CON LOS OJOS VENDADOS

 Una vez, cuando cumplí los doce años, llego a mi comunidad una familia desde la península, pero no era una familia común, los padres eran de Madrid, y tenían tres hijos, el mayor tenía catorce años y era alto y moreno, se llamaba Javier; Andrea, la mediana era una niña de mi misma edad, era de Argentina, y sus padres la habían adoptado cuando era un bebé, pero aún conservaba el acento. La pequeña, Ana, era una niña china, de seis años, no hablaba prácticamente nada, no porque no supiera, sino porque había nacido con una sordera crónica, llevaba audífonos, y escuchaba lo suficiente como para leer los labios, se comunicaba en el lenguaje de los sordos y lo aprendí gracias a ella.


 Andrea y yo nos llevamos muy bien desde que nos conocimos, sus padres la pusieron en mi mismo colegio, y a su hermano en el instituto al que nosotras iríamos poco después, a Ana la pusieron en un colegio distinto, no tenia nada de especial excepto el hecho de que todos los alumnos tenían algún tipo de problema, sordera, ceguera, etcétera; pero Ana estaba contenta y se lo pasaba muy bien. Todo nos iba bastante bien, hasta que empezamos en el instituto al curso siguiente, con el instituto empezaron los problemas.
 Javier, no había tenido mayor problema, pero cuando llegamos Andrea y yo, topamos con los típicos “listos”, que son lo máximo o al menos eso se creen ellos, y nos causaron bastantes problemas por que se pasaban el día molestándonos. Un día, en tutoría la profe nos explicó una actividad que parecía divertida, sentados en un círculo teníamos que hacer cada uno un abanico de papel y ponerle nuestro nombre, los abanicos se irían pasando de mano en mano, hasta terminar el círculo y que volviera al dueño, cada persona tenía que poner algo bueno del dueño de el abanico.
 Todo fue con normalidad en un principio, ya llevábamos casi dos meses de clase y nos había dado tiempo de conocernos los unos a los otros, he de admitir que cuando me llegaron los abanicos correspondientes a los dos “personajes” que nos molestaban, me costó ya que no conocía nada bueno de ellos, pero acabé poniendo que eran simpáticos, o graciosos para salir del paso. Cuando mi abanico llego a mí y a Andrea le llego el suyo nos quedamos las dos sorprendidas, había cosas buenas si, a mí por ejemplo me pusieron que era estudiosa, aplicada, simpática; a Andrea básicamente lo mismo además de que era agradable y linda. Pero en ciertas partes de los abanicos,  las cosas que estaban escritas no eran en absoluto agradables, las mías no eran tan malas después de todo, aunque de buenas no tenían ni la letra, eran del tipo: estúpida, fea, imbécil, y otras más que prefiero no decir; pero las de Andrea eran completamente impensables: negra, machupichu,  zorra, etc. Realmente no tenían fundamento ya que Andrea tenía mi mismo tono de piel, era una buena persona y tan normal como los demás.
 La profesora nos pidió que leyéramos lo que nuestros compañeros habían puesto de nosotros, ya que una de las normas era escribir y no leer lo que los demás habían puesto por que era anónimo, incluso tuvimos que escribir todos en azul para que no hubiera problemas. Andrea me miró y yo a ella y en un susurro nos lo dijimos y respondimos todo, plegamos el abanico y nos colocamos dispuestas a escuchar a nuestros compañeros, sin la mínima intención de leer nuestros abanicos y pretendiendo llegar a casa sin que nadie se diera cuenta para que no se complicaran las cosas, pero la tutora no pensaba lo mismo que nosotras y fue eligiendo uno a uno para que fuéramos leyendo, hasta que eligió a Andrea.
- Andrea lee tu abanico – Andrea, movió la cabeza negativamente - ¿Qué pasa? ¿te da vergüenza?
- No – respondió ella
- Pues entonces lee, o déjamelo yo lo leo por ti – dijo extendiendo la mano, Andrea no tuvo más remedio que darle el abanico
