MARÍA ZAMBRANO

Maria_Zambrano1.    Sus textos.

María Zambrano, discípula de Ortega y Gasset, siguiendo las huellas de este, hizo hincapié en la insuficiencia de la razón pura, es decir, de la razón física y matemática. Sin embargo, en vez de insistir en la razón vital, como su maestro, Zambrano insistió en la razón poética. En este contexto, si nos centramos en una de sus obras, Filosofía y poesía, tendremos que detenernos en cuatro aspectos fundamentales:

a)      Crisis de nuestro tiempo. A la vez que se ha ido ensanchando nuestro aparato conceptual y científico, nos hemos ido empobreciendo en experiencias profundas y sentimientos. Así, el hombre moderno ha perdido la capacidad de sentir la vida y de sentirse vivir, porque todo lo ve y lo capta a través de los conceptos.

b)      Necesidad de una razón poética. Es necesaria una razón poética que penetre la vida y descienda por debajo de lo que dictan los conceptos, hasta llegar al “sentir originario”. El propósito de la razón poética es retornar a los orígenes de la filosofía, antes del racionalismo de Sócrates y Platón, para ejercerse en la forma primera de filosofar, o sea, la búsqueda del ser de las cosas, y expresarlo poéticamente.

c)       Aspectos de la razón poética. La razón poética es una razón crítica respecto a la razón racionalista y cientificista, la cual convierte el mundo en un sistema de abstracciones y cálculos teóricos. En este contexto, la razón poética se nos muestra como una razón alternativa, como una razón que no pretende sustituir ni eliminar a la razón científica, sino ir más allá de ella. En consecuencia, la razón poética consiste en una razón integradora, capaz de acoger lo que se nos da en la experiencia, respetando sus diferencias y salvándonos de la dispersión.

d)      Poesía y filosofía. A partir de Platón,  filosofía y poesía se escindieron. La poesía empezó a ser considerada palabra irracional al servicio del delirio y de la vida emocional. Sin embargo, ahora se deben volver a conjugar filosofía y poesía para construir un lenguaje metafórico en el que tenga cabida “la revelación o el nacimiento del ser”. Los recursos poéticos que usa Zambrano son el ritmo, la fragmentación de la sintaxis, los símbolos, alegorías y los mitos, además de las metáforas filosóficas como la del corazón, el alma, la luz, la aurora, el claro del bosque, el sendero, el desierto o el mar.

XABIER ZUBIRI 2.       Su vida.

María Zambrano nació en 1904 en Vélez, Málaga. En su vida podemos hablar de tres fases. La primera corresponde a sus años de formación, que suceden entre Málaga, Segovia y Madrid. Aquí estudió Filosofía con profesores como Ortega y Gasset, García Morente y Zubiri. De 1931 a 1936 fue profesora auxiliar en la Universidad Central madrileña y colaboró activamente en movimientos de renovación cultural y política. Proclamada la II República, participó en las “misiones pedagógicas” y en la Guerra Civil colaboró activamente en el bando republicano. A esta primera etapa corresponden publicaciones como Horizontes del liberalismo y Hacia un saber sobre el alma.

La segunda fase comienza tras la Guerra Civil española del 36. Al acabar la guerra, inició su exilio y, tras pasar por París, Nueva York y La Habana, se instaló en México, donde fue profesora de la Universidad de Morelia. En 1953 se trasladó a Roma, donde vivió hasta 1964. Zambrano se hizo famosa por sus artículos y conferencias en toda América Latina. En cambio, en España no comenzó a ser conocida hasta los años sesenta. A esta segunda fase pertenecen sus libros Filosofía y poesía, Pensamiento y filosofía en la vida española, Persona y democracia, La tumba de Antígona y El pensamiento vivo de Séneca.

