EL PROBLEMA DE LOS UNIVERSALES

 El problema de los universales tiene su origen en una paradójica propiedad de las palabras que usamos comúnmente. Cuando queremos hacer referencia a cualquiera de los objetos que nos rodean usamos el término que lo designa. Por ejemplo, la mesa sobre la que estoy escribiendo ahora mismo la designo, como no podría ser de otro modo, con la palabra "mesa". Pero ese mismo término que acabo de usar para designar el objeto concreto que tengo delante de mí lo utilizamos, de hecho, siempre que queremos señalar un objeto semejante. La palabra "mesa", por lo tanto, no la utilizo para designar solamente un objeto concreto, sino que me sirve para designar una infinidad de objetos. Por eso afirmamos que las palabras son términos generales, universales, y se contraponen a los objetos concretos y singulares que constituyen el mundo que nos rodea. Lo paradójico del lenguaje humano es que mediante términos universales expresamos lo concreto del mundo, lo particular.

 El problema de los universales se halla emparentado con esta característica del lenguaje que acabamos de exponer. Surge en los términos en los que lo conocemos en la Edad Media, pero es posible detectarlo ya en Grecia, sobreviviendo hasta la actualidad de la mano de filósofos analíticos, lingüistas y semiólogos, que se han visto obligados, por razones internas a su disciplina, a replantearse de nuevo esta cuestión. El núcleo de este problema se puede expresar con los siguientes términos: ¿las palabras y los términos abstractos, generales o universales tienen una existencia independiente de la mente o bien lo único que existe en la realidad son los objetos concretos, individuales y particulares? El problema, por lo tanto, no es lingüístico, sino ontológico, y se plantea la cuestión de si, además de las realidades concretas que nos rodean, existen otras entidades abstractas. Respecto a esta cuestión vamos a señalar tres posturas:

  • a) El realismo exagerado. Esta postura, también llamada platonismo, entiende que los conceptos universales hacen referencia a una realidad extramental. Afirma que existen dos clases de realidades, por un lado, los objetos concretos, y por otro, los conceptos abstractos. A la palabra "animal" o "vertebrado", por ejemplo, le corresponde una entidad exterior a la mente que no es un objeto concreto, sino abstracto, bajo el que es posible clasificar todos aquellos seres que denominamos como animales o vertebrados. De esta manera se garantiza la objetividad de nuestros pensamientos y de las clasificaciones de la realidad porque de hecho se corresponden con la misma realidad.
  • b) El nominalismo.Esta corriente defiende que solo existen individuos concretos y las nociones generales solo aparecen cuando tenemos la experiencia de una multitud de individuos que comparten algunas características, por lo que los acabamos denominando de la misma manera. Los términos universales no hacen referencia a ninguna realidad exterior, sino que son una construcción de nuestra mente.
  • c) El conceptualismo. Comparte con el nominalismo su rechazo por el realismo exagerado, pero al mismo tiempo no acepta que todos los términos aparezcan debido a la experiencia. Hay conceptos que carecen de representación, como lo infinito.

 Nuestro sentido común tiende a descartar las posturas realistas porque nuestra concepción de la realidad va unida a lo concreto, a aquello que captamos mediante los sentidos. Pero las opciones no realistas no pueden explicar, por ejemplo, por qué somos capaces de entendernos cuando hablamos. Si cada persona elabora sus contenidos mentales según la experiencia que cada uno ha tenido, lo más lógico sería suponer que, como tenemos vivencias diferentes, adscribamos a las palabras significados también diferentes.

 La cuestión del origen del lenguaje no puede tampoco explicarse desde el nominalismo. Los nominalistas consideran que el lenguaje surge a partir de nuestras percepciones, pero un lingüista como Chomsky (1928) afirmará que los pobres estímulos que recibimos no pueden explicar ni la riqueza lingüística que potencialmente tenemos ni las estructuras sintácticas que operan en nosotros cuando hablamos.

 Existe también una ramificación del problema de los universales que incumbe a las matemáticas. Se trata de establecer si los triángulos o los números complejos, por ejemplo, existen fuera de la mente-y, por lo tanto, lo único que hacen los matemáticos es describir esa realidad compuesta por objetos ideales-, o bien, si son objetos inventados a los que no les corresponde ninguna realidad extramental. La duda surge al comprobar que nociones que se inventaron para solucionar un problema muy concreto como, por ejemplo, los números complejos, han encontrado aplicaciones que no tienen nada que ver con el propósito para el que fueron concebidos, como su papel en el establecimiento de leyes cuánticas. ¿Se tratan entonces de nociones que, de alguna manera, se encuentran ya en la naturaleza? ¿El éxito de las leyes físicas se debe a que las fórmulas matemáticas en las que se basan se encuentran ya en la realidad, o bien son una invención afortunada sin ningún tipo de correspondencia real? ¿Es preciso recurrir a un dios matemático que explique el origen de estas leyes?

 Aunque las posturas realistas sean las menos obvias, a menudo, los autores que se adscriben a ellas lo hacen para superar la perplejidad y las contradicciones en las que se sumen las opciones más próximas al sentido común. El problema se encuentra en la necesidad de ampliar nuestra noción común de la realidad, extendiéndola sobre objetos que no ocupen ningún lugar ni les afecte el paso del tiempo, aunque entonces queda por explicar cómo subsiste esa otra realidad y cómo se relaciona con nosotros.

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