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  • LA CREATIVIDAD

    Nietzsche es, sin lugar a dudas, uno de los autores más creativos de toda la historia del pensamiento. Y ostenta este rango, no sólo porque su propuesta filosófica sea tremendamente original, sino además porque pone en práctica un conjunto de técnicas creativas que hacen de él un ejemplo (por lo menos formalmente): de inversión de supuestos, de propuestas de alternativas...
    Todo el mundo sabe lo que significa la palabra creatividad. La persona que crea posee tal capacidad, y crear es hacer una cosa nueva que antes no existía. El filósofo crea ideas, sistemas, pensamientos (como los científicos o los pintores) a partir de intuiciones, pero también de estrategias cuya lógica se puede explicar y aprender.
    La creatividad es un proceso dinámico y, a veces, costoso, que implica un tiempo y unas capacidades especiales de las personas que la aplican. Exige constancia y seguir unos "pasos" o etapas determinadas. La memoria, los conocimientos, la dedicación, el azar son elementos que hay que tener en cuenta en el proceso creativo.
    La creatividad también necesita un método, un camino. Los psicólogos y teóricos han propuesto caminos y metodologías diversas, en más o menos fases. El método clásico sobre el cual se basan la mayoría de elaboraciones posteriores fue propuesto por el matemático Henri Poincaré (1854-1912). Consta de cuatro fases:
    *Investigación consciente (exploración, preparación...)
    *Trabajo consciente (incubación de ideas, reposo...)
    *Iluminación repentina (el fenómeno Eureka, el insight...)
    *Comprobación (evaluación del proceso).

    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis. Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona. 2009).

  • LA AUTONOMÍA, LA RESPONSABILIDAD Y EL COMPROMISO

    La reivindicación sartriana de la libertad es tan radical que le lleva a negar cualquier género de determinismo. No cree en el determinismo teológico, ni biológico ni social. Ni Dios nos ha dado un destino irremediable, ni la naturaleza ni la sociedad determinan absolutamente nuestras posibilidades, nuestra conducta. Somos lo que hemos querido ser y siempre podremos dejar de ser lo que somos. Los fines que perseguimos no nos vienen dados ni del exterior ni del interior, de una supuesta naturaleza; es nuestra libertad la que los elige.
    Como dice en El existencialismo es un humanismo,no se nace héroe o cobarde, siempre es posible que el héroe deje de serlo, como que el cobarde supere su condición. Estamos "condenados a ser libres": condenados porque no nos hemos dado a nosotros mismos la libertad, no nos hemos creados, no somos libres de dejar de ser libres. Aunque todo hombre está en una situación, ésta nunca le determina; antes bien, la libertad se presenta como el modo de enfrentarse a la situación (al entorno, al prójimo, al pasado).
    Ni siquiera los valores, la ética, se presentan como un límite de la libertad, pues en realidad, dice Sartre, los valores no existen antes de que nosotros lo queramos; no existen los valores como realidades independientes de nuestra voluntad; los valores morales los crea nuestra determinación de hacer real tal o cual estado de cosas. Al escoger unos valores en vez de otros, la voluntad les da realidad.
    La voluntad se refiere a los actos y voliciones particulares, pero más aún a la elección del perfil básico de mí mismo, del proyecto fundamental de mi existencia, proyecto que se realiza con las voliciones particulares. Esta idea sartriana tiene dos importantes consecuencias:
    *Convierte al hombre radicalmente en autónomo y reponsable
    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis. Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona. 2009).

  • EL ANÁLISIS

    En nuestra sociedad actual la información nos llega a raudales. Tenemos tanta, que a menudo no sabemos cómo administrarla. Y para que esta sociedad pase de ser la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento es necesario seleccionar tal información. Hemos de saber escoger o discriminar entre diferentes informaciones o fuentes de información, y para ello tendremos que analizar todo el caudal de las mismas que nos llega.
    El análisis es el procedimiento mediante el cual distinguimos y descomponemos las partes de un todo, entendiendo y explicando al mismo tiempo la función que cada parte tiene en el todo. Analizar la información que nos llega implica:
    *Distinguir el sentido o la relevancia de cada uno de los datos que me llegan.
    *Decidir si me interesa o no y por qué.
    *Decidir si me parecen datos fiables o no y por qué.
    En filosofía, analizar consistiría en descomponer los problemas filosóficos en elementos más simples, lo cual nos permitirá conocer mucho mejor su sentido. No es extraño, pues, que se cite a veces a Sócrates o a Aristóteles como los primeros filósofos analíticos (método analítico clásico). También se destaca el valor analítico del método de Descartes (método analítico moderno). En la segunda mitad del siglo XX la filosofía analítica constituye una de las principales propuestas del pensamiento contemporáneo, con Russell y Wittgenstein (método analítico contemporáneo).
    Todo lo cual se puede aplicar al clásico ejercicio escolar del análisis de texto. A diferencia del resumen, que consiste básicamente en transmitir abreviadamente el contenido esencial del texto, el análisis consistirá en explicar dicho texto: el contenido y su estructura argumentativa.
    1. Hay que destacar las ideas y conceptos que en él se expresan; y también explicar las relaciones que existen entre esas ideas, conceptos, es decir, su estructura argumentativa.
    2. Siempre hemos de distinguir lo esencial de lo secundario.
    3. En el análisis hemos de dejar clara la distinción entre las partes del texto, es decir la estructura.
    4. Hay que tener también presente que la estructura lógica de un texto, su estructura argumentativa, no tiene por qué coincidir con su presentación literaria.
    Otras cuestiones prácticas para proceder al análisis son las siguientes:
    *Debemos comenzar con una lectura atenta buscando el significado de los conceptos y la estructura lógica del mismo. Hemos de prestar atención a los párrafos en que se divide el texto, así como a los signos de puntuación.
    *Releer el texto tantas veces como sea necesario hasta estar completamente seguros de haber determinado su sentido y estructura.
    *Esquematizar el texto destacando sus implicaciones lógicas. Ello nos permite comprobar el grado de comprensión del mismo que hemos alcanzado.
    *Prestar especial atención a los conectores de las frases para ver los consecuentes y los antecedentes.
    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis. Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona. 2009).

