EL ALFABETO EMOCIONAL

1. EL CEREBRO DE LA FELICIDAD.
Ricard Matthieu, define la felicidad como la emoción que determina la calidad de cada instante de nuestra vida.
*Nuestro cuerpo. ¿Sabías que un minuto de ternura genera hemoglobina en la sangre y nos hace más inmunes? Un abrazo desencadena sustancias químicas que mitigan el estrés.
*Nuestro cerebro. Las personas felices utilizan una zona situada en la parte izquierda de nuestra frente- lóbulo prefrontal izquierdo-, mientras que las pesimistas utilizan una zona situada a la derecha- lóbulo prefrontal derecho.
*Gestionar la felicidad. Si entrenamos para penar, hablar o sentir positivo, ejercitamos más nuestro lóbulo prefrontal izquierdo y nos convertimos en personas más optimistas y felices. Las investigaciones de Richard J. Davidson han puesto de manifiesto que la felicidad no solo se puede aprender, sino que puede entrenarse.
2. EL CEREBRO DE LA TRISTEZA.
La tristeza es una emoción que convive con el ser humano desde hace millones de años. Tiene una función: ayudarnos a superar la pérdida de alguien allegado a nosotros.
*Nuestro cuerpo. La tristeza afecta al sistema nervioso autónomo: disminuye la energía vital y debilita el sistema inmune.
*Nuestro cerebro. Las personas optimistas llevan sus emociones hacia una zona de la frente- lóbulo prefrontal izquierdo-, mientras que las personas pesimistas las llevan hacia otra- lóbulo prefrontal derecho-. El peligro consiste en decirle a nuestro cerebro que se acostumbre a llevar sus emociones por el circuito que lleva al lóbulo prefrontal derecho.
*Una emoción necesaria. La tristeza es la emoción menos placentera porque nos puede hacer sentir desamparados, pero es la única emoción negativa que promueve la empatía de los demás.
*Gestionar la tristeza. La tristeza imprescindible para vivir situaciones de duelo, pérdida y fracaso. La clave para gestionarla está en permitirnos que la tristeza dure el tiempo necesario para aceptar la situación.
3. EL CEREBRO DE LA SORPRESA.
La sorpresa nos prepara para afrontar de manera adecuada las situaciones inesperadas. Aparece de repente y dura un breve espacio de tiempo, dando paso a otra emoción.
*Nuestro cuerpo. La microexpresión más característica de la sorpresa es la dilatación de las pupilas.
*Nuestro cerebro. El riego sanguíneo periférico disminuye, pero aumenta el riego sanguíneo encefálico. La sorpresa activa el cerebro de la atención, es decir, se despeja la autopista de comunicación entre la amígdala- que se encarga de darle un contenido emocional a lo que percibimos- y el lóbulo prefrontal- que se encarga de analizar e interpretar-.
*Gestionar la sorpresa. Tras la sorpresa, surge otra emoción, que dependerá de la situación que haya propiciado la primera. Si la sorpresa ha sido recibir un regalo, lo más probable es que estallemos en gritos y saltos de alegría. Pero si la sorpresa ha sido descubrir que nos han robado, desencadenará en nosotros la ira. La circunstancia desencadénate de la sorpresa sucede con tanta rapidez que la persona se ve en un breve espacio de tiempo impelida a responder; pierde la capacidad de control y de predicción. La mejor gestión de la sorpresa, por tanto, no consiste en dejarse llevar impulsivamente por lo que dice la amígdala, sino darnos unos segundos para que el lóbulo prefrontal pueda procesar la información que estamos recibiendo antes de responder.
4. EL CEREBRO DE LA IRA.
La ira es una emoción primaria difícil de racionalizar porque va acompañada de una importante carga emocional. Las emociones más elaboradas que se derivan de la ira son: enojo, resentimiento, irritabilidad, e incluso violencia física.
*Nuestro cuerpo. Con la ira nuestro cuerpo cambia drásticamente. Perdemos los nervios y la compostura, y se desata en nosotros una situación difícil de dominar. Producimos adrenalina, que genera energía, y testosterona, que es una hormona andrógena principal en los hombres, pero segregada también en los ovarios de las mujeres.
