LA COMPETENCIA EMOCIONAL

Los griegos situaban las emociones en la barriga. El estómago era el lugar donde anidaban la gula, el desconsuelo, la rabia o el odio; o sea, todo aquello que nos puede transformar en verdaderas bestias. La civilización occidental desconfía de las emociones desde la cuna del pensamiento.
La época medieval aún va más allá al condenar las pasiones. Los sentimientos, emociones y deseos se identifican con la suciedad y la mezquindad; en una palabra: con el pecado. La cultura popular rescata las emociones de este inmerecido exilio y las traslada al corazón, el órgano central de la anatomía humana, que identificamos todavía con la vida y el bienestar. Incluso aunque en el último tercio del siglo XX la psicología y la biología hayan demostrado de manera clara y concluyente que las emociones residen en el cerebro (órgano de la inteligencia y de las reverberaciones conceptuales), las emociones no ha disfrutado de demasiado prestigio en nuestra civilización.
La rabia, la envidia, la tristeza, el amor, el odio, el miedo han sido considerados, desde esta perspectiva, como verdaderos desestabilizadores de la personalidad. Las virtudes humanas, desde Epicuro a Freud, se han descrito siempre en términos de control y estabilidad, entendidas como la ausencia de emociones repentinas que perturben nuestro natural carácter plácido y reposado. Incluso el lenguaje cotidiano participa de este espejismo cuando identifica salud mental con "equilibrio" y locura con "desequilibrio".
Pero actualmente estas interpretaciones han cambiado de repente. El arte se define como la capacidad de influir emocionalmente en los espectadores; la televisión, a través de algunos de los programas de más audiencia, cultiva una especie de orgía emocional; los psicólogos descubren que las emociones pueden ser la clave de algunos de los fenómenos psicológicos más difíciles de definir, como la creatividad o la inteligencia; los químicos trabajan para encontrar fórmulas que puedan inhibirlas o potenciarlas; los economistas las incluyen en los estudios de mercado, y los pedagogos empiezan a considerarlas cuando realizan diagnósticos sobre las debilidades de los programas educativos o en el momento de diseñar los currículums que servirán de modelos en el futuro.
La inteligencia emocional es un concepto relativamente nuevo que introdujeron Peter Salovey y J. Mayer en 1990. Estos psicólogos de Harvard forman parte de la corriente crítica contra el concepto tradicional que considera la inteligencia sólo desde el punto de vista lógico o lingüístico. Salovey organiza la inteligencia en cinco competencias principales. Conocimiento de las propias emociones, capacidad de controlarlas, capacidad de automotivarse, capacidad de reconocimiento de las emociones de los demás y control de las relaciones. Pero es el periodista y divulgador Daniel Goleman el responsable de popularizar este concepto en su libro superventas: Inteligencia emocional (1995).
Este nuevo interés es paralelo a los descubrimientos de los años 40 y 50 del siglo XX sobre los procesos fisiológicos de las emociones. Especialmente la confirmación empírica de que la base estructural de las emociones es una parte del neocórtex, conectada a la amígdala y al hipocampo, relacionados con el tálamo y el hipotálamo.
De este modo, se ha podido comprobar que la conducta emocional está unida a la actividad global del córtex y de la racionalidad humana y no es un aspecto del sistema nervioso autónomo. A través de varios experimentos se han podido reseguir con detalle los procesos y los recorridos neuronales de determinadas emociones, desde el estímulo exterior a la persona hasta la respuesta motora. Precisamente estos estudios han demostrado los cambios fisiológicos y bioquímicos que se producen con las emociones. Y así, desde este punto de vista se ha podido analizar de manera objetiva el concepto de emoción.
(Muñoz Redón J. y Güell Barceló M. Historia de la filosofía. 2º Bachillerato. Programa Praxis Competencias para el siglo XXI. Editorial Octaedro. Barcelona 2009).

La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.

Autor: François De La Rochefoucauld

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