  • LA HIPÓTESIS Y LA EXPERIMENTACIÓN

    Para resolver e investigar problemas, una de las formas de investigación consiste en seguir el método que desarrolló Galileo y que, posteriormente, mejoró y adaptó la ciencia: creación de hipótesis y experimentación o contraste posterior. El funcionamiento de este método sigue los siguientes pasos:
    1. Observación.
    Consiste en fijarse en aquella parte de las cosas que queremos estudiar. Mediante la observación nosotros identificamos realidades o acontecimientos específicos del cosmos a través de nuestros sentidos.
    2. Búsqueda de preguntas o problemas.
    A partir de la observación, surgen una o más preguntas, generalmente generadas por la curiosidad del observador. La pregunta debe ser congruente con la realidad o el fenómeno observado y debe ser lógica. Las preguntas habituales son: qué, cómo, dónde, cuándo, para qué o por qué.
    3. Elaboración de hipótesis.
    Las preguntas generan respuestas o intentos de explicación: son las hipótesis. Éstas pueden ser falsas o verdaderas y por tanto deben ser sometidas a comprobación o experimentación, que es el siguiente paso. Los resultados de la experimentación determinarán el carácter final (falso o verdadero) de la hipótesis. Para elaborar las hipótesis nos basamos en el método inductivo, o sea, en la observación repetida de muchos fenómenos similares y en nuestros conocimientos previos sobre el tema que investigamos. La hipótesis tiene que ser sencilla y coherente y siempre fruto de nuestras observaciones. Las hipótesis conllevan "predicciones" o consecuencias que, en el caso de que sean ciertas, se deben cumplir.
    4. Experimentación.
    Para comprobar las hipótesis podemos utilizar distintos métodos relacionados con la lógica. El primer método es la concordancia. Se trata de probar si hay una concordancia entre la hipótesis y la realidad. Si funciona, la hipótesis es cierta. Otro método es la diferencia. Consiste en eliminar uno de los elementos que explica un fenómeno. Si se eliminan y el fenómeno no se produce, la hipótesis es cierta. Y el tercero es el método de las variaciones. Si en el desarrollo de un fenómeno hacemos una variación determinada, entonces, debe cumplirse lo que predice la hipótesis. Si es así, la hipótesis es cierta. Para diseñar experimentos, un método habitual es trabajar con dos grupos. Un grupo sirve de control y el otro realiza el experimento. Se comparan los resultados entre los dos grupos y se comprueba si la hipótesis ha funcionado.
    Popper, un filósofo de la ciencia, propuso otro método para comprobar las hipótesis. Se trataba de hacer experimentos que demostrasen que la hipótesis era falsa. Si después de ejecutar la prueba no daba resultado, significaba que la hipótesis era cierta. Una hipótesis era mejor cuantos más intentos de falsarla se pudieran realizar. La propuesta de Popper se llama falsacionismo.
    5. Verificación.
    Una vez la hipótesis ha sido ampliamente contrastada y experimentada con cualquiera de los métodos de la ciencia, se termina el proceso y la hipótesis se convierte en una teoría. Sólo es válida para un tiempo y un lugar determinados. Cuando está consolidada, se utiliza el razonamiento deductivo y sirve para explicar los porqués de los fenómenos. Cuando una teoría se considera verdadera en todo tiempo y lugar, entonces es considerada como ley científica.
    El método hipotético-deductivo es, pues, un modo de aproximarnos a la realidad y comprender el mundo. Ha demostrado su eficacia en los últimos 400 años y por este motivo es válido en la actualidad.
    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona 2009).

  • LA FLEXIBILIDAD Y LA INTERDISCIPLINARIEDAD

    Aristóteles afirmaba que la Tierra estaba quieta y que la bóveda celeste se movía. Hoy sabemos que todo se mueve: la Tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias...Estos dos puntos de vista tienen una cosa en común constatación del movimiento y, por lo tanto, del cambio; un cambio constante en el mundo físico que tiene un reflejo del cambio constante en el mundo psicológico y social. Es preciso dar una respuesta a tal cambio: ha de darse una flexibilidad psicológica, o capacidad de adaptación.
    La competencia de la flexibilidad psicológica nos permite, pues, adaptarnos a los cambios constantes de nuestro entorno y nuestra sociedad. Los cambios informáticos, o los cambios de costumbres debidas a la globalización, o los cambios constantes sobre los diversos sentidos o motivaciones de la propia vida, nos obligan a una flexibilidad mental que nos permita "sobrevivir" a esta realidad cambiante.
    Tenemos tendencia a identificarnos con unas creencias y certezas firmes y seguras, y a actuar de acuerdo con ellas. Decimos esto está bien y esto no, las vacaciones tienen que ser así, los objetivos laborales adecuados son éstos, la relación con la gente debe ser de este modo. Estas afirmaciones nos dan seguridad y criterios para actuar en la vida, pero al mismo tiempo una rigidez. Cuando el entorno cambia y surgen nuevas realidades y nuevos problemas, no nos sirven las viejas certezas y nos bloqueamos. Para salir de este bloqueo es precisa una flexibilidad mental, ideológica y psicológica. Con una actitud flexible, podemos adaptarnos a la nueva realidad y así poder vivir de modo equilibrado. Con una actitud de rigidez e inflexibilidad gastamos nuestras energías y no somos felices.
    La vida humana es una constante relación entre personas y el entorno. Mi vida es una búsqueda de equilibrio entre mi mundo interior, o sea, lo que yo creo, deseo, pienso, y el mundo exterior, esto es, la sociedad y los demás. La flexibilidad y la capacidad de adaptación indican actitud de conformismo, resignación o fatalismo, sino que precisa iniciativa y actividad. Consiste en analizar la realidad por un lado y analizar mis deseos, creencias, necesidades por otro lado, y buscar una armonía entre ellos. Es preciso tener una correcta percepción de la realidad con pensamientos coherentes y lógicos, y evitar los pensamientos distorsionados, exagerados o ilógicos. También es fundamental un buen autoconocimiento emocional que nos permita discernir si una determinada conducta ante un hecho nos es útil y satisfactoria o solamente nos causa dolor. En el segundo caso es preciso modificar nuestra emoción.
    Desarrollamos, además, otra competencia paralela: la actitud interdisciplinaria ante el conocimiento. Aristóteles ya relacionaba sus conocimientos y se interesaba tanto por la física como por la poesía. En nuestro siglo XXI esta actitud supone una competencia muy útil ya que muchos conocimientos tienen puntos de contacto y podemos enriquecernos investigando en las diversas áreas del saber.
    En el proceso del desarrollo de la flexibilidad y la adaptación al cambio se encuentran obstáculos y resistencias diversas. Es fundamental tener consciencia de las mismas y saber que, en un principio, la persona tiene una actitud de negación del cambio y defensa del estatus anterior. Se impone un proceso personal que precisa tiempo y dedicación para que se vayan debilitando estas resistencias, y la persona flexibilice su actitud hasta aceptar el cambio y ver sus ventajas.
    Los cambios violentos, complejos e imprevistos conllevan momentos difíciles para cualquier persona, pero si además esta persona tiene una mentalidad rígida e inflexible, los problemas se vuelven más complejos y difíciles de solucionar. Una vez más, una actitud de flexibilidad permitirá reaccionar y resolver mejor cualquier situación de crisis.

    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona 2009).