En cuanto a su tercera fase, en 1982 recibió el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y el doctorada honoris causa por la Universidad de Málaga. Al años siguiente, obtuvo el premio extraordinario Pablo Iglesias y en 1988 el Premio Cervantes. El 20 de noviembre de 1984, tras 45 de exilio, volvió a España. Murió en Madrid en 1991. A esta última fase pertenecen sus obras La confesión como género literario, Delirio y destino y Los sueños y el tiempo.

Ortega 3.       Su contexto.

La España de principios del siglo XX en la que Zambrano nació era una España atrasada, agraria y caciquil donde la Iglesia y el Ejército eran las fuerzas sociales más poderosas y donde no habían penetrado las corrientes científica y artísticas de la cultura europea.

En este ambiente, España vivió una serie de situaciones sociales y políticas más o menos irregulares que culminaron en 1923 con el Golpe de Estado del general Primo de Rivera, que instauró un régimen dictatorial. Esta dictadura cayó en 1931, estableciéndose en su lugar la II República. Ahora bien, las cosas no sucedieron del modo previsto y, en consecuencia, entre 1936 y 1939, España se sumergió en una guerra fratricida entre republicanos y fuerzas nacionales rebeldes. El conflicto se saldó con la victoria de estas últimas, tras lo cual, España se vio sometida a la larga dictadura del general Franco. Ante esta situación, muchos intelectuales, entre ellos María Zambrano, se exiliaron a Europa o Hispanoamérica.

Con anterioridad a la Guerra Civil española, en algunos Estados de Europa surgieron ciertos regímenes totalitarios que, poco después, se afianzaron en el poder político: el bolchevismo en la URSS (1917), el fascismo en Italia (1922) y el nazismo en Alemania (1933). Esta situación desembocó en la II Guerra Mundial (1939-1945), con toda su amplia variedad de destrucción y muerte: más de 50 millones de muertos, campos de destrucción y exterminio, ciudades demolidas y, por último, lanzamiento de sendas bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Acabada la II Guerra Mundial, con el fin de evitar nuevos enfrentamientos bélicos, en 1948 se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, caso al mismo tiempo, surgieron dos grandes bloques militares de carácter antagónico, la OTAN, integrada por los Estados capitalistas y controlada por los EE.UU, y el Pacto de Varsovia, formado por los países de economía comunista y liderado por la URSS. Este antagonismo duró hasta la caída del Muro de Berlín en 1989.

España, tras la Guerra Civil, se vio obligada a soportar una dura posguerra. Durante este período, se incrementó su aislamiento debido al duro bloqueo comercial que le impusieron las Naciones Unidas, bloqueo que duró hasta principios de los años sesenta. A partir de entonces, las cosas fueron cambiando: hubo un cierto desarrollo de la industria, se produjo una fuerte corriente migratoria del campo a la ciudad y tuvo lugar un notable progreso económico. Estos cambios se tradujeron en un cierto avance cultural y en la penetración en España de nuevas ideas y modos de vida.

Finalmente, tras la muerte de Franco, se acometió la tarea de adecuar las estructuras políticas de la dictadura a la nueva situación. En 1978 se promulgo la nueva Constitución, que proporcionó una transición pacífica a la democracia. Además, con el nuevo Estado de las Autonomías se reconocía una cultura plural y abierta que, aunque con fuertes tensiones en algunas regiones, conjugaba la convivencia y el respeto mutuo entre las varias lenguas y tradiciones existentes en el país.

En este contexto político e histórico, sobre todo entre los años 40 y 60, el pensamiento de María Zambrano es sensible a la problemática española. Así, siguiendo el ejemplo de Ortega y Gasset, su maestro, dicha autora se esforzó por proponer una vía de salvación. Su europeísmo, no obstante, se aproxima más a las propuestas de la Generación del 98 que a las que en su momento sostuvo y defendió Ortega.

 4.       Su pensamiento.

 Durante los dos últimos siglos, el desarrollo científico y técnico del mundo occidental ha dado lugar a un confort y una serie de posibilidades enormemente mayores de las que se disponían en cualquier otra época. Sin embargo, junto a este sentimiento de satisfacción, hay también una conciencia de que nuestra vida interior se ha empobrecido en valores espirituales y en experiencias humanas profundas.

