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  • KANT Y KOHLBERG

     Para Kant la ética es universal, al igual que la razón, de la que es un producto. El dilema moral más complicado cabe resolverlo de forma correcta preguntando desinteresadamente a la razón hasta. Hasta un niño sabe cómo hacerlo, del mismo modo que sabe aplicar intuitivamente la lógica. Lo correcto es actuar por deber, sin buscar más fin que el ser ético. Pero,¿tiene razón Kant cuando sostiene que cualquiera, en cualquier situación, hasta un niño, sabe cómo debe actuar?.

     Con el fin, entre otros, de confirmar si Kant tenía razón, Kohlberg, sobre la base de investigaciones pioneras de Piaget y Dewey, comenzó a partir de 1960 a realizar estudios de campo en diferentes culturas (Estados Unidos, México y Taiwán) presentando a una muestra significativa de cada una de ellas dilemas morales para ver cómo los resolvían. Como resultado de estas investigaciones, Kohlberg detectó seis fases del desarrollo moral humano agrupables en tres niveles distintos de moralidad. Sorprendentemente sólo un 5 por 100 de la población adulta mundial alcanzaría el nivel de la ética kantiana- nivel posconvencional-, según las investigaciones de Kohlberg. Es decir, sólo cinco de cada cien personas (adultas, nunca niños) orientaría su conducta de acuerdo a principios universales procedentes de su propia conciencia moral sin atender a posibles perjuicios que pudieran derivarse de ello. El 25 por 100 de la población se encontraría en este mismo nivel pero en una fase anterior, en la que la conducta se orienta de acuerdo a la legalidad, establecida, eso sí, mediante consenso democrático, que implica el espeto a los derechos de los demás y siempre está abierta a modificación.

     El resto de la población se encuentra en los dos niveles anteriores que Kohlberg denomina premoral y convenciones respectivamente. El más básico, el premoral, es el propio del niño, pero también hay muchos adultos que no van más allá de él. Es un nivel egocéntrico e interesado en el que todo se realiza o bien para obtener premio o bien para evitar el castigo. Castigo y premio determinan, pues, lo que está bien y lo que está mal. El nivel intermedio convencional es el que agrupa a la mayoría de la población. Lo ético aquí es lo establecido, por convención, por uso, por costumbre o por tradición. No hay nada que discutir: simplemente hay que hacer lo que “está mandado”, que es la única forma de mantener el orden social. Importa mucho en ello lo que diga la gente, el “qué dirán”.

     Kohlberg ejemplifica los tres niveles con un caso “históricamente acaecido”.Tres soldados reciben la orden de disparar contra civiles indefensos. El primero de ellos-que se encontraba en el nivel premoral- lo hizo para evitar el castigo que se le hubiera aplicado por desobediencia. El segundo-nivel convencional- lo hizo porque se lo había ordenado un superior y las órdenes han de cumplirse, fue su argumento. Un tercero se negó- nivel posconvencional kantiano- porque la orden le parecía injusta y no consideraba que debiera dispararse contra civiles indefensos, a pesar de tener presentes las graves consecuencias que podían derivarse de su desobediencia.

     Cabe preguntarse ahora si los resultados de Kohlberg refutan la doctrina kantiana. Al respecto hay que ser muy precisos. Una doctrina ética no versa sobre lo que es, sino sobre lo que debiera ser. Por tanto, su núcleo no puede verse afectado en modo alguno por ningún tipo de investigación experimental. Sin embargo, Kant realiza también afirmaciones susceptibles de ser contrastadas empíricamente: así, que la razón humana puede emplearse de forma universal en ética y hasta que un niño puede hacerlo, es una afirmación que es susceptible de contrastación con la experiencia. Kohlberg lo hizo, y los resultados “parecen” hablar en contra de Kant. Pero antes de fijarnos en “lo negativo” empecemos por los detalles positivos: con independencia de la cultura, cinco de cada cien personas son kantianas, es decir, se presentan en ello atisbos de la universalidad de la razón práctica defendida por Kant. El resto, lo que se encuentran en niveles anteriores, precisan ser “ilustrados”, diría Kant, que no era un ingenuo. Cuando dice que hasta un niño puede obrar según su ética, lo que quiere decir es,”con la condición de que se le eduque para ello” de modo que descubra esa razón universal práctica que lo habita.

     Digna de reflexión resulta la jerarquía que Kohlberg establece, sobre todo en el nivel más elevado: coloca en ella el estadio kantiano por encima del democrático. Se sobrentiende que para alcanzar una fase ha de haberse pasado antes por las anteriores, de modo que a Kant se llegaría en ética tras un período previo de concepción democrática, dialógica de la ética. Esto presenta sus sombras, contradicciones y aun riesgos. Enfrentada a la ética del diálogo, del consenso democrático, la moral de Kant aparece no ya como ilustración, sino como iluminismo: el ético kantiano se encuentra en posesión de la verdad, está dispuesto a obrar por deber aunque reviente el mundo. No habría nada sobre lo que discutir, entre otras cosas, porque todos deberíamos estar de acuerdo. Pero es un hecho que no lo estamos (¡sólo el 5 por 100 de la población kantiana!). Por eso hay que dialogar. El aparente escollo tal vez se salve diciendo que la ética de Kant es la mejor ética individual posible y la ética dialógica, consensuada, democrática, la mejor ética colectiva “provisional” posible, que se convertiría en inútil una vez que el kantismo se apoderara de todas nuestras razones prácticas.

     En fin, nos quedaremos con que las investigaciones de Kohlberg suponen una confirmación empírica más, si bien parcial, de la corrección de una de las doctrinas del profesor de Königsberg que más siguen dando que pensar a la gente.

  • SIMONE WEIL

     Si el ser humano es filósofo en la medida en que es racional, sería sumamente extraño que la Filosofía fuera sólo cosa de hombres y no, también, de mujeres. Por razones sociohistóricas conocidas, la mujer no ha accedido- salvo contadísimas excepciones- en pie de igualdad con el hombre al “mundo de Sofía”, ni como receptora no como productora del discurso filosófico.

     En el recién concluso siglo XX se produce un drástico cambio en este sentido y aparecen, por primera vez en la historia, un considerable número de filósofas con obra más apreciable, que gozan de un reconocimiento general. Entre ellas nos permitimos destacar a H. Arendt, S. Beauvoir, M. Zambrano y S. Weil.

