KANT ¿QUÉ ES LA ILUSTRACIÓN? TEXTO COMENTADO

   La época de la Ilustración cabe situarla entre los años 1685 (Newton, Locke) y 1785 (Kant). Es una época en donde la metafísica clásica ha caído. La experiencia ha hecho tambalearse al racionalismo cargado de innatismo. Dios tampoco está en su antiguo pedestal. El hombre anda buscando su lugar en el mundo. Pero, junto a esto, hay también un fuerte optimismo en el futuro, en la idea de progreso en la historia, en la consideración del hombre como ser fundamentalmente racional, en el ideal de igualdad entre los hombres y el derecho sobre bases racionales.

   El espíritu ilustrado se manifestó con características propias en cada uno de los tres países en lo que principalmente se desarrolló. Así, en Francia es donde con más intensidad se desarrolló este movimiento gracias a los enciclopedistas. Se caracteriza por el desarrollo de la ciencia histórica, en contra de la tradición, y por la consideración del hombre culto como alguien menos ocupado de la teología y más atento a los avances de las ciencias y de las letras. La cultura debe ser clara y accesible a todo el mundo. Es ilustrativo que Voltaire, uno de sus más eminentes representantes, escribiera un Diccionario filosófico portátil.

   En Inglaterra es donde surgió primero el movimiento ilustrado y se caracterizó por su defensa de la libertad política y de la tolerancia religiosa, estando muy influido por el empirismo de Hume y de Locke.

   En Alemania el fenómeno llegó con cierto retraso y en unas circunstancias más difíciles que las de los otros dos países. En efecto, Alemania estaba políticamente disgregada en más de doscientos pequeños Estado. La sociedad era mayoritariamente feudal, con una clase media débil y un proceso de industrialización aún balbuceante. Las discusiones teóricas se centran sobre todo en la ética, asunto que consideran previo a cualquier cambio político.

   Los temas principales de la Ilustración alemana son introducidos por uno de sus primeros representantes, C. Thomasius: la tolerancia religiosa, la libertad de pensamiento y de discusión, la lucha contra los prejuicios y la abolición de la tortura.

   La figura más representativa de la Ilustración alemana es Kant, sobre todo en lo que se refiere a la historia, la política y la religión, aunque no se le puede considerar circunscrito a este movimiento, pues fue él mismo quien le puso los limites al optimismo ilustrado al efectuar su crítica a la razón.

   Kant escribió en 1784 este breve ensayo titulado ¿Qué es la Ilustración? Que ha llegado a ser clásico y ha influido enormemente en la idea que posteriormente se ha tenido de lo que representó la Ilustración.

El espíritu de la Ilustración, como se ve en el inicio del texto, es un espíritu de emancipación y de liberación intelectual y moral. En efecto, el hombre ilustrado quiere emanciparse de todo aquello que le constriñe externamente, de la autoridad, sea religiosa o política, de la superstición, de la tradición, etc.

 Esta emancipación intenta realizarla, no a través de una revolución, sino basándose en la razón, que considera que es el medio más poderoso y eficaz. El ilustrado no es un conspirador, sino un hombre que lucha contra el poder con la fuerza de la cultura.

 El que el hombre deba afrontar esa tarea individualmente frente a los que le oprimen y sufriendo, además, la hostilidad de los oprimidos, exige que el hombre ilustrado sea un hombre valeroso, dispuesto y decidido. Nótense las alusiones en este sentido a la pereza, la cobardía, la falta de decisión y de valor y la autoculpabilidad del hombre al mantener su situación.

 El lema Sapere aude, esto es, ten el valor de servirte de tu propio entendimiento, lo toma Kant de Horacio. El que no es capaz de seguir exclusivamente a su propia razón permanece aún en estado de minoría de edad, no ha llegado a su madurez como hombre.     

   “Ilustración significa el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo. Esta minoría de edad significa la incapacidad para servirse de su entendimiento sin verse guiado por algún otro. Uno mismo es el culpable de dicha minoría de edad cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de resolución y valor para servirse del suyo propio sin la guía del de algún otro. Sapere aude! ¡Ten valor para servirte de tu propio entendimiento! Tal es el lema de la Ilustración.”