 4.1. La crisis de nuestro tiempo.

Nuestra sociedad posee un amplio dominio sobre la realidad, pero los seres humanos apenas somos dueños de nosotros mismos. Existe la posibilidad de realizar muchas cosas, sin embargo no sabemos qué hacer. Según esto, nos sentimos como perdidos en nuestra propia abundancia. En la actualidad, disponemos de más medios, más saber y más técnica que nunca, pero resulta que las personas se sienten inseguras, llenas de angustia, desdichadas y como a la deriva.

La vida actual nos impide interiorizar nuestras experiencias de la vida y profundizar en nuestra intimidad. La reflexión y la meditación tranquilas casi han desaparecido. Nuestro ritmo de vida no permite que nuestras impresiones calen en nuestro ánimo y maduren en el fondo de nuestro ser. Vivimos en la superficie, arrastrados por los cambios de imágenes e ideas y por el culto a la velocidad.

Zambrano resume esta situación señalando que, al mismo tiempo que se ha ampliado nuestros conocimientos técnicos y científicos, nos hemos ido empobreciendo en experiencias y en sentimientos. El hombre moderno ha perdido el hábito de sentir la vida y de sentirse vivir como persona (es decir, vivir no siendo sólo individuo, sino individuo con conciencia, que se sabe a sí mismo como valor supremo, como finalidad terrestre), porque todo lo ve y lo capta de forma tamizada, o sea, mediatizado e interpretado, por el filtro de los conceptos.

Esto conduce a la desaparición del amor por lo concreto e irrepetible, por la realidad única de cada uno. El mundo ha quedado despojado de alma. El mundo racionalizado, conceptualizado y tecnificado es un mundo sin misterios ni profundidades. Todo debe ser comprensible, dominable, utilizable, consumible, y lo que se resiste a estos procedimientos se rechaza, se olvida y desaparece de la experiencia.

 4.2. La necesidad de una razón nueva.

Tanto el progreso externo de nuestra situación actual como esa crisis espiritual a la que se refiere Zambrano son la consecuencia del desarrollo, durante los últimos siglos, de la razón moderna, La razón moderna- es decir, la razón racionalista-, por medio de los conceptos abstractos, ha elaborado una filosofía sistemática, mediante la cual se tiende  abarcar la totalidad del mundo con el fin de dominarlo y controlarlo. Este elevado nivel de racionalización, según Zambrano, produce los siguientes efectos:

·         Surgimiento de una imagen de la realidad en la que los fenómenos y los acontecimientos aparecen articulados en conceptos y leyes lógicos que nos permiten tener un cierto conocimiento de dicha imagen y hacen posible que podamos utilizarla de acuerdo con nuestros intereses. Debido a este proceso, desaparece el sentido de lo misterioso y el sobrecogimiento ante lo sagrado y lo invisible.

·         Esquematización o simplificación de nuestro modo de vivir. Esta simplificación provoca que casi no nos preocupemos más que de los asuntos económicos y el aumento de nuestro confort. De este modo, desaparece el sentimiento poético y la creatividad artística, aplastados por el realismo frío, prosaico y vulgar de la persona positivista, es decir, de la persona que se ocupa ante todo de las cosas útiles, del individuo que tiende a calcular y a comprender todo mediante conceptos y números.

Como su maestro Ortega, también Zambrano piensa que hace falta una reforma de la razón, o mejor, una razón nueva, capaz de penetrar en la vida descendiendo más debajo de los contenidos presentados por los conceptos. Esto obedece a que la razón racionalista o, lo que es lo mismo, el racionalismo filosófico, con sus distinciones conceptuales, tiende a construir sistemas precisos, pero se olvida del auténtico significado de la vida, la verdad íntima del “hecho de vivir”. Así mismo, anula la plenitud y el color de los sentimientos profundos, e introduce en unos moldes abstractos y generales las experiencias personales, que son íntimas y estrictamente personales, únicas y concretas.

