KANT Y LAS MUJERES

   En el pensamiento de Kant encontramos la más límpida formulación del ideal de la Ilustración: “La Ilustración es la salida del hombre del estado de minoridad que debe imputar a sí mismo”. Minoridad es la incapacidad de valerse del entendimiento sin la guía de otro. Imputable a sí mismo es esa minoridad, si no se debe a defecto de inteligencia, sino a falta de decisión y de valor para hacer uso del entendimiento sin ser guiados por otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propia inteligencia! Este es el movimiento de la Ilustración.

   La afirmación de la libertad, es decir, la decisión hacer público el uso de la razón en todas las esferas, comporta la crítica de los que, por pereza y por vileza, permanecen “durante toda la vida voluntariamente en esa minoridad”. Hay que incluir entre estos últimos a muchos hombres y a todas las mujeres, cuyo permanente estado de minoridad, sin embargo, no se ha de imputar sólo a ellos, sino también a los tutores que han asumido su vigilancia: “Son esos tutores que con tanta benevolencia han asumido la alta vigilancia sobre sus semejantes en minoría de edad, los que persuaden a la mayor parte de los hombres( y con ellos, a todo el sexo débil) de que el paso al estado de independencia es difícil y hasta peligroso.

   Con la Ilustración, límpidamente sintetizada en esta página de Kant (nos referimos al texto “Respuesta a la pregunta ¿qué es Ilustración?”), sopla un viento de libertad incluso para las mujeres, que están llamadas a salir, junto con muchos hombres, de esa “minoridad” en la que se las ha mantenido durante siglos. Kant nos transmite la imagen de un hombre que por fin ha llegado a su mayoría de edad, un sujeto maduro, libre, independiente, confiado en la fuerza de su razón. Las mujeres, como hemos visto, están llamadas también a remitirse a este ideal.

  Sin embargo, hay que poder en duda que ellas sean capaces de hacerlo. Con Kant no sólo se concluye ese proceso, típico de la modernidad, de emancipación de la autoridad de padres y tutores de todo tipo, que él mismo define como “salida del estado de minoridad”, sino que se asiste también a una redefinición simbólica de la relación entre los sexos o, según palabras de Víctor Seidler, a una “reorganización fundamental de las relaciones sexuales de poder. Seidler, indagando sobre la formación histórica del concepto de masculinidad, indica como absolutamente esencial, después de la elaboración cartesiana de la idea de razón, el giro kantiano: “Mi tesis es, fundamentalmente, que hay una relación, que se ha afirmado históricamente, entre un concepto especial de razón y los conceptos de progreso y de masculinidad, y que esta relación tiene consecuencias sobre las categorías con las que se han expresado la filosofía moderna y la teoría social, como asimismo las tiene sobre nuestro sentido de identidad de género. Una de las fuentes más claras de esta relación se puede encontrar en la Ilustración, especialmente, en los escritos éticos de Kant”.

   Es preciso considerar la teoría moral de Kant para constatar la afirmación de un modelo de individualidad y de masculinidad (ambas cosas se superponen, a causa del predominio histórico masculino), que, poniendo la razón en el centro, propone un ideal de control de sí y de desvalorización de la sensibilidad y los sentimientos que termina por marginar a las mujeres y, con ellas, lo que los propios hombres piensan como “femenino”.

   Sin embargo, según sugieren los biógrafos de Kant, había sido precisamente una mujer, Regina Reuter, madre del filósofo, con la educación pietista que ella quiso para su hijo, la que le inspiró el rigor moral que caracteriza su ética. Hay que reconocer entonces que, si hubo influencia de la madre, esa influencia siguió actuando en Kant a través de un laborioso proceso de rechazo y de transferencia: rechazo del “tienes que” materno y su asimilación transferida a la forma abstracta de la razón.

   Es conocido que la ética de Kant se caracteriza por ser una ética deontológica, señalada por el formalismo, por el universalismo, por el acento puesto en la intención y, sobre todo, por la autonomía. El imperativo categórico prescribe la forma que debe asumir la ley de la voluntad, es decir, la universalidad de su mandato, no de los contenidos, los cuales harían que, inevitablemente, se resbalase hacia la heteronomía. No sólo se ponen fuera de juego los contenidos de las obras morales, sino también las emociones y los deseos del propio sujeto, es decir, las “inclinaciones” que, al intentar determinar el comportamiento externo, se ven como fuentes de falta de libertad.

