LOS SOFISTAS

 “Los sofistas fueron los hombres cultos de la Grecia de entonces y los propagadores de la cultura. Los sofistas, que no son sabios ni hombres científicos, sino los maestros cultos del manejo del pensamiento, prueban lo que afirman y llenan de asombro a los griegos porque saben probarlo todo, como suele decirse. Los sofistas tenían respuesta para toda pregunta y puntos de vista generales para todos los intereses de contenido político y religioso.” (Hegel).

Ninguno de los grandes sofistas era ciudadano ateniense, sino que todos ellos fueron a Atenas desde otras ciudades griegas. Gorgias era de Leontinos, en Sicilia; Protágoras de Abdera, etc. Pero todos ellos confluyeron en la democrática Atenas de tiempos de Pericles, cuando la ciudad con su poderío marítimo se había colocado al frente de Grecia por su riqueza, su poder y su cultura. Allí pudieron encontrarse con otros visitantes de prestigio, como el filósofo Anaxágoras. En Atenas dieron ellos a conocer sus obras y sus ideas, y desde esa ciudad erradicó la sofística su fermento intelectual, con el énfasis en lo retórico y sus críticas ideológicas y su inquietud cultural un tanto revolucionaria.

A mediados del siglo V Atenas vivía una época de singular pujanza, tanto en lo político y económico como en lo cultural. La prosperidad material era una consecuencia de su imperio marítimo y de la administración democrática. La brillantez de sus realizaciones artísticas, como la construcción del Partenón y la reconstrucción de la Acrópolis, o el esplendor de sus representaciones trágicas, eran una muestra de la grandeza de miras de los atenienses. Fue una época áurea de la cultura griega, la de Pericles, entre tantos otros. Fue un tiempo incomparable, que encontró en la guerra de Peloponeso un colofón trágico. En ese ambiente inquieto y ávido de saberes es donde los sofistas, prestigiosos y seductores maestros, desarrollaron su actividad como educadores de los jóvenes y ahí ejercieron su influencia espiritual, presentándose como los intelectuales adecuados a la época, atractivos profesores de cultura y de areté.

La oferta correspondía a una demanda social clara de educación superior; una formación superior apropiada para destacar en la vida política del momento, en una sociedad donde el triunfo en los asuntos públicos podía obtenerse mediante la excelencia en la palabra y en el pensamiento, en un ambiente cívico donde la superioridad intelectual y la habilidad en el discurso persuasivo eran las armas para el dominio y el éxito. Los sofistas se presentaban como eficaces profesores de esa excelencia (areté) al servicio de quienes desearan ejercitarse en las ideas y los discursos y triunfar en la vida política.

El sofista es, ante todo, un profesional de la educación y la cultura. Sobre todo, en la concepción de una cultura general. Un aspecto de esa educación es la capacidad para hablar mejor, construir mejores discursos y argumentar a favor de la tesis propia con destreza, “haciendo más fuerte el argumento más débil”, si es conveniente.

Esa profesión pedagógica identifica a los sofistas como miembros de un grupo intelectual, si bien no de una escuela. Con tales profesionales, technítai, es normal que aspiren q recibir de sus clientes una buena paga por su trabajo cualificado. Técnicos en las artes de la persuasión, en la redacción de discursos y en la crítica ideológica, practican la retórica en el sentido más amplio del término. La remuneración exigida era elevada, y eso es una muestra de la elevada estimación social de sus enseñanzas. Es bien sabido que este empeño de cobrar por sus lecciones despertó los recelos y críticas acerbas de algunos conservadores, con la acusación de que los sofistas vendían el saber como una mercancía cualquiera. Para estos críticos, entre los que está Sócrates, los sofistas actúan como traficantes y tenderos de sus conocimientos.

