LA POLIS ARISTOTÉLICA SEGÚN MOSTERÍN

1. La ciudad

 La casa es la comunidad natural que se constituye para satisfacer las necesidades cotidianas del hombre. Para satisfacer sus necesidades no cotidianas se constituye la aldea o conjunto de casas. Y un conjunto autosuficiente de aldeas, finalmente, da lugar a la pólis. Suele traducirse pólis por ciudad, pero no es un casco urbano, sino una comarca o cantón, que puede incluir un casco urbano, pero que en cualquier caso no se reduce a él.

 Los sofistas habían enseñado que la polis es el resultado de un pacto o convenio entre los hombres, por tanto, convencional. Y los cínicos abundaban en esta opinión. Aristóteles se opone rotundamente a este modo de ver las cosas, afirmando repetidamente que la pólis existe por naturaleza. El hombre tiene que vivir en una pólis, si quiere desarrollarse plenamente. La casa y la aldea tienen que formar parte de una pólis, si han de alcanzar sus fines. De hecho, la pólis es el fin de las comunidades inferiores, que sólo en ella pueden encontrar su perfección.

 No sólo existe la pólis naturalmente, sino que es por naturaleza anterior y más importante que el individuo y la familia. “La ciudad es por naturaleza anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte; en efecto, destruido el todo (del cuerpo), no habrá pie ni mano, a no ser equívocamente, como se puede llamar mano a una de piedra: una mano muerta será algo semejante. Todas las cosas se definen por su función y sus facultades, y cuando éstas dejan de ser lo que eran no se debe decir que las cosas son las mismas, sino sólo que tienen el mismo nombre. Es evidente, pues, que la ciudad existe por naturaleza y es anterior al individuo, porque si el individuo separado no se basta a sí mismo, será semejante a las demás partes en relación con el todo, y el que no es capaz de vivir en sociedad o no necesita nada por su autosuficiencia no forma parte de la ciudad, sino que es o una bestia o un dios”. (“Política. I”).

 El humán es un animal a cuya naturaleza pertenece el ser miembro de una pólis. El humán es por naturaleza un animal político(o social o ciudadano). Hay otros animales sociales, como, por ejemplo, las abejas. Pero el humán es todavía más social que ellas. En efecto, la naturaleza no hace nada en vano y la naturaleza ha dado al humán el lenguaje. Los otros animales tienen voz (phoné), y con ella pueden expresar y comunicarse su placer o dolor, que es algo subjetivo. Pero los humanes tienen además capacidad lingüística, pueden hablar, y así comunicarse unos con otros sobre lo justo y lo injusto, lo conveniente y lo perjudicial, etc., pudiendo así llegar a un acuerdo objetivo sobre tales cuestiones. Tal acuerdo se plasma precisamente en las leyes de la ciudad. En resumen, el hombre posee por naturaleza la capacidad lingüística, que sólo encuentra uso y función adecuados en la convivencia política, en la vida de la pólis. Y es que el hombre está hecho para vivir en ella. Ser miembro de una pólis, como hablar o tener ojos, es parte de la naturaleza humana.

 La ciudad surgió como comunidad autosuficiente de aldeas por la ventaja que aportaba desde el punto de vista de ayuda mutua, defensa común y utilidad compartida. Pero ahora existe para posibilitar la vida plena, que es vida de convivencia, pues, por encima de todas las necesidades cotidianas, los hombres aspiran a vivir del mejor modo posible y por tanto a convivir: “El humán es por naturaleza u animal político y, por tanto, aun sin tener ninguna necesidad de auxilio mutuo, los hombres tienden a la convivencia, si bien es verdad que también los une la utilidad común… Este es el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente; pero también se reúnen simplemente para vivir, y constituyen la comunidad política, pues quizá en el mero vivir existe cierta dosis de bondad, si no hay en la vida un predominio excesivo de penalidades. Es evidente que la mayoría de los hombre soportan muchos padecimientos por afán de vivir, y parecen encontrar en la vida misma cierta felicidad y dulzura natural”. (“Política. III”).