Con la ética kantiana se lleva a cumplimiento ese proyecto de gobierno racional de sí mismo y de desvinculación de las pasiones, que Kant define como “cánceres de la razón pura práctica”, que se inició, en la edad moderna, con Descartes: “Por tanto, todo lo que es empírico, como auxilio del principio de la moralidad, no sólo es completamente inútil, sino incluso altamente perjudicial para la pureza de las costumbres, respecto a las cuales, el auténtico e inestimable valor de una voluntad completamente buena consiste precisamente en que el principio de la acción sea libre de todo influjo de causas contingentes, que sólo puede proporcionar la experiencia”.

   Al poner fuera de juego “movimientos y leyes de origen empírico”, “sentimientos y tendencias”, en una palabra “inclinaciones”, la filosofía moral de Kant ofrece una representación del sujeto humano irremediablemente dividido entre razón y deseo. No son las “inclinaciones”, es decir, los deseos, las emociones y los sentimientos, los que garantizan la capacidad moral del sujeto, sino únicamente la razón, que permite juzgar si una acción es justa a través de un proceso de abstracción de las situaciones concretas, valorando si la acción resulta, por principio, universalizable. Esta pretensión de justicia objetiva, con el desplazamiento de las cuestiones morales al reino de la abstracción es, según Seidler, la normalización de un tipo concreto de experiencia masculina. Esta perspectiva niega valor cognoscitivo a emociones y sentimientos, que no pueden tener ninguna función en las decisiones racionales, sino que más bien se consideran “interferencias” respecto a la capacidad de hacer lo que la razón dicta como moralmente justo: “Esta concepción, no sólo viene a incorporarse profundamente en nuestro sentido de identidad masculino, sino que también pone las bases para la superioridad masculina, puesto que a las mujeres se las identifica con tanta facilidad con el predominio de las emociones y de los sentimientos”.

   Además de promover un ideal de masculinidad que coincide ampliamente con el autocontrol- un control sobre emocionad y sentimientos que no se desarrolla a través del contacto con esta área de la experiencia, sino que se parece más bien a la represión y al dominio-, la teoría moral kantiana persigue también una imagen de autosuficiencia del sujeto, que induce a desconfiar de las respuestas instintivas hacia los demás, “ya que no sólo hay que recelar de ellas, sino que nos apartan del valor moral de una acción cumplida por puro sentido del deber”.

   Nuestra vida moral, según la ética kantiana, está concebida en términos esencialmente individualistas, lo que significa egoísmo, porque Kant promueve una moral del sacrificio y funda un humanismo basado en el respeto mutuo, subrayando, contra la equivalencia del mercado, que los seres humanos no tienen precio: “En el reino de los objetivos todo tiene un precio o una dignidad. Lo que tiene un precio se puede sustituir con algo equivalente. (…) Ahora bien, la moralidad es la única condición bajo la que un ser racional puede ser fine en sí mismo”. La tradición kantiana funda una moral individualista, en cuanto que construye la imagen de individuos independientes y autosuficientes, que se desvinculan de las relaciones con los demás para ponerse cada uno, individualmente, frente a la majestad de la ley moral. La desvalorización de las relaciones personales y la negación de la dependencia de los demás contribuyen a forjar el ideal de un sujeto moral autosuficiente, que desconfía de la ayuda que le pueden ofrecer los otros, porque esto disminuiría el valor moral de sus esfuerzos individuales. Este ideal de autosuficiencia excluye a las mujeres y a aquellos hombres que, demostrando que tienen necesidad de los demás, se revelan dependientes e incapaces de llegar a la plena madurez de la razón.

   En Kant, la virtud es desnuda, despojada de todo ornamento: “Ver en su verdadera figura la virtud no es más que representar a la moralidad despojada de toda mezcolanza de lo sensible y de la falsa ornamentación de la recompensa y del amor de sí mismo”.Desde este punto de vista, la moral kantiana se coloca en las antípodas respecto a la mujer, desde el momento en que para elaborar la feminidad ha necesitado mucho arte: “En todos los mecanismos por medio de los cuales se debe producir con poca fuerza tanto efecto como se produce en otros con mayor fuerza, se necesita el arte. De esto se puede ya deducir que la preocupación de la naturaleza para organizar el sexo femenino habrá necesitado más arte que para organizar el masculino”.

   Lejos de la austeridad de la moral kantiana, ¿se acerca quizá la mujer a la esfera del gusto, a la dimensión estética? Kant parece decididamente de esta opinión, desde el momento en que las Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, coloca al sexo femenino bajo el signo de lo bello, y al masculino de lo sublime. La cuestión es que no es solamente el aspecto del “bello sexo”, ordinariamente “más fino que el del varón”, sino el propio carácter del sexo femenino el que “permite reconocerlo mediante el signo de la belleza”, mientras que el masculino puede aspirar, más bien, a la “denominación de sexo noble”. El atributo de la belleza se extiende a todas las cualidades del sexo femenino. La inteligencia, en una mujer debe ser una inteligencia “bella”, más que profunda, y “la virtud de una mujer es una virtud bella”, mientras que “la masculina debe ser una virtud noble”. Las mujeres, evitarán el mal, no por injusto, sino por feo; y a sus ojos, son acciones virtuosas las que son moralmente bellas. Ninguna constricción, ningún deber, ninguna obligación”.

