MAQUIAVELO

    Niccoló Maquiavelo (1469-1527) fue el primer filósofo en considerar la política como una ciencia, despojándola de toda consideración moral o utópica. En oposición a los humanistas de su tiempo, consideró que no siempre la virtud triunfa. En ocasiones le conviene al príncipe ser malo, por el bien del Estado. A esta doctrina se le ha dado el nombre de maquiavelismo, y su influencia llega hasta nuestros días.

MAQUIAVELO1. Vida y obra.

Maquiavelo nació en Florencia en 1469. Su padre lo educó en los estudios humanísticos que le sirvieron para ser nombrado secretario de la Segunda Cancillería de la República de Florencia, cuando sólo tenía 29 años. En este puesto, Maquiavelo desempeñó varios encargos que le permitieron conocer de primera mano la política de su tiempo. Fue embajador en la corte francesa ante Luis XII, en la Romagna ante César Borgia, en Roma ante Julio II. También conoció y trató al emperador Maximiliano, jefe de la casa de las Hausburgo, y a Fernando el Católico, a quien admiró profundamente. En 1512 fue depuesto de todos sus cargos al recuperar los Médicis el gobierno de la República de Florencia. Encarcelado durante un breve tiempo y apartado de la política activa dedicó el resto de los años de su vida a reflexionar y a escribir sobre política. Su primera obra fue "El príncipe", terminada en 1513. Fue escrita para mostrar a Lorenzo de Médicis sus conocimientos de política y así poder obtener un puesto en la nueva cancillería. No surtió su efecto, pero la obra se convirtió con el tiempo en un manual imprescindible de políticos y gobernantes. Se cuenta que Napoleón la llevaba a todas sus campañas y que escribió en sus márgenes más de 800 notas y comentarios. Su otra gran obra de contenido político fueron los "Discursos "en los que reflexiona sobre el mejor gobierno de las Repúblicas. También tiene interés "El arte de la Guerra" escrita en 1519, y una "Historia de Florencia" de 1525. Maquiavelo murió en 1527, sin ver realizado su deseo de volver a la política activa. Fue su obra, escrita en su retiro forzado de la política, la que le proporcionó, después de muerto la fama y la gloria que tanto había perseguido durante su vida.

2. Contexto histórico y filosófico de su obra.

   La obra de Maquiavelo hay que situarla en el contento histórico y filosófico del Renacimiento. Estamos en los albores de la Época Moderna, tiempo en el que se están implantando en Europa las monarquías absolutas. Es el momento del nacimiento de los Estados modernos, gracias a la progresiva concentración del poder en manos de los monarcas y a la consolidación de una burocracia estatal, encargada de recaudar los impuestos necesarios para financiar ejércitos permanentes con los que defenderse y extender las fronteras nacionales. Italia, sin embargo, está aún fuera de este movimiento histórico y permanece dividida en pequeños Estados autónomos e independientes. Maquiavelo, buen observador de la época que le tocó vivir, se dio cuenta de que el futuro pasaba por la formación de Estados nacionales como España, Francia o Inglaterra, cuyo poder y organización crecía a cada instante, mientras que Italia aún estaba muy lejos de la unidad nacional, permanecía dividida, y eso la hacía más débil ante las monarquías europeas.

   Desde el punto de vista cultural, Maquiavelo vivió inmerso en la vuelta al humanismo clásico típica del Renacimiento. El estudio de los clásicos griegos y romanos era la base de una buena formación y constituía un mérito indispensable para desempeñar algún cargo político. Maquiavelo, educado en la lectura de Cicerón, Boecio, Séneca y Tito Livio, logra un caro como secretario de la cancillería de Florencia que le proporciona una amplia experiencia política.