  • LA COMPETENCIA EMOCIONAL

    Los griegos situaban las emociones en la barriga. El estómago era el lugar donde anidaban la gula, el desconsuelo, la rabia o el odio; o sea, todo aquello que nos puede transformar en verdaderas bestias. La civilización occidental desconfía de las emociones desde la cuna del pensamiento.
    La época medieval aún va más allá al condenar las pasiones. Los sentimientos, emociones y deseos se identifican con la suciedad y la mezquindad; en una palabra: con el pecado. La cultura popular rescata las emociones de este inmerecido exilio y las traslada al corazón, el órgano central de la anatomía humana, que identificamos todavía con la vida y el bienestar. Incluso aunque en el último tercio del siglo XX la psicología y la biología hayan demostrado de manera clara y concluyente que las emociones residen en el cerebro (órgano de la inteligencia y de las reverberaciones conceptuales), las emociones no ha disfrutado de demasiado prestigio en nuestra civilización.
    La rabia, la envidia, la tristeza, el amor, el odio, el miedo han sido considerados, desde esta perspectiva, como verdaderos desestabilizadores de la personalidad. Las virtudes humanas, desde Epicuro a Freud, se han descrito siempre en términos de control y estabilidad, entendidas como la ausencia de emociones repentinas que perturben nuestro natural carácter plácido y reposado. Incluso el lenguaje cotidiano participa de este espejismo cuando identifica salud mental con "equilibrio" y locura con "desequilibrio".
    Pero actualmente estas interpretaciones han cambiado de repente. El arte se define como la capacidad de influir emocionalmente en los espectadores; la televisión, a través de algunos de los programas de más audiencia, cultiva una especie de orgía emocional; los psicólogos descubren que las emociones pueden ser la clave de algunos de los fenómenos psicológicos más difíciles de definir, como la creatividad o la inteligencia; los químicos trabajan para encontrar fórmulas que puedan inhibirlas o potenciarlas; los economistas las incluyen en los estudios de mercado, y los pedagogos empiezan a considerarlas cuando realizan diagnósticos sobre las debilidades de los programas educativos o en el momento de diseñar los currículums que servirán de modelos en el futuro.
    La inteligencia emocional es un concepto relativamente nuevo que introdujeron Peter Salovey y J. Mayer en 1990. Estos psicólogos de Harvard forman parte de la corriente crítica contra el concepto tradicional que considera la inteligencia sólo desde el punto de vista lógico o lingüístico. Salovey organiza la inteligencia en cinco competencias principales. Conocimiento de las propias emociones, capacidad de controlarlas, capacidad de automotivarse, capacidad de reconocimiento de las emociones de los demás y control de las relaciones. Pero es el periodista y divulgador Daniel Goleman el responsable de popularizar este concepto en su libro superventas: Inteligencia emocional (1995).
    Este nuevo interés es paralelo a los descubrimientos de los años 40 y 50 del siglo XX sobre los procesos fisiológicos de las emociones. Especialmente la confirmación empírica de que la base estructural de las emociones es una parte del neocórtex, conectada a la amígdala y al hipocampo, relacionados con el tálamo y el hipotálamo.
    De este modo, se ha podido comprobar que la conducta emocional está unida a la actividad global del córtex y de la racionalidad humana y no es un aspecto del sistema nervioso autónomo. A través de varios experimentos se han podido reseguir con detalle los procesos y los recorridos neuronales de determinadas emociones, desde el estímulo exterior a la persona hasta la respuesta motora. Precisamente estos estudios han demostrado los cambios fisiológicos y bioquímicos que se producen con las emociones. Y así, desde este punto de vista se ha podido analizar de manera objetiva el concepto de emoción.
    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona 2009).

  • EL AUTOLIDERAZGO

    Se produce un fenómeno curioso en las relaciones humanas: si tú no sabes adónde ir, qué hacer o qué objetivo seguir en la vida, siempre hay una multitud de personas a tu alrededor que te dirán qué hacer, qué objetivos seguir y adónde ir. A menudo, cuando sucede este hecho la persona no está satisfecha con su vida porque se da cuenta de que no hace aquello que cree que tiene que hacer sino aquello que los demás deciden por ella. En general esta situación es insatisfactoria y produce una sensación de infelicidad y de pérdida de libertad. Ante este hecho hay un camino posible: el autoliderazgo (tomar las riendas de la propia vida, decidir por uno mismo y por tanto liderar nuestra actividad vital). Es una habilidad que se puede aprender teniendo en cuenta unos criterios.
    El primer criterio es conocerse a sí mismo, aprender a escuchar nuestro cuerpo, en el sentido físico, nuestras emociones y deseos y nuestros pensamientos. Nuestro cuerpo nos da muchas informaciones que no escuchamos porque estamos pendientes de lo que sucede en nuestro exterior y no en nuestro interior. Esta escucha de nosotros mismos refuerza nuestra autoestima y confianza, condiciones básicas para el autoliderazgo.
    El segundo criterio es asumir la responsabilidad de nuestros actos y decisiones, teniendo consciencia de que somos nosotros mismos quienes ponemos los límites de nuestra acción. Esto implica no culpabilizar a los demás de lo que nos ocurre y al mismo tiempo saber reconocer nuestros errores y aprende de ellos.
    El tercer criterio es marcarse unos objetivos claros, tanto en el ámbito personal como en los estudios y las relaciones, así como en las múltiples actividades que realizo a diario. Por ejemplo, es bueno para el autoliderazgo hacerse preguntas del tipo: ¿Cuál es mi objetivo al estudiar bachillerato? ¿Cuál es mi objetivo al convertirme en la pareja de determinada persona? ¿Cuál es mi objetivo al salir de marcha cada sábado con esta gente, a estos lugares y tomando lo que tomo? Quizá descubras que no estudias lo que quieres sino lo que te dicen, ni vas con la persona adecuada o tampoco el modelo de diversión es el que realmente deseas. Marcarse unos objetivos permite evitar que los demás te lideren.
    El cuarto criterio es la coherencia ética interna, que consiste en actuar según nuestros valores y ser consecuente con ello. Eso implica realizar un trabajo personal de definición de mis valores éticos y de mis criterios sobre la dignidad personal. Eso no impide una actitud flexible que me permita modificar mis valores según vayan evolucionando como persona.
    El autoliderazgo implica también tener consciencia de los obstáculos que lo impiden. Evitar estos obstáculos o luchar para que se difuminen es otra actitud necesaria. Existen dos tipos de obstáculos: internos y externos. Los internos son nuestros hábitos aprendidos, respuestas inconscientes ante situaciones, conflictos emocionales que bloquean nuestra autonomía. Los obstáculos externos son las personas más cercanas, empezando por la familia que, para nuestro bien y para protegernos, puede limitarnos a impedir que tomemos nuestras decisiones. También los amigos y amigas, profesorado, nuestra pareja pueden aconsejarnos de tal modo que sean ellos quienes nos lideren y no nosotros.
    Otro obstáculo del autoliderazgo es el miedo al fracaso. Se trata de un obstáculo interno (la emoción del miedo que nos domina) y externo (el fracaso objetivo de aquello que nos proponemos). Esta situación produce una paralización y provoca que, para no fracasar o para evitar el temor, prefiramos que los demás decidan qué se debe hacer en vez de hacerlo nosotros mismos. Además, si fracasamos, siempre nos tranquiliza pensar que fue culpa de quien decidió por mí y no es mi responsabilidad. Ante esta situación el autoliderazgo consiste en aceptar que toda persona está sujeta al error, ya que el ser humano no es perfecto, y que en todo proceso vital los errores pueden reconvertirse en fuentes de aprendizaje, en lecciones que nos ayudan a ser nuestros propios líderes.
    (Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona 2009).

  • LA POLIS ARISTOTÉLICA SEGÚN MOSTERÍN

    1. La ciudad

     La casa es la comunidad natural que se constituye para satisfacer las necesidades cotidianas del hombre. Para satisfacer sus necesidades no cotidianas se constituye la aldea o conjunto de casas. Y un conjunto autosuficiente de aldeas, finalmente, da lugar a la pólis. Suele traducirse pólis por ciudad, pero no es un casco urbano, sino una comarca o cantón, que puede incluir un casco urbano, pero que en cualquier caso no se reduce a él.

     Los sofistas habían enseñado que la polis es el resultado de un pacto o convenio entre los hombres, por tanto, convencional. Y los cínicos abundaban en esta opinión. Aristóteles se opone rotundamente a este modo de ver las cosas, afirmando repetidamente que la pólis existe por naturaleza. El hombre tiene que vivir en una pólis, si quiere desarrollarse plenamente. La casa y la aldea tienen que formar parte de una pólis, si han de alcanzar sus fines. De hecho, la pólis es el fin de las comunidades inferiores, que sólo en ella pueden encontrar su perfección.