    Al igual que hará en la “Crítica de la Razón Práctica”, Kant mantiene que el hombre debe buscar su autonomía, su autogobierno. Sin embargo, la realidad es que el hombre se encuentra más cómodo manteniendo su situación de minoría de edad. Y siempre hay recursos que busca el propio Kant para dejarse guiar por ellos o alguien- un tutor- dispuesto a guiar a los demás: directores espirituales, libros, etc. Estos tutores no solo muestran al hombre el camino a seguir, sino que además muestran los peligros que puede acarrear el caminar solos. Todo ello hace difícil que el hombre camine solo y que intente salir de su estado hacia la mayoría de edad.

“Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tantos hombres continúan siendo con gusto, menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya liberado hace ya tiempo de una conducción ajena (haciéndoles físicamente adultos); y por eso les ha resultado tan fácil a otros el erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor de edad. Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que vele por mi alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que me prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No me hace falta pensar, siempre que pueda pagar; otros asumirán por mí tan engorrosa tarea. El que la mayor parte de los hombres (incluyendo a todo el bello sexo) consideren el paso hacia la mayoría de edad como algo harto peligroso, además de muy molesto, es algo por lo cual velan aquellos tutores que tan amablemente han echado sobre sí esa labor de superintendencia. Tras entontecer primero a su rebaño e impedir cuidadosamente que esas mansas criaturas se atrevan a dar un solo paso fuera de las andaderas donde han sido confinados, les muestran luego el peligro que les acecha cuando intentan caminar solos por su cuenta y riesgo. Mas ese peligro no es ciertamente tan enorme, puesto que finalmente aprenderían a caminar bien después de dar unos cuantos tropezones; pero el ejemplo de un simple tropiezo basta para intimidar y suele servir como escarmiento para volver a intentarlo de nuevo.

            Así pues, resulta difícil para cualquier individuo el zafarse de una minoría de edad que casi se ha convertido en algo connatural. Incluso se ha encariñado con ella y eso le hace sentirse realmente incapaz de utilizar su propio entendimiento, dado que nunca se le ha dejado hacer ese intento. Reglamentos y fórmulas, instrumentos mecánicos de un uso racional –o más bien abuso- de sus dotes naturales, constituyen los grilletes de una permanente minoría de edad. Quien lograra quitárselos acabaría dando un salto inseguro para salvar la más pequeña zanja, al no estar habituado a semejante libertad de movimientos. De ahí que sean muy pocos quienes han conseguido, gracias al cultivo de su propio ingenio, desenredar las ataduras que les ligaban a esta minoría de edad y caminar con paso seguro”.

   Aborda Kant uno de los temas propios de la Ilustración alemana, el del prejuicio. Un prejuicio es un juicio previo que alguien se forma sobre alguna cosa, sin llegar a conocer esa cosa. El racismo, por ejemplo, en nuestros días suele tener un gran componente de prejuicio.

   El problema que observa Kant es el de la dificultad que puede tener el hombre para liberarse y pensar por sí mismo. Especialmente difícil es el caso de los “tutores”, que han inculcado el prejuicio entre el pueblo, para que éste luego intente someter a los mismos prejuicios a aquellos que los dominaban.

   El pueblo, por sí solo, es difícil que se ilustre. Una revolución podrá llevar a cabo un cambio en el poder, pero no en la mente de las personas. Puede, incluso, generar nuevos prejuicios, si la mente no ha acusado e interiorizado el cambio, con lo que poco se habrá ganado.

   El despotismo es el abuso de una autoridad absoluta no limitada por las leyes. El Despotismo ilustrado fue una forma de gobierno autoritario propia de la 2ª mitad del siglo XVIII. El monarca intentaba conseguir el progreso del país aplicando principios políticos propios de la Ilustración.

   “Sin embargo, hay más posibilidades de que un público se ilustre a sí mismo; algo que casi es inevitable, con tal de que se le conceda libertad. Pues ahí siempre nos encontraremos con algunos que piensen por cuenta propia incluso entre quienes han sido erigidos como tutores de la gente, los cuales, tras haberse desprendido ellos mismos del yugo de la minoría de edad, difundirán en torno suyo el espíritu de una estimación racional del propio valor y de la vocación a pensar por sí mismo. Pero aquí se da una circunstancia muy especial: aquel público, que previamente había sido sometido a tal yugo por ellos mismos, les obliga luego a permanecer bajo él, cuando se ve instigado a ello por algunos de sus tutores que son de suyo incapaces de toda ilustración; así de perjudicial resulta inculcar prejuicios, pues éstos acaban por vengarse de quienes fueron sus antecesores o sus autores. De ahí que un público sólo pueda conseguir lentamente la ilustración. Mediante una revolución acaso se logre derrocar un despotismo personal y la opresión generada por la codicia o la ambición, pero nunca logrará establecer una auténtica reforma del modo de pensar; bien al contrario, tanto los nuevos prejuicios como los antiguos servirán de rienda para esa enorme muchedumbre sin pensamiento alguno.”