   Pero Maquiavelo no fue un humanista al uso. Aunque aprovechó su cultura humanística para encontrar buenos ejemplos históricos a los que recurrir para defender lo que pensaba, se apartó en cierto modo de esta cultura en lo que a moral y política se refiere. Al contrario que los humanistas de su época (y que los clásicos griegos y romanos), Maquiavelo consideró que no siempre la virtud triunfa y que en muchas ocasiones es mejor para el gobernante ser inmoral. Éste es el revolucionario mensaje por el que la obra de Maquiavelo es famosa: si un gobernante quiere alcanzar sus más altos propósitos, no siempre debe considerar racional el ser moral; por el contrario, hallará que cualquier intento serio de practicar "todas aquellas cosas por las que los hombres se consideran buenos" acabará convirtiéndose en una ruinosa e irracional política".

   Maquiavelo también se halla muy lejos del pensamiento utópico propio de la época. Lo que le interesa no es cómo debemos organizar de un modo ideal el Estado sino qué pueden hacer los gobernantes en sus Estados para lograr consolidarlos y acrecentarlos. Este realismo político, frente al utopismo renacentista, constituye otro de los rasgos decisivos de su pensamiento.

3. La fundación de la ciencia política.

   La obra de Maquiavelo inauguró una nueva forma de entender la política separada de los principios éticos a los que siempre había estado ligada desde Platón. La autonomía de la política significa que las leyes por las que se rige son distintas de las normad morales que utilizamos en la vida.

   Esta separación entre ética y política fue uno de sus principales logros, y también uno de los principales motivos de crítica.

   Para él, la política era la ciencia y la técnica de organizar del modo más racional posible la convivencia para hacernos más dueños de nuestro propio destino. El gobernante, para conseguir el fin político (que es el bien común) tenía que cometer actos inmorales o contrarios a la moralidad vigente.

   Aunque nunca escribió la frase "el fin justifica los medios", sí defendió que el gobernante "debe saber entrar en el mal si es necesario". Esto no significa que Maquiavelo fuera indiferente a la moral; lo que quería decir es que tales medios seguían siendo inmorales, pero desde el punto de vista político eran necesarios en beneficio de la comunidad y la convivencia.

   La contradicción entre ética y política se hace, a veces, insalvable, pero el gobernante ha de saber anteponer los intereses de la comunidad a sus propios principios éticos, pues la máxima que dirija su acción ha de ser, en primer lugar, la eficacia de su actuación, no los valores morales.

   En cualquier caso, Maquiavelo nunca defendió el uso de la crueldad o el engaño de forma gratuita, sino sólo cuando la necesidad de la situación así lo requería para evitar un mal mayor.

   Así entendida, la política era una ciencia; ciencia en el sentido de conocimiento de lo que hay, de lo real (no de imaginerías o ilusiones) para su manejo, control y mejora. El modelo de ciencia que usó a menudo fue la medicina que, a partir del saber sobre el funcionamiento del cuerpo humano, puede curar sus males. De la misma manera, la política, desde el conocimiento de la realidad histórica, puede extraer las leyes que la rigen y las reglas que ha de seguir la acción política para poder solucionar los conflictos sociales.

   Pero la política es también una técnica, cuyo modelo es la arquitectura. Es la técnica de construcción de los Estados como únicos garantes de la libertad de los pueblos. En esa construcción, el gobernante ha de usar todos los medios que le ofrece el poder y no debe temer ser considerado bueno o malo, sólo ha de hacer lo necesario para llevar a cabo su obra. En esta tarea son imprescindibles tanto la sabiduría de la razón como la fuerza de la acción, ya que ambas son imprescindibles para el gobierno de los pueblos.

   Los pilares de esta nueva ciencia son el magisterio de la historia y el conocimiento de la naturaleza humana.

   Es preciso conocer la historia, porque su ignorancia ha llevado en muchas ocasiones el error en los gobernantes. Se ha de aprender de las acciones de los predecesores para copiar sus aciertos y evitar sus errores, sabiendo adaptarlos al tiempo en que se vive.