     No sólo existe la pólis naturalmente, sino que es por naturaleza anterior y más importante que el individuo y la familia. “La ciudad es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte; en efecto, destruido el todo (del cuerpo), no habrá pie ni mano, a no ser equívocamente, como se puede llamar mano a una de piedra: una mano muerta será algo semejante. Todas las cosas se definen por su función y sus facultades, y cuando éstas dejan de ser lo que eran no se debe decir que las cosas son las mismas, sino sólo que tienen el mismo nombre. Es evidente, pues, que la ciudad existe por naturaleza y es anterior al individuo, porque si el individuo separado no se basta a sí mismo, será semejante a las demás partes en relación con el todo, y el que no es capaz de vivir en sociedad o no necesita nada por su autosuficiencia no forma parte de la ciudad, sino que es o una bestia o un dios”. (“Política. I”).

     El humán es un animal a cuya naturaleza pertenece el ser miembro de una pólis. El humán es por naturaleza un animal político(o social o ciudadano). Hay otros animales sociales, como, por ejemplo, las abejas. Pero el humán es todavía más social que ellas. En efecto, la naturaleza no hace nada en vano y la naturaleza ha dado al humán el lenguaje. Los otros animales tienen voz (phoné), y con ella pueden expresar y comunicarse su placer o dolor, que es algo subjetivo. Pero los humanes tienen además capacidad lingüística, pueden hablar, y así comunicarse unos con otros sobre lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo perjudicial, etc., pudiendo así llegar a un acuerdo objetivo sobre tales cuestiones. Tal acuerdo se plasma precisamente en las leyes de la ciudad. En resumen, el hombre posee por naturaleza la capacidad lingüística, que sólo encuentra uso y función adecuados en la convivencia política, en la vida de la pólis. Y es que el hombre está hecho para vivir en ella. Ser miembro de una pólis, como hablar o tener ojos, es parte de la naturaleza humana.

     La ciudad surgió como comunidad autosuficiente de aldeas por la ventaja que aportaba desde el punto de vista de ayuda mutua, defensa común y utilidad compartida. Pero ahora existe para posibilitar la vida plena, que es vida de convivencia, pues, por encima de todas las necesidades cotidianas, los hombres aspiran a vivir del mejor modo posible y por tanto a convivir: “El humán es por naturaleza u animal político y, por tanto, aun sin tener ninguna necesidad de auxilio mutuo, los hombres tienden a la convivencia, si bien es verdad que también los une la utilidad común… Este es el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente; pero también se reúnen simplemente para vivir, y constituyen la comunidad política, pues quizá en el mero vivir existe cierta dosis de bondad, si no hay en la vida un predominio excesivo de penalidades. Es evidente que la mayoría de los hombre soportan muchos padecimientos por afán de vivir, y parecen encontrar en la vida misma cierta felicidad y dulzura natural”. (“Política. III”).

    La pólis es una unidad orgánica, estructurada en clases sociales distintas, pero cuyas funciones están integradas. La etnia es algo distinto, carente de unidad interna. Sus miembros se desconocen entre sí, aunque estén unidos extrínsecamente por una misma muralla que los rodee. Tal es el caso “de Babilonia, de la que se dice que al tercer día de haber sido tomada, aún no se había enterado de ello una parte de la población”. La unidad de la pólis no estriba en sus murallas, sino en su estructura, en su constitución.

    Hablando acerca de lo justo y lo injusto a lo largo del tiempo, los ciudadanos llegan a un acuerdo básico, que constituye la ciudad: es su constitución (politeía). Por eso cuando la constitución cambia, la ciudad pasa a ser otra.

    Una ciudad es, pues, un conjunto de ciudadanos suficiente para vivir en autarquía y dotado de una constitución.

    ¿Quiénes son los ciudadanos? No, desde luego, todos aquellos sin los cuales no podría existir la ciudad. La ciudad, en efecto, no podría existir sin mujeres, obreros, esclavos, etc. Pero éstos no son ciudadanos, sino elementos subordinados. Ciudadanos son los que tienen derecho a participar en la administración o gobierno de la ciudad. Exactamente quiénes sean los ciudadanos depende de la constitución. En la práctica, ciudadano es el hombre cuyos padres son también ciudadanos.

    La función del ciudadano consiste en hacer la política, y en tiempo de guerra también en combatir con las armas. El buen ciudadano ha de poseer la areté o virtud política, ha de saber mandar y obedecer, y ha de poseer las virtudes correspondientes a la vida política, en especial, la justicia. La justicia es la principal virtud del ciudadano. Analizada por Aristóteles con gran detalle en el libro V de la Ética a Nicómaco,la justicia consiste fundamentalmente en dos cosas: en la obediencia a las leyes de la ciudad y en tratar al resto de los ciudadanos como a iguales a uno mismo. La injusticia, consiguientemente, consiste, por un lado, en la desobediencia a las leyes y, por otro, en la desigualdad en el trato entre ciudadanos.

    La naturaleza humana sólo alcanza su plenitud en el ciudadano, hombre adulto, libre y cabal, dotado de razón, capaz de mandar y obedecer, y que dispone de ocio suficiente para dedicarse a las actividades superiores: la política, si es necesario la guerra, y si es posible, la filosofía.

    2. La ciudad ideal.

     Platón había descrito dos veces- en la República y en las Leyes- su ciudad ideal. Aristóteles, como buen discípulo suyo, no podía por menos de diseñar también la suya, y así lo hizo en dos de los libros tempranos- los VII y VIII en la numeración tradicional- de la Política.

     La ciudad ideal tiene por misión garantizar a felicidad de una pequeña minoría en hombres: los ciudadanos. Los ciudadanos deben ser precisamente los más inteligentes y virtuosos de los habitantes. Ellos son los más capaces de felicidad. En efecto, cada uno es capaz de felicidad en la medida en que es inteligente, virtuoso y prudente. La felicidad estriba en el ejercicio de la virtud y la inteligencia, no en los bienes exteriores.

     Los ciudadanos se repartirán las tierras y las poseerán, pero no las cultivarán ellos, sino que serán cultivadas por esclavos. Las rentas que de ellas perciban permitirán a los ciudadanos vivir en ocio, dedicados a la política y a la filosofía. Los ciudadanos tampoco pueden ser obreros (pues el ciudadano sólo es productor de virtud) ni mercaderes. Los obreros y mercaderes serán también esclavos o extranjeros.

    “Como nos estamos ocupando de la mejor constitución, y ésta es la que más feliz puede hacer a la ciudad, y la felicidad no es posible aparte de la virtud, resulta evidente que en la ciudad mejor gobernada y que posee hombres justos en absoluto…, los ciudadanos no deben llevar una vida de obrero ni de mercader( porque tal género de vida carece de nobleza y es contario a la virtud), ni tampoco deben ser labradores los que han de ser ciudadanos(porque tanto para que se origine la virtud como para las actividades políticas es indispensable el ocio)”. ¿Cuál será entonces la ocupación de los ciudadanos? Además de labradores, obreros y mercaderes, la ciudad necesita guerreros, jueces y sacerdotes. Estas funciones serán ejercidas por los ciudadanos. Durante su juventud serán guerreros y se entrenarán profesionalmente para la defensa de la ciudad. En su madurez serán funcionarios y magistrados, impartirán justicia y se ocuparán del gobierno. En su vejez serán sacerdotes, se ocuparán del culto y- los mejores- filosofarán, se dedicarán a la ciencia contemplativa.

