¿ÁNGELES O DEMONIOS?

  • 1.¿Cómo es la naturaleza humana?
  Alguna vez hemos observado un grupo de niñas y niños pequeños en plena actividad. ¿Cómo interaccionan entre ellos? ¿Juegan o se pelean? ¿Comparten o son posesivos? Si los niños tienen dos o tres años, las interacciones serán esporádicas y predominará el conflicto. A los cinco o seis años es posible que de vez en cuando consigan ponerse de acuerdo. Hacia los ocho años la cooperación será la tónica general. ¿Cómo se explica este hecho? ¿Nacemos sociales o aprendemos a serlo? ¿Somos genéticamente egoístas o bien somos buenos por naturaleza?
  El caso es que no hay un acuerdo general sobre esta cuestión. En todas las épocas encontramos concepciones que nos consideran seres bondadosos, sociables y compasivos, y en otras que remarcan el carácter insociable y egoísta de la naturaleza humana.
  • 2.Sociables por naturaleza.
  Por más conflictiva que resulte a menudo la convivencia no hay duda de que las personas nos buscamos las unas a las otras. Por placer o por necesidad.
Por si ésta no fuese una evidencia suficiente de nuestra sociabilidad natural, Aristóteles aportaba otro argumento: la existencia del lenguaje. El fin y al cabo, ¿qué sentido tendría un lenguaje si no lo situamos en el marco de nuestra compleja vida social?
  La palabra crea vínculos y establece relaciones. Cuanto más rico es nuestro lenguaje más denso es nuestra red de relaciones sociales.       Pensemos, por ejemplo, qué sería de la institución familiar sin palabras como "padre" o "madre", o bien que sería de la política sin conceptos como "mandar", "obedecer", "poder" o "jefe". En definitiva, el lenguaje otorga un nuevo marco de posibilidades a la sociabilidad humana.
  • 3. Movidos por el egoísmo.
  No todo el mundo comparte la tesis de la sociabilidad natural de los seres humanos. A partir de la Edad Moderna surgen con fuerza las teorías que niegan al hombre todo instinto social. De entre todas ellas destaca la del filósofo inglés del siglo XVII Thomas Hobbes, quien en su obra Leviathan nos muestra una visión profundamente pesimista de la naturaleza humana condensada en la máxima "el hombre es un lobo para el hombre". Según Hobbes, los individuos somos egoístas y agresivos por naturaleza y sólo el miedo al castigo nos obliga a respetar la ley y mantenernos en sociedad.
Ya bien entrado el siglo XX, Sigmund Freud le dará la razón. Si negar la existencia de instintos sociales, que aglutina bajo el nombre de eros, Freud afirma la primacía de los instintos agresivos o instintos de muerte, llamados thanatos. Estos últimos serían los responsables de todas las conductas violentas del ser humano y podrían incluso conducirnos a nuestra propia autodestrucción.
Según Freud, la fuente del mal no es social, sino natural. La cultura no es sino el frágil dique que construimos para protegernos contra el torrente devastador de nuestros propios instintos.
  • 4.Ni ángeles ni demonios.

  ¿Qué conclusión podemos extraer de todo esto? Si miramos los frutos de la cooperación humana (moral, derecho, democracia, avances científicos...) nos sentiremos inclinados a pensar que hay en nosotros un instintos social que encuentra su realización en la vida en comunidad. Si nos fijamos en la otra cara de la moneda (violencia, fanatismo, afán de poder, explotación del hombre y de la naturaleza...), pensaremos que lo que impera en nuestra naturaleza es el egoísmo y la agresividad.
  Somos seres complejos donde se entrecruzan naturaleza y cultura, predisposiciones genéticas y valores aprendidos, instinto de autoconservación y gregarismo. Lo que nos caracteriza es el conflicto, la tensión permanente entre elementos contrarios que tiran de nosotros en direcciones opuestas.
  Kant se refirió a la condición humana con la paradójica expresión insociable sociabilidad. No podemos vivir solos, pero nos resistimos a aceptar restricciones a nuestra libertad. Se trataría, pues, de asumir sin reservas nuestra complejidad, la existencia en nosotros de tendencias opuestas, pero no necesariamente irreconciliables.
  Negar una de estas dos tendencias nos conduce a aceptar una visión de lo que somos demasiado simplista y falseada, una visión distorsionada, bien por un optimismo desmesurado, bien por un pesimismo fatalista.
  El optimismo desmesurado afirma que el ser humano es bueno por naturaleza y que el origen de todos sus males es social: si cambiamos la sociedad, desaparecerá en el acto la injusticia. El problema es que no está claro que las sociedades más desarrolladas sean siempre las más justas.
  El pesimismo fatalista, en cambio, que cae en el extremo contrario de atribuir a la naturaleza humana todos los defectos, tiene serias dificultades para explicar comportamientos como el amor, el heroísmo o cualquier otra forma de altruismo.

La historia hace a los hombres sabios; la poesía, ingeniosos; las matemáticas, sutiles; la filosofia natural, profundos; la moral, graves; la lógica y la retórica, hábiles para la lucha

Autor: Francis Bacon

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