   Esta idea procede de una concepción totalmente inmanente de la historia, lejos de toda trascendencia, y de una cierta idea del cambio, muy querida en el Renacimiento. Para el hombre renacentista todo estaba en continua transformación y nada permanecía por mucho tiempo y, a la vez, todo se repetía cíclicamente. Al ascenso a las mayores costas de prosperidad y virtud le siguen la degeneración, la corrupción y el caos, que, a su vez, han de ser superados para volver a empezar el ciclo. Por eso, la historia es una permanente manifestación de lo mismo y, por ello, podemos aprender de ella. Los "Discursos sobre la primera década de Tito Livio" son un ejemplo magistral de este aprendizaje de la historia.

   Su concepto de la naturaleza humana también estaba mediado por la idea de la permanencia de la misma y bastante alejado del ideal humanista. Para Maquiavelo, el ser humanos se guía siempre por los mismos humores y tiende a dejarse arrastrar por la ignominia y la perversión. El mal es una realidad en la naturaleza humana y el gobernante que lo ignore está condenado a equivocarse. Este pesimismo antropológico se basa en la contradicción entre los deseos humanos y las posibilidades reales de satisfacerlos. Aquéllos van mucho más allá que las condiciones que permite la realidad; por eso, la envidia, la traición o la crueldad siempre están presentes en el alma humana.

   El gobernante, sabio y prudente, conociendo esta realidad, ha de tratar de resolver racionalmente los conflictos que generan las pasiones entre los humanos y encauzarlas dentro de la convivencia social, porque la máxima corrupción en la misma se genera cuando los seres humanos se dejan llevar por los intereses privados, poniendo en peligro, con ello, la seguridad de todos, y cuando a los gobernantes sólo les mueve el afán de poder por su propia satisfacción. El medio para ello es el Estado, que se convierte en garante único de la concordia, la paz y la libertad de los ciudadanos.

EL_PRINCIPE_MAQUIAVELO4. Los medios de la acción política.

   El objetivo de toda la obra maquiavélica era dar las pautas para la construcción de un nuevo Estado que sacase a Italia de la deplorable situación en que se encontraba. En "El príncipe", consideraba que este nuevo Estado necesitaba, en su fundación, del poder de una sola persona (pues la incorporación de distintas opiniones acarrearía más problemas que ventajas), que fuera capaz de crear instituciones y formas de vida cívicas y libres en la comunidad, al mismo tiempo que estuviera capacitado para hacer frente a las fuerzas de la reacción y las ambiciones de los poderosos.

   Este poder unipersonal es también terriblemente frágil, ya que está amenazado por la avidez de otros que quieran hacerse con él con los mismos medios y por el propio riesgo de despotismo que podría despertar el malestar del pueblo generando su caída. Por ello, es preciso que el gobierno unipersonal se haga plural y dé paso a una República en que las distintas fuerzas sociales están representadas y se establezca el imperio de la ley, que es la expresión más objetiva de la voluntad colectiva.

   Maquiavelo era consciente de que esta forma de gobierno tampoco era eterna, porque la naturaleza corrupta de los hombres conducirá a su perdición. Sin embargo, la aspiración de todo Estado era la de perdurar y, para ello, ha de servirse de una serie de medios de los que destacan el uso del ejército y la guerra, el apoyo del pueblo y el empleo de la religión.

   El uso de los ejércitos propios era una exigencia derivada de la observación de que la debilidad de Italia se debía, en parte, a depender de tropas mercenarias que lo mismo servían a un señor que a otro. En un mundo marcado por la guerra, el pueblo sólo puede ser defendido si el Príncipe toma las riendas de un ejército que se mueve por motivaciones patrióticas más que económicas. Era necesario, pues, que el      Estado nuevo estuviera bien pertrechado para defenderse tanto de los enemigos exteriores como de los nobles remisos a perder su poder e influencia. Ésta era la única manera de garantizar su autonomía.

   La importancia que Maquiavelo dio a la guerra nos enseña que los estados no nacen del derecho, de la naturaleza o el consenso entre los hombres, sino del enfrentamiento de los distintos intereses, tanto de los grupos sociales como de las naciones, y éste sólo genera violencia porque tales intereses son irreconciliables. De esta manera, el florentino estaba alumbrando (con una cruda luz) el nacimiento de los estados modernos.