     Sentada la estructura social básica de la ciudad ideal, Aristóteles enumera prolijamente una multitud de detalles sobre su población, extensión, situación, edificios, terrenos, educación, etc. La ciudad se establecerá cerca del mar, pero no en la costa misma. El clima de ser moderadamente cálido, la exposición al noroeste, que es la más sana, bien aireada, con vistas extensas, con agua abundante, que se almacenará en grandes cisternas. En medio habrá una gran plaza, rodeada de los templos de la ciudad y de las casas de los sacerdotes, a la que no podrán acceder labradores, artesanos ni mercaderes. Cerca estará el ágora, con las casas de los magistrados y los gimnasios. Más lejos, los depósitos de mercancías y las casas de los comerciantes, etc.

     Las bodas se celebrarán en invierno, un día de viento norte. La mujer se casará a los dieciocho años, el hombre a los treinta y siete (parece que éstas fueron las edades de Aristóteles y Pythias, su primera mujer, cuando se casaron). Los subnormales serán eliminados. Si la población crece demasiado, se regulará mediante el aborto. Aristóteles se extiende especialmente en la educación de los jóvenes, como era tradicional en este tipo de obras.

    De todos modos, la ciudad ideal de Aristóteles no es demasiado original ni interesante, es como una edición corregida de la de Platón. Y Aristóteles la describe sin entusiasmo ni excesivo convencimiento. Lo suyo era más el análisis de la realidad que el diseño de utopías, que después de este primer ensayo abandonó por completo.

    3. La ciudad real.

     La importancia de Aristóteles en la historia de pensamiento político no radica en los pinitos utopistas de su juventud, sino en su investigación empírica y desengañada de la realidad de la pólis. A lo largo de su vida, la actitud de Aristóteles ha pasado del utopismo apriorista, característico de Platón, a la fría observación de los hechos políticos, típica de Thukydides.

     En el ocaso de su vida, que correspondía con el ocaso de la institución de la pólis como unidad independiente, Aristóteles lanza una mirada desapasionada sobre la variedad de los regímenes políticos, sobre su turbulento desarrollo y sus frecuentes crisis.

     Para empezar, Aristóteles y sus ayudantes del Liceo tratan de reunir todas las constituciones escritas de las póleis griegas y de determinar su evolución histórica, sus instituciones y leyes. En el curso de esta gigantesca empresa de derecho comparado, llegar a reunir y estudiar 158 constituciones de ciudades distintas. A cada ciudad se le dedica una monografía exhaustiva. Aristóteles mismo escribió un libro sobre la constitución de Naxos, otro sobre la de Atenas, otro sobre la de Cartago, etc. Todos se han perdido, excepto uno: el dedicado a la Constitución de Atenas, magnífica historia constitucional de esa ciudad. Gracias a la Historiade Thukydides y a la Constitución de Atenasde Aristóteles conocemos la realidad política de la antigua Atenas incomparablemente mejor que la del resto de las póleis helénicas. Y se puede considerar que ambos-Thukydides y el último Aristóteles- son los fundadores de la ciencia política.

     En los libros tardíos de la Política- los IV, V y VI de la ordenación tradicional- ya no se trata de “considerar exclusivamente el mejor régimen político, sino también el posible e igualmente el que es relativamente fácil de alcanzar”, pues los tratadistas anteriores “aunque acierten en lo demás, fallan en lo práctico”. Además, qué sea lo mejor depende “de las circunstancias porque con frecuencia, aun siendo preferible un régimen, nada impide que a algunos les convenga más otro”.

     Aristóteles pretende indagar cuáles son los tipos de sistema político- de constitución de la pólis- realmente existente, y no sólo en su estructura jurídica, sino también en su dinámica, en las transformaciones a que están sometidos por la realidad social subyacente. Por eso no se limitará a describirlos, sino que “intentaremos exponer en qué estriban la destrucción y la conservación de los regímenes, tanto en general, como en cada uno en particular, y cuáles suelen ser las causas de ello”.

     Los regímenes políticos que se encuentran en la realidad son de seis tipos: monarquía (gobierno de un solo hombre, el más noble, que gobierna con el consentimiento del pueblo y respeta las leyes); tiranía(gobierno de un solo hombre, que se ha hecho con el poder por la violencia y gobierna sin el consentimiento del pueblo y sin respetar las leyes de la ciudad); aristocracia( gobierno de los ciudadanos mejores y más virtuosos, elegidos por y de entre los de mejor linaje); oligarquía (gobierno de los ciudadanos más ricos); democracia moderada( gobierno de todos los ciudadanos, pero sometido a las leyes consuetudinarias); democracia extrema o demagógica (gobierno de todos los ciudadanos sin respeto a las leyes; en la práctica gobierno de los demagogos, que agitan a los pobres, que son mayoría).

     Aristóteles piensa que en su tiempo ya no quedan monarquías ni aristocracias. “En nuestro tiempo ya no hay realezas, y si las hay son más bien tiranías, porque el gobierno de un rey es un gobierno que cuenta con el asentimientos de los súbditos… y actualmente son muchos los iguales y ninguno sobresale tanto como para estar a la altura de la grandeza y dignidad de ese cargo”(“Política. V”). Tampoco hay aristocracias, pues es difícil encontrar los hombres virtuosos, mientras que en todas las ciudades hay ricos. La tiranía, finalmente, abunda demasiado; pero no puede considerarse como un tipo de constitución, sino más bien como la falta de constitución. Es, desde luego, el peor de todos los regímenes políticos. Por tanto, en la práctica, los regímenes políticos interesantes se reducen a dos: oligarquías y democracias. En la democracia gobiernan todos los hombres libres, todos los ciudadanos. En la oligarquía, sólo los ricos.

     Más que la clasificación abstracta importa a Aristóteles el funcionamiento político real de los diversos regímenes, incluidas las trampas y triquiñuelas de las que los diversos grupos se sirven e la realidad. Así, estudia con gran realismo “ los artificios con que se engaña al pueblo” en la democracia, tanto por parte del partido popular como del oligárquico.

     Aristóteles no toma partido decidido por los bandos. Describe y analiza. Aristóteles, desengañado después de ver y observar tantos cambios y revoluciones, llega a la conclusión de que lo importante de las leyes-más incluso que sean buenas- es que duren, pues solo la duración les confiere el prestigio social y el carácter consuetudinario necesarios para que inspiren respeto.

     Igualmente el problema del régimen político ya n es el de cuál sea el mejor, sino el de cuál resulte más duradero. Y si uno es oligárquico o demócrata, debe preocuparse más de hacer el régimen duradero, aunque sea aguándolo, que de provocar su derrocamiento por tratar de hacerlo demasiado puro. “Para el legislador o para los que quieran establecer un régimen de esta naturaleza, no es el único ni el mayor quehacer establecerlo, sino más bien conservarlo, pues de cualquier manera que esté constituido, no es difícil que dure un día o dos o tres. Por eso, partiendo de los medios de conservación y de destrucción posibles, deben tomarse las medidas necesarias para su seguridad, previniendo los factores de destrucción y estableciendo leyes, tanto escritas como no escritas, de tal manera que comprendan en el mayor grado posible lo que conserva los regímenes, y no debe considerarse como democrático u oligárquico aquello que contribuya a que la ciudad se gobierne más democrática u oligárquicamente, sino durante más tiempo”. A continuación, Aristóteles da consejos realistas y sacados de la experiencia, tanto a los oligarcas como a los demócratas, sobre lo que tienen que hacer si quieren conservar sus respectivos regímenes.

     Lo peor que le puede pasar a una ciudad no es tener un régimen político u otro, sino el estar sometida a continuas sediciones, golpes de mano y revoluciones. Si algún consejo puede dar Aristóteles a los ciudadanos es el de cómo evitar la sedición.

