LA FELICIDAD

¿Quién no se ha preguntado alguna vez “¿qué podría yo hacer para ser feliz? Esta pregunta estuvo en el origen de la ética en Grecia. Los filósofos encontraron distintas respuestas, lo cual demuestra que, como decía Aristóteles, todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero en cuanto intentamos aclarar cómo podemos serlo empiezan las discrepancias.

 

Tres respuestas se perfilan en esta época, que permanecen hasta nuestros días:   

    *Ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de un ser humano (eudemonismo).


    *Ser feliz es ser autosuficiente, valerse por sí mismo sin depender de nada ni de nadie.


    *Ser feliz es experimentar placer y conseguir evitar el dolor (hedonismo).

 

 Entre el eudemonismo y el hedonismo existe un desacuerdo de fondo, del que son buen ejemplo Aristóteles y Epicuro. Aristóteles considera que ser feliz es ser hombre en el más pleno sentido de la palabra. Por eso, si hay una actividad que nos distingue como hombres, ser feliz consistirá en ejercerla. Epicuro se preguntará qué es lo que mueve a los hombres a obrar, porque la felicidad consistirá en conseguirlo. El placer (hedoné) es, según él, lo que los mueve.Los hedonistas creen que la felicidad consiste en el placer, y los eudemonistas, que consiste en la autorrealización, que a veces proporciona placer y a veces no, porque el placer consiste en una satisfacción sensible, y las acciones que nos realizan no siempre proporcionan una satisfacción sensible.

1.  Felicidad como autorrealización: eudemonismo.

  1.1.La felicidad es el fin último natural.

El pensamiento griego no podía aceptar la idea de que una serie de elementos subordinados entre si fuera infinita. Por eso, Aristóteles insistía en que si todas las actividades humanas se realizan por un fin, que a su vez se supedita a otros, los fines serán medios para un fin último, que da razón de los demás.

El fin último es la felicidad (eudaimonía), y todos lo llaman así, porque mientras tiene sentido preguntar “construir casas ¿para qué?”, “dinero ¿para qué?”, “estudiar ¿para qué?” y responder “para ser felices”, carece de sentido preguntar “felicidad ¿para qué?”.

Sin embargo, unos la cifran en el dinero; otros, en recibir honores. Por eso es preciso trazar los rasgos que ha de tener una actividad para que la identifiquemos con la felicidad y después buscar cuál de nuestras actividades tiene esos rasgos. La felicidad será, según lo que hemos dicho:

 *un bien perfecto, que se busca por sí mismo y no por otro superior a él;

 *un bien suficiente por sí mismo, de manera que quien lo posee ya no desea otra cosa;

 *el bien que se consigue con el ejercicio de la actividad más propia del ser humano, según la virtud más excelente;

 *el bien que se consigue con una actividad continua.Para aclarar estas dos últimas características, Aristóteles intentará dilucidar cuál es la función más propia del ser humano, y distinguir entre las acciones que tienen el fin en sí mismas y las que se realizan por un fin externo a ellas.   

  1.2.Vida teorética y sabiduría práctica.

Cada persona ejerce una función en su sociedad (soldado, gobernante, madre) y para desempeñarla bien ha de adquirir virtudes que le ayuden a hacerlo. Pero si hay una función propia del ser humano como tal, la felicidad consistirá en ejercerla a lo largo de la vida, y la virtud que ayude a ello será la más perfecta.Por otra parte, las acciones que tienen el fin en sí mismas son más perfectas que aquellos cuyos fines son distintos de ellas, porque en este caso los efectos son más importantes que las acciones. Por ejemplo, pasear o charlar con los amigos son acciones que se realizan por sí mismas, mientras que ir a un lugar determinado se hace por llegar a él. Si existe una actividad propia del ser humano, que tiene que ser un bien perfecto y autosuficiente, será del tipo de acciones que tienen el fin en sí mismas. Estos caracteres se encuentran en el ejercicio de la actividad teórica, de la actividad contemplativa, y de ahí concluirá Aristóteles que la felicidad consiste en el ejercicio de esa actividad.Pero es imposible mantener siempre una vida contemplativa, es preciso encontrar otra forma de vida que procure también la felicidad.Se realizará también moralmente quien viva según su intelecto práctico, es decir, dominando sus pasiones para lograr la felicidad. En esta tarea nos ayudarán dos tipos de virtudes: dianoéticas( de la inteligencia) y éticas( del carácter).La virtud dianoética es la prudencia, que constituye la “sabiduría práctica” porque nos ayuda a deliberar bien, proponiéndonos lo que nos conviene en el conjunto de nuestra vida. La prudencia nos ayuda a encontrar el término medio entre el defecto y el exceso, y es la que orienta a las demás virtudes: el valor, por ejemplo, será el término medio entre la cobardía y la temeridad.Un hombre que vive según las virtudes es un hombre feliz, pero para serlo necesita vivir en una ciudad regida por leyes buenas, porque el logos que nos capacita para la vida contemplativa y para tomar decisiones individuales prudentes nos habilita también para vivir en sociedad. Por eso la ética exige la política; el bien supremo individual, la felicidad, requiere una polis, una ciudad con leyes justas.