En conclusión, Zambrano niega que a través de la razón racionalista se pueda conocer la realidad. Esto es así porque en dicha razón, por una parte, se crea un entramado de conceptos y, por otra, aspira a conocer una serie de objetos que no son más que puras abstracciones, olvidándose de la realidad radical, del mundo vivido. Por el contrario, nuestra autora, en lugar de pretender llegar a verdades absolutas y universales, habla del ser humano concreto. Su intención es encontrar un discurso que responda a la necesidad que el hombre actual tiene de expresar su vivir más inmediato. Es decir, una filosofía que intente responder al sentimiento de desamparo y desconcierto en el que se encuentra la persona ante la pérdida de sentido del mundo. Por eso, su primer objetivo consiste en reformar la razón.

 4.3. Pensar es descifrar lo que se siente.

La nueva razón que Zambrano propone no es la razón vital de su maestro Ortega, sino lo que nuestra autora denomina “razón poética”. Según ella, solo la razón poética es capaz de captar la conexión entre el “sentir originario” o “la entraña”- que es anterior a la conceptualización racional de las cosas- y las manifestaciones de la vida- que se encuentran siempre más allá y por encima de los conceptos filosóficos.

Con el concepto de razón poética nuestra autora designa a un tipo de razón que guarda una estrecha relación con los sentimientos, los significados y el lenguaje metafórico.

Según esto, la razón poética es capaz de descifrar los símbolos e intuiciones vitales, es decir, es capaz de descifrar lo que se siente, cosa que nunca puede conseguirse por medio de los conceptos. A este respecto, Zambrano hará hincapié en que el objetivo último de la razón poética es “el sentir originario”.

Ahora bien, la razón poética capta lo profundo y la intimidad del sentir originario moviéndose al ritmo  mismo de la vida, es decir, esforzándose para adaptarse a la propia realidad de la vida. Por eso, la razón poética ha de ser una razón viviente, o sea, una razón capaz de ir más allá de cualquier circunstancia concreta en busca del sentido profundo que dicha circunstancia posee.

A este respecto, solo mediante un discurso que sea, a la vez, poético y filosófico puede ser sugerida esa realidad del “sentir originario”. O lo que es lo mismo, solo mediante esa unión de lo filosófico y o poético puede evocarse o sugerirse ese misterio del ser que ninguna teoría ni ninguna ciencia pueden expresar mediante sus conceptos.

 4.4. Entre el silencio y la palabra.

Como vamos viendo, para Zambrano la razón científica produce en el ser humano,” el olvido del ser”, es decir, el olvido de la realidad más profunda. Se trata de esa realidad existente en cada uno de nosotros, que no puede ser captada por la razón filosófica, ni expresada por el lenguaje ordinario ni por el científico, porque es inefable, o sea, no puede decirse con palabras. En consecuencia, es necesario recurrir a una nueva razón que sea capaz de penetrar en el misterio de tal realidad. Y esta nueva razón es, como bien sabemos, la razón poética. Así pues, la razón poética tiene como objetivo encontrar esa realidad existente en el fondo de cada vida, es decir, descubrir ese sentir originario en el que radica la riqueza última de nuestra existencia.

Para lograr este objetivo, la razón debe descender a lo profundo de nuestro ser y descubrir el lugar en el que se muestra el misterio de nuestra vida. Ese lugar, para Zambrano, consiste en un momento de equilibrio entre lo infinito y lo temporal, entre lo actual y lo primordial, entre el silencio y la palabra. Se trata de una experiencia que no puede describirse con las categorías y argumentos lógicos de la filosofía y de la ciencia. En cambio, puede expresarse mediante una palabra poética que debe ser, al mismo tiempo, palabra filosófica.