La pólis es una unidad orgánica, estructurada en clases sociales distintas, pero cuyas funciones están integradas. La etnia es algo distinto, carente de unidad interna. Sus miembros se desconocen entre sí, aunque estén unidos extrínsecamente por una misma muralla que los rodee. Tal es el caso “de Babilonia, de la que se dice que al tercer día de haber sido tomada, aún no se había enterado de ello una parte de la población”. La unidad de la pólis no estriba en sus murallas, sino en su estructura, en su constitución.

Hablando acerca de lo justo y lo injusto a lo largo del tiempo, los ciudadanos llegan a un acuerdo básico, que constituye la ciudad: es su constitución (politeía). Por eso cuando la constitución cambia, la ciudad pasa a ser otra.

Una ciudad es, pues, un conjunto de ciudadanos suficiente para vivir en autarquía y dotado de una constitución.

¿Quiénes son los ciudadanos? No, desde luego, todos aquellos sin los cuales no podría existir la ciudad. La ciudad, en efecto, no podría existir sin mujeres, obreros, esclavos, etc. Pero éstos no son ciudadanos, sino elementos subordinados. Ciudadanos son los que tienen derecho a participar en la administración o gobierno de la ciudad. Exactamente quiénes sean los ciudadanos depende de la constitución. En la práctica, ciudadano es el hombre cuyos padres son también ciudadanos.

La función del ciudadano consiste en hacer la política, y en tiempo de guerra también en combatir con las armas. El buen ciudadano ha de poseer la areté o virtud política, ha de saber mandar y obedecer, y ha de poseer las virtudes correspondientes a la vida política, en especial, la justicia. La justicia es la principal virtud del ciudadano. Analizada por Aristóteles con gran detalle en el libro V de la Ética a Nicómaco, la justicia consiste fundamentalmente en dos cosas: en la obediencia a las leyes de la ciudad y en tratar al resto de los ciudadanos como a iguales a uno mismo. La injusticia, consiguientemente, consiste, por un lado, en la desobediencia a las leyes y, por otro, en la desigualdad en el trato entre ciudadanos.

La naturaleza humana sólo alcanza su plenitud en el ciudadano, hombre adulto, libre y cabal, dotado de razón, capaz de mandar y obedecer, y que dispone de ocio suficiente para dedicarse a las actividades superiores: la política, si es necesario la guerra, y si es posible, la filosofía.

2. La ciudad ideal.

 Platón había descrito dos veces- en la República y en las Leyes- su ciudad ideal. Aristóteles, como buen discípulo suyo, no podía por menos de diseñar también la suya, y así lo hizo en dos de los libros tempranos- los VII y VIII en la numeración tradicional- de la Política.

 La ciudad ideal tiene por misión garantizar a felicidad de una pequeña minoría en hombres: los ciudadanos. Los ciudadanos deben ser precisamente los más inteligentes y virtuosos de los habitantes. Ellos son los más capaces de felicidad. En efecto, cada uno es capaz de felicidad en la medida en que es inteligente, virtuoso y prudente. La felicidad estriba en el ejercicio de la virtud y la inteligencia, no en los bienes exteriores.

 Los ciudadanos se repartirán las tierras y las poseerán, pero no las cultivarán ellos, sino que serán cultivadas por esclavos. Las rentas que de ellas perciban permitirán a los ciudadanos vivir en ocio, dedicados a la política y a la filosofía. Los ciudadanos tampoco pueden ser obreros (pues el ciudadano sólo es productor de virtud) ni mercaderes. Los obreros y mercaderes serán también esclavos o extranjeros.