     La sedición siempre tiene por causa la desigualdad. Los unos, porque son iguales en cuanto libres, quieren ser también iguales en todo lo demás. Los otros, porque son desiguales en riqueza, quieren serlo también políticamente. Cuando los primeros son muchos y muy pobres, y los segundos son pocos y muy ricos, esta extrema desigualdad, condice a la envidia de los primeros y el deprecio de los segundos, e impide la concordia y la amistad entre los ciudadanos, con lo que las semillas de la sedición están plantadas. La historia de tales ciudades es una continua y larvada guerra civil. Si queremos estabilidad, hemos de evitar los extremos, hemos de fomentar la clase media. “Donde la clase media es numéricamente superior a las dos extremas juntas…, el régimen puede ser permanente”. “La clase media ni apetece los cargos ni los rehúye…La ciudad debe estar constituida por elementos iguales y semejantes en el mayor grado posible, y esta condición se da especialmente en la clase media…Además, los ciudadanos e clase media son los más estables, porque ni codician lo ajeno como los pobres, ni otros desean lo suyo, como los pobres lo de los ricos, y a no ser objeto de conspiraciones ni conspirar, viven en seguridad”.

     Cuando Aristóteles se pregunta ahora por el régimen mejor, ya no construye una utopía platónica, sino que señala hechos sociológicos como la contribución de la clase media a la estabilidad política, que es lo único a lo que la gente normal puede aspirar. “Consideremos ahora cuál es la mejor forma de gobierno y cuál es la mejor clase de vida para la mayoría de las ciudades y para la mayoría de los hombres, sin asumir un nivel de virtud que esté por encima de personas ordinarias, ni una educación que requiera condiciones afortunadas de naturaleza y recursos, ni un régimen a medida de los deseos, sino una clase de vida tal que pueda participar de ella la mayoría de los hombres y un régimen que esté al alcance de la mayoría de las ciudades”. Dejémonos de utopías y vayamos a lo posible. Lo mejor está siempre en el término medio, y el mejor régimen será una mezcla de oligarquía y democracia en una pólis donde la mayoría de los habitantes pertenezcan a la clase media. Para participar en el gobierno sólo se exigirá una riqueza moderada, que será poseída por la gran mayoría. Los cargos serán electivos, no por sorteo. Y se tratará de que las leyes duren pensándoselo dos veces antes de cambiar alguna. ¿Por qué es este régimen el mejor? “EL régimen intermedio es el mejor, puesto que es el único libre de sedición. En efecto, donde la clase media es numerosa es donde menos sediciones y disensiones civiles se producen”.

     En la hora postrera de la pólis griega, Aristóteles ya sólo se interesa por salvarla, pues sólo en ella puede el hombre (libre) encontrar aquel clima de libertad y convivencia necesario para desplegar sus capacidades más altas, aquello que hay en él de divino. A Aristóteles, en definitiva, no le interesa la política, sino la ciencia, y a la política sólo pide eso: el mínimo de seguridad y estabilidad y ocio y libertad para que al menos algunos puedan dedicarse al ideal de la vida contemplativa o científica. Pero ya los cínicos hacían mofa por las calles del ideal helénico de la pólis autónoma y ya Aléxandro Megas- que no compartía los ideales de su maestro- creaba un nuevo imperio, bajo el que se ahogaría la ciudad independiente de la Grecia clásica. Diogenes el Cínico, Aléxandro el Emperador y Aristóteles el filósofo murieron casi simultáneamente. El mundo de la pólis no les sobreviviría.

  • LA POLÍTICA EN ARISTÓTELES

    LA POLÍTICA DE ARISTÓTELES

    1. De la ética a la política

    Aristóteles insiste con relativa frecuencia en que las virtudes éticas sólo se pueden conseguir en el seno de una adecuada organización política, ya que para él, el ser humano es, por naturaleza (physis), un animal político.

    A la hora de justificar tal principio, una vez más recurre a la naturaleza (physis). “La naturaleza no hace nada en vano y el ser humano es el único animal dotado de palabra”. La palabra sirve para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, lo justo y lo injusto, además del resto de los valores. Ahora bien, este tipo de manifestaciones solo es posible viviendo en sociedad, luego el ser humano es, por naturaleza, social. Esto lo afirma no solo porque vivir en sociedad es condición para la subsistencia humana, sino porque únicamente en la convivencia puede alcanzar la perfección que le es más propia en lo moral e intelectual.

    En consecuencia, la política será la reina de las ciencias prácticas. La concepción aristotélica de la política significa, prácticamente, lo contrario de lo que significa en la actualidad. Así, hoy en día se piensa que el político ha de tener en cuenta las exigencias de la ética o, dicho de otro modo, que la política debe encontrarse subordinada a la ética. Por el contrario, la concepción de Aristóteles supone la subordinación de la ética a la política o, tal vez mejor, la reducción de la ética a una parte de la política.

    Aristóteles justifica su concepción del modo siguiente. La ética se ocupa del bien del individuo, en cambio, la política se ocupa del bien de la sociedad. Pero, en primer lugar, el todo – la sociedad- es anterior y superior a la parte- el individuo-. Y, en segundo lugar, aunque es digno y admirable ocuparse del bien de uno, mucho más lo será intentar ocuparse del de todos.

    Por otro lado, a lo largo de su Ética, Aristóteles se esforzó en resaltar no solo virtudes sociales como la justicia o la amistad, sino también la dimensión social de dichas virtudes. Así, por ejemplo, llama la atención sobre la estrecha relación existente entre la justicia y la ley, la función de la justicia distributiva o la contribución de la amistad al bienestar de los seres humanos.

    Pero además, únicamente en el seno de una sociedad organizada de forma adecuada es posible, en la medida que es posible, alcanzar la felicidad.

    Por último, al final de su Ética para Nicómaco,Aristóteles subraya con cierto énfasis que la educación y las costumbres de los jóvenes dependen de las leyes. Estas, a su vez, se subordinan a las costumbres y a la adecuada organización de la sociedad.

    En conclusión, tanto para alcanzar las virtudes éticas o morales como las dianoéticas o intelectuales es preciso vivir en el seno de una organización política y social adecuada.

    2. El hombre, animal político.

    Los griegos consideraban al hombre como ser social encuadrado dentro de la familia y la sociedad civil, fuera de las cuales pensaban que no podía conseguir su propia perfección individual. De ahí que Aristóteles considere que el bien individual y particular está subordinado al bien familiar y al común, y, por consiguiente, que la política es una ciencia íntimamente relacionada con la economía y con la ética (por ello, son las tres ciencias prácticas), en cuanto que su objeto, el bien común, incluye dentro de sí el bien familiar y el bien individual.

    El hombre se asocia en agrupaciones de diversos tiempos, entre las que cabe destacar la comunidad política, que es, para Aristóteles, una entidad natural, en cuanto brota necesariamente de la propia naturaleza humana. Aristóteles afirma que el hombre es por naturaleza un ser político. Hay otros animales que también viven en sociedad (las abejas, las hormigas), pero hay algo que distingue al hombre de cualquier otro animal social: el hombre tiene razón, discurre y habla, y la palabra implica la comunicación con otros seres semejantes. Además, el hombre es el único animal que sabe distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, que lo puede manifestar por medio del lenguaje y que lo puede plasmar por medio de leyes que constituyen la polis. Por tanto, la naturaleza ha hecho del hombre un ser político; ser miembro de la polis es natural, el hombre aislado es antinatural. La polis, la ciudad-Estado es, así, la sociedad perfecta, porque posee los medios adecuados para cumplir las funciones que le son propias.