 

 2. La felicidad como autosuficiencia.

En la historia de la filosofía suelen distinguirse tres períodos: 1) el de los filósofos anteriores a Sócrates o presocráticos, 2) la época de Sócrates, Platón y Aristóteles, y 3) el período postaristotélico.e último es en Grecia un tiempo de desconcierto político, y los filósofos tratan ante todo de averiguar qué hace a los hombres felices, cifrando en eso la auténtica sabiduría. Cínicos, estoicos y epicúreos intentaron responder a la pregunta, diseñando un ideal de sabio: es sabio el que sabe ser feliz. Para cínicos y estoicos el sabio es autosuficiente, porque la felicidad radica en la autosuficiencia, aunque la entiendan de distinto modo.

 2.1.Los cínicos.

La palabra “cínico” viene de kynikós, que significa “perruno”. Éste es el adjetivo que la gente aplicaba a un grupo de filósofos que, más que una escuela, formaban una corriente que se distinguía por una actitud: considerar que la felicidad consiste en la libertad radical del individuo frente a todas las normas y las instituciones sociales.

El hombre es, según los cínicos, bueno por naturaleza y, por lo tanto, es sabio el que vive según la naturaleza, el que desprecia las convenciones sociales, valora la libertad de acción y de palabra, el esfuerzo, la austeridad, somete todo a crítica, rechaza los placeres, tiene por patria el mundo entero y desprecia las instituciones políticas. Para ser feliz es preciso bastarse a sí mismo, lo que se consigue  mediante el ascetismo y el autodominio.

El Fundador del movimiento cínico fue Antístenes(450 a.C.), pero la personalidad más conocida  de esta corriente es Diógenes (400 a.C.), de quien se cuenta que se paseaba por Atenas de día buscando un hombre con un candil, porque decía que había mucha gente, pero ninguna persona.
 2.2.El estoicismo.

El término “estoicismo” viene de stoa poikile, que era el pórtico pintado del ágora, en el que enseñaba Zenón de Citio (332 a.C.), fundador de esta escuela. También los estoicos creen que es sabio el que vive según la naturaleza, pero para averiguar qué significa esto les pareció indispensable descubrir cuál es el orden del cosmos, ya que sólo así sabremos cómo hemos de comportarnos en él.

Para ello recurrieron a Heráclito de Éfeso (siglo VI a V a.C.). Heráclito explica el orden del cosmos indicando que hay una razón común que gobierna las cosas y es para ellas el destino y la providencia. De aquí concluyen los estoicos que, como los hombres también participamos de esa razón mediante la nuestra, el sabio ideal será el que se percata de que todo está en manos del destino y, por lo tanto, más vale asegurarse la paz interior, haciéndose insensible al sufrimiento y a las opiniones ajenas. El sabio es aquella persona que sabe dominar sus emociones y no hacerse ilusiones con respecto al futuro. La serenidad, la imperturbabilidad es la única fuente de felicidad, por la que el sabio es autosuficiente.

Junto a Zenón, los estoicos más conocidos fueron Crisipo de Soli(281-208 a.C.) y los romanos Séneca (3 a.C-65 d. C.), Epicteto(50-138) y Marco Aurelio(121-180). El estoicismo es, además de una doctrina, una actitud vital permanente, Su idea de libertad interior es un anuncio de la autonomía kantiana. 