   El requisito indispensable para que el hombre se ilustre es el de que tenga la libertad de hacer siempre y en todo lugar un uso público de la razón.

   Por uso público de la razón entiende Kant el que hace alguien en público en tanto que enterado o sabedor de algo. Usa el autor la expresión “ante todo ese público que configura el universo de los lectores”, ya que el gran medio de expresión y de comunicación del momento era la lectura.

Con uso privado de la razón se refiere al que alguien puede hacer desde un determinado puesto o cargo, aunque éste sea un cargo público.

   Para distinguir bien ambos usos, pongamos el ejemplo de un diputado. Imaginemos que el partido al que pertenece esté a favor del aborto. Haciendo el diputado un uso privado de su razón, deberá votar a favor del aborto, puesto que la disciplina de voto a la que está sujeto su cargo así se lo exige. Pero, a renglón seguido, podrá escribir un artículo o hacer unas manifestaciones en la televisión explicando que, aunque haya tenido que votar a favor del aborto, él está personalmente en contra. Estas manifestaciones constituirían un uso público de la razón.

Lo que propugna Kant es que todo hombre pueda tener la libertad necesaria para hacer un uso público de la razón. Solo así podrá calar el espíritu de la Ilustración en los hombres.

El propio Kant admite que en algunos asuntos de interés público, algunas personas deben obedecer en vez de razonar, para no obstaculizar la consecución de un fin bueno para todos.

Véanse los diversos ejemplos que pone Kant para distinguir el uso privado del uso público de la razón.

