REPRESENTACIÓN Y DIVISIÓN DE PODERES.

1. La representación.  Soberanía popular no significa en Kant que sea el pueblo mismo el que dicte las leyes de forma inmediata. Como Rousseau, sostiene Kant que la soberanía corresponde al pueblo; pero, a diferencia de Rousseau, precisa que la soberanía se ejerce mediante representación. El pueblo delega en el Monarca o en los diputados el poder de legislar. Resulta de ahí que los ciudadanos se sometan a leyes que ellos mismos se dan a través de sus representantes.
  Según Rousseau la soberanía reside en la voluntad general, que es la voluntad del cuerpo político en su totalidad y que, por tanto, no puede ser representada. Sólo el pueblo entero encarna plenamente la soberanía. Rousseau defiende la democracia directa y advierte que la democracia representativa corrompe la soberanía popular. Kant, por el contrario, piensa que la soberanía popular necesita encarnarse en un monarca o una asamblea de diputados que le dé realidad y efectividad. El poder soberano se hace efectivo en una persona (física o moral) que legisla en nombre del pueblo. La unidad de la sociedad civil supone una causa unificadora que es el poder coactivo del soberano. Ahora bien, un poder que se impone al pueblo y lo une no puede ser ejercido inmediatamente por el pueblo, sino que tiene que encarnarse en una representación del pueblo, el cual delega la función de legislar en el soberano, el poder legislativo en los gobernantes y el poder judicial en los jueces y magistrados.
  Gracias a la representación, las leyes expresan la voluntad de todos, incluso de los que no pueden votar, de modo que tales leyes valen universalmente con independencia de que todos hayan participado o no en la votación. Siempre hay al menos un ciudadano que no vota o que no da su consentimiento a una ley. En esta situación, sólo la representación, que actúa en nombre del pueblo, puede garantizar la validez universal de las leyes.
  El Estado republicano no exige el consentimiento de todos o de la mayoría. Esto lo diferencia de la democracia. Si el consentimiento de cada ciudadano fuese lo decisivo, dado que nunca nos ponemos de acuerdo, las leyes expresarían la voluntad de la mayoría, que intentaría imponerse a la minoría. Sólo cuando el poder de legislar es canalizado a través de la representación puede asegurarse que las leyes expresan la voluntad general a pesar de que la mayoría de las personas (mujeres y asalariados) no voten o no puedan votar.
2. La división de poderes. El principio de la representación va unido al de la división de poderes: el legislativo adscrito a la persona del soberano, el ejecutivo que es ejercido por los gobernantes y el judicial que es atribuido a los jueces.
 Kant pone un especial énfasis en la exigencia de separar los poderes legislativo y ejecutivo, pues ve en la unión de esos dos poderes el espectro del despotismo. 
  Con el principio de la división de poderes Kant se propone garantizar la universalidad de la voluntad unida en el ejercicio de las tres funciones del estado: que el soberano legisle en nombre del pueblo como si las leyes hubieran emanado de la voluntad unida del pueblo; que el poder ejecutivo gobierne y que los jueces hagan justicia ateniéndose a las leyes. Sólo gracias a la representación y a la división de poderes las leyes son dadas y aplicadas de acuerdo con la voluntad unida del pueblo.

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Poca filosofía aparta de la religión, mucha filosofía lleva de nuevo a ella

Autor: Francis Bacon

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