EL ORIGEN DIVINO DEL PODER POLÍTICO

A lo largo de la historia, y en numerosas culturas, ha sido, y sigue siendo frecuente, legitimar la autoridad afirmando que el poder viene de Dios. Son los dioses, o el Dios único en las culturas con religiones monoteístas, quienes conceden a una persona, o grupo de personas, el poder para ejercer el poder en su nombre. De esta manera los que dirigen la sociedad, los "jefes", no son hombres como los demás, poseen "algo" que les diferencia de ellos, poseen un "poder", otorgado por los dioses, que hace que obedecerles o desobedecerles sea en el fondo obedecer o desobedecer a la divinidad.

En muchos pueblos primitivos y en los grandes Imperios de la antigüedad (en China, Egipto, Mesopotamia, también entre los mayas y los aztecas...) los reyes tenían una estrecha vinculación con los dioses y en ocasiones se atribuían cualidades divinas, llegando incluso a proclamar, como en el caso de los faraones egipcios, que ellos mismo eran dioses. Su vinculación con la divinidad era tan fuerte que, en algunos pueblos, se pensaba que su poder les permitía no sólo mandar a los seres humanos, sino a las fuerzas mismas de la naturaleza.

También en numerosas culturas primitivas actuales el poder de los que dirigen la sociedad está relacionado de una u otra manera con la divinidad, y los que mandan ejercen el control social apelando al origen sagrado de su poder.

Pero la teoría de que el poder viene de Dios, la teoría de que es Dios quien gobierna a través de unas personas a las que le otorga el poder para mandar en su nombre- teoría que recibe el nombre de teocracia- no es una forma de entender la autoridad ligada únicamente a pueblos primitivos o a culturas residuales. En la actualidad se sigue estableciendo una relación entre la divinidad y el poder político en el pensamiento cristiano y también, y posiblemente con más incidencia en la política mundial, en el pensamiento musulmán, aunque las formas de entender esa relación en ambas religiones son distintas, y con diferencias a veces muy acusadas.

1. El origen del poder político en el cristianismo.

En las últimas décadas del siglo IV- hasta ese momento el cristianismo había estado perseguido o prohibido en el Imperio Romano- y en el mundo medieval, los pensadores cristianos defendían claramente que el poder de los gobernantes procedía de Dios. Se apoyaban para ello en varios pasajes del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en el libro de los Proverbios (8,15-16) se dice: "Por mí gobiernan los reyes..., por mí mandan los príncipes y gobiernan los poderosos de la tierra". También en el Nuevo Testamento haya varios pasajes, pero a modo de ejemplo en el que Jesús contesta al procurador romano Poncio Pilato que intenta juzgarle: "No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto"(Juan, 19,11).

Los pensadores cristianos también defendían que el poder estaba dividido, por voluntad de Dios, en dos grandes brazos: el espiritual y el temporal. La autoridad sobre los asuntos espirituales pertenecían a la Iglesia, a cuya cabeza se encontraba el Papa; y la autoridad sobre los asuntos temporales era ejercida por otras instituciones, a la cabeza de las cuales se encontraba el rey. Tanto el Papa como el rey recibían de Dios el poder para mandar, y obedecerles era obedecer a Dios. Los hombres medievales se encontraban, pues, sometidos, por un lado, al poder temporal del rey y, por otro, al espiritual del Papa. Ambos poderes debían servir para que los hombres conquistaran, a través de su armonía en este mundo, el destino eterno.

Pero esta dualidad de poderes planteó desde el principio el problema de la relación entre ambos. ¿Quién mandaba sobre quién? En caso de conflicto ¿a quién obedecer?

Agustín de Hipona, el pensador cristiano más importante del siglo V, trató este tema en su obra La Ciudad de Dios, y uno de los objetivos que persiguió con ella fue el de separar el orden político y el religioso. De hecho, defendía expresamente la obligación que los creyentes tenían de respetar las leyes de la sociedad civil. Sin embargo, al mismo tiempo que exigía a los creyentes obedecer a las autoridades civiles, insistía en la necesidad que éstas tenían de someterse a los mandamientos de la iglesia al dictar las leyes ya que, en su opinión, "la verdadera justicia reside sólo en la nación cuyo fundador y gobernante es Cristo".

