinta. Para los judíos, Abrahán es el padre físico de Isaac, cuyo hijo Jacob fue llamado Israel, con el que Dios estableció alianza eterna. Es el patriarca del pueblo judío. Para los cristianos, Abrahán es el padre espiritual de todos los creyentes, cuyas promesas se cumplieron en Cristo. Él es así patriarca de judíos y cristianos. Para los islámicos, Abrahán es el padre físico de Ismael, con el que fundó en La Meca la Kaaba como santuario central del Dios único. Él es así el patriarca de los árabes.
Para los judíos Abrahán es el modelo de fiel observante de la Ley: el judío ideal, justificado por las obras, que demuestran su fidelidad a la fe. Para los cristianos, Abrahán es el modelo de fidelidad inquebrantable de la fe: anunciador de Cristo; justificado por la fe, que precede a las obras. Para los islámicos, Abrahán es el modelo de sometimiento absoluto (=islam), es el primer musulmán, consiguió la justicia creyendo en Dios y llevando una vida agradable a él.
Para los judíos, Abrahán como persona testimonial, es la prueba de la fe más difícil en el sacrificio de su único hijo Isaac. Para los judíos el sacrificio de Isaac es el anticipo de la entrega del Hijo de Dios por el Padre. Para los islámicos, la salida de Ur como prototipo de la emigración del profeta de la meca (Hégira).
Para los judíos Abrahán es el receptor de las promesas de Israel: pueblo y tierra. Para los cristianos es el receptor de las promesas de todos los pueblos: Jesucristo como culminación de Abrahán. Para los islámicos, Abrahán es el receptor de la revelación primitiva recogida sin falsedad en el Corán.
4. Religiones orientales y religiones abrahánicas.
4.1. Concordancias entre las religiones orientales y las abrahánicas.
Las religiones orientales (hinduismo, budismo) y las religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islamismo) tienen algunos puntos en común:
• Saber de dónde venimos y adónde vamos, existencia de un sentido de la vida.
• Conciencia de un “defecto” inherente a la condición humana y/o culpa o pecado.
• Necesidad de protección ante una existencia amenazada.
• Necesidad de lo maravilloso y expresarlo con ritos y símbolos.
• Apelación a una tradición y/o a un fundador.
• Seguimiento del fundador y/o de un maestro.
• Existencia de personas que han experimentado la apertura de un modo distinto y/o trascendente (maestros, profetas, místicos…).
• Actividades proselitistas más allá de las fronteras nacionales o raciales.
• Garantía de justicia y felicidad aquí y/o para después de la muerte.

4.2. Diferencias entre las religiones orientales y las del libro.
Al lado de estos puntos de concordancia hay, sin embargo, profundas diferencias:
4.2.1. Impersonalismo-personalismo.
*Las religiones orientales presentan un Espíritu universal e impersonal como encadenamiento causal, riguroso y ciego, en cierto modo mecánico.
*Las religiones abrahánicas creen en un Ser personal como providencia consciente y voluntaria, y no como destino ciego e predestinación, en una persona, y no en un principio abstracto.
      4.2.2. Tiempo cerrado- tiempo abierto.
*Orientales: No hay creación del mundo, sino un encadenamiento causal del universo, donde no cabe el milagro, sino sólo la rígida e inmutable ley del karma.
* Abrahánicas. Hay creación, como historia y como naturaleza. El tiempo es el ámbito en el que actúa la providencia divina, incluso con milagros, y el ámbito de la responsabilidad personal y social del ser humano como ser histórico.
     4.2.3. Reencarnación-existencia definitiva.
*Orientales. La existencia está hecha de ciclos de reencarnaciones en la rueda del destino de dioses y cosmos. No existe la culpa, aunque sí la necesidad de purificación.
*Abrahánicas. Una sola existencia en el tiempo, durante la que el ser humano va fraguando su destino personal y social. Existe la culpa y su purificación (redención).
   4.2.4. Identificación cósmica- identificación personal.
*Orientales: Cada existencia es un “atman” como manifestación transitoria del “Atman” universal o “Brahman”. Al final se da una fusión-no un encuentro- entre el sujeto adorador y el objeto de su adoración.
*Abrahánicas. En cada persona hay una identificación permanente como “yo” o “alma” individual frente al Tú personal del Ser divino. Al final se da un encuentro(o desencuentro) personal entre el Creador y la criatura.
    4.2.5. Conclusión.
*Las religiones orientales e caracterizan por una religiosidad sin adoración, sin divinidad trascendente y creadora, tendente a una purificación progresiva del universo y del psiquismo humano, después de una serie de cambios o reencarnaciones que restauran un estado de reposo permanente, en el cual el yo, real o ilusorio, subsiste o se disuelve en una esencia inefable.
Aquí el mal y el dolor se consideran objetivamente, no moralmente, como inherentes a la propia existencia, cuya salvación exige el cese de las pasiones, incluso de las benéficas.
*Las religiones abrahánicas creen en la existencia de una divinidad creadora, trascendente, omnipotente y omnisciente, providencial, objeto de adoración de los fieles; éstos serán juzgados moralmente y colocados después en un estado definitivo, cielo o infierno, pues el mal es fruto del libre albedrío- a veces influido por un adversario de Dios, principio exterior al hombre-, mientras que el dolor es un castigo del cielo o una prueba enviada por Dios.

Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.

Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo.

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