 

 3. Felicidad como placer: hedonismo.

Los hedonistas consideran que hay moral porque los hombres buscan el placer y huyen del dolor. Para descubrirlo basta con una investigación empírica sobre cuáles son los móviles de la conducta humana, como la que proporciona la psicología. La ética, entonces, está subordinada a la psicología.

Pero como no todos los placeres y dolores son iguales, piensan los hedonistas que la inteligencia nos sirve para calcular los medios más adecuados para lograr el mayor placer posible: es decir, que el intelecto moral es un intelecto calculador.
 3.1.El epicureísmo.

El epicureísmo nace en Grecia en la época helenística y suele contraponerse al estoicismo: mientras que los estoicos cifran el ideal de sabiduría en la imperturbabilidad, el epicureísmo lo hará en un goce bien calculado. Es sabio quien sabe organizar su vida calculando qué placeres son más intensos y duraderos, cuáles tienen menos consecuencias dolorosas, y los distribuye a lo largo de su vida.

La sabiduría, así, tiene dos raíces: placer e intelecto calculador. Estas dos raíces son la constante del hedonismo, que, si en el caso del epicureísmo es individualista, en la Modernidad se convertirá en hedonismo social.

Epicuro de Samos (341 a. C.) es el fundador de esta escuela, que ha tenido una gran influencia filosófica y que, como el estoicismo, es una actitud vital permanente.
 3.2.El utilitarismo.

El utilitarismo nace en el mundo anglosajón en la época moderna y es un hedonismo social, porque considera que los seres humanos tenemos unos sentimientos sociales, cuya satisfacción es fuente de placer. Entre ellos se encuentra la simpatía, que es la capacidad de ponerse en el lugar de cualquier otro, sufriendo con su sufrimiento, disfrutando con su alegría. La simpatía nos lleva a extender a los demás nuestro deseo de obtener la felicidad.

La meta de la moral consiste en alcanzar la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos.

Este principio de moralidad es a la vez un criterio para tomar decisiones racionales y, aplicado a la vida social, ha dado lugar a la economía del bienestar y a un gran número de reformas sociales.

Este principio aparece por vez primera en el libro de Cesare Beccaria “Sobre los delitos y penas”(1764), pero los utilitaristas considerados clásicos son fundamentalmente J. Bentham (1748-1832), J Stuart Mill(1806-1876) y H Sidgwick (1838-1900).

J. Bentham introduce una aritmética de los placeres, que descansa en dos supuestos:

 *El placer es susceptible de medida, porque todos los placeres son iguales en cualidad. Con criterios de intensidad, duración, proximidad y seguridad se podrá calcular la mayor cantidad de placer.

 *Los placeres de las distintas personas pueden compararse entre sí para alcanzar un máximo total de placer.

Sin embargo, Mill rechaza estos supuestos y afirma que los placeres no se diferencian por la cantidad, sino por la cualidad, de suerte que hay placeres superiores y placeres inferiores. Son las personas que han experimentado ambos quienes están legitimadas para decidir cuáles son superiores y cuáles inferiores, y sucede que éstas prefieren siempre los placeres intelectuales y morales.

El utilitarismo de Mill ha sido calificado de “idealista” porque hasta tal punto valora los sentimientos sociales como fuente de placer, que asegura que en las condiciones desgraciadas de nuestro mundo la doctrina utilitarista puede exigir a un hombre sacrificar su felicidad por la felicidad común.

En los últimos tiempos ha prosperado una distinción importante en el utilitarismo.

 

 *Utilitarismo del acto, que exige valorar la corrección de cada acción por sus consecuencias.

 *Utilitarismo de la regla, que exige considerar si la acción ante la que nos encontramos se somete a alguna de las reglas que ya consideramos morales por la bondad de sus consecuencias. Este modo de proceder ahorra energías y aprovecha la experiencia adquirida.En la actualidad, el utilitarismo sigue patente en autores como Urmson, Smart, Brandt, Lyons, en las teorías económicas de la democracia y ha tenido una gran influencia en el llamado “Estado del bienestar”.

(Colección manuales. Filosofía, Editorial Santillana. Madrid. 2004)

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

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