   Valorando esta observación kantiana, que pone a las mujeres lejos de la abstracción de los principios morales, se podría sostener que las mujeres rechazan la separación entre el universalismo de la ética y la singularidad del objeto bello. Desde el momento en que la vida se presenta en una multiplicidad de formas, dotada cada una de una cualidad única e irrepetible, su atención a la vida y a la singularidad de los seres vivientes las pone a la búsqueda de una ética encarnada, que permita definir una acción “bella” en sí misma, no por estar conforme con una norma abstracta.

   Volviendo a Kant, vemos que, sólo con el paso del tiempo, cuando es inminente la vejez,”destructora de la belleza”, la mujer pasa del reino de lo bello al de lo sublime, es decir, va a la búsqueda de cualidades nobles, que susciten el respeto de los demás. “las cualidades nobles y sublimes- afirma Kant- deben ir sustituyendo poco a poco a las bellas”. A una mujer anciana le está concedido, mucho más que en la juventud, “la lectura de los libros y la ampliación del saber”, que “podrían imperceptiblemente sustituir con las Musas el lugar que las Gracias han dejado vacío”.

Pero en general, y sobre todo en la juventud, el modo femenino de contribuir al progreso de la humanidad consiste en suscitar emoción por la belleza. Seguramente ha sido una aportación femenina al proceso de civilización de las costumbres, pero ha consistido sobre todo en favorecer la adquisición del hábito exterior de la moralidad antes que la conquista de la misma moral, en su simple desnudez. La mujer ha contribuido a infundir en el hombre “los sentimientos más delicados, que pertenecen a la civilización, es decir, los de la sociabilidad y de la convivencia”, de modo que su moralidad unida a la “gracia para hablar y para hacer”, ha llevado al hombre, “ si no a la moralidad misma”, al menos a “lo que es como hábito externo de la moralidad, es decir, a ese comportamiento cívico que es la preparación y recomendación para la vida moral”.

   Las observaciones explícitas de Kant acerca de la diferencia femenina, en la Antropología en sentido pragmático, además de estar bajo el signo del gusto y del ornamento, están en la dimensión del humor. Hay que tener cuidado con tomarlas demasiado en serio, aunque el hecho de bromear sobre las debilidades femeninas no debe hacer olvidar que las mujeres son algo más serio, es decir “el instrumento para mover a los hombres y subordinarlos a los fines de la mujer”.

   Las mujeres aceptan de buena gana las ocurrencias ingeniosas sobre el sexo femenino, porque saben que no tienen que tomarlas en serio; también ellas gastan bromas fácilmente sobre los celos de sus hombres, pero no se sentirían contentas en absoluto si los celos desaparecieran, porque significaría que su hombre no les concede ningún valor, sino que las deja a los otros con indiferencia, como un “hueso para roer”.

   La mezcla de serio y de chistoso en la relación entre los sexos,, y sobre todo, en lo que se refiere al sexo femenino, hace arduo el cometido del filósofo; por tanto, si incluso “en la antropología, es un estudio para el filósofo la propiedad del sexo femenino más que la del sexo masculino”, este último está obligado a detenerse ante el enigma de la feminidad, porque la mujer “ no desvela su secreto, si bien (por su locuacidad) difícilmente guarda en el de los demás”. El filósofo debe limitarse a decir algo sobre “la finalidad de la naturaleza en la constitución femenina”, es decir, sobre la conservación de la especie, confiada al “vientre de la mujer”, y a la cultura y al refinamiento de la sociedad “por medio de la feminidad”.

   Para Kant, hasta la coquetería, aunque tenga mala fama, tiene una cierta justificación racional: una joven, sobre todo si está casada con un hombre considerablemente más viejo-unión que el filósofo considera más recomendable que la unión entre los de la misma edad-corre el riesgo de quedarse viuda y, con la coquetería, puede procurarse aspirantes que podrían sustituir a su marido en caso de viudedad.

   Una específica característica del sexo femenino no es ni su propensión a agradar ni a dominar, porque ésta está también presente en los hombres, sino “su tendencia a estar en continua guerra consigo mismo y en buenísimas relaciones con el otro sexo”. La rivalidad entre mujeres es consecuencia natural de la competencia para “conquistar el predominio en el favor (…) de los hombres”; de ahí que una mujer, sobre todo si es joven, preferiría ser juzgada por sus errores por un tribunal masculino, que la miraría con más indulgencia que uno femenino.