     Simone Weil nació en París en 1909 y murió el 24 de agosto de 1943, con sólo 34 años, en Inglaterra. Estudió Filosofía en su ciudad natal, bajo la tutela del filósofo Alain (pseudónimo de Émile Chartier), que ejerció una influencia decisiva en su obra. Se licenció con una tesina titulada “Science et perception dans Descartes” (1929-1930). Ejerció como profesora de esta materia en diversas poblaciones francesas. Su compromiso político con el movimiento obrero de izquierdas, aunque no militó jamás en ningún partido,-ella procedía de una familia acomodada- y su interés filosófico por experimentar el sufrimiento, el mal en propia carne la hicieron abandonar la docencia e ingresar como una obrera más en diversas fábricas: en la empresa Alsthom de componentes eléctricos, en una fundición y como fresadora en la Renault. Las durísimas condiciones de trabajo la hicieron caer enferma a los seis meses. De este período procede su “Diario de la fábrica”: una especie de cuaderno de bitácora en el que Weil apunta, con todo lujo de detalles, sus duras experiencias. Al respecto escribirá: “el hombre más perfecto, el más auténticamente humano, es el que al mismo tiempo es trabajador manual y pensador”. Para Weil, pensamiento y acción deben ir unidos: el trabajo físico es una vía-más- de conocimiento de la realidad. En este sentido, comparará la relación del cuerpo humano y el intelecto con la que media entre el ciego y su bastón. Antes de abandonar la docencia, repartía su sueldo de profesora con la gente más necesitada. Para ella sólo reservaba la cantidad del subsidio de un parado y se negaba a hacer en invierno uso de la estufa, porque los obreros tampoco podían calentarse. Estas y otras hazañas similares le valieron los sobrenombres de “Virgen roja” o de “novia de la pobreza”.

     Con la misma voluntad de experimentar in situ el mal y los sufrimientos del mundo, de combatir como don Quijote, todas las injusticias de la tierra y de poner a prueba su pensamiento, se trasladó a España para participar en la Guerra Civil: lo hizo en el frente de Aragón, en la Columna Durruti, pero su estancia en la guerra sólo duró mes y medio por culpa de un desgraciado accidente: tropezó y se quemó con el aceite de una cocina de campaña. Sobre el sufrimiento humano anotará una de las cosas más profundas, bellas y escalofriantes que se hayan escrito jamás:”Sufrimiento: superioridad del hombre sobre Dios. Fue precisa la Encarnación para que esa superioridad no resultara escandalosa”. No en vano, está considerada como la mayor pensadora del amor y la desgracia del siglo XX. También participó en la Segunda Guerra Mundial, desde Inglaterra, donde colaboró con la resistencia francesa en tareas burocráticas, a pesar de que insistiría en trasladarse a Francia para colaborar más de cerca. La tuberculosis, agravada por negarse a comer en Inglaterra más de lo que pudieran comer los franceses en tiempos de ocupación y penuria, pondrían fin a sus días.

     De entre sus teorías, destacamos, por último, una muy ingeniosa que consiste en interpretar en clave moral las leyes de la Física. Weil afirma que el objeto de la ciencia debe ser el bien, pero el bien es un fenómeno raro en el universo, que está  regido por dos fuerzas opuestas: “Dos fuerzas reinan en el universo: luz y gravedad”. La luz es el símbolo del bien, la gravedad del mal: “Todo cuanto denominamos bajeza constituye una manifestación de la gravedad”. Como nada escapa a la fuerza de gravitación universal, todas las cosas-cuerpos- se ven afectados por ella, también “todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física”, lo omnipresente es el mal, la caída. “Si no existiera gravedad, el bien sería natural, y el mal sería fortuito; sorprendentemente, en virtud de la gravedad, es al revés”.Sólo la luz, el bien mismo, escapa a esta fuerza en la medida en que sus componentes, los fotones, no tienen masa. Pero ello implica que el bien esté emparentado con la carencia de cuerpo, con la carencia de masa, con el vacío, con la nada. No extrañará a nadie, en este contexto, la simpatía que experimentó Weil por ascetas y místicos.

  • NICOLÁS MAQUIAVELO

     Situamos la figura de Maquiavelo (1469-1527), en la concepción general del poder que se deriva de la observación de la práctica política, es decir, la observación hecha a partir de la descripción de los mecanismos reales del ejercicio efectivo del poder. Por esta razón, Maquiavelo es considerado como el iniciador de la moderna ciencia política que rechaza las teorías políticas del feudalismo medieval o la vinculación que Platón y Aristóteles habían establecido entre ética y política.

     Maquiavelo es el primer autor que analiza la práctica política sólo en relación al poder y su mantenimiento. Hay que atenerse a la verdad efectiva, una realidad independiente de todo planteamiento moral, religioso, metafísico, teológico o extrapolítico.  Los principios generales de la vida política tienen que extraerse de la generalización inductiva de aquello que hacen realmente los gobernantes (Maquiavelo se fija especialmente en la conducta de los monarcas absolutos). El Príncipe, su famoso libro sobre el arte de gobernar y el ejercicio del poder sin referentes éticos, es el mejor exponente de esta nueva perspectiva.

     Cabe destacar que la descripción maquiavélica de la política presupone una concepción desmitificada de la naturaleza humana que explica, por ejemplo, los conflictos y las guerras a partir de la invariable ambición egoísta que impulsa a todo ser humano, o el éxito como la guía de actuación de los gobernantes. El príncipe o gobernante ejerce un poder absoluto y tiene que equilibrar los intereses contrapuestos de los ciudadanos para mantenerse en el poder. El ser humano no tiene una moral natural que pare su insaciable capacidad de desear y que le haga ajustarse a unos principios éticos.

     La existencia del Estado se justifica en el bien común; la pura necesidad de protección de la vida y la propiedad hace que los humanos se sometan a un orden. La razón de estado justifica la acción del Estado y es independiente de cualquier escrúpulo moral.

     Por todo esto, el pensamiento de Maquiavelo ha sido apasionadamente rechazado o defendido, Shakespeare, por ejemplo, habla del •”sanguinario Maquiavelo” y, en el mismo sentido, el rey Federico II de Prusia escribe Antimaquiavelo; pero otros autores, como Francis Bacon, le han reconocido la descripción de aquello “que los hombres hacen y no aquello que tendrían que hacer” o, como afirma Rousseau, el hecho de “haber dado grandes lecciones a los hombres”. Querido u odiado, Maquiavelo es visto como el artífice de un revolucionario modo de tratar la política, manteniendo siempre actuales sus tesis.

