MARX Y LA CIUDADANÍA

  1. 1.LA CRÍTICA MARXIANA DE LA CIUDADANÍA CAPITALISTA: EXPLOTACIÓN, PROPIEDAD PRIVADA Y LUCHA DE CLASES.

Marx asume el espíritu crítico de la filosofía alemana que madurara con Kant, pero poniéndolo en práctica más allá de la racionalista, desapasionada y pasiva contemplación de las circunstancias. No basta con constatar y denunciar la injusticia, hay que poner en marcha los mecanismos de su eliminación. Con ello se lleva la crítica mucho más lejos de lo que lo hiciera Kant, se es con ella más radical y, por eso mismo, más filósofo. La filosofía crítica de Kant no había sabido ir más allá de la formulación de normas excesivamente abstractas para lo que debe ser, sin preocuparse de lo que realmente es- por no hablar de la reflexión de Hegel que se limita a santificar el Estado racional prusiano como culminación de la historia y a bendecirse a sí mismo como pensamiento oficial definitivo. Sin embargo, lo que realmente es, lo que de verdad ocurre- no sólo en tiempos de Marx- es que el hombre es un lobo para el hombre, la historia de la humanidad se reduce a una lucha de clases incesante que siempre ha tenido por resultado una clase dominante y explotadora y una clase dominada y explotada. El fin de esta lucha no es otro sino la apropiación del mayor número posible de bienes, esto es, la maximización de la propiedad privada.

Lo que en época de Marx es lucha de burgueses contra proletarios, después de haberse unido para derrocar a la clase monárquico-aristocrática, fue en el pasado el enfrentamiento entre hombres libres contra esclavos, patricios contra plebeyos, maestros contra oficiales, etc. Que unas luchas se conviertan en otras, que cambien los actores pero no la estructura del combate mismo, se debe a determinados cambios de la base material del proceso, del sistema de producción de bienes. Así, el descubrimiento de América tuvo como consecuencia la ampliación del comercio y los mercados y trajo consigo el lógico aumento de la producción, de modo que los talleres de manufactura del período anterior, ahora insuficientes, se vieron sustituidos por la producción industrial, por la gran industria, con sus grandes magnates y un mercado de alcance mundial. Se trata, pues, de elementos que se retroalimentan: una mayor industria implica un mayor comercio y viceversa: una demanda mayor exige el aumento de la industria y la producción. La distribución de los grupos de poder- clase dominante y clase dominada- es, a su vez, un subproducto de estos cambios y el conjunto de ideas que los bendice- la ideología – también. La revolución burguesa capitalista aniquila el sistema feudal de producción, su distribución de poderes y su ideología. Ahora se impone el dinero, el capital, la libertad absoluta del comercio, la maximización del beneficio sobre la base de una explotación descarada. La realidad s mercantiliza, se convierte en mercancía susceptible de ponerse en venta. Todo se contempla desde el prisma del dinero, el trabajo es asalariado, se reduce a producir dinero, no es una actividad creativa, sino un objeto a vender. El obrero recibe muchísimo menor de lo que produce: de lo que se trata es de maximizar la producción y el beneficio por doquier. El tan cacareado universalismo cultural, el cosmopolitismo, la globalización no son sino ecos del verdadero universalismo, que no es otro que el del mercado, el del negocio, el de la explotación. Se enmascara esta realidad con término engañosos como los de la civilización frente al atraso, la gran ciudad frente al campo.

Sin embargo, como siempre ocurrió en el pasado, el proceso de lucha de clases y de dominio y explotación de una sobre la otra lleva dentro de sí la bomba que la hará estallar y producir un nuevo sistema de cosas, su contradicción interna la convierte en insostenible. El sistema capitalista de producción tiende a una progresiva e imparable aglomeración y acumulación de bienes en manos de unos pocos: cada vez son menos los que más tienen y más los que comparativamente apenas tienen nada. Al final, las fuerzas productivas, la creciente mano de obra barata o directamente en paro, el proletariado se tiene que rebelar necesariamente contra el sistema de producción capitalista. Sistema que además de la contradicción acabada de señalar, entraña otro gran defecto de fábrica, a saber: sus crisis comerciales cíclicas. Se trata de un fenómeno nunca antes visto: la superproducción, no la escasez de bienes, puede conducir a enormes depresiones económicas, un aumento exponencial e la miseria en el mundo, esto es, la gente se moriría de hambre por la abundancia. Tales crisis el capitalismo las soluciona de un modo que podríamos denominar homeopático, es decir, aplicando más de lo mismo: reduciendo costes, despidiendo obreros en masa, ampliando mercados y explotando más los existentes. Con ello el capitalismo se cava eficaz su propia tumba, pues las soluciones presentes se volverán contra él en el futuro agravadas considerablemente.