    En cada hombre hay una tendencia innata a lograr su perfección, imposible si se mantiene aislado. Por eso necesita la agrupación con sus semejantes, que tiene diversas formas:

                -la familia, unidad social básica que comprende el marido, la mujer, los hijos y los esclavos.

                -la aldea, que resulta de la agrupación de varias familias. En la aldea ya no se atienden únicamente a las necesidades cotidianas, sino también, a las necesidades sociales, es decir, administrativas o de gobierno y culturales.

                -la ciudad, que resulta de la agrupación de varias aldeas.

    3. La ciudadanía.

    Contrariamente a Platón, Aristóteles considera que la familia es compatible con la comunidad política. La familia es el embrión de la vida política. Y así como en la familia manda el padre, en la vida política manda el varón.

    Tanto en la vida política como en la familiar ha de existir el sentimiento de amistad “que es lo más necesario para la vida. En efecto, nadie querría vivir sin amigos, aunque tuviera todos los otros bienes”, nos dice en Ética a Nicómaco.Ahora bien, hay diferentes clases de amistad según en lo que esté basada dicha amistad. Puede estarlo en la utilidad, en el placer o en la virtud. La mejor es esta última clase, la basada en la virtud, pues con ella se consigue también utilidad y placer. Sólo se puede dar entre iguales, nunca entre un gobernante y un gobernado, entre un amo y un esclavo o entre un varón y una mujer. (Aristóteles. Política).

    Para ser ciudadano, la primera condición es ser varón. Aunque Aristóteles denomina a varones y mujeres ciudadanos, la mujer es ciudadana en el sentido de ser, para el caso de Atenas, hija de atenienses, no en el sentido de poder deliberar en los asuntos políticos y participar en la Asamblea. La familia, como elemento fundamental del estado, debe ser vigilada y regulada. Divide el matrimonio en dos períodos: el reproductivo y el no reproductivo; en éste último deben evitarse los embarazos, porque la edad de los progenitores puede ser causa de nacimientos monstruosos.

    Aristóteles critica la abolición de la familia que había propuesto Platón para las clases superiores, diciendo que “más vale ser auténticamente sobrino que hijo platónico”. Se preocupa del tipo de relaciones que se han de dar entre marido y esposa. La relación es una philia.La amistad que se da en el matrimonio es entre desiguales, por placer y utilidad. Y como es entre desiguales, no se da y recibe lo mismo: el marido no quiere a la esposa como ésta al marido. El marido, por ser mejor, debe ser amado más. Las mujeres deben empezar la vida conyugal a los dieciocho años y los varones a los treinta y siete. Los matrimonios deben llevarse a cabo en invierno. Las embarazadas deben hacer ejercicio corporal, pero en ningún caso intelectual, pues esto perjudica al feto.

    Otra clase de philiaes la que se da entre gobernantes y gobernados. De las tres formas de gobierno no corruptas (monarquía, aristocracia y timocracia), la que más se asemeja a una amistad entre iguales es la timocracia o república, puesto que es una relación entre iguales. La filósofa María Luisa Femenías señala cómo en Aristóteles el gobierno mejor es aquel en el que se rige una amistad mejor, entre iguales. El gobierno debe promulgar leyes que fomenten buenos hábitos entre los individuos y, a su vez, estos buenos hábitos contribuyen a que haya un buen gobierno. Gobierno e individuo están interrelacionados, pues buenas leyes hacen mejores a los ciudadanos; al tiempo que buenos ciudadanos propician la existencia de buenas leyes.

    La unión entre gobernante e individuo se da a través de la educación, que debe perseguir la formación de buenos hábitos. Además, el gobernante ha de procurar la satisfacción de las necesidades vitales del individuo. Ésta y una buena educación conseguirán que los individuos alcancen la felicidad, bien es verdad que cada uno la suya, pues sabemos que nos todas las felicidades son iguales para Aristóteles. Las mujeres no pueden alcanzar la suya fuera de la familia, como nos cuenta Aristóteles en su Política.

    4. La ciudad.

    Entre las diferentes formas de asociación que distingue Aristóteles, la más importante es la ciudad.

    La polis se caracteriza por su autosuficiencia, o sea, por poseer en sí la capacidad de satisfacer todas las necesidades humanas. En consecuencia, dado que la polis es autosuficiente, no sólo poseerá en sí misma, por naturaleza, capacidad para satisfacer las necesidades materiales y culturales de sus ciudadanos, sino también, el logro de su fin supremo, la felicidad.

    Aristóteles nos dice que la ciudad es una comunidad política, es decir, una agrupación, una asociación, una comunidad compuesta por hombres. Pero no toda asociación es una ciudad. La ciudad es una organización social humana que tiende a conseguir un fin determinado. En primer lugar, Aristóteles afirma que el fin de la comunidad política es vivir bien en sociedad. Por vivir bien hay que entender la vida conforme a la virtud, principalmente conforme a la justicia, que es la virtud fundamental y propia de la comunidad política. De esta forma de vida se deriva la felicidad, propia de los hombres libres. Para conseguir el objetivo de vivir bien, la comunidad política debe procurar alcanzar las siguientes metas:

    * La armonía de los ciudadanos para lograr lo que conviene a todos.

    * La autarquía, es decir, la independencia y autosuficiencia.

    * La educación de los individuos para crear los mejores ciudadanos.

    5. La ciudad ideal.

    Aristóteles nos habla en su libro VI de la Política, de su idea de la polis ideal. Según su concepción del término medio, señala que no debe ser ni demasiado grande ni demasiado pequeña, porque toda polis debe ser autosuficiente, y si es demasiado pequeña, no logrará autoabastecerse, mientras que si es demasiado grande “será suficiente como pueblo, pero tendrá numerosas dificultades en el funcionamiento correcto de las instituciones públicas”.

    Por ello el ideal es que la polis esté formada por el mínimo número de ciudadanos para poder ser una comunidad humana autosuficiente. Ese número, para Aristóteles, debe situarse entre los 50.000 y 100.000 habitantes.

    Además, el territorio presentará características análogas: suficiente para proporcionar lo que se necesita para vivir, pero abarcable con la vista. Difícil de atacar y fácil de defender.

    Por otro lado, las funciones esenciales de la ciudad dividen a sus habitantes en agricultores, pescadores, artesanos, guerreros, comerciantes, gobernantes y sacerdotes. Solo los ciudadanos se ocuparán de la guerra, del gobierno y del culto a los dioses.

    Respecto a la definición de ciudadanía no hay que olvidar que Aristóteles sucumbió a los prejuicios de su época y admite que la mujer es inferior al hombre, y que ciertos hombres son esclavos por naturaleza. Además, para ser ciudadano no basta habitar en el territorio de la ciudad sino que es preciso “tomar parte en la administración de la justicia y participar en la asamblea que legisla y gobierna la ciudad”. Por consiguiente, ni el esclavo, ni el colono, ni los periecos (miembros de los pueblos conquistados), ni el trabajador libre, ni el extranjero (meteco), ni los artesanos, ni los mercaderes, ni los labradores pueden considerarse verdaderos ciudadanos. En la categoría de ciudadanos libres entran solamente las tres clases superiores: los guerreros, los sacerdotes y los magistrados.

    Esta distribución de la ciudad tiene como fundamento una visión organicista, heredada de Platón. La ciudad necesita de diversos elementos para poder desempeñar sus funciones.