     El pensamiento de Maquiavelo forma parte del capital de la ciencia política moderna. Su surgimiento se explica por la inmediatez de los conflictos vividos que involucran su Florencia natal y los distintos Estados italianos. En un contexto más amplio, estos conflictos remiten al nacimiento y a la plena consolidación de las monarquías absolutas y al paso del feudalismo al mercantilismo general en Europa entre los siglos XV y XVIII. Si bien el autor considera que la forma más perfecta del gobierno es la república, afirma que la concentración del poder en una sola persona permite resolver mejor las situaciones comprometidas, como por ejemplo el nacimiento de un Estado, a realización de una reforma política profunda o incluso la gestión de una crisis o de la corrupción generalizada.
     La perspectiva realista y desencantada de Maquiavelo contrasta con la literatura utópica de contemporáneos suyos como el inglés Thomas More (1478-1535) autor de la obra Utopía, el título de la cual da nombre a este género literario-filosófico; de figuras un poco anteriores como Christine de Pisan (1363-14319) autora de la Ciudad de las damas, o todavía ligeramente posteriores como el inglés Francis Bacon( 1561- 1626) autor de la Nueva Atlántida y el italiano Tommaso Campanella (1568-1639) autor de La ciudad del Sol. Todas estas obras presuponen la constatación de que la sociedad efectivamente existente es causa de infelicidad y padecimiento y, en consecuencia, describen sociedades imaginarias- utópicas- con propuestas de organización de la convivencia humana en las cuales el bienestar y la felicidad son generales.

     La línea de reflexión iniciada por Maquiavelo obliga a platear el dilema entre una práctica política con bastantes opciones de fracaso pero respetuosa o, cuando menos, compatible, con la moral, o bien otra política más eficaz marcada por la razón de estado, es decir, la política que antepone los intereses del Estado a cualquier  otra consideración (incluso moral). Esta segunda opción abre paso a un doble patrón de moralidad: uno para los gobernantes (centrados en la lógica del poder que impone la razón del Estado) y otra para el ciudadano individual (que tiene que someterse a la lógica de la moral y a los preceptos del legislador).

     Por una parte, desde cualquier ética resulta más que problemática la defensa de un doble patrón de moralidad, por una parte, la manera de actuar de bastantes gobernantes se sigue determinando hoy por intereses, por razones de Estado(el estado es el fin que justifica los medios). Esto confiere perenne actualidad a las formas de ejercicio de poder que Maquiavelo pone al descubierto. De aquí que Rousseau comentara que “fingiendo dar lecciones a los reyes, las da muy grandes a los pueblos. El Príncipe de Maquiavelo es el libro de los republicanos, Maquiavelo fue un hombre honesto y un buen ciudadano”.

  • XAVIER ZUBIRI

     Xavier Zubiri (1898-1983) es un pensador vasco que figura entre los filósofos más importantes del siglo XX. En diálogo permanente con las ciencias de su época y preocupado por la cuestión del conocimiento. Su obra más importante es la trilogía sobe la inteligencia, titulada “Inteligencia sentiente”; en ella elabora su teoría acerca de cómo el ser humano accede a la realidad desde la mera captación de los datos (aprehensión sensible), pasando por la elaboración lógico-lingüística, hasta llegar a la razón, punto más elevado del pensamiento humano, pero asimismo deudor de los anteriores e incomprensible sin ellos.

     Con una sólida formación, consecuencia de sus años de estudio en las universidades de Madrid, Lovaina y Roma, Zubiri es un pensador en el que confluyen varias corrientes filosóficas. Entre ellas caben destacarse el raciovitalismo de Ortega, la fenomenología de Husserl y el existencialismo de Heidegger. Pero, más allá de estas influencias, Zubiri desarrolla una filosofía que no se encuadra dentro de ninguna corriente filosófica concreta. Entre sus obras se encuentran, además de la trilogía Inteligencia sentiente, Cinco lecciones de filosofía, Naturaleza, Historia, Dios; El hombre y Dios y Sobre el hombre, obras póstumas estas dos últimas.

     Zubiri parte de la convicción de que la inteligencia no es un proceso desligado de los datos sensibles, es decir, que la inteligencia arranca de la sensibilidad, entendiendo esta como la “mera aprehensión primordial de lo dado”.

     El ser humano conoce siempre a partir de los datos que le llegan a través de los sentido y responde a ellos de un modo diferente a como lo hace el animal: es capaz de registrar esos datos como realidades distintas de sí mismo. Por eso, no hay dicotomía posible entre lo que hace la inteligencia y lo que reciben los sentidos, sino que ambos se articulan en una inteligencia sentiente. El sentir es el punto de partida del conocer; el conocer dota de significado al sentir.

     La filosofía moderna había planteado un problema: ¿cómo conocemos: a través de la experiencia que nos proporcionan los sentidos, o por medio de la razón y sus principios? Empiristas y racionalistas habían destacado la posibilidad de uno u otro polo. La posibilidad de una integración en Kant y en Husserl  se presentaba como la única alternativa, y aún se decantaban por la razón. Zubiri parte de la fenomenología de Husserl pero va más allá, logrando una verdadera articulación de los dos elementos (experiencia y razón) y rompiendo la tradicional distinción entre el sujeto y el objeto del conocimiento. Quien conoce es modificado y condicionado por lo conocido, y viceversa.

     Con estas tras difíciles palabras, Zubiri quiere decir algo sencillo: la aprehensión primordial es el primer paso del conocimiento, la toma de contacto con el mundo, que se presenta ante el ser humano como dato de su sensibilidad. El logos es un segundo paso, en el que aparece la dimensión conceptual: aquello que no ha sido aprehendido es ahora elaborado en forma de juicios. Finalmente, el tercer paso es la razón, la tarea más compleja del conocimiento, que elabora esbozos, es decir, propuestas para comprender el mundo. Los productos de la razón son las teorías.

  • SIGMUND FREUD

     Freud (1856-1939)  es uno de los autores más importantes de la psicología moderna. Médico e investigador, trabajó en el tema de la histeria pero se orientó hacia el estudio de los sueños y la psicoterapia basándose en la conversación con el paciente (sin  usar la hipnosis, que era un método habitual en su época).

     Uno de los puntos clave de la aportación de Freud es el descubrimiento del inconsciente, que será básico para su nuevo método: el psicoanálisis. El inconsciente s el plano no consciente de nuestro aparato psíquico. En él se encuentran contenidos que resultan imposibles o difíciles de explorar para el sujeto consciente.

     Al hablar del inconsciente, Freud pone en cuestión el “control” que nuestra conciencia ejerce sobre nuestro yo. Con ello pone en duda la relevancia que se le otorga habitualmente a la conciencia y nos hace pensar en la existencia de fuerzas internas, casi indescifrables, que influyen en nuestra conducta y en nuestros pensamientos. Esto es importante porque revela la complejidad de nuestro psiquismo y, sobre todo, porque coloca al ser humano en una situación de dependencia de factores internos, que escapan a su conocimiento y a su decisión.