“Para esta ilustración tan sólo se requiere libertad y, a decir verdad, la más inofensiva de cuantas pueden llamarse así: el hacer uso público de la propia razón en todos los terrenos. Actualmente oigo clamar por doquier: ¡No razones!. El oficial ordena: ¡No razones, adiéstrate! El asesor fiscal: ¡no razones y limítate a pagar tus impuestos! El consejero espiritual: ¡No razones, ten fe! (Sólo un único señor en el mundo dice: razonad cuanto queráis y sobre todo lo que gustéis, mas no dejéis de obedecer.) Impera por doquier una restricción de la libertad. Pero, ¿cuál es el límite que la obstaculiza y cuál es el que, bien al contrario, la promueve? He aquí mi respuesta: el uso público de su razón tiene que ser siempre libre y es el único que puede procurar ilustración entre los hombres; en cambio muy a menudo cabe restringir su uso privado, sin que por ello quede particularmente obstaculizado el progreso de la ilustración. Por uso público de la propia razón entiendo aquél que cualquiera puede hacer, como alguien docto, ante todo ese público que configura el universo de los lectores. Denomino uso privado al que cabe hacer de la propia razón en una determinada función o puesto civil que se le haya confiado. En algunos asuntos encaminados al interés de la comunidad se hace necesario un cierto automatismo, merced al cual ciertos miembros de la comunidad tienen que comportarse pasivamente para verse orientados por el gobierno hacia fines públicos mediante una unanimidad artificial o, cuando menos, para que no perturben la consecución de tales metas. Desde luego, aquí no cabe razonar, sino que uno ha de obedecer. Sin embargo, en cuanto esta parte de la maquinaria sea considerada como miembro de una comunidad global e incluso cosmopolita y, por lo tanto, se considere su condición de alguien instruido que se dirige sensatamente a un público mediante sus escritos, entonces resulta obvio que puede razonar sin afectar con ello a esos asuntos en donde se vea parcialmente concernido como miembro pasivo. Ciertamente, resultaría muy pernicioso que un oficial, a quien sus superiores le hayan ordenado algo, pretendiese sutilizar en voz alta y durante el servicio sobre la conveniencia o la utilidad de tal orden; tiene que obedecer. Pero en justicia no se le puede prohibir que, como experto, haga observaciones acerca de los defectos del servicio militar y los presente ante su público para ser enjuiciados. El ciudadano no puede negarse a pagar los impuestos que se le hayan asignado; e incluso una indiscreta crítica hacia tales tributos al ir a satisfacerlos quedaría pena1izada como un escándalo (pues podría originar una insubordinación generalizada). A pesar de lo cual, él mismo no actuará contra el deber de un ciudadano si, en tanto que especialista, expresa públicamente sus tesis contra la inconveniencia o la injusticia de tales impuestos. Igualmente, un sacerdote está obligado a hacer sus homilías, dirigidas a sus catecúmenos y feligreses, con arreglo al credo de aquella Iglesia a la que sirve; puesto que fue aceptado en ella bajo esa condición. Pero en cuanto persona docta tiene plena libertad, además de la vocación para hacerlo así, de participar al público todos sus bienintencionados y cuidadosamente revisados pensamientos sobre las deficiencias de aquel credo, así como sus propuestas tendentes a mejorar la implantación de la religión y la comunidad eclesiástica. En esto tampoco hay nada que pudiese originar un cargo de conciencia. Pues lo que enseña en función de su puesto, como encargado de los asuntos de la Iglesia, será presentado como algo con respecto a lo cual él no tiene libre potestad para enseñarlo según su buen parecer, sino que ha sido emplazado a exponerlo según una prescripción ajena y en nombre de otro. Dirá: nuestra Iglesia enseña esto o aquello; he ahí los argumentos de que se sirve. Luego extraerá para su parroquia todos los beneficios prácticos de unos dogmas que él mismo no suscribiría con plena convicción, pero a cuya exposición sí puede comprometerse, porque no es del todo imposible que la verdad subyazca escondida en ellos o, cuando menos, en cualquier caso no haya nada contradictorio con la religión íntima. Pues si creyese encontrar esto último en dichos dogmas, no podría desempeñar su cargo en conciencia; tendría que dimitir. Por consiguiente, el uso de su razón que un predicador comisionado a tal efecto hace ante su comunidad es meramente un uso privado; porque, por muy grande que sea ese auditorio, siempre constituirá una reunión doméstica; y bajo este respecto él, en cuanto sacerdote, no es libre, ni tampoco le cabe serlo, al estar ejecutando un encargo ajeno. En cambio, como alguien docto que habla mediante sus escritos al público en general, es decir, al mundo, dicho sacerdote disfruta de una libertad ilimitada en el uso público de su razón, para servirse de su propia razón y hablar en nombre de su propia persona. Que los tutores del pueblo (en asuntos espirituales) deban ser a su vez menores de edad constituye un absurdo que termina por perpetuar toda suerte de disparates.”

Aborda Kant ahora el problema de la religión y de su relación con la Ilustración. La postura de Kant no es estrictamente antirreligiosa, aunque él solo defendiera, siendo consecuente con su sistema, una religión natural basada en una fe racional. Por eso se pregunta, ante la observación del hecho real de la religión que practican las personas o en la que creen, si sería posible crear un organismo, una sociedad de sacerdotes que ejerciera una tutela sobre el pueblo.

A juicio de Kant, esto sería imposible porque supondría ir en contra del progreso, que es, por naturaleza, el destino primordial del hombre, e impediría la ilustración del pueblo.

El propio pueblo podría admitir un organismo de este tipo si mediante él se pudiera obtener un orden nuevo, una organización nieva que permitiera un uso público de la razón. Pero esto habría que hacerlo cuando lo pudiera pedir el pueblo y garantizando la tolerancia hacia los que no quisieran adscribirse al nuevo orden.

 Un hombre no puede renunciar al espíritu de la Ilustración porque ello supondría ir a contra de los derechos de la humanidad. Tampoco el monarca está capacitado para alterar el orden establecido, puesto que tiene que respetar la voluntad del pueblo.