La afirmación de que las autoridades civiles debían estar sometidas a los mandamientos de la Iglesia al legislar dio origen a lo que se conoce con el nombre de agustinismo político que fue la postura más extendida entre los pensadores cristianos a lo largo de toda la Edad Media. El agustinismo político identificó a la Iglesia con la "ciudad de Dios" y la convirtió en una institución política y administrativa gobernada por una persona con poderes absolutos que recibía de Dios. Esta persona, el Papa, poseía lo que se denominó en la época la plenitudo potestatis, la totalidad del poder sobre todas las Iglesias, sobre todos los cristianos, e incluso sobre los Reyes que recibían de él el permiso para gobernar en su nombre. Esta posición alcanzó su máxima expresión en la coronación de Carlomagno como emperador cristiano de Europa.

En el siglo XIV la alianza entre la "cruz" y la "espada", entre el "altar" y el "trono" entendida de esta manera, comenzó a hacer crisis con el Cisma de Avignon, y la situación cambio radicalmente en el XVI, al cobrar fuerza el fenómeno nacional e iniciarse el absolutismo. Los reyes de los diversos estados nacionales no sólo tendieron a asumir la totalidad del poder temporal, sino que también pretendieron convertirse en cabeza de las iglesias nacionales. En las monarquías que siguieron fieles a Roma se incrementó la injerencia del soberano en los asuntos eclesiásticos, aunque nunca llegó a afirmarse por completo, mientras que en los países en los que triunfó la Reforma se crearon iglesias nacionales, encabezadas por los monarcas correspondientes. En estos países, la afirmación de que la autoridad poseía un origen divino- que había sido apoyada decididamente tanto por Lutero como por Calvino- fue aceptada de buen grado y se transformó en la teoría del origen divino del poder real, que sirvió a los monarcas de la época para sustituir el poder de la Iglesia romana por el suyo propio.

En los siglos XVII y XVIII, se extendió por Europa, como un intento de frenar los horrores de las guerras religiosas que la asolaban, la doctrina que sostenía la existencia de un "derecho natural", conforme al cual el ser humano tenía que organizar su convivencia. Los pensadores cristianos partidarios de la existencia del derecho natural introdujeron una variación importante en la teoría del origen divino del poder. De afirmar que era Dios el que entregaba el poder al gobernante para que éste lo ejerciera en su nombre-teocracia-, pasaron a afirmar que Dios, al crear al ser humano como un ser social por naturaleza, era también el origen de la sociedad y de todo lo necesario para su existencia, como es la autoridad.

La autoridad civil podía, pues, ser elegida por los ciudadanos, pero el poder que poseía a partir del momento de su elección tenía su origen en Dios, ya que era Él quien había dispuesto que el ser humano solamente e pudiera realizar como tal viviendo en sociedad, y el que había dispuesto, asimismo, que tuviera que vivir gobernado por una autoridad. No era Dios, pues, el que gobernaba a través de las autoridades, aunque el poder de éstas proviniera de Él. La autoridad tenía su origen en Dios, pero de la misma manera que todas las demás realidades naturales tenían su origen en Él.

Entre los pensadores cristianos que defendieron esta teoría hubo dos posiciones diferentes: la de quienes sostenían que era Dios directamente el que otorgaba el poder al gobernante que había sido elegido por el pueblo, y la de quienes pensaban que dios instalaba primero la soberanía en el pueblo y que éste, después, se la otorgaba al gobernante al elegirle. Esta segunda posición fue considerada por algunos cristianos como un "juego de pelota" innecesario, peligros y contraproducente.

En el siglo XX, el Concilio Vaticano II, en su constitución Gaudium et Spes, en relación con este tema, se limitó simplemente a afirmar- en la línea de los defensores del derecho natural- que el poder político tiene su origen en Dios. En el número 74 dice: "Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejan a la libre designación de los ciudadanos".

Pero posiblemente, lo más interesante de este documento sea la separación que estableció entre la Iglesia y el Estado, a los que calificó de "comunidades" independientes y autónomas. En concreto afirmó en el número 76:"la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno". No obstante, esta separación de poderes- como siempre que la han mantenido los pensadores cristianos desde Agustín de Hipona- es una afirmación matizada, puesto que se señala a continuación que los ciudadanos están obligados a obedecer en conciencia a la autoridad cuando ésta legisle "dentro de los límites del orden moral para procurar el bien común", y la Iglesia puede "dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de las personas o la salvación de las almas...".