“Como nos estamos ocupando de la mejor constitución, y ésta es la que más feliz puede hacer a la ciudad, y la felicidad no es posible aparte de la virtud, resulta evidente que en la ciudad mejor gobernada y que posee hombres justos en absoluto…, los ciudadanos no deben llevar una vida de obrero ni de mercader( porque tal género de vida carece de nobleza y es contario a la virtud), ni tampoco deben ser labradores los que han de ser ciudadanos(porque tanto para que se origine la virtud como para las actividades políticas es indispensable el ocio)”. ¿Cuál será entonces la ocupación de los ciudadanos? Además de labradores, obreros y mercaderes, la ciudad necesita guerreros, jueces y sacerdotes. Estas funciones serán ejercidas por los ciudadanos. Durante su juventud serán guerreros y se entrenarán profesionalmente para la defensa de la ciudad. En su madurez serán funcionarios y magistrados, impartirán justicia y se ocuparán del gobierno. En su vejez serán sacerdotes, se ocuparán del culto y- los mejores- filosofarán, se dedicarán a la ciencia contemplativa.

 Sentada la estructura social básica de la ciudad ideal, Aristóteles enumera prolijamente una multitud de detalles sobre su población, extensión, situación, edificios, terrenos, educación, etc. La ciudad se establecerá cerca del mar, pero no en la costa misma. El clima de ser moderadamente cálido, la exposición al noroeste, que es la más sana, bien aireada, con vistas extensas, con agua abundante, que se almacenará en grandes cisternas. En medio habrá una gran plaza, rodeada de los templos de la ciudad y de las casas de los sacerdotes, a la que no podrán acceder labradores, artesanos ni mercaderes. Cerca estará el ágora, con las casas de los magistrados y los gimnasios. Más lejos, los depósitos de mercancías y las casas de los comerciantes, etc.

 Las bodas se celebrarán en invierno, un día de viento norte. La mujer se casará a los dieciocho años, el hombre a los treinta y siete (parece que éstas fueron las edades de Aristóteles y Pythias, su primera mujer, cuando se casaron). Los subnormales serán eliminados. Si la población crece demasiado, se regulará mediante el aborto. Aristóteles se extiende especialmente en la educación de los jóvenes, como era tradicional en este tipo de obras.

De todos modos, la ciudad ideal de Aristóteles no es demasiado original ni interesante, es como una edición corregida de la de Platón. Y Aristóteles la describe sin entusiasmo ni excesivo convencimiento. Lo suyo era más el análisis de la realidad que el diseño de utopías, que después de este primer ensayo abandonó por completo.

3. La ciudad real.

 La importancia de Aristóteles en la historia de pensamiento político no radica en los pinitos utopistas de su juventud, sino en su investigación empírica y desengañada de la realidad de la pólis. A lo largo de su vida, la actitud de Aristóteles ha pasado del utopismo apriorista, característico de Platón, a la fría observación de los hechos políticos, típica de Thukydides.

 En el ocaso de su vida, que correspondía con el ocaso de la institución de la pólis como unidad independiente, Aristóteles lanza una mirada desapasionada sobre la variedad de los regímenes políticos, sobre su turbulento desarrollo y sus frecuentes crisis.

 Para empezar, Aristóteles y sus ayudantes del Liceo tratan de reunir todas las constituciones escritas de las póleis griegas y de determinar su evolución histórica, sus instituciones y leyes. En el curso de esta gigantesca empresa de derecho comparado, llegar a reunir y estudiar 158 constituciones de ciudades distintas. A cada ciudad se le dedica una monografía exhaustiva. Aristóteles mismo escribió un libro sobre la constitución de Naxos, otro sobre la de Atenas, otro sobre la de Cartago, etc. Todos se han perdido, excepto uno: el dedicado a la Constitución de Atenas, magnífica historia constitucional de esa ciudad. Gracias a la Historia de Thukydides y a la Constitución de Atenas de Aristóteles conocemos la realidad política de la antigua Atenas incomparablemente mejor que la del resto de las póleis helénicas. Y se puede considerar que ambos-Thukydides y el último Aristóteles- son los fundadores de la ciencia política.

 En los libros tardíos de la Política- los IV, V y VI de la ordenación tradicional- ya no se trata de “considerar exclusivamente el mejor régimen político, sino también el posible e igualmente el que es relativamente fácil de alcanzar”, pues los tratadistas anteriores “aunque acierten en lo demás, fallan en lo práctico”. Además, qué sea lo mejor depende “de las circunstancias porque con frecuencia, aun siendo preferible un régimen, nada impide que a algunos les convenga más otro”.