*Nuestro cerebro. La amígdala es la responsable de nuestra ira. Necesitamos enfadarnos para expresar a otras personas aquello que nos hace daño, por ejemplo. Pero la ira es una especie de enfado irracional. Esto se produce cuando la amígdala- situada en el cerebro mamífero o sistema límbico- impide que las emociones lleguen al lóbulo prefrontal- cerebro racional o neocórtex-, que es donde se racionalizan las emociones.
*El cortisol nos envenena. De repente se dispara la producción de cortisol, una hormona que en cantidades excesivas se convierte en una sustancia tóxica. Cuando aumenta el cortisol, disminuye la producción de glóbulos blancos, que son los que se encargan de defender nuestro sistema inmunológico.
*Gestionar la ira. La clave para controlar la ira es generar más serotonina: la hormona de la calma.
5. EL CEREBRO DEL MIEDO.
El miedo es una emoción primaria que tiene que ver con la percepción de un peligro.
*Nuestro cerebro. El miedo produce reacciones fisiológicas, como el aumento de la presión arterial y el disparo de la actividad cerebral. Por el contrario, el sistema inmunitario se paraliza y la sangre fluye a las extremidades inferiores, avisando de la posible necesidad de huida, lo que explica la palidez del rostro. El ritmo cardíaco se acelera. En la cara podemos reconocer la dilatación de las pupilas, que a su vez produce un agrandamiento del ojo y del campo de visión.
*El miedo patológico. La máxima expresión del miedo es el terror.
*Nuestro cerebro. Cuando tenemos miedo la sangre y la producción de azúcares se concentran en el sistema límbico, dejando el lóbulo prefrontal sin sangre. Pero el lóbulo prefrontal es la parte más avanzada de nuestro cerebro. Así que cuando más necesitamos ser más inteligentes, nos volvemos más tontos. Esto se explica porque nuestro cerebro está programado para concentrar todas las energías en las operaciones motoras: huir, luchar, escapar. Esto era importante cuando vivíamos en la selva; no para vivir en las ciudades.
*Gestionar el miedo. Tenemos que aprender a controlar nuestro sistema límbico; mandarle el mensaje de que cuando surge el miedo hay que respirar hondo, para relajarse y pensar mejor.
6. EL CEREBRO DEL ASCO.
Según el antropólogo Dan Fessler, la emoción del asco protegió y permitió a nuestros ancestros sobrevivir lo suficiente para tener descendencia.
*Nuestro cuerpo. El asco prepara al organismo para que rechace condiciones ambientales que pudieran ser potencialmente dañinas. El mal olor de un alimento podrido nos alerta y evita que lo ingiramos.
*Cómo se forma nuestra actitud. El asco promueve actitudes como la xenofobia, los prejuicios sexuales y otras reacciones irracionales. Tendemos a ver lo que es diferente a nosotros como algo desagradable. Así, el aspecto físico, la manera de vestir o la cultura de la higiene personal pueden empezar por producir asco y terminar convirtiéndose en un rechazo social.
*Nuestro cerebro. Podemos situar el asco en la ínsula de Reil y en la amígdala. La ínsula de Reil es la que más conecta todas las sensaciones somáticas de nuestro estómago, respiración, presión cardíaca, etc. Por eso, la reacción fisiológica más evidente del asco es la sensación de malestar en el estómago, acompañada por arcadas y vómitos.
*Gestionar el asco. El asco no es racional; se produce en la ínsula de Reil. Una primera estrategia es aprender a leer nuestras señales corporales cuando sentimos estrés, miedo, nervios...Solo el hecho de tomar conciencia de qué pasa en nuestro cuerpo ayuda a relativizar la sensación de asco. Otra estrategia es relajarnos para que la emoción llegue al neocórtex y podamos camuflar el asco con colores, vivencias o texturas agradables.
(AA.VV. Valores Éticos. 1 eso. Editorial Edelvives. Zaragoza 2015)

ACFILOSOFIA usa cookies para darle un mejor servicio.

Si no cambia la configuración de su navegador, usted acepta su uso. Saber más

Acepto