En esta misma dirección se encuentran las afirmaciones de Benedicto XVI en su primera encíclica Deus caritas est: "El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política. La Iglesia no puede ni debe emprender por cuenta propia la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado: pero tampoco debe quedarse al margen de la lucha por la justicia. Debe insertarse en ella a través de la argumentación racional y debe despertar las fuerzas espirituales, sin las cuales la justicia, que siempre exige renuncias, no puede afirmarse ni prosperar. La sociedad justa no puede ser obra de la Iglesia, sino de la política. No obstante, le interesa sobremanera trabajar por la justicia esforzándose por abrir la inteligencia y la voluntad a las exigencias del bien".

2. El origen del poder político en el Islam.

El Islam, por lo menos en sus interpretaciones más fundamentalistas, mantiene también una posición claramente teocrática con respecto a la autoridad: el poder político procede de Dios y el gobernante dirige la sociedad en su nombre. Se basa para ello en el único versículo del Corán que hace referencia al tema de poder y que dice. "obedeced a Dios, a su enviado y a los que ejercen su autoridad".

En Irán- uno de los Estados actuales que más se caracteriza por tatar de organizase políticamente en consonancia con la doctrina islámica- su Constitución dice, en el artículo 56: "La soberanía absoluta sobre el hombre y el universo pertenece a Dios y es Él quien hace al hombre soberano sobre su destino social. Nadie puede privar al ser humano de este derecho divino ni ejercerlo para beneficio de un individuo o de un grupo específico, pues el pueblo ejerce este derecho otorgado por Dios". El manantial de donde fluye la soberanía no es, pues, el pueblo, sino Dios que lo delega en los hombres para su ejercicio en la tierra.

Pero para el Islam- y éste es el aspecto más destacable de su doctrina y en el que, por lo menos en teoría, se diferencia más del cristianismo- no es sólo el poder de la autoridad el que proviene de Dios, sino que también proviene de Él la ley bajo la que tienen que vivir los hombres, ley que está revelada en el Corán.

La ley, el camino revelado por Dios ( Shari´ah) es el fundamento sobre el que se tienen que basar tanto la vida individual de las personas, como las estructuras de la sociedad y las leyes de los gobiernos islámicos. El ideal de sociedad islámica exige la integración de la religión en la esfera de lo político. El ejercicio del poder político no sólo se justifica y posee valor cuando es un instrumento para aplicar la ley islámica y para establecer el orden justo del Islam.

La voluntad popular crece de todo poder para originar el cuerpo de normas legales en los países del Islam pues es la voluntad de Alá, expresada a través del profeta Mahoma, y revelada en el Corán, la única capaz de legitimar la actuación de los gobiernos islámicos. Es cierto que el pueblo puede participar en la determinación de las personas que van a ser las autoridades gubernamentales, pero la función de éstas no es legislar, sino encargarse de que se cumpla la ley revelada por Dios. Alá es el único poder legislativo, el único que posee competencia para dictar leyes, hasta el punto que se puede afirmar que un gobierno es auténticamente islámico sólo cuando en él son las leyes divinas las que gobiernan a los hombres.

Además, hay que tener presente que la ley divina no sólo afecta al ámbito individual de la persona o al cómo debe ésta relacionarse con la divinidad; regula asimismo la vida colectiva de los hombres, la vida social de la comunidad. Se puede apreciar claramente esta omnipresencia de la ley divina en todas las dimensiones de la vida de los hombres en el artículo 4 de la Constitución iraní, cuando afirma: "todo lo civil, penal, financiero, económico, administrativo y cultural, debe estar basado en la ley islámica". También el llamado poder judicial ha de formarse y actuar de acuerdo con la ley islámica, como recuerda la misma Constitución en el artículo 61.

La relación entre Dios y el poder es, pues, tan fuerte en el Islam que se puede afirmar, sin ningún género de duda, que el estado islámico, no es otra cosa que el instrumento de que se sirve Alá para hacer realidad su voluntad sobre los hombres.

(AA.VV. Filosofía y Ciudadanía. Editorial Laberinto. Madrid. 2008).

La verdadera filosofía es la independencia del espíritu humano.

Autor: François-René De Chateaubriand

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