Tanto Protágoras como Hipias y algunos de los grandes maestros de la oratoria sofística se presentaban a su público dispuestos a disertar sobre cualquier tema que se les propusiera, en un calculado alarde improvisatorio. Eran, en efecto, virtuosos del discurso; y, especialmente mediante esos largos parlamentos, que destacaban tanto por su contenido como por su cuidada forma, sabían deleitar a su público. En tales discursos, los sofistas desplegaban un bagaje cultural amplio y refinado, y en ese repertorio habitual las citas y comentarios de poemas e incluso mitos eran motivos gratos. No sólo porque la utilización de esos textos tradicionales eran un buen instrumento para la paideía, sino porque en su interpretación y comentario podía lucir el sofista sus habilidades al rebuscar un nuevo sentido bajo las palabras antiguas.

La profesión de “maestros de areté”, el aspecto retórico general de sus enseñanzas y la perspectiva socialmente utilitaria de las mismas, distinguen a los sofistas como grupo frente a otros pensadores de la época, como Anaxágoras. No solo es el hecho de que el nombrado prosiguiera los estudios acerca de la Naturaleza en los mismos años en que los sofistas y Sócrates se ocupaban del mundo de la condición humana lo que sitúa lo sitúa aparte, sino, sobre todo, su actitud ante la sociedad. Al presentarse como sophistaí y no con el título más humilde de philósophoi, estos pensadores acentúan su dominio sobre el ámbito del saber, y la búsqueda del mismo queda en un segundo plano.

Los sofistas distinguieron entre los productos de la naturaleza y los de la convención social, y aplicaron esa distinción a las instituciones de nuestro mundo, a las leyes, a las costumbres, a los credos religiosos y políticos, etc. Frente a la naturaleza, phýsis, está la convención, nómos, bien cooperando, bien oponiéndose. La cultura humana es una combinación de ambos elementos. Hay un orden natural y un orden determinado por leyes y convenios humanos. Éste es uno de los temas centrales para la reflexión sobre la civilización y lo social, Aunque las soluciones aparezcan diversas, el problema se presenta como un fondo común a la discusión general de la época.

Los sofistas destacaron la oposición y el contraste entre la naturaleza, universal y eterna, y las convenciones legales, surgidas aquí y allí, con un valor concreto. Estos intelectuales viajeros habían advertido las variaciones de las creencias y las leyes, según los pueblos y según las circunstancias, y sabían que las leyes, costumbres y creencias religiosas de los humanos no son inmutables ni están fundadas sobre un patrón universal. Al subrayar la antítesis frecuente entre la physis y el nómos- encarnado en los

nómoi de diversas ciudades y épocas- los sofistas insisten en el carácter progresista de la cultura; y, en una primera época, esas teorías sobre la relatividad de las convenciones legales y el horizonte amplio de lo natural se inscriben en una visión optimista de la civilización.

Por encima de las tradiciones locales y las leyes de las distintas ciudades, los sofistas insistieron en que la naturaleza había hecho a los hombres iguales, y vieron en la común naturaleza racional un vínculo de humanidad y una base para la concordia, que podía lograrse mediante un pacto aconsejado y dirigido por los mejores en saber y consejo.

Para Protágoras, entre otros sofistas, el progreso se basa no sólo en la capacidad técnica de los hombres, sino en su sentido de la moralidad, que ha permitido el desarrollo de la vida política, la convivencia ciudadana. Ese sentido moral es el fundamento básico para la convivencia y, por tanto, para la civilización. A diferencia de las habilidades técnicas, que están repartidas muy desigualmente entre los humanos, el sentido de lo moral les fue participado a todos, sin excluir a nadie, y en ese reparto igualitario se fundamenta el derechos que todos tienen a participar en la política, en los asuntos que a todos les conciernen. En tal terreno no hay especialistas y profanos, sino que por naturaleza todos poseen entendimiento suficiente para decidir y comprender en asuntos de política y moralidad.

Esta fundamentación de la igualdad de derechos ante la ley cívica, la isonomía ateniense, expresa el sentir de los sofistas como educadores en la democracia. La educación no hace a los hombres buenos o malos, pero sí puede mejorarlos, aprovechando las disposiciones naturales que ya están en ellos.

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

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