  4.5. Lo sagrado.

Zambrano aspira a una filosofía humanizada, que transforme el rostro prosaico y gris, de nuestro mundo en un ámbito de gozo, ilusión y esperanza, en el que sea posible sentirse, pensar, ser y expresarse de forma personal, activa y creadora. En otras palabras, nuestra autora aspira a recuperar la conexión del ser humano con lo sagrado. A este respecto, es necesario distinguir entre lo sagrado y lo divino.

*Lo sagrado  “es algo anterior a las cosas, es una irradiación de vida que emana desde un fondo de misterio, es la realidad oculta, escondida”. En cuanto tal, lo sagrado constituye la dimensión última de lo humano, lo oculto, su más allá misterioso e inalcanzable.

*Lo divino, en cambio, es lo descubierto o “desocultado”, es la idea en la que se contiene la noción de cada religión, cada filosofía o cada individuo entiende por Dios. Por este motivo existen muchas imágenes o conceptos de lo divino. En este sentido, cada civilización y cada humano ha construido una imagen de lo divino en la que proyecta e idealiza la mejor parte de su existencia.

Así pues, lo sagrado es el fondo originario de la realidad, la fuente de la que brota la poesía y nuestro “sentir originario”. Sin embargo, la filosofía tradicional, al servirse exclusivamente de la razón o logos, se olvidó de esta dimensión. A este respecto, Zambrano nos recuerda que los primeros filósofos escribían sus intuiciones filosóficas en poemas y mitos, y que fueron Sócrates y Platón los que iniciaron la absoluta racionalización de la filosofía. En consecuencia, a partir de ellos tuvo lugar la reducción o la tergiversación de lo sagrado en lo divino, porque intentaron explicar lo sagrado, que es inefable, mediante conceptos.

Desde este punto de vista, el propósito de la razón poética consiste en retornar a los orígenes de la filosofía para recuperar su primera forma de filosofar mediante la búsqueda del ser y el sentido perdido de las cosas. De acuerdo con su idea de la razón poética Zambrano trata de encontrar el lenguaje apropiado para llevar a cabo esta tarea. Y esta tarea es inseparable de la vida, entendida como impulso a ir siempre más allá, como apertura a un espacio vital en el que la existencia humana puede desarrollarse en plenitud.

 5.       Los aspectos de la razón poética.

De acuerdo con Zambrano los principales aspectos de la razón poética consisten en los siguientes: ser una razón crítica, ser una razón alternativa y ser una razón integradora.

 

5.1. Una razón crítica.

 La razón poética es una razón crítica, porque propone la revisión y la renovación de la situación espiritual y cultural del ser humano. Desde este punto de vista, se enfrenta al modelo racionalista y cientificista de la razón, es decir, al modelo usado por las ciencias físicas y matemáticas, así como por la casi totalidad de filosofía tradicional. Con estos modelos se tiende a  ver el mundo como un conjunto de objetos organizados y sistematizados, que puede ser explicado y descrito de acuerdo con determinadas leyes y determinadas teorías.

Sin embargo, para la razón poética, lo que dicha filosofía y dichas ciencias llaman “conocer” no es propiamente conocer, sino que consiste en construir esquemas y organizar de un modo lógico los fenómenos que percibimos por nuestras percepciones. En este sentido, el conocimiento científico constituye un proceso de abstracción que, en lugar de intentar conocer la realidad tal como es en sí, intenta dominarla. Así, la física ordena las propiedades de la materia y la energía con miras a poder establecer determinadas relaciones entre ellas, como por ejemplo, que “la velocidad es igual al espacio partido por el tiempo” pero en el fondo, no nos dice qué es la velocidad, ni qué es el tiempo, ni qué es el espacio.

Sucede, pues, lo que nos decía Kant, para quien el conocimiento científico consiste en organizar los fenómenos de acuerdo con determinadas categorías. Por tanto, conocer algo científicamente no significa conocer la realidad, sino conocer determinadas construcciones u organizaciones realizadas por los científicos. Es decir, no se conoce sino lo que el propio entendimiento ha elaborado: la verdadera realidad siempre permanece ignorada. Así pues, según Zambrano, las teorías y los conceptos científicos, en lugar de respetar la realidad, más bien la tergiversan y falsifican.