     Los fenómenos psíquicos, según Freud, pueden dividirse en:
     -fenómenos conscientes: los que están actualmente en la conciencia.
     -fenómenos preconscientes: fácilmente recuperables por la conciencia.
     -fenómenos inconscientes: están mucho más ocultos y no podemos ser conscientes de ellos con facilidad.

     Con el psicoanálisis se pretende “sacar a la luz” lo oculto en el inconsciente. Este se manifiesta a través de síntomas que parecen inconexos y sin sentido, a través de los sueños y de los actos fallidos, es decir, de las equivocaciones o lapsus que aparentemente no tiene intención.

     Posteriormente, hablando de la personalidad, Freud plantea la teoría de que el psiquismo humano está dividido en tres instancias: el ello, el yo y el superyó. El ello es el elemento más instintivo, más pulsional, que sólo tiende a la satisfacción de sus deseos. El yo es el controlador del ello, que se basa en el principio de la realidad y que, por eso, puede controlar el deseo desenfrenado conforma a pautas de actuación. Finalmente, el superyó es una instancia que da normas y propone un ideal a lograr (que ha sido aprendido y construido).La articulación de las tres, con niveles conscientes e inconscientes, explicaría la personalidad de los individuos.

  • PEDRO LAÍN ENTRALGO

     Pedro Laín Entralgo (1908-2001), es uno de los grandes pensadores españoles del siglo XX. Médico y humanista, fue catedrático de historia de la medicina, rector de la Universidad Complutense de Madrid (1950-1954) y director de la Real Academia Española (1982-1987). Su estudio sobre la historia de la medicina y la antropología médica le ha llevado a proponer una concepción “estructurista” en la relación entre la mente y el cerebro, según la cual la conciencia sería una actividad propia del grado de complejidad alcanzado por la estructura física que es el cerebro. Su teoría del cuerpo es, en el fondo, un intento por explicar el misterio del hombre.

     Laín es uno de los autores que han abordado con más profundidad este problema, desde una perspectiva antropológica. Sus aportaciones son fundamentales para comprender la cuestión filosófica del problema mente-cerebro en la actualidad.

     Propone una teoría emergentista en la que considera que la materia es capaz “de dar de sí”, de manera que lo que ella produce es cualitativamente y específicamente diferente de todo lo anterior. Así, el cerebro humano produce la inteligencia humana, que es distinta e irreductible a su origen físico.

     Laín denomina a su propia postura “estructurismo”, pues parte de la concepción del cerebro como estructura parcial de la estructura total del cuerpo humano y, por tanto, como parte de la actividad del organismo humano en su totalidad. No se trata de que el cerebro, por más que sea un órgano importante, actúe como “rector” del resto del cuerpo, sino de que la vida del cuerpo requiere la existencia de un órgano que se haga consciente del mundo y pueda decidir las acciones personales a lleva a cabo. Existe pues una vinculación entre la actividad del cerebro y la de otros órganos, que están en mutua interacción: un cuerpo sin cerebro no es un ser humano, y tampoco lo es un cerebro sin cuerpo.

     Las propiedades del cerebro no son una mera suma y combinación de las partes que lo componen. La estructura del cerebro va constituyéndose paulatinamente en el desarrollo del embrión, y así va enriqueciéndose y diversificándose el conjunto de propiedades. Además, todas estas características y funciones que el cerebro ejecuta constituyen un resultado diferente de lo que cada una de ellas son por separado (es decir, el todo es más que la suma de las partes) y tienen una cierta unidad estructural. Laín explica esto con el ejemplo de una bandada de grullas: la variación en la dirección del vuelo de un grupo de grullas que avanzan en forma triangular responde a una alteración atmosférica percibida por las grullas situadas en la cabecera de la formación, esa información se transmite por medio de ciertas señales al resto de la bandada y el resultado es un cambio de todo el grupo en la dirección más conveniente. Esa posibilidad biológica es propia de la especie y, a pesar de estar inscrita en cada individuo (código genético) y ser modulada de forma individual, dar lugar a una conducta colectiva. Algo parecido podría decirse del cerebro: un área  cerebral se activa y produce millones de conexiones sinápticas que hacen que el cerebro funcione de modo unitario, como un todo. Esta complejidad estructural y dinámica es la que permite el pensamiento y la inteligencia humanos, y también la que posibilita percibir la identidad de la existencia propia a lo largo del tiempo, es decir, la autoconciencia.

     Por eso puede afirmar Laín que el ser humano lo es con toda su realidad corporal pero es lo que es y vive como vive por obra de su cerebro.

  • MARTIN BUBER.

     Casi todos los filósofos que en el siglo XX han hablado del diálogo (Ricoeur, Mounier) reconocen la deuda que tienen con Martin Buber. Especialmente preocupado por la dimensión social del ser humano, Buber no se resigna a que el diálogo tenga un papel instrumental para la convivencia (como técnica de negociación y regateo), sino que le asigna al diálogo un papel constitutivo en la vida humana. De esta forma se inicia una nueva antropología y se reinventa en clave dialógica la utopía de una convivencia justa.

    Uno de los filósofos contemporáneos que con mayor radicalidad se ha preguntado por la naturaleza social del ser humano ha sido Martin Buber. Nació en Viena en 1878 y murió en Jerusalén en 1965. Sus obras se han traducido a más de veinte idiomas desde el finlandés al japonés. Procedente de una familia polaca, nace en una época en la que la ciudad de Viena se había convertido en uno de los grandes centros de la cultura germánica. Tras la separación de sus padres vive con su abuelo, que le familiarizó desde los tres años con los textos clásicos de la cultura judía, religión que profesaba.

     Buber aborda con profundidad el tema de las relaciones entre el individuo y la sociedad, bien sea como ensayos o como narraciones. Si la obra “Yo y tú” aparecida en 1923, afirma con claridad el carácter dialogal de la naturaleza humana, en la obra” ¿Qué es el hombre?” sienta las bases de una antropología filosófica presidida por la idea de sociabilidad y comunicabilidad.

     A principios de siglo XX percibe con claridad los dos grandes peligros que acechaban a la filosofía social: por un lado, el peligro del individualismo; es decir, la reducción del hombre a su condición de individuo y átomo aislado en un conjunto anónimo de relaciones sociales. Por otro, el peligro de la masificación; es decir, la aniquilación de la condición humana porque el hombre es reducido a la condición de borrego; es tan solo un número para el estado, un miembro insignificante de la masa social. Ante estos dos peligros, Buber se arriesga a proponer un pensamiento dialógico, una nueva filosofía que parte de una convicción tan simple como importante: cada uno de nosotros aprende a decir “tú” antes de conocernos a nosotros mismos.