 “Ahora bien, ¿acaso una asociación eclesiástica –cual una especie de sínodo o (como se autodenomina entre los holandeses) grupo venerable- no debiera estar autorizada a juramentarse sobre cierto credo inmutable, para ejercer una suprema e incesante tutela sobre cada uno de sus miembros y, a través suyo, sobre el pueblo, á fin de eternizarse? Yo mantengo que tal cosa es completamente imposible. Semejante contrato, que daría por cancelada para siempre cualquier ilustración ulterior del género humano, es absolutamente nulo e inválido; y seguiría siendo así, aun cuando quedase ratificado por el poder supremo, la dieta imperial y los más solemnes tratados de paz. Una época no puede aliarse y conjurarse para dejar a la siguiente en un estado en que no le haya de ser posible ampliar sus conocimientos (sobre todo los más apremiantes), rectificar sus errores y en general seguir avanzando hacia la ilustración. Tal cosa supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo destino primordial consiste justamente en ese progresar; y la posteridad estaría por lo tanto perfectamente legitimada para recusar aquel acuerdo adoptado de un modo tan incompetente como ultrajante. La piedra de toque de todo cuanto puede acordarse como ley para un pueblo se cifra en esta cuestión: ¿acaso podría un pueblo imponerse a sí mismo semejante ley? En orden a establecer cierta regulación podría quedar estipulada esta ley, a la espera de que haya una mejor lo antes posible: que todo ciudadano y especialmente los clérigos sean libres en cuanto expertos para expresar públicamente, o sea, mediante escritos, sus observaciones sobre los defectos de la actual institución; mientras tanto el orden establecido perdurará hasta que la comprensión sobre la índole de tales cuestiones se haya extendido y acreditado públicamente tanto como para lograr, mediante la unión de sus voces (aunque no sea unánime), elevar hasta el trono una propuesta para proteger a esos colectivos que, con arreglo a sus nociones de una mejor comprensión, se hayan reunido para emprender una reforma institucional en materia de religión, sin molestar a quienes prefieran conformarse con el antiguo orden establecido. Pero es absolutamente ilícito ponerse de acuerdo sobre la persistencia de una constitución religiosa que nadie pudiera poner en duda públicamente, ni tan siquiera para el lapso que dura la vida de un hombre, porque con ello se anula y esteriliza un período en el curso de la humanidad hacia su mejora, causándose así un grave perjuicio a la posteridad. Un hombre puede postergar la ilustración para su propia persona y sólo por algún tiempo en aquello que le incumbe saber; pero renunciar a ella significa por lo que atañe a su persona, pero todavía más por lo que concierne a la posteridad, vulnerar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad. Mas lo que a un pueblo no le resulta lícito decidir sobre sí mismo, menos aún le cabe decidirlo a un monarca sobre el pueblo; porque su autoridad legislativa descansa precisamente en que reúne la voluntad íntegra del pueblo en la suya propia. A este respecto, si ese monarca se limita a hacer coexistir con el ordenamiento civil cualquier mejora presunta o auténtica, entonces dejará que los súbditos hagan cuanto encuentren necesario para la salvación de su alma; esto es algo que no le incumbe en absoluto, pero en cambio sí le compete impedir que unos perturben violentamente a otros, al emplear toda su capacidad en la determinación y promoción de dicha salvación. El monarca daña su propia majestad cuando se inmiscuye sometiendo al control gubernamental los escritos en que sus súbditos intentan clarificar sus opiniones, tanto si la hace por considerar superior su propio criterio, con lo cual se hace acreedor del reproche: Caesar non est supra Grammaticos, como -mucho más todavía- si humilla su poder supremo al amparar, dentro de su Estado, el despotismo espiritual de algunos tiranos frente al resto de sus súbditos.”

En la época en la que vive Kant no se han realizado plenamente los ideales de la Ilustración. Por eso no es una época ilustrada. Se está en proceso de realización, por lo que es una época de ilustración.

Con “el siglo de Federico” se refiere Kant al reinado de Federico II, del que alaba su tolerancia en materia de religión y el uso público de la razón que permite a los clérigos. La tolerancia, como ya se ha dicho, era otro de los ideales de la Ilustración.

“Si ahora nos preguntáramos: ¿acaso vivimos actualmente en una época ilustrada?, la respuesta sería: ¡No!, pero sí vivimos en una época de Ilustración. Tal como están ahora las cosas todavía falta mucho para que los hombres, tomados en su conjunto, puedan llegar a ser capaces o estén ya en situación de utilizar su propio entendimiento sin la guía de algún otro en materia de religión. Pero sí tenemos claros indicios de que ahora se les ha abierto el campo para trabajar libremente en esa dirección y que también van disminuyendo paulatinamente los obstáculos para una ilustración generalizada o el abandono de una minoría de edad de la cual es responsable uno mismo. Bajo tal mirada esta época nuestra puede ser llamada «época de la Ilustración» o también «el Siglo de Federico».