Ante tal situación, la razón poética supone una crítica contundente al reduccionismo científico, o sea, al hecho de que las ciencias organicen los fenómenos y uniformen las diferencias. Frente a tal actitud, nuestra autora hace hincapié en que la razón poética es una razón más respetuosa y piadosa. ¿Por qué? Porque la razón poética se esfuerza por captar las diversas realidades de acuerdo con lo que estas tiene en sí de particular y diferente. Para Zambrano, el olvido de esta diferencia es el problema esencial de la modernidad.

 5.2. Una razón alternativa.

A pesar de su crítica, la razón poética no pretende excluir a la razón científica, sino insistir en la necesidad de ir más allá de la misma, porque para nuestra autora la razón científica no sirve para descubrir y expresar el sentido último de la vida. Para ella, los conceptos científicos son incapaces de captar los contenidos esenciales de lo vital, a saber, su fluir constante, su intimidad y particularidad, el hecho de que la vida sea irrepetible y no pueda ser vivida más que por uno mismo. Dicho de otro modo, los conceptos científicos son incapaces de penetrar en la intimidad, en lo más profundo de la persona y captar, por ejemplo, aquellos aspectos y aquellas cualidades que pueden ser captados por el fervor de las personas religiosas o por las metáforas y las imágenes de los poetas.

Por consiguiente, es necesario completar la razón científica con la razón poética. En este sentido, la razón poética también consiste en una forma de racionalidad. Ahora bien, se trata de una forma de racionalidad capaz de descender a las realidades más profundas de la vida o, en palabras de Zambrano, “a los ínferos, a las entrañas, sede del padecer, donde habitan

 posibilidades indefinidas de realización que piden ser sacadas en silencio”. Su propósito es “acoger al logos (para Zambrano el logos, de entre todos sus significados, se refiere al sentido profundo e íntimo de los sentimientos, de lo vital humano) sumergido y dar expresión a su desarrollo, haciendo de la razón que desciende para ascender a la luz, una razón fecundante”.

En otras palabras, la razón poética aspira a captar el “centro de luz de lo que constituye el reino de las sombras, en el que se siente antes de ver”. A este respecto, la razón poética es la razón piadosa, capaz de descender al mundo de nuestros afectos y nuestras pasiones y, mediante el lenguaje poético, sacarlo a la luz. Desde este punto de vista, la filosofía de Zambrano se sitúa en un lugar fronterizo entre lo racional y lo poético. En sus obras, nuestra autora se esforzó por dar forma a esta experiencia, a este sentir que, según ella, viene a coincidir plenamente con la vida.

 5.3. Una razón integradora.

La razón poética es una razón integradora porque es capaz de captar los contenidos de nuestra experiencia, respetando sus diferencias y sus particularidades, y de encontrar la unidad en la dispersión, y las diferencias en lo aparentemente semejante. En consecuencia, como hemos visto anteriormente, la razón poética es una vía para liberar a la vida de la situación confusa y engañosa de la época moderna y darle la claridad de una verdad unificadora, integradora y creadora de esperanza.

Para nuestra autora, el fundamento de esta concepción reside en el hecho de que en la vida humana existe algo sagrado como trasfondo último de la misma, que ella denomina “la placenta del ser”. Ahora bien, por tratarse de una realidad que no puede ser captada mediante conceptos, sino más bien de un modo afectivo, los análisis de la razón poética tendrán el aspecto de tanteos, ensayos, sugerencias. Así pues, la razón poética, en lugar de expresar sus contenidos por medio de una teoría, los expresa mediante sugerencias y alusiones particulares. Y en lugar de conducir a un sistema filosófico, conduce a una actitud personal que Zambrano define como “razón de un sentir simultáneamente luz y oscuridad, nacimiento y muerte, ser no ser”. Según esto, la razón poética es inteligencia sentiente de la vida, es decir, en ella se integran la inteligencia y el sentir, tal y como sucede, por ejemplo, en un poema o en un relato, sobre el propio vivir.