     El “otro” no es solo alguien que tenemos a nuestro lado, sino alguien que está en mí, alguien sin el cual yo no sería yo. De la misma forma que la psicología evolutiva ha demostrado que sin la presencia de la madre (“tú”) no hay una maduración personal del individuo (”yo”), la filosofía de Buber nos recuerda que el encuentro con el “otro” no es casual o esporádico, sino constitutivo. Ser humano es “ser-en-relación”.

     Este carácter constitutivo del otro le lleva a elaborar una teoría social basada en la noción de diálogo. El diálogo no es un instrumento o una técnica con la que nos comunicamos. Para Buber el diálogo no es un intercambio de palabras entre dos individuos diferentes. Dialogar no es utilizar una técnica de negociación ni servirse de un recurso para regatear. Dialogar es reconocerse mutuamente a través de una palabra compartida.

     Esta forma de entender el diálogo plantea numerosas exigencias a la filosofía social. Una de ellas es la lectura renovada de las teorías que, como el socialismo utópico o el marxismo, se han preocupado por el valor del encuentro y la relación interhumana.

     Esta es la tarea que Buber se propone cuando en 1947 publica un ensayo que lleva por título “Caminos de utopía”.

  • POSIBILIDADES PARA OPINAR SOBRE KANT

     Para terminar reflexiona y argumenta tu forma de entender las ideas de Kant. Sabemos que este autor desarrolla sus teorías dentro de período conocido como Siglo de las Luces ( la Ilustración como movimiento cultural que influyó en todos los campos del saber) y algunas de ellas siguen vigentes hoy en día, tal es el caso de la teoría kantiana sobre la paz.
     Aprovecha los conocimientos de la realidad mundial respecto a este tema (guerra de Irak, conflictos en Israel, Afganistán, India…) para elaborar tus argumentos. También puedes usar una realidad más localizada en tu entorno más inmediato, tu país, región, comunidad autónoma….
     Otro tema actual, que podemos relacionar con sus teorías es la situación de las personas que emigran desde sus países de origen hacia otros territorios (el caso de Canarias: venezolanos, colombianos, gallegos, marroquíes….) concretamente con su concepto de Derecho cosmopolita.
     Puedes posicionarte respecto a su defensa del ciudadano dentro del Estado, hablando de libertad y de igualdad y, sin embargo, considerando que las mujeres y los asalariados no tenían derecho al voto. ¿Qué tal está el panorama social, político, profesional, etc, en tu entorno y en referencia a este aspecto?
     El imperativo categórico expuesto por Kant, nos lleva a tomar decisiones morales en base al deber, a la máxima de desear nuestra elección como universal para estar seguros de su validez, ¿qué te parece si todos estuviéramos guiados por el mismo código moral, un código universal? (recuerda otras posturas como el  emotivismo moral, el relativismo moral, el término medio de Aristóteles….)
     La solidaridad entre pueblos y personas, el respeto a la diferencia y la libertad de convivir en paz y armonía y en general todo lo que pueda contribuir al desarrollo de los derechos humanos, te servirá para exponer un argumento sólido.

                                                                                                                                                                                                      VOLVER

  • KANT Y OTROS FILÓSOFOS.

     Para esta pregunta existen varias posibilidades: La primera es hacer una comparación en el tema del estado de naturaleza y el contrato social. Para hacerla desde esta temática te presento ideas sobre dicho tema de Hobbes, de Rousseau, del propio Kant y de una filó-sofa del siglo XX llamada Carol Pateman.
     No se trata de estudiar todo, sino de seleccionar la información que te apetezca de forma que puedes comparar  a Kant sólo con Hobbes, o sólo con Rousseau, o sólo con Carol Pateman, o un poco con todos. Recuerda que la decisión es tuya.
     Otra posibilidad es hacer la comparación desde la teoría de conocimiento. Para ello puedes comparar a Kant con Hume y con Descartes, fundamentalmente.
    Tienes a continuación material para ambas posibilidades.
    1. ESTADO DE NATURALEZA Y CONTRATO SOCIAL.
     Muchos filósofos y filósofas clásicos y actuales, se han preguntado cómo seríamos las personas en este planeta hace mucho tiempo, cuando aún no vivíamos en ciudades ni se habían formado los Estados, naciones ni países, cuando no había sometimiento a un monarca o presidente, ni leyes, constituciones, normas escritas, obligaciones, deberes morales, educación, industria, propiedad privada, relaciones sociales, etc. En definitiva, se preguntaron cómo era el género humano  cuando, en épocas muy remotas, vivía en estado libre y semisalvaje, es decir, en estado de naturaleza.
     Responder a esta pregunta significa que, siendo buenos observadores del género humano y, sobre todo, analizando el desarrollo histórico, tecno-científico y moral de nuestro planeta, lanzamos una hipótesis para responder a cuestiones como las siguientes:

     ¿Cómo éramos y vivíamos en estado de naturaleza?

     ¿Qué nos llevó a los humanos a formar un Estado?

