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LOS TRENES VIENEN. LOS TRENES VAN

lazovioletaEl tren había dejado atrás la Junquera. Iba con retraso.

Atractiva, seductora, pelo rojo, gafas de sol. Sonia llegaba a Barcelona, después de un tiempo en París, ciudad en la que realizó un máster. Se decía a sí misma que éste había sido un pretexto para alejarse de una relación deteriorada. Insultos, descalificaciones, los celos enfermizos de Adrián, aquel terrible empujón.

Llegada.perdonaquenomecalle

Lo vio. Arisco, despectivo, ni siquiera un beso. Boca soltera. Labios sin luz.

¿Y ese retraso?- me espetó-. Siempre la misma. Impuntual. Caótica. Desaforada –bufó-. Burloncito, “¿y ese nuevo look?” “¿Quizás un francés? “ “¿Una francesita tal vez?” Lo miré fija, endemoniadamente. Huí de la estación.

Caminé con pasos tan enfurecidos que taladraban los andenes.

Otra vez la herida de viejo lascivo, taimado, que me susurraba en la trastienda “una aceituna, mi niña”, “otra, bonita”. Braguitas de encajes, Dedos jugando conmigo a la noria.

Pesadillas. Terror negro. Infancia robada.

Ahora, Adrián, definitivamente rota para ella aquella relación, otro escarabajo en mi vida. Zumbidos, zumbidos...La estridencia de la locomotora.

Cada vez más aterida, hastiada, herida, aunque con la ruda firmeza de acabar con lo que había estado boicoteando mi vida. Tenía que cruzar la vía. Cambio de aguja.

Nadie debe tener el derecho de contar cuentos de sapos convertidos en príncipes, de espejos mágicos, de hadas madrinas con calabazas.

En la calle, un atardecer limpio, tibio como un futuro esperanzador.

(Quintero González, Kalola. Perdone que no me calle. Centro de la Cultura Popular Canaria. Santa Cruz de Tenerife. 2017). ISBN 978-84-7926-655-4

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