Además, integradora significa también mediadora. Desde este punto de vista, en tanto constituye el medio para acceder al fondo oscuro y pasional de nuestra experiencia vital, la razón poética es una razón que se adecua a nuestra situación actual. Por ello, Zambrano indica que a la razón poética le corresponde rehabilitar los estratos menos racionales de la vida actual, aquellos en los que reside la nueva fuerza creadora. La razón poética debe, pues, restituir al ser humano el alma y el espíritu que la razón del racionalismo y el materialismo le han arrebatado y reclamar los derechos de lo irracional y el poder creador de lo oscuro, de los sentimientos profundos e inefables.

 6.       Filosofía y poesía.

La filosofía de Zambrano se orienta, más que a las formas de una nueva teoría sobre la realidad a una conversión de la vida. En este caso, la conversión de la vida significa cambiar nuestras actitudes vitales, es decir, encauzar y reconducir nuestra vida hacia nuevas metas capaces de potenciarla, revivificarla y perfeccionarla.

 6.1. Semejanzas y diferencias entre filosofía y poesía.

La filosofía tradicional no suele prestar atención ni a los poetas, ni a los dramaturgos ni a los novelistas. Se considera que la tarea del filósofo poco o nada tiene que ver con las emociones y el lirismo de los poetas. La idea, pues, de una aproximación a una equiparación entre filosofía y poesía es rechazada por casi todos los filósofos, porque, ¿qué tiene que ver una investigación filosófica, crítica y racional con la fantasía, las metáforas y el subjetivismo de la poesía? Zambrano responde a esta cuestión señalando que la tensión entre poesía y filosofía expresa la medida en que cada una de ellas representa, al mismo tiempo, la más íntima amenaza y el encanto más poderoso de la otra.

Aunque Platón recurrió con frecuencia al mito, mezclando lo objetivo y lo poético, las metáforas y los conceptos, sin embargo también fue uno de los primeros que separó la filosofía y la razón de la poesía. A partir de entonces, la poesía fue considerada como algo irracional al servicio de la embriaguez y el delirio de la vida emocional y, por tanto, alejada de la verdad y la razón. Sin embargo, para Zambrano, filosofía y poesía son dos formas de lenguaje que responden, en su raíz, a una misma necesidad: adentrarse en la oscuridad del “sentir originario”, esforzarse por plasmarlo en palabras que lo descifren y rescatar “el ser perdido de las cosas” descendiendo al fondo de la vida con una nueva razón que recupere su fuerza creadora.

 6.2. Lo peculiar del lenguaje poético.

La poesía, por una parte, se diferencia de las artes plásticas-escultura, pintura, etc.- y, por otra, de la filosofía. Se distingue de las artes plásticas en que estas representan sus contenidos mediante formas materiales, o sea, mediante formas que pueden verse y tocarse como, por ejemplo, una escultura hecha de bronce, madera, etc. La poesía, por el contrario, representa y expresa sus contenidos mediante la palabra. A su vez, difiere de la filosofía en que, mientras esta representa y expresa sus contenidos de un modo teórico y racional, la poesía lo hace de un modo lírico y artístico.

El valor propio de la poesía radica, pues, en la peculiaridad de su lenguaje. El lenguaje cotidiano, tanto en su forma hablada como escrita, nos sirve para comunicar a otras personas determinadas situaciones, objetos o sucesos. Por tanto, la importancia del mismo radica en los contenidos que mediante él se transmiten: lo esencial, en este caso, es que la gente se entienda, mientras que la forma que se adopte resulta más bien secundaria.

