FUNDAMENTACIÓN FILOSÓFICA DEL CONCEPTO DE CIUDADANÍA

  1. 1.Contractualismo y ciudadanía.

La fundamentación filosófica del concepto de ciudadanía se produce durante los siglos XVII y XVIII con los pensadores contractualistas que sitúan en un contrato o pacto el origen de la sociedad. Al hacerlo, no están queriendo decir que el ser humano no sea social por naturaleza y que haya comenzado a vivir en sociedad en el momento de realizar el pacto; sus teorías son “ficciones”, “artificios intelectuales”, que utilizan para explicar que los seres humanos que componen la sociedad política son el centro de la misma, que es la sociedad la que la está al servicio de los ciudadanos y no al revés, que la autoridad sólo puede mandar a los ciudadanos en aquellos ámbitos en que éstos le hayan autorizado a hacerlo, al realizar el pacto.

Los contractualistas fundamentan con sus teorías tanto la ciudadanía como la democracia, y para entenderlas de manera adecuada, conviene contraponerlas con alguna de las teorías anteriores en las que se defendía todo lo contrario: que el ser humano estaba al servicio de la sociedad, que era más importante la sociedad que los individuos que la componían, y que la autoridad tenía como función gobernar sin intervención del cuerpo social, que estaba compuesto por súbditos.

Una de estas teorías fue la organicista, de Aristóteles, que sirvió como trasfondo a los esquemas políticos del mundo antiguo y medieval donde el que detentaba el poder lo hacía al margen de la voluntad de los súbditos a los que gobernaba.

  1. 2.El organicismo aristotélico.

Aristóteles afirma que el hombre es un ser social por naturaleza, entendiendo con ello que el hombre, por naturaleza, es un ser que necesita vivir en sociedad para realizarse como ser humano.

Apoya esta afirmación en el lenguaje. La existencia del lenguaje-teniendo en cuenta que la naturaleza no hace nada en vano- es un claro exponente del carácter social del hombre, puesto que sólo en el trato con los demás, en la comunicación, es donde se puede ejercitar. El lenguaje adquiere sentido en la comunicación y ésta es posible únicamente viviendo con los demás, no en soledad, en el aislamiento.

Mantiene, además, que la sociedad es un todo del que el individuo sólo es la última parte indivisible. El todo social es como un “organismo”, y el individuo es sólo como una de sus partes, y lo mismo que en los organismos existen unas partes que controlan y dirigen al resto, en la sociedad existen unas autoridades que dirigen y controlan el conjunto del cuerpo social.

El individuo no tiene posibilidad de existir sin estar entroncado en el organismo. El ser humano dejaría de ser humano si se le separara de la ciudad, lo mismo que una mano dejaría de ser mano si se la separara del brazo al que pertenece. Para Aristóteles, además, si un individuo es molesto, lo que hay que hacer es lo mismo que si en un organismo una parte amenaza al conjunto: prescindir de ella, eliminarla.

  1. 3.El contractualismo de Locke.

Posiblemente sea el contractualismo de Locke el que fundamenta la ciudadanía con más precisión y rigor.

Para llegar al contrato- hay que tener en cuenta que se trata de un artificio y no de un relato histórico- se parte de que el ser humano es libre y de que, en el estado de naturaleza, vive disfrutando libremente de sus derechos que son básicamente la vida, la libertad y la propiedad privada. Ahora bien, ¿por qué, si aislado de los demás vive bien se une a ellos mediante un contrato?, ¿por qué renuncia a alguno de sus derechos?, ¿qué espera conseguir al realizar el pacto?

El estado de naturaleza plantea, según Locke, un problema: cuando alguien lesiona los derechos de otro, el ofendido tiene derecho a castigarle, y ocurre que algunos lo hacen con dureza extrema mientras que otros castigan más benignamente. Existe, pues incertidumbre sobre cómo va a ser el castigo de los que no respetan los derechos de los demás. Es sobre todo para evitar esa incertidumbre para lo que se realiza el contrato y se comienza a vivir en sociedad. La autoridad que sale del pacto tiene como función salvaguardar la vida, la libertad y la propiedad privada de los ciudadanos- son derechos anteriores al pacto-y, además, actuar de juez imparcial en los litigios que puedan surgir cuando alguien no respete los derechos de otro.