   Asegurar el poder político también exige el consentimiento del pueblo, el apoyo popular. Esta búsqueda del favor popular no se asienta en un principio moral o en la soberanía nacional (que en este momento no existe ni como idea ni como realidad), sino en el convencimiento utilitarista de que el gobernante sólo puede durar si tiene el favor de su pueblo.

   El "nuevo Príncipe" ha de saber manejar la voluntad y la opinión del pueblo, valiéndose para ello de todo tipo de medios: la persuasión y el convencimiento, pero también la manipulación y el engaño, sobre todo sabiendo que el pueblo es más proclive a creer en engaños que en la realidad, que siempre es más dura.

   Por último, la religión fue contemplada por Maquiavelo desde una perspectiva puramente política. A él no le interesaba si las creencias en las que se basa la religión eran ciertas o falsas, y era bastante crítico (a veces con un terrible e inteligente sarcasmo) con las formas de vida clericales. También es verdad que admiró a ciertos personajes cristianos, como san Francisco y santo Domingo, cuyo ejemplo de pobreza y honradez revivían el mensaje cristiano. Lo que le interesaba era la religión como instrumento del Estado.

   Maquiavelo observó que el sentimiento religioso y el temor a Dios estaban presentes en los seres humanos y, por tanto, podían ser utilizados por el estado para persuadir al pueblo y educarle en ciertos valores con el apoyo de la religión.

   En esta perspectiva se inscribió su crítica al cristianismo. Al contrario que las religiones paganas, el cristianismo ha ensalzado una serie de virtudes, ajenas a los valores terrenales, como la contemplación, la humildad o la obediencia. Con ello, ha hecho a los hombres y a los pueblos sumisos y los ha convertido en presa fácil de todo aquél que quiera dominarlos con "chácharas y supersticiones".

   Además, para Maquiavelo, la Iglesia de Roma era la culpable de la desunión y la debilidad en que se encontraba Italia. Efectivamente, la iglesia no sólo domina las conciencias de los pueblos y los dije espiritualmente, sino que es también un importante poder terrenal; por estas dos circunstancias, la Iglesia estaba en una situación privilegiada para unir a la patria.

   Sin embargo, las luchas internas y la falta de coraje de los papas se lo han impedido. Y no sólo ha sido capaz de hacerlo, sino que, por su propia ambición, ha impedido que otros estados tomaran la iniciativa para hacerlo.

5. La razón de Estado.

   Cuando Maquiavelo abogó por un Estado fuerte y duradero lo hizo con el firme convencimiento de que sólo en él iban a encontrar los pueblos bienestar y progreso, y asegurarían su libertad y su independencia. Por ello, el gobernante debía actuar movido por la razón de Estado, es decir, en defensa del Estado y sólo por él.

   Normalmente, se considera a Maquiavelo como el introductor del concepto de "razón de Estado", aunque en sus obras nunca utilizó dicha expresión. Sí apareció en ella la esencia del funcionamiento por razón de Estado y los principios desde los que justificarla.

   El que la defensa del Estado esté por encima de los intereses privados de grupos o de personas se fundamentó en la idea, que procede de la Antigüedad, de que sólo en una comunidad racionalmente ordenada encuentra el individuo el lugar desde el que realizar y llevar a cabo sus proyectos personales. El Estado es el garante de la seguridad y la libertad de los individuos, y la defensa de lo público es la mejor manera de defender lo privado. Por eso, el bien de la comunidad es superior al particular.

   Precisamente por la superioridad que tenía lo público sobre lo privado, Maquiavelo defendió la utilización de cualquier medio, fuera del tipo que fuera, si el Estado estaba en peligro y la comunidad se veía amenazada. El gobernante ha de saber usar el vicio y la virtud en beneficio de lo público. Las acciones viciosas o virtuosas lo son en función de que sirvan o no a la comunidad, pues, a veces, lo que aparenta ser un vicio es una virtud porque coopera con la conservación del Estado, y lo que suele considerarse como una virtud puede ser un vicio en tanto que perjudica al Estado.