            Un príncipe que no considera indigno de sí reconocer como un deber suyo el no prescribir a los hombres nada en cuestiones de religión, sino que les deja plena libertad para ello e incluso rehúsa el altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la posteridad se lo agradezcan, ensalzándolo por haber sido el primero en haber librado al género humano de la minoría de edad, cuando menos por parte del gobierno, dejando libre a cada cual para servirse de su propia razón en todo cuanto tiene que ver con la conciencia. Bajo este príncipe se permite a venerables clérigos que, como personas doctas, expongan libre y públicamente al examen del mundo unos juicios y evidencias que se desvían aquí o allá del credo asumido por ellos sin menoscabar los deberes de su cargo; tanto más aquel otro que no se halle coartado por obligación profesional alguna. Este espíritu de libertad se propaga también hacia el exterior, incluso allí donde ha de luchar contra los obstáculos externos de un gobierno que se comprende mal a sí mismo. Pues ante dicho gobierno resplandece un ejemplo de que la libertad no conlleva preocupación alguna por la tranquilidad pública y la unidad de la comunidad. Los hombres van abandonando poco a poco el estado de barbarie gracias a su propio esfuerzo, con tal de que nadie ponga un particular empeño por mantenerlos en la barbarie.”

Kant se ha centrado en la religión porque ve en ella el campo de acción de los “tutores”, que no se adentran en el terreno de las artes o de las ciencias, y porque considera que es el aspecto más perjudicial para el pueblo.

La Ilustración va ligada al tema de la luz. Para los ilustrados, la razón es esencialmente luz y claridad. La ignorancia, el seguimiento ciego de la tradición y de los sistemas políticos caducos son signos de un vivir en sombras y de una necesidad de que la razón lo ilumine.

Se propone aquí un proceso gradual en el uso de la libertad para evitar las limitaciones que un nivel excesivo de libertad acarrea.

“He colocado el epicentro de la ilustración, o sea, el abandono por parte del hombre de aquella minoría de edad respecto de la cual es culpable él mismo, en cuestiones religiosas, porque nuestros mandatarios no suelen tener interés alguno en oficiar romo tutores de sus súbditos en lo que atañe a las artes y las ciencias; y porque además aquella minoría de edad es asimismo la más nociva e infame de todas ellas. Pero el modo de pensar de un jefe de Estado que favorece esta primera Ilustración va todavía más lejos y se da cuenta de que, incluso con respecto a su legislación, tampoco entraña peligro alguno el consentir a sus súbditos que hagan un uso público de su propia razón y expongan públicamente al mundo sus pensamientos sobre una mejor concepción de dicha legislación, aun cuando critiquen con toda franqueza la que ya ha sido promulgada; esto es algo de lo cual poseemos un magnífico ejemplo, por cuanto ningún monarca ha precedido a ése al que nosotros honramos aquí.

            Pero sólo aquel que, precisamente por ser ilustrado, no teme a las sombras, al tiempo que tiene a mano un cuantioso y bien disciplinado ejército para tranquilidad pública de los ciudadanos, puede decir aquello que a un Estado libre no le cabe atreverse a decir: razonad cuanto queráis y sobre todo cuanto gustéis, ¡con tal de que obedezcáis! Aquí se revela un extraño e inesperado, curso de las cosas humanas; tal como sucede ordinariamente, cuando ese decurso es considerado en términos globales, casi todo en él resulta paradójico. Un mayor grado de libertad civil parece provechosa para la libertad espiritual del pueblo y, pese a ello, le coloca límites infranqueables; en cambio un grado menor de esa libertad civil procura el ámbito para que esta libertad espiritual se despliegue con arreglo a toda su potencialidad. Pues, cuando la naturaleza ha desarrollado bajo tan duro tegumento ese germen que cuida con extrema ternura, a saber, la propensión y la vocación hacia el pensar libre, ello repercute sobre la mentalidad del pueblo (merced a lo cual éste va haciéndose cada vez más apto para la libertad de actuar) y finalmente acaba por tener un efecto retroactivo hasta sobre los principios del gobierno, el cual incluso termina por encontrar conveniente tratar al hombre, quien ahora es algo más que una máquina, conforme a su dignidad”.

 

Königsber (Prusia), 30 de Septiembre de 1784

 

             Kant, I; “¿Qué es la ilustración?, Alianza Editorial, Madrid 2004, pp.81-93.

Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.

Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo.

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