CIUDADANÍA Y EDUCACIÓN CÍVICA

Podemos definir la ciudadanía como una relación entre un individuo y una comunidad política, pero también como una manera de relacionarse con los demás, basada en principios y valores morales. Ambas interpretaciones de la ciudadanía están relacionadas y ambas se educan y aprenden en sociedad. Desde este punto de vista, la ciudadanía aparece como un proceso a través del cual la persona va elaborando la conciencia de su pertenencia a la comunidad, aprende valores y normas que posibilitan la convivencia y hace suyos los intereses de la comunidad. La ciudadanía, pues, pasa de ser un simple estatus a convertirse un una “práctica” de participación y responsabilidad.

La ciudadanía y los comportamientos asociados se aprenden y se pueden mejorar a partir de la socialización y la educación, ya que, abandonada a sus tendencias naturales, la persona no crece moralmente ni adquiere por sí solas las virtudes del civismo. La moralidad es una construcción cultural y la educación cívica es una empresa social que practican todos los pueblos desde el inicio de la historia.

Aquí afirmamos que la ciudadanía se educa y se aprende a través del proceso de socialización y que, en este terreno, el papel de la sociedad civil (familia, escuela, grupos de amigos…) tiene un papel fundamental. “La verdadera ciudadanía- escribe Federico Mayor Zaragoza- se aprende y se experimenta con los vecinos, con la familia, en el trabajo, en la vida asociativa y, por supuestos, en la escuela, y siempre a través del ejercicio cotidiano de nuestros derechos y deberes”. En este sentido, la sociedad civil es una verdadera escuela de civilidad.

Educar en los valores cívicos significa conseguir que las personas los hagan suyos y los pongan en práctica. Como dice Victoria Camps (1941), “el objetivo es conseguir que el civismo acabe siendo parte de la naturaleza de la persona. Que aquello que en principio se hace por obligación, se cabe haciendo por gusto”.

(Martínez L, Montaner P y Sanllehí J. Filosofía y Ciudadanía. Bachillerato. Editorial Almadraba. Madrid. 2008)

Quien no quiere pensar es un fanático; quien no puede pensar, es un idiota; quien no osa pensar es un cobarde.

Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.

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