     ¿Qué nos llevó a abandonar nuestra libertad natural, nuestro derecho a hacer lo que nos plazca, para someternos a la coacción de un gobierno o las leyes de un monarca?
     En definitiva, se trata de responder a la pregunta por el paso del (hipotético) estado de naturaleza al estado civil (social, ciudadano) en el que se encuentran hoy prácticamente todos los pueblos del mundo.
    Para que sea posible el paso del estado de naturaleza al estado social, se hace necesario un contrato social, un pacto; o bien entre dos partes (por ejemplo, entre quien va a go-bernar y quienes van a ser súbditos); o bien entre cada ser libre con la comunidad entera, uniendo voluntades (por ejemplo, cuando nos comprometemos todas las personas por igual a cumplir ciertas normas); o bien entre individuos, etc
    Si una persona o grupo de personas somete y se impone a otras por la fuerza, no se considerará que ha mediado un acuerdo o contrato social, sino que se ha impuesto la fuerza bruta (Kant, Rousseau, Pateman, etc). De este poder impuesto  sobre los demás por la fuerza- sin diálogo o negociación previa no podrá salir jamás ningún atisbo de justicia ni de Derecho. Seguiremos siendo amos o esclavos de nuestra propia barbarie.
    Veamos algunas teorías sobre el paso del estado natural al estado social mediante un contrato.
        A. El contrato social según Hobbes.
     Thomas Hobbes (1588-1679), en su obra”Leviatán”, observó que la mayoría de las personas desconfiamos de los demás, usamos cerrojos, armas, candados, somos egoístas e individualistas, todo lo hacemos de forma interesada y esperando recompensas o que nos devuelvan el favor.
     Hobbes observó, ya en el siglo XVII, que siempre que firmamos un contrato de cualquier tipo que sea (asegurar la moto, matricularse en el instituto...), hay cláusulas restrictivas que nos obligan a cumplir con lo que hemos firmado. De lo contrario, tendremos problemas, enfrentamientos, requerimientos, apercibimientos de expulsión, multas, sanciones o cárcel.
     Hobbes consideró que, desde luego, las personas no tendemos a ser sociales ni a comportarnos amistosamente como afirma Aristóteles, y que sólo cumplimos lo pactado si nos obligan.
     Consideró que, si así parecían ser las cosas a su alrededor, en un supuesto estado de naturaleza tuvieron  que ser mucho peores; y de la propia observación de su entorno extrajo la siguiente conclusión: homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). El hombre es un ser belicoso y antisocial, egoísta y solitario. Nuestra antisociabilidad natural y desconfianza mutua es tal, que el Estado, el Gobierno Autónomo, el Ayuntamiento, todo el mundo, nos tiene- y se tiene- que obligar a cumplir con las leyes, bajo la pena de multas o cárcel. Hobbes lo expresaba diciendo:” Los contratos, sin la espada, son sólo palabras”.
     Ante esta perspectiva, Hobbes construyó una hipótesis según la cual el estado de naturaleza debió ser una especie de guerra continua de todos contra todos, una guerra en la que el hombre sólo se regía por dos principios básicos:

        - Principio de autoconservación: el afán por permanecer vivo y no morir a manos de sus propios semejantes.
        - Instinto natural: el afán por satisfacer todas sus apetencias y deseos.

     En esta situación caótica, cada hombre se convierte en una amenaza para los demás y, entre ellos, se enfrentan y disputan por tres motivos principales: la competición para lograr tener más cosas que nadie, la inseguridad que genera el desorden violento que le rodea y el deseo de gloria, es decir, de dominar a los demás por la fuerza bruta y ser admirado por ello, ya que en estado de naturaleza aún no existen leyes que prohíban matar, robar, esclavizar, etc, ni un gobierno que nos obligue a cumplirlas.
     Si el estado de naturaleza fue un caos de este tipo, Hobbes supuso que llegó el momento en que la situación, ya insostenible, forzó al hombre a establecer un gobierno que lo protegiera de su propia violencia. Al parecer, lo hizo impulsado por dos motivos principales: el miedo a perder la vida y la esperanza de lograr un estado mejor, más pacífico y seguro, un estado civil.
     Para Hobbes, la justicia y  el orden social sólo son posibles si hay leyes que emanan de la autoridad de un solo hombre (que pasa a ser el soberano), sobre el resto (que pasan a ser los súbditos). El derecho que teníamos en estado de naturaleza a hacer lo que ordenara nuestra libertad ciega, se va aplacando de una forma artificial (pues lo natural, si nadie nos lo prohíbe, es hacer lo que nos plazca). Nuestra agresividad natural, nuestra violencia diaria, nuestra tendencia a la discusión, se tiene que ir amoldando a unas leyes que obedecer, a unos deberes que hay que cumplir, a unos preceptos que respetar.
     Por ello, el pacto social es artificial, pues el hombre es, por naturaleza, antisocial y solitario. Si firma el pacto es porque no le queda más remedio si quiere conservar la vida y establecer la propiedad privada, entre otras leyes, para asegurar sus bienes.
     Si hacemos caso a Hobbes, que se nos tenga que obligar a cumplir esas leyes implica que nuestra desconfiada y antisocial naturaleza sigue estando latente aún creados los Estados y las leyes, y que Hobbes considera  que nuestro desarrollo moral, a lo largo de la historia, no ha sido posible porque la moral no tiene nada que ver con nuestra forma natural de ser, algo que no cambia ni el Estado. No es de extrañar que a Hobbes le apasionara la monarquía absoluta, pues sólo un gobierno absolutista garantiza una paz que no está en nuestra indomable naturaleza humana. Una paz que es igual de artificial y hueca donde quiera que se encuentre.
     Muy al contrario, para Aristóteles la finalidad del ser humano es vivir en compañía de los demás, tener casa, familia y colegas: ser sociables. El Estado (la casa, la tribu, la aldea, la polis) nace para satisfacer la necesidad humana de vivir en compañía, para que podamos cumplir con nuestra areté como personas y para deleitar nuestra naturaleza sociable y comunicativa. El Estado nace para lograr que viviendo en sociedad demos lo mejor que llevamos dentro, sólo hay que practicar y habituarse. Desde que hubo perso-nas- pensó Aristóteles- debió haber unión, tendencia a la amistad, cumplir con los acuerdos y aspirar a una patria independiente.
        B. El contrato social según Rousseau.
     En su “Discurso sobre las Artes y las Ciencias” (1750), Rousseau se muestra abierta-mente contrario al optimismo de su época sobre el progreso. El avance técnico y material es visible, pero no el progreso moral humano. El estado, desde luego, no ha hecho a los humanos más felices, más libres ni menos malos.
     En estado de naturaleza, pensaba Rousseau, los seres humanos eran potencialmente ra-cionales pero hacían escaso uso de la razón, pues aún vivían en un estado semisalvaje. Aún no existía la moralidad, la educación, ni la capacidad de hablar. Éramos amorales, es decir, ni buenos ni malos. No había entre las personas otras diferencias que no fueran las biológicas (edad, sexo, altura...) Supone Rousseau que fue una época feliz de la humanidad, en la que vivíamos, según su hipótesis, en pequeñas comunidades familiares guiándonos por la solidaridad y la costumbre.
     El desarrollo de la agricultura y la minería hizo aparece la riqueza, más para unos que para otros y, con ello, para salvaguardar cada cual lo suyo, aparece también la propiedad privada. Será con esta última con la que se inicie la desigualdad entre los hombres, pues quienes menos tenían terminaron siendo siervos y esclavos de los más ricos. La esclavi-tud es la mayor desigualdad que se generó desde las sociedades más primitivas, y ya no será considerada como algo natural (Aristóteles), sino como un producto social que termina alienando a las personas.
     Pero, por naturaleza, el ser humano es bondadoso, tiende al bien y a ser solidario. Si unimos todas nuestras voluntades surge una voluntad común, una voluntad, general que, igualmente, tenderá al bienestar de la comunidad. Nuestra tendencia al bien y nuestra naturaleza solidaria nos permiten armonizar cada voluntad particular con la voluntad general. Si así ocurriera, en vez de un orden social y un gobierno establecido  por la fuerza que nos obliga a cumplir sus leyes (Hobbes), lograríamos un orden social en que las leyes nos las damos todas las personas en igualdad y libertad. De la fuerza bruta no puede salir ningún tipo de justicia, sólo de un pacto entre toda la comunidad cuya  voluntad general es el fundamento del poder político. En vez de hablar sobre el gobierno, Rousseau prefiere hablar de comunidad civil de seres libres e iguales.
        C. El contrato social según Kant.
     El estado de naturaleza, también para Kant, es el estado en que (hipotéticamente) se encontraba el hombre antes de constituir el estado civil. Según su hipótesis, podría haber sido un estado de degradación donde primaba el ejercicio de la fuerza bruta. Era un estado de “libertad salvaje y sin ley” (“Metafísica de las Costumbres”). En estado de naturaleza el hombre vive bajo la amenaza de la violencia porque cada uno hace lo que le place o lo que le manda su instinto; estamos juntos y enfrentados, sin leyes ni poder instituido que las respalde.
     Para salir de esta situación y lograr la paz se hace necesario convertirla  en un objetivo por el que hay que trabajar cada día-también hoy-. Por tanto, salir del estado de naturaleza y someterse a las leyes respaldadas por un  poder en el estado civil es una obligación, un deber moral. Probablemente fuera esa la primera obligación moral que nos propusimos las personas: salir del estado de naturaleza y buscar paz y justicia. Intentar construir una constitución perfecta cuyas leyes debieran armonizar con la voluntad unida del pueblo. Así, Kant, como Aristóteles o Platón, considerará que ética y política son dos mundos inseparables que requieren también del derecho para su pleno desarrollo.