 La profesora estaba sonriendo cuando cogió la hoja de papel doblada y escrita por todos lados, comenzó a leer sin perder la sonrisa, afortunadamente no leía el lado en el que estaba la parte mala, cuando le dio la vuelta a la hoja, Andrea se tensó, en pocos momentos la cara de la profesora cambió de una iluminada sonrisa a una cara de incredulidad total al imaginarse semejantes palabras en boca de unos niños de doce años, sus alumnos.
 A partir de aquel momento comenzaron nuestros problemas reales, la tutora llamo a nuestros padres y gracias a las libretas averiguó los dueños de aquellas palabras, puesto que ni Andrea ni yo, aunque sabíamos perfectamente quienes habían sido, no dijimos nada, éramos dos tumbas, cada una mejor cerrada que la anterior, los padres de los chicos, también estaban presentes en la que fue la peor hora y media de mi vida. Durante aquella reunión se habló y se dijo de todo, nosotras estábamos sentadas la una al lado de la otra sin hablar ni prácticamente decir nada.
 Todo aquello acabó en estar nosotros en una punta de la clase y los chicos en la otra, pero la cosa no se paró allí, en absoluto, cada vez nos molestaban más. Un día en el patio vinieron junto con otros dos chicos a insultarnos, en un primer momento les ignoramos, pero acabamos marchándonos, Javier pasaba por allí, en aquel momento, él estaba completamente enterado de lo ocurrido pero creo que ellos no sabían quien era Javier, porque él no estuvo en la reunión. Ellos seguían insultándonos, y cuando nos tiraron una piedra Javier se acercó a ellos.
- ¿Qué pasa? – le soltó uno de ellos
- ¿Creéis que está bien lanzarles piedras a dos niñas? – dijo señalándonos, sus amigos se acercaron a los chicos también.
- Son unas zorras – dijo otro de los de mi clase, Javier lo cogió por la camisa, lo levantó en peso y lo acercó a él
- Tu no llamas así a mi hermana – le soltó en el suelo y se dio la vuelta
- Eres un cobarde – le gritó el chico al que había cogido en el aire, Javier se paró y se giró
- Prefiero irme a darte tu merecido, pegarte solo me traería problemas – se acercó, ya un círculo de gente les rodeaba – además no vales la pena
- Tu tampoco, eres un cobarde – le dijo el otro
- ¿Si? ¿Soy un cobarde por no pegar a un niñato? Creo que el que va en un grupo de cuatro, a tirarle piedras a una niña es más cobarde
- ¿si? Pues… - comenzó el otro intentando recriminarle sus palabras pero Javier lo interrumpió
- Además tienes los ojos vendados, no te das cuenta de que es una niña como cualquier otra, tiene un acento distinto ¿y qué?, es una persona, y por lo que veo es mucho mejor persona de lo que eres tu, así que  cuando te quites las vendas de los ojos y recapacites sobre tus actos, avísame, y si no lo haces – le puso una mano sobre el hombro, el chico se encogió esperando el golpe que no recibió, abrió los ojos – lo siento mucho por ti.
 Se dio la vuelta y se marchó, nosotras presenciamos el acto desde las escaleras, Javier se acercó a nosotras nos miró y nos sonrió, comenzó a subir las escaleras y nosotras le seguimos, el grupo de gente se disperso en nada, juraría que mi tutora había visto toda la escena desde algún lado del patio de desde alguna parte de las mismas escaleras en las que estábamos.
 A partir de entonces todos nuestros problemas se acabaron, no me metieron más con nosotras, ni hubo mas peleas ni insultos, a partir de aquél día todo se terminó.
 Aún recuerdo lo que Javier nos dijo cuando volvíamos a casa:
“Mirando con los ojos vendados, no se puede ver”

Basado en el Artículo 2:
• Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.
• Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía

Poca filosofía aparta de la religión, mucha filosofía lleva de nuevo a ella

Autor: Francis Bacon

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