   A pesar de que la feminidad se acerca mucho a la esfera del gusto, sin embargo, mientras que “el hombre se gusta a sí mismo, la mujer hace de sí misma objeto de gusto para los demás”.

   También es muy distinta de la del hombre la virtud de la mujer: ella debe ser paciente, él tolerante; ella sensible, él sentimental.

   La diferencia entre los dos sexos, que son siempre iguales en cuanto a que poseen la misma naturaleza racional, se hace sentir de modo especial en el matrimonio. A propósito de esto, Kant se esfuerza en demostrar la racionalidad de la desigualdad dentro de la igualdad. Para la indisolubilidad del matrimonio, para hacer que dure la unión sexual, no basta “la asociación voluntaria de dos personas”, porque “la igualdad de las pretensiones de ambos” produciría “un fuerte contraste”, sino que hace falta que una parte “se someta a la otra”. Inútil decir cuál.

   Como Rousseau, para hacer más aceptable la sumisión femenina, Kant distingue entre dominio y gobierno, entre el papel del ministro y el del señor: “con el lenguaje de la galantería (y sin faltar a la verdad) diría: “la mujer debe dominar, pero el hombre debe gobernar, porque la inclinación domina, pero la razón gobierna”. En relación con cuanto se ha dicho acerca del formalismo de la ética kantiana y a su desvinculación de las “inclinaciones”, es significativa esta identificación de lo masculino con la razón y de lo femenino con la inclinación. Corresponde al hombre el conocimiento racional de los fines y la valoración de los medios, ate todo económicos, de que dispone, por lo que el “señor” (es decir, la mujer) puede hacer, ciertamente todo lo que quiera, pero a condición de que esta voluntad le venga del ministro”, es decir, del marido.

   Es sabido que el concepto kantiano del matrimonio lo reduce a ser “el uso recíproco de los órganos y las facultades sexuales de los dos individuos”. En su concisa esencialidad, Kant se pregunta si este acto, con el que “ el hombre se reduce a sí mismo a una cosa”, no es “ contrario al derecho de la humanidad”, pero llega a la conclusión de que, puesto que esta reducción a cosa es recíproca, la igualdad de la posesión garantiza el respeto de la persona de ambos cónyuges”.

   Lo que sí podría constituir un problema es la desigualdad que la ley prevé cuando “ dice del hombre en sus relaciones con la mujer: él debe ser tu dueño (es decir, él será la parte que manda, la mujer la que obedece).Pero esto no se puede considerar contrario a la igualdad natural entre los miembros de una pareja, en la medida en que este dominio se basa solamente en la superioridad natural de las facultades del hombre respecto a las de la mujer en la obra de procurar el interés común de la familia y en el derecho de mando que de ello se sigue”. Por consiguiente, el dominio del hombre en el seno de la familia no sólo no es incompatible con la igualdad entre los cónyuges, sino que incluso se puede deducir de la misma obligación de conservar la unidad de la familia.

   Del mismo modo, la exclusión de las mujeres del derecho de ciudadanía no es ningún problema para el filósofo, puesto que su dependencia (sobre todo económica, como la de algunos hombres: el mozo de cuadra, el siervo, el pupilo) del mandato de los demás produce la falta de “personalidad civil” y que su existencia sea, “en cierto modo, solamente inherencia”. Aquí se ve, hablando de las mujeres y de su estado de minoridad civil, que Kant está hablando, en realidad, de un sistema de desigualdad instaurado por una parte de la humanidad en perjuicio de gran parte de la otra. Es esta última la que preocupa al filósofo que, como conclusión, afirma: “Esta dependencia de la voluntad de los demás y esta desigualdad no son, en absoluto, contrarios a la libertad y a la igualdad de los mismos como hombres que, unidos, forman un pueblo”.

   Los ideales de la Ilustración, en cuanto que afirman los principios de la libertad y de la igualdad para todos los hombres, están destinados a la larga, a tener un significado liberador también para las mujeres. Sin embargo, no deja de tener consecuencias el hecho de que, con la Ilustración se abre camino un significado de libertad femenina no libre (como podría ser la idea de la conquista de la libertad femenina por sí misma), sino doblemente vinculado ante todo a la realización de la igualdad entre todos los hombres, y después a la exigencia de paridad de la mujer con el hombre. Mientras tanto, según la perspectiva de Kant, una ciudadanía a medias y una dependencia sustancial de los demás mantienen todavía al “sexo débil” en un estado de minoridad que, en su opinión, es incompatible con la plena dignidad de un ser humano. Algunas mujeres, conquistadas por los ideales de la Ilustración, no dejarán de hacerlo notar.

La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.

Autor: François De La Rochefoucauld

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