    6. La justicia.

    Aristóteles coincide con Sócrates en que la virtud no es posible sin la prudencia. Sin embargo, critica el intelectualismo moral socrático, comparando a los que consideran que la bondad depende sólo del conocimiento teórico con los enfermos que escuchan las orientaciones del médico, pero no las ponen en práctica. Además de conocer qué se debe hacer es necesario estar dispuesto a elegirlo y mantenerse tenazmente en esta elección. Esta capacidad de seguir los dictados de la prudencia depende del éthos o carácter, del que se derivan las virtudes éticas.

    Dentro de las virtudes éticas Aristóteles reconoce una importancia especial a la justicia, como ya había hecho Platón.

    Lo justo se refiere, por una parte, a la legalidad como la disposición a actuar de acuerdo con los dictados de las leyes. Esta justicia legal comprende a las demás virtudes en la medida en que no regula un determinado tipo de comportamiento, sino la propia convivencia humana.

    Pero hay también una justicia particular relativa a la igualdad como virtud que regula las relaciones entre las personas estableciendo un trato equitativo entre ellas. En este segundo sentido la justicia se realiza de dos formas:

    - Justicia distributiva, por la que el estado reparte los bienes entre los ciudadanos según sus propios méritos siguiendo una proporción geométrica.

    -Justicia correctiva, que permite regular las relaciones de intercambio entre los ciudadanos, estableciendo un reparto equitativo, a todos por igual, según una proporción aritmética.

    Aristóteles considera la equidad superior a la legalidad.

    7. Aristóteles frente a Platón.

    Para Aristóteles, el ser humano es, por naturaleza, animal político, o sea, animal que necesariamente vive en la polis. Por tanto, el insocial por naturaleza, y no por azar, por ejemplo, por haberse perdido en una isla desierta, o es más que humano, es decir, un dios, o menos que humano, es decir, una bestia.

    Ahora bien, la existencia de dicho principio no implica que se pueda deducir la existencia de una única forma de organización política y social. La tendencia a vivir en sociedad, efectivamente, constituye un principio propio de la naturaleza humana. Sin embargo, más allá de este principio, las diferentes polis concretas pueden organizarse de maneras muy diversas.

    En este sentido, la posición de Aristóteles es completamente diferente a la de su maestro. En la República, Platón intentó formular sus concepciones ateniéndose exclusivamente a principios teóricos e intentó diseñar un Estado ideal que, superando las tendencias negativas de los seres humanos, los condujera a una vida armoniosa y feliz.

    Por el contrario, Aristóteles procuró informarse de las realizaciones concretas de los diferentes Estados- se dice que analizó unas 150 Constituciones diferentes-, así como tener en cuenta las circunstancias sociales e históricas de cada sociedad.

    En el tema de la educación, tanto Platón como Aristóteles, afirman que es ésta de la que depende el equilibrio entre hombres y sociedad, entre Estado e individuo. La educación, no ya como instrucción sino como educación moral, es el nexo correcto entre individuo y sociedad. Si la moralidad y no sólo la utilidad es el fundamento del Estado, los niños y los jóvenes han de ser educados como futuros miembros del Estado en hábitos virtuosos. Puesto que el fin o eudaimonía de la vida individual y de la vida social es común, la educación ha de ser común para todos y función primordial del Estado.

    8. Las formas de gobierno.

    Frente a la opinión de Platón, que tendía a admitir una única forma de gobierno correcto, el gobierno de los sabios o de los filósofos, Aristóteles señala que pueden existir distintas formas justas y rectas de gobierno.

    Todo régimen político consiste en la organización de las diversas entidades e instituciones sociales para conseguir el bien común. Ahora bien, existen diferentes modos de conseguir dicho bien, luego podrá haber diversos regímenes políticos justos. A este propósito, Aristóteles distinguió entre regímenes justos o correctos y regímenes injustos o degenerados.

    *Regímenes justos o correctos. Son justos los regímenes donde se intenta conseguir el bien común e injustos los que se ocupan preferentemente de los bienes particulares. Como regímenes justos Aristóteles señala la monarquía o gobierno de una persona; la aristocracia o gobierno de los mejores y la politeia (para Aristóteles la politeia es la ocupación de todo el pueblo de los asuntos públicos, es decir, la buena forma de democracia. Cuando Aristóteles habla de democracia habla de una forma degenerada o una mala forma de democracia) o gobierno del pueblo.

    *Regímenes injustos o degenerados. Son injustos los regímenes que se preocupan preferentemente por los bienes particulares. Cuando un régimen justo se corrompe, da lugar a otro injusto o degenerado.

    Así, la monarquía puede degenerar en tiranía o gobierno despótico de una persona; la aristocracia, en oligarquía o gobierno en interés de unos pocos, o bien en plutocracia o gobierno de los ricos y, finalmente, la politeia en democracia (es decir, demagogia, que es la práctica política consistente en ganarse la opinión del pueblo con halagos).

    Cada forma de gobierno presenta ventajas e inconvenientes. Así, una persona excelente y más capacitada que los demás podría ser un buen monarca para todos, aunque esa misma persona también puede degenerar en un despiadado tirano. Con la aristocracia puede ocurrir algo similar, pues sus miembros podrían ocuparse por su satisfacción personal.

    Ante este abanico de posibilidades, parece que Aristóteles defiende un régimen mezcla de aristocracia y democracia en el que se pueda contar con un amplio número de ciudadanos libres, con capacidad para distribuir las magistraturas- es decir, el gobierno- entre los mejores. Se trata, pues, de un tipo de aristocracia moderada sometida a cierto control del pueblo.

    Ahora bien, ¿por qué Aristóteles elige este tipo de gobierno? Según él, porque se evitarían los extremos. Vemos, pues, que la virtud política consiste en un término medio entre dos extremos igualmente viciosos, determinado por la razón, tal y como lo determinaría una persona prudente.

    A este respecto señala que los mejores Estados son los constituidos por la clase media, y que las polis en que los individuos pertenecientes a esta clase son más numerosos y más fuertes, suelen ser las mejores gobernadas. Resulta curioso pues, observar que la Política aristotélica concluye señalando que, a la hora de establecer la educación ideal de la polis debamos tener en cuenta estas tres variables: el término medio, lo posible y lo conveniente. En otras palabras, se ha de buscar el término medio, pero sin olvidar las particularidades y las circunstancias concretas de cada Estado.

    (Documento elaborado por Vicenta LLorca. Profesora del IES Las Veredillas de Santa Cruz de Tenerife a partir de distintos materiales)

  • PAU CANARIAS MARX

    CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA ECONOMÍA POLÍTICA 

    PRÓLOGO

    Estudio el sistema de la Economía burguesa por este orden capital, propiedad del suelo, trabajo asalariado; Estado, comer­cio exterior, mercado mundial. Bajo los tres primeros títulos, investigo las condiciones económicas de vida de las tres grandes clases en que se divide la moderna sociedad burguesa; la conexión entre los títulos restantes, salta a la vista. La primera sección del libro primero, que trata del capital, contiene los siguientes capítulos: 1) la mercancía; 2) el dinero o la circulación simple; 3) el capital, en general. Los dos primeros capítulos forman el contenido del presente fascículo. Tengo ante mí todos los mate­riales de la obra en forma de monografías, redactadas con grandes intervalos de tiempo para el esclarecimiento de mis propias ideas y no para su publicación; la elaboración sistemática de todos estos materiales con arreglo al plan apuntado, dependerá de circuns­tan­cias externas.

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