   Con este feroz pragmatismo, Maquiavelo rompió no sólo con los planteamientos humanistas, sino con toda una tradición clásica sobre las relaciones entre ética y política, realidad y apariencia. Frente a las certidumbres de los antiguos, la experiencia muestra que la apariencia se puede confundir con la realidad y que la realidad es un juego de fuerzas donde no se puede tener una actuación inflexible y rígida, so pena de que se quiera perder la partida. Hay que actuar en función de lo que las circunstancias exijan y saber manejarlas en provecho de la comunidad. La realidad es la que nos impone cómo debemos actuar.

6. Virtud y fortuna.

Ahora bien, en política no todo es razón y previsión, pues interviene un elemento fundamental que ya no puede ser controlado: el azar, el destino o, como lo llamó Maquiavelo, la fortuna. La fortuna es un elemento fundamental de la realidad que hay que tener en cuenta, pues mucho de lo que acontece no puede controlarlo el hombre.

   La diosa Fortuna tenía en la Antigüedad un cierto carácter bondadoso y se la consideraba generosa y benefactora. Sin embargo, en la época de Maquiavelo había perdido casi todo su sentido benéfico y se la contemplaba como amenazadora y violenta. Así la percibió Maquiavelo y por ello proclamó la necesidad de oponer a la Fortuna una fuerza mucho más potente que pudiera hacerle frente o atenuase su poder. Para ello, era preciso, en primer lugar, que fuéramos conscientes de la enorme fuerza que tenía y, también, que se tuviera el suficiente coraje y voluntad para luchar contra ella.

   Maquiavelo fue un claro representante de su tiempo al defender la actuación y la intervención del hombre en el mundo y las posibilidades de ser dueño de su propio destino. Este hombre nuevo, "renacido", no se refugia en oraciones o plegarias, no confía su suerte a Dios, sino que con las armas que le proporcionan su razón y su libertad se enfrenta al mundo para dirigir su vida: "Puede ser cierto que la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero la otra mitad, o casi, no es dejada, incluso por ella, a nuestro control". (El Príncipe, XXV).

   Frente a los avatares del azar, solo podemos luchar con la virtud. Este concepto es bastante ambiguo en la obra maquiaveliana, pues es utilizado de forma polisémica y, aunque está muy alejado de la acepción cristiana y humanista, también se usa, a veces, en este sentido. En general, se puede decir que para Maquiavelo la virtud es la capacidad para obrar, la habilidad para intervenir en el momento adecuado, la sabiduría que nos dicta qué hacer en cada situación, pero al margen de toda consideración moral. El hombre virtuoso no es el que siempre actúa buscando el bien moral, sino el que sabe utilizar su inteligencia para hacer frente a las circunstancias de la vida.
   El modelo por el que se guiaba Maquiavelo era el de las virtudes militares y cívicas que tenían los romanos (amor a la patria, la búsqueda de una ordenación racional de la convivencia, deseo de libertad o exaltación de las acciones heroicas), que fueron las que permitieron la grandeza que alcanzó Roma. El abandono y la posterior sustitución por las virtudes cristianas que abogan por la salvación del alma antes que por la salvación de la patria fueron lo que condujeron a Italia a su perdición.

   La virtud así concebida es sobre todo virtud cívica, virtud del gobernante y virtud del pueblo como ciudadanos. El político virtuoso sabrá anteponer los intereses generales a los particulares y conservar la autonomía y grandeza del Estado. Pero también crear instituciones políticas que permitan la regeneración de la virtud cívica en los ciudadanos para que cooperen en el mantenimiento de la patria. Para esta tarea son imprescindibles las leyes, pues ellas son las que pueden obligar a un comportamiento virtuoso. Se trata de leyes que hay que imponer por el convencimiento o por la fuerza.