 Aristóteles pretende indagar cuáles son los tipos de sistema político- de constitución de la pólis- realmente existente, y no sólo en su estructura jurídica, sino también en su dinámica, en las transformaciones a que están sometidos por la realidad social subyacente. Por eso no se limitará a describirlos, sino que “intentaremos exponer en qué estriban la destrucción y la conservación de los regímenes, tanto en general, como en cada uno en particular, y cuáles suelen ser las causas de ello”.

 Los regímenes políticos que se encuentran en la realidad son de seis tipos: monarquía (gobierno de un solo hombre, el más noble, que gobierna con el consentimiento del pueblo y respeta las leyes); tiranía(gobierno de un solo hombre, que se ha hecho con el poder por la violencia y gobierna sin el consentimiento del pueblo y sin respetar las leyes de la ciudad); aristocracia ( gobierno de los ciudadanos mejores y más virtuosos, elegidos por y de entre los de mejor linaje); oligarquía (gobierno de los ciudadanos más ricos); democracia moderada( gobierno de todos los ciudadanos, pero sometido a las leyes consuetudinarias); democracia extrema o demagógica (gobierno de todos los ciudadanos sin respeto a las leyes; en la práctica gobierno de los demagogos, que agitan a los pobres, que son mayoría).

 Aristóteles piensa que en su tiempo ya no quedan monarquías ni aristocracias. “En nuestro tiempo ya no hay realezas, y si las hay son más bien tiranías, porque el gobierno de un rey es un gobierno que cuenta con el asentimientos de los súbditos… y actualmente son muchos los iguales y ninguno sobresale tanto como para estar a la altura de la grandeza y dignidad de ese cargo”(“Política. V”). Tampoco hay aristocracias, pues es difícil encontrar los hombres virtuosos, mientras que en todas las ciudades hay ricos. La tiranía, finalmente, abunda demasiado; pero no puede considerarse como un tipo de constitución, sino más bien como la falta de constitución. Es, desde luego, el peor de todos los regímenes políticos. Por tanto, en la práctica, los regímenes políticos interesantes se reducen a dos: oligarquías y democracias. En la democracia gobiernan todos los hombres libres, todos los ciudadanos. En la oligarquía, sólo los ricos.

 Más que la clasificación abstracta importa a Aristóteles el funcionamiento político real de los diversos regímenes, incluidas las trampas y triquiñuelas de las que los diversos grupos se sirven e la realidad. Así, estudia con gran realismo “ los artificios con que se engaña al pueblo” en la democracia, tanto por parte del partido popular como del oligárquico.

 Aristóteles no toma partido decidido por los bandos. Describe y analiza. Aristóteles, desengañado después de ver y observar tantos cambios y revoluciones, llega a la conclusión de que lo importante de las leyes-más incluso que sean buenas- es que duren, pues solo la duración les confiere el prestigio social y el carácter consuetudinario necesarios para que inspiren respeto.

 Igualmente el problema del régimen político ya n es el de cuál sea el mejor, sino el de cuál resulte más duradero. Y si uno es oligárquico o demócrata, debe preocuparse más de hacer el régimen duradero, aunque sea aguándolo, que de provocar su derrocamiento por tratar de hacerlo demasiado puro. “Para el legislador o para los que quieran establecer un régimen de esta naturaleza, no es el único ni el mayor quehacer establecerlo, sino más bien conservarlo, pues de cualquier manera que esté constituido, no es difícil que dure un día o dos o tres. Por eso, partiendo de los medios de conservación y de destrucción posibles, deben tomarse las medidas necesarias para su seguridad, previniendo los factores de destrucción y estableciendo leyes, tanto escritas como no escritas, de tal manera que comprendan en el mayor grado posible lo que conserva los regímenes, y no debe considerarse como democrático u oligárquico aquello que contribuya a que la ciudad se gobierne más democrática u oligárquicamente, sino durante más tiempo”. A continuación, Aristóteles da consejos realistas y sacados de la experiencia, tanto a los oligarcas como a los demócratas, sobre lo que tienen que hacer si quieren conservar sus respectivos regímenes.