     El estado social incluye:
         1. El establecimiento de leyes coactivas.
         2. El  poder del Estado para obligar al cumplimiento de las mismas, pues la paz sólo es posible en el estado civil, nunca en un estado de naturaleza.
     El derecho en Kant tiene un objetivo muy claro: hacer compatibles las libertades de to-das las personas (colibertad); es decir, una vez creado el Estado mediante un contrato social, empiezan a surgir leyes que debieran ir regulando la vida social de la forma más justa posible, garantizando la libertad de todos. El soberano debería legislar- sería lo idóneo- de acuerdo con la voluntad unida del pueblo. A su vez cada persona debería actuar según las leyes morales que ella misma se dé. El ideal sería que legalidad y mora-lidad estuvieran unidas.
     Hace dos siglos (ya casi tres), Kant pensaba que sólo debíamos obedecer aquellas leyes que hemos aceptado previamente. Si les hemos dado nuestro consentimiento porque nos parecen justas, entonces esas leyes nos permitirán ser libres. Ya no será una libertad ciega y semisalvaje, como la del estado de naturaleza, sino una libertad jurídica, conforme a las normas que hemos aceptado libremente. Es por eso que el Estado tiene que garantizar el cumplimiento del Derecho y debería someter sus leyes a la opinión pública, para que el pueblo las conozca y juzgue si le parecen o no idóneas.
        D. El contrato social según Carol Pateman.
     Decíamos más arriba que del ejercicio de la fuerza bruta no puede emanar ninguna ley justa (Kant, Rousseau,etc). Igualmente ocurre cuando el contrato social se establece entre una sola parte consigo misma, sin contar con la otra (por ejemplo, entre todos los hombres, excluyendo a las mujeres). Según esta última teoría formulada por Carol Pateman (profesora de Filosofía de la Universidad de Sydney, Australia), el origen de la discriminación sexual que ha habido históricamente en casi todas las culturas, se explicaría desde hace milenios por la imposición de un pacto entre los hombres, que se empiezan a tratar como hermanos libres e iguales (pacto de fraternidad) para salir de la barbarie.
     Este pacto, al excluir a las mujeres por el hecho de serlo, las está discriminando por su sexo, que es algo biológico y no social. Si partimos de que una simple cuestión biológica (el sexo de nacimiento) está determinando nuestros derechos como seres libres e iguales, entonces se tratará de un contrato sexual.
     Este pacto sexual presupone que el espacio público, aquel donde las personas desarrollamos nuestros derechos y deberes ciudadanos, nuestro trabajo remunerado, etc.- el estado social, en suma pasa a ser un ámbito exclusivamente de hombres libres. La mujer queda poco a poco relegada al ámbito de lo privado, al mundo doméstico (la casa, la familia, los hijos, la ausencia de derechos, etc) Este proceso se fue realizando durante mucho tiempo, hasta que se terminó aceptando como algo “natural” cuando, realmente, fue impuesto por la práctica social diaria y por las normas, pactos y leyes que favorecían la discriminación.
     Recuerda que, para Aristóteles, la polis era el lugar del hombre libre. La mujer y el esclavo, al ser excluidos de la polis, se quedan sin voz, sin voto y sin representación política. Tienen deberes y obligaciones domésticas, pero no tienen derechos de ciudadanía. Las labores domésticas de mujeres y esclavos eran entonces las más desdeñosas, las menos nobles. No eran seres libres, ni podían votar, ni participar en los asuntos de la polis, ni en las asambleas de una Atenas con más de 400.000 habitantes y sólo 20.000 hombres libres.
     Mucho tiempo antes de que naciera Aristóteles, en el viejo imperio medio-asirio surgían las primeras legislaciones importantes de la historia de nuestro planeta. Igual que hoy en día se impone llevar un velo o un burka a las mujeres en algunos países integristas, en las viejas leyes medio-asirias ya se imponía el velo para las mujeres casadas y sus hijas. El velo era indicativo de que estas mujeres eran “intocables” porque el matrimonio con un hombre las hacía respetables. Por sí mismas no eran seres respetables ni tenían derechos de ningún tipo. La imposición del velo a las mujeres en las viejas leyes medo-asirias eran un elemento diferenciador (jerarquizador), según el status social que adquirían gracias al matrimonio.
     No es de extrañar que tanto tiempo después, ya en época de Aristóteles o Platón, el contrato sexual impuesto desde hacía siglos estuviera en pleno apogeo, pues ya había convertido un simple hecho biológico (nacer hombre o mujer) en una cuestión legal que determinaba que alguien pudiera estudiar, tener un empleo, votar en las elecciones, o ser aceptado.
     Ni siquiera los grandes legisladores atenienses (Solón, Pericles, etc), ni los líderes más revolucionarios (Napoleón) se percataron de esta situación de injusticia.
     A su vez, el estado social, tal como lo hemos estudiado en todos los autores, se fue alejando de su propósito original (lograr la paz, la justicia o la moral) convirtiéndose en una fuente de esclavitud, desigualdad, xenofobia y guerra.
     Incluso Kant cometió el error de excluir del voto a las mujeres y a los asalariados. Ello evidencia el enorme esfuerzo que nos cuesta a las personas- hombres y mujeres desprendernos de los estereotipos sociales, de los prejuicios, de las falsas creencias y de la ignorancia, pues es evidente que aquellos filósofos y legisladores, a pesar de su talla intelectual, llegaron a considerar que la libertad, la igualdad y la ciudadanía dependían del sexo de las personas (que es algo biológico, y no cultural) o de nuestro grado de riqueza. Desprendernos de estas falsas creencias, como nos enseña Platón, significa huir del conocimiento dóxico y aparente de las cosas, romper las cadenas de nuestra propia ignorancia y aprender a llegar al fondo de las cosas. Intentar ver lo esencial y no fiarnos de las apariencias cotidianas.