   Oponer la virtud a la fortuna suponía una llamada a la acción; suponía creer que, a pesar de las dificultades, el hombre siempre puede hacer frente al destino aciago y que, con su actuación, puede controlar a la cruel fortuna. Y esa era la única posibilidad que tenía el ser humano en un mundo cambiante e imprevisible porque "siempre es mejor obrar y arrepentirse, que no obrar y arrepentirse". Esta fue siempre la máxima de un hombre que entregó todas sus fuerzas y su inteligencia a la búsqueda de una vida civil digna y entre hombres libres, en un mundo en el que aún no eran posibles ni una cosa ni la otra.

7. La proyección del pensamiento de Maquiavelo.

   Como hemos visto, la obra de Maquiavelo bebió sobre todo de las fuentes clásicas. Su padre le inculcó una pasión por los clásicos que no le abandonó en toda su vida. Conocía a los poetas latinos Virgilio y Ovidio, y tenía predilección por Lucrecia, cuyo poema "La naturaleza de las cosas" le impresionó sobremanera por la visión que da del ser humano.

   Frente al pensamiento habitual de su época, el ser humano no es el dueño de la naturaleza, sino a veces, la víctima de la misma y del propio azar. Es al mismo tiempo capaz de realizar las mayores vilezas y las mayores hazañas, y en él conviven el apego a la tierra y el ansia de infinito.

   Maquiavelo siempre mantuvo estas ideas y las fue matizando con las enseñanzas que los historiadores antiguos le proporcionaron de la historia.

   El griego Tucídides y los romanos Plutarco y Tácito, pero sobre todo Tito Livio, le enseñaron a Maquiavelo la vida de la Edad de Oro, que el contemplaba con auténtica admiración frente a la vileza y la estupidez con la que se conducían los seres humanos de la época moderna.

   Maquiavelo también estuvo influido por algunos maestros modernos, sobre todo Dante, del que intentó copia el estilo de sus poesías; Boccaccio, del que aprendió el espíritu alegre y burlón de la vida; y Petrarca, que fue considerado el gran maestro del humanismo.

Como nos cuenta los especialistas Maquiavelo fue reconocido como un cínico y un maestro de la maldad, lo cual hizo que no tuviera muy buena prensa entre las generaciones posteriores.

Sin embargo, podemos ver su impronta en Hobbes, del que fue un claro predecesor en la teoría del origen del Estado y el reconocimiento de la maldad como intrínseca a la naturaleza humana.

   También vemos influencias en Montesquieu, en la consideración de las comunidades políticas y la función de las leyes, así como en la admiración que demostró por las repúblicas antiguas.

   También fue leído con interés por Rousseau, que extrajo del florentino sus ideales sobre la comunidad cívica y la primacía de ésta sobre los intereses particulares. La defensa del interés general, porque sólo en la comunidad puede el hombre ser libre y estar seguro, resuena en la idea de la "voluntad general" de Rousseau. Sin embargo, éste no está de acuerdo en la separación entre ética y política que realizó Maquiavelo porque, para él, la política siempre tiene que estar al servicio de la mejora moral de los hombres.

   En el Risorgimento italiano (siglo XIX), Maquiavelo fue interpretado como el antecedente más claro de la lucha del pueblo italiano por su unidad y la liberación de la dominación extranjera; con sus ideales se creó el mito del Maquiavelo patriota.

   La interpretación que realizó el marxista Gramsci intentaba subrayar el papel del pueblo en el gobierno de una comunidad, aunque ello forzase un poco las convicciones "democráticas" de nuestro autor.

   La ambivalencia de su pensamiento y la fuerza de sus afirmaciones, así como el sutil conocimiento del alma humana, son las ideas que han llevado a las interpretaciones tan dispares de su obra y, por eso mismo, actualmente se le sigue considerando un clásico.

Todas las filosofías cínicas han hecho su entrada en la sociedad arropándose con los guiñapos de la franqueza.

Autor: José Ortega Y Gasset

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