 Lo peor que le puede pasar a una ciudad no es tener un régimen político u otro, sino el estar sometida a continuas sediciones, golpes de mano y revoluciones. Si algún consejo puede dar Aristóteles a los ciudadanos es el de cómo evitar la sedición.

 La sedición siempre tiene por causa la desigualdad. Los unos, porque son iguales en cuanto libres, quieren ser también iguales en todo lo demás. Los otros, porque son desiguales en riqueza, quieren serlo también políticamente. Cuando los primeros son muchos y muy pobres, y los segundos son pocos y muy ricos, esta extrema desigualdad, condice a la envidia de los primeros y el deprecio de los segundos, e impide la concordia y la amistad entre los ciudadanos, con lo que las semillas de la sedición están plantadas. La historia de tales ciudades es una continua y larvada guerra civil. Si queremos estabilidad, hemos de evitar los extremos, hemos de fomentar la clase media. “Donde la clase media es numéricamente superior a las dos extremas juntas…, el régimen puede ser permanente”. “La clase media ni apetece los cargos ni los rehúye…La ciudad debe estar constituida por elementos iguales y semejantes en el mayor grado posible, y esta condición se da especialmente en la clase media…Además, los ciudadanos e clase media son los más estables, porque ni codician lo ajeno como los pobres, ni otros desean lo suyo, como los pobres lo de los ricos, y a no ser objeto de conspiraciones ni conspirar, viven en seguridad”.

 Cuando Aristóteles se pregunta ahora por el régimen mejor, ya no construye una utopía platónica, sino que señala hechos sociológicos como la contribución de la clase media a la estabilidad política, que es lo único a lo que la gente normal puede aspirar. “Consideremos ahora cuál es la mejor forma de gobierno y cuál es la mejor clase de vida para la mayoría de las ciudades y para la mayoría de los hombres, sin asumir un nivel de virtud que esté por encima de personas ordinarias, ni una educación que requiera condiciones afortunadas de naturaleza y recursos, ni un régimen a medida de los deseos, sino una clase de vida tal que pueda participar de ella la mayoría de los hombres y un régimen que esté al alcance de la mayoría de las ciudades”. Dejémonos de utopías y vayamos a lo posible. Lo mejor está siempre en el término medio, y el mejor régimen será una mezcla de oligarquía y democracia en una pólis donde la mayoría de los habitantes pertenezcan a la clase media. Para participar en el gobierno sólo se exigirá una riqueza moderada, que será poseída por la gran mayoría. Los cargos serán electivos, no por sorteo. Y se tratará de que las leyes duren pensándoselo dos veces antes de cambiar alguna. ¿Por qué es este régimen el mejor? “EL régimen intermedio es el mejor, puesto que es el único libre de sedición. En efecto, donde la clase media es numerosa es donde menos sediciones y disensiones civiles se producen”.

 En la hora postrera de la pólis griega, Aristóteles ya sólo se interesa por salvarla, pues sólo en ella puede el hombre (libre) encontrar aquel clima de libertad y convivencia necesario para desplegar sus capacidades más altas, aquello que hay en él de divino. A Aristóteles, en definitiva, no le interesa la política, sino la ciencia, y a la política sólo pide eso: el mínimo de seguridad y estabilidad y ocio y libertad para que al menos algunos puedan dedicarse al ideal de la vida contemplativa o científica. Pero ya los cínicos hacían mofa por las calles del ideal helénico de la pólis autónoma y ya Aléxandro Megas- que no compartía los ideales de su maestro- creaba un nuevo imperio, bajo el que se ahogaría la ciudad independiente de la Grecia clásica. Diogenes el Cínico, Aléxandro el Emperador y Aristóteles el filósofo murieron casi simultáneamente. El mundo de la pólis no les sobreviviría.

La meta ideal de la filosofía sigue siendo puramente la concepción del mundo, que precisamente, en virtud de su esencia, no es ciencia. la ciencia no es nada más que un valor entre otros.

Autor: Edmund Husserl

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