     Otros filósofos del pasado no tuvieron estos prejuicios, como Condorcet, a pesar de que en plena época revolucionaria francesa, Olimpia de Gouges fue guillotinada por escribir una Declaración sobre los Derechos de la Mujer y la Ciudadana.
     También John Stuart Mill y Harriet Taylor escribieron sobre la igualdad en el siglo XIX.Mill pidió abiertamente el voto para las mujeres en 1869.
     Hoy en día es muy amplia la legislación que expresa y regula la igualdad de derechos y oportunidades entre todos los habitantes del planeta, sin discriminarlos por su sexo, etnia, creencias, edad o grado de riqueza (Constitución Española, Estatuto de Autonomía de Canarias, Planes NOW de la Unión Europea, Declaración de los Derechos Humanos…
    2. LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO.
     Una posibilidad es establecer relaciones entre Kant, Descartes y Hume en base al origen del conocimiento. Ya sabes que Descartes defiende el conocimiento racional (todo em-pieza y termina en la razón) frente a los sentidos o la experiencia que según él, no son fiables; sin embargo, Hume defiende una postura empirista donde todo nuestro conoci-miento proviene de la experiencia, de los sentidos. Todo lo que existe en nuestra mente son impresiones y las ideas son sólo el resultado de la manipulación que nuestra mente hace con las percepciones. Una idea es verdadera si corresponde con una impresión, de lo contrario será una ficción; y Kant elabora una concepción síntesis de racionalismo y empirismo Dice que todo conocimiento comienza con la experiencia, pero no todo él procede de la experiencia porque la mente del sujeto es activa aplicando sus funciones a lo dado por la experiencia.
     Con estos autores también puedes afrontar una comparativa desde el concepto de “ideas innatas”.Respecto a ello, Descartes piensa que el conocimiento es un proceso deductivo similar al de los matemáticos, cuyo punto de partida son las ideas innatas, a partir de las cuales y sin ayuda de la experiencia es posible demostrar la existencia de Dios, de un alma inmortal y un mundo cuya esencia es la extensión.
     Hume por su parte niega la existencia de las ideas innatas, por lo que la relación causa-efecto ( en la que se basa la demostración de la existencia de Dios, un alma o un mundo exterior a nuestra mente) no es a priori sino a posteriori pues por más que pensemos en una causa es imposible prever cuáles serán sus efectos.
     Y puesto que el principio de causalidad carece de valor, lo mismo ocurre con las demostraciones que se basaban en dicho principio. Kant dirá que no existen las ideas innatas pero que las reglas de funcionamiento de la mente son innatas, anteriores a la experiencia.
    3. LA ÉTICA.
     Recuerda que Kant  hace una crítica a las éticas anteriores por considerarlas materiales y heterónomas, frente a su propuesta que es el formalismo kantiano, la ética formal y autónoma.
    Para enfocar esta pregunta desde dicho punto de vista puedes ayudarte del material de 1º de bachillerato e, incluso, del tema de Kant de 2º de bachillerato.
    4. EL PACIFISMO JURÍDICO.
     La filosofía no siempre ha creído en la posibilidad de la paz. A principios del siglo XVII mientras los humanistas como Erasmo planteaban los primeros desarrollos pacifistas del Renacimiento, otros autores como Maquiavelo preferían escribir sobre las estrategias militares idóneas para que los príncipes ganaran una guerra. Prácticamente hasta el siglo XVIII muchos fueron seguidores de las teorías sobre una guerra justa, Estas teorías no eran propiamente pacifistas, como la de Kant, pues solo aspiraban a poner límites a los motivos para hincar la guerra. Era más una forma de justificar los conflictos para seguir guerreando.
     La religión fue, y sigue siendo a veces, uno de esos flacos intereses que supuestamente son más importantes para un pueblo, a lo largo de la historia (la guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes; o el conflicto entre palestinos e israelíes….por ejemplo). Morir, guerrear y matar por motivos religiosos llegó a ser la  tónica europea durante siglos, sobre todo cuando el absolutismo se amparaba en la religión, con la ayuda de ésta, para seguir ejerciendo su poder imperialista.
     Tanto Kant como Saint- Pierre y Rousseau, estaban convencidos de que el derecho y la justicia jamás podrían surgir por imposición de la fuerza bruta de unas personas sobre otras, por ello rechazaban las teorías sobre la guerra justa y apostaron por el Pacifismo jurídico, es decir, intentaron demostrar que no hay guerra justa o razonable, sino que lo único razonable es erradicar para siempre la violencia. El ideal pacifista de estos autores les lleva a reflexionar cuáles son las condiciones necesarias para lograr una paz duradera entre los pueblos.
     Saint- Pierre escribe “Proyecto de tratado de paz para hacer posible la paz perpetua entre los estados cristianos”. Pretende en ella ofrecer fórmulas para que sea posible la paz duradera entre los príncipes cristianos de Europa mediada una liga o federación que los aglutine a todos. Este proyecto no abarca todo el problema porque sólo favorecía a las grandes dinastías monárquicas europeas.
    Además sostenía que los ejércitos tendrían que seguir existiendo, muy al contrario que Kant, que veía en la progresiva desaparición de los ejércitos una garantía de la paz.
    Para Rousseau la guerra se da entre Estados y no se daba entre los individuos hace miles de años, cuando aún no había no gobiernos ni gobernantes ni leyes, cuando aún éramos amorales y pacíficos. Prefiere hablar de una Europa de los pueblos. Desconfía de los príncipes a los que cree guiados por la ambición y el poder. Viendo su tendencia hacia el despotismo no cree en la federación de los monarcas. Él espera más de la voluntad general de los pueblos que de sus príncipes. Confía más en los ciudadanos libres que en sus gobernantes.

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