¿Qué parte de su libertad ceden los individuos al gobernante, al que va a dirigir la sociedad? La que tiene que ver con las funciones que se le han dado en el pacto. Los gobernantes no tienen más que el poder que se les ha dado, el poder que les otorgan los que realizan el pacto. Este hecho se ve claramente cuando se atiende, por ejemplo, a la situación económica de los gobernantes. Para poder realizar sus tareas necesitan contar con una serie de recursos económicos. Pero, ¿cuáles son esos recursos? Los que apruebe el Parlamento, es decir, los recursos que los ciudadanos les quieran conceder.

Al margen de los poderes que reciben en el pacto los gobernantes no pueden atribuirse ningún otro. Y para que no tengan la tentación de hacerlo Locke propone la separación de poderes, e incluso sostiene que el pueblo puede cesar a sus gobernantes si éstos no cumplen sus funciones o intentan ir más allá de los poderes concedidos.

En esta elaboración intelectual se fundamenta la ciudadanía, Los componentes de la sociedad política dejan de ser súbditos, cuya única posibilidad es la de cumplir la ley que les impone la autoridad, para convertirse en ciudadanos que participan en la elaboración de las leyes, aunque sea a través de sus representantes, y que son todos iguales ante ellas, con los mismos derechos y las mismas obligaciones.

  1. 4.Ciudadanía y laicidad.

Aunque en la actualidad el concepto de laicidad está siendo criticado desde algunas instancias sobre todo religiosas, la laicidad es imprescindible para la existencia de una ciudadanía auténtica.

Su fundamentación, además, procede también del contractualismo y se puede apreciar claramente en el mismo Locke. Para este pensador liberal la ciudadanía se asienta sobre la libertad de conciencia. Luis Gómez Llorente, al comentar a Locke, afirma que la libertad de conciencia es la joya del concepto de ciudadanía. El gobernante no tiene ningún poder sobre la conciencia de los ciudadanos, no puede, en absoluto, decidir qué es la verdad o qué es la falsedad. Cuando Locke defiende estas ideas le importa sobre todo que el gobernante no pueda decidir sobre cuál es la religión verdadera, pues trata de evitar las guerras de religión que tanto daño estaban haciendo a Europa en la época. Por eso, en su famosa Carta sobre la tolerancia, de 1689, defiende que el gobernante no tiene, ni puede tener, ningún poder de control sobre la conciencia de los ciudadanos. Nadie le ha dado ese poder. Al gobernante sólo se le ha dado poder para defender los derechos de las personas y para impartir justicia, pero no para decirles cómo tienen que pensar o cómo tiene que vivir, mientras respeten las formas de vivir de los demás.

Y la libertad de conciencia y la laicidad se exigen mutuamente. La laicidad entendida, así lo hace, por ejemplo, Salvador Pániker, como una estrategia cívico- política para establecer un poder al servicio de los ciudadanos personalmente considerados y en su condición de tales y no en función de su identidad nacional, étnica, de clase o religiosa, es una exigencia de la libertad de conciencia y la única forma posible de respetarla.

Otra cosa diferente es la laicidad si se entiende como una posición filosófica, ligada al ateísmo o al agnosticismo, y crítica con las opciones religiosas y con las “sacralizaciones” de un mundo que para esas posiciones es profano. Esa laicidad sí que puede ser criticada desde posiciones filosóficas diferentes, pero no es a ella a la que se está haciendo referencia.

Cuando se habla de la laicidad como condición indispensable de la ciudadanía se habla no de esa laicidad, sino de una laicidad que no es sino una regla de convivencia democrática, una estrategia para la libertad, y, por tanto, estrictamente neutral en términos metafísicos.

Esta laicidad pide al poder político que respete la libertad de conciencia de todos los ciudadanos, que a la hora de legislar no lo haga desde posiciones filosóficas o morales ligadas a un determinada visión del mundo, que respete las creencias religiosas `personales o sociales, pero también aquellas que no lo son.

Es la laicidad que defiende Norberto Bobbio cuando al hablar de ella dice: El espíritu laico no es en sí mismo una nueva cultura, sino la condición para la convivencia de todas las posibles culturas. La laicidad expresa más bien un método que un contenido.

(AA. VV. Filosofía y Ciudadanía. 1º Bachillerato. Editorial Laberinto.2008)

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