Sin embargo, con el lenguaje poético no sucede lo mismo. En él lo importante no son las situaciones, objetos y eventos que comunica, sino su estar por sí mismo, es decir, su forma de expresión. Esto se debe a que los contenidos del “sentir originario” que intenta expresar dicho lenguaje no son comunicables del mismo modo que los contenidos científicos. En este sentido, no leemos una poesía porque nos interese lo que dice, sino porque nos interesa cómo lo dice, o sea, para disfrutar con su lenguaje.

Este aspecto, resalta, sobre todo, en la poesía lírica, en la que es imposible separar la obra poética del lenguaje en que se expresa. En ella, el modo concreto como se mezclan los sonidos, la vocalización, la rima, los ritmos, la asonancia, etc. resulta esencial en la obra artística.

Por eso, lo decisivo en la poesía no es la sintaxis, sino la fuerza semántica de la palabra, su poder para evocar los múltiples significados que encierra. En este sentido, el texto poético suele encerrar cierta oscuridad y ambigüedad porque su lenguaje resulta transformado con el fin de hacer hincapié en las energías sonoras y semánticas de la palabra. Esto significa que la palabra poética se sitúa en la frontera de lo que puede decirse y de lo que ha de permanecer en el silencio.

En este contexto, nuestra autora no se olvida de una situación frecuente en nuestro tiempo, a saber, el hecho de que la poesía-como el resto del arte- corre el riesgo de ser degradada a mera mercancía.

 6.3. Las metáforas poético-filosóficas.

Zambrano forma parte del grupo de pensadores que consideran que el misterio del ser puede ser descubierto tanto por la filosofía como por la poesía o por el arte, pero que ni la filosofía ni la poesía por separado son suficientes para expresar la auténtica realidad. Por tanto, será necesario recurrir a ambas, de ahí que también considere al poeta y al artista como descubridores y transmisores de ese misterio de la vida.

Zambrano describe el lenguaje poético, y a la vez filosófico, como un lenguaje fluido, libre de retóricas innecesarias y con fuerza para establecer una sintonía espiritual con el lector. Se trata de recurrir a metáforas, expresiones y figuras capaces de evocar el sentimiento y la experiencia de “la revelación o el nacimiento del ser”. Según esto, pues, el lenguaje poético-filosófico es un lenguaje hecho de metáforas y símbolos.

Los recursos poéticos a los que Zambrano recurre son el ritmo, la fragmentación de la sintaxis, los símbolos, alegorías y  mitos, y las metáforas filosóficas como la del corazón, el alma, la luz, la aurora, el claro del bosque, el sendero, el desierto, el mar, etc. Así, por ejemplo, en la metáfora del “claro del bosque” coinciden la luz y la oscuridad, y en ese cruce de luces y sombras tiene lugar una determinada experiencia del ser.

Este esfuerzo constituye un ejercicio de la razón poética y puede servir como modelo de su crítica a la razón puramente lógica. En él, la razón poética recoge de la poesía la capacidad para devolver a la palabra su fuerza, su potencia originaria, pero sin obsesionarse con el afán de alcanzar una verdad universal y válida para todos los seres humanos. En este sentido, la razón poética se conforma con llevar al lenguaje lo que el lenguaje no puede decir, sino solo sugerir mediante metáforas. Con ello, la razón poética se transforma en una fuerza multifacética: desciende a lo profundo, asciende a la luz, sabe tratar con piedad a lo diferente, trasciende la realidad y el tiempo, se sumerge en el “sentir originario” del alma y es mediadora entre vida y verdad. Es múltiple y, al mismo tiempo una, porque la pluralidad de manifestaciones de la razón poética responde a la multiplicidad de necesidades de la vida.

 (Sánchez Meca D. y Abad Pascual J.J. Historia de la Filosofía. Bachillerato. Método @pruebas 2. Editorial Mc Graw Hill.Madrid. 2009)

Un poco de filosofía inclina la mente del hombre al ateísmo; pero profundizar en la filosofía la conduce a la religión

Autor: Francis Bacon

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