La receta que Marx propone para acabar con semejante estado de cosas es la acción unitaria del proletariado que, al grito de guerra “Proletarios de todos los países, uníos”, debe derrocar a la burguesía capitalista , instaurando la denominada dictadura del proletariado en la que la propiedad privada, origen de todos los males, queda abolida. Se trata, en cualquier caso, de una fase de transición que debe conducir finalmente a una sociedad sin clases. Los proletarios no tienen nada que perder, pues nada tienen, y defienden además el interés de la mayoría pues son mayoritarios. Si siendo los que más trabajan, son los que menos poseen, ello sólo puede ser porque “toda propiedad es un robo” y ha de ser eliminada mediante la instauración de un sistema comunista. No obstante, esta eliminación ha de entenderse bien y no mediante una caricaturización de la misma: no se trata de abolir la propiedad privada en general, sino la “abolición de la propiedad burguesa”, del régimen burgués de propiedad privada en la medida en que reposa sobre un sistema económico de explotación. La propiedad ha de convertirse en colectiva- en el capitalismo pasa a ser un ente abstracto en las supuestas manos de unos pocos que no sirve a más fin que el de autoacrecentarse-, en algo al alcance y dominio del individuo que se reinvierte en “dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero”. Se pretende con ello colocar al hombre concreto, al individuo, en el centro, no sólo por encima sino al mando de las estructuras. El hombre- recuérdese a Kant- es un fin en sí mismo que no puede ser utilizado como medio: el sistema de propiedad privada burguesa y su cultura de explotación, sin embargo, han convertido al ser humano en un mero instrumento, en un medio, en un simple mecanismo del engranaje que sirve a intereses ajenos a la naturaleza humana, que hace sentirse alienado, enajenado al obrero en su trabajo.

  1. 2.LA CIUDADANÍA ALIENADA EN EL TRABAJO.

Al formular este concepto trabajo alienado o alienación en el trabajo, Marx tiene muy presente las condiciones infrahumanas de los trabajadores durante la revolución industrial, que son por otra parte las características de los periodos de capitalismo salvaje.

Que el ser humano se sienta alienado, enajenado en el trabajo, significa que se siente extraño, ajeno trabajando, que no se reconoce en el trabajo que realiza, que no encuentra su naturaleza expresada en esta actividad. Ello es así, porque para empezar se le explota económicamente: el trabajador crea un producto y recibe a cambio un salario muy inferior al valor de lo por él producido. El hombre, que es un ser naturalmente creador, no puede reconocerse en una obra que se le enajena. Tampoco puede reconocerse en el acto mismo de la producción, que no es un acto libre, creativo, que no le pertenece, sino que es propiedad también del patrón que le paga. El hombre es por ello infeliz en el trabajo, no se reconoce a sí mismo trabajando, sino “fuera de sí”, sólo fuera del trabajo puede reconocerse como ser humano. De lo que se trataría, pues, es de abolir este trabajo enajenado en una sociedad ideal sin propiedad privada ni clases, en la que cada individuo pueda dedicarse al libre desarrollo de sus potencialidades, esto es, en la que consiga establecer una especie de identidad trabajo=creación=ocio=juego, es decir: una situación en la que el trabajo produce placer, recrea, de modo que el trabajador pueda identificarse con lo que produce y con el acto de su producción.

  1. 3.EL PAPEL ENCUBRIDOR DE LA IDEOLOGÍA.

Contemporáneamente, el término ideología ha acabado designando el conjunto de ideas y convicciones políticas de un individuo o grupo. A veces se incluye en él la nota de subjetivismo, partidismo, pero ha perdido en la mayoría de los casos el regusto a ficción, ilusión, interés particular que se quiere vender como universal propio del concepto marxiano de ideología.

El núcleo del concepto de ideología o ideologización de la realidad es de raigambre hegeliana, si bien procede de la crítica que someterán al sistema de maestro los denominados jóvenes hegelianos desde su ala izquierda: sobre todo F. Strauss y L. Feuerbach. En su Vida de Jesús (1835), obra que influirá   decisivamente en Nietzsche, Strauss analiza la religión cristiana y la reduce a historia, filosofía y mito. Lo que en los Evangelios no es elato de hechos históricamente acaecidos o expresión de determinadas ideas filosóficas, es mito, esto es, proyección en imágenes o símbolos, con forma de relato más o menos maravilloso-plagado de milagros-, de ideas básicas de un pueblo o sociedad en un determinado período histórico. Aparecen aquí ya apuntes del concepto marxiano de ideología que completará Feuerbach añadiendo que la proyección es inconsciente- los lo que ejecutan no tienen verdadera conciencia de que lo están haciendo- e interesada. Strauss insiste ya en el carácter humano de lo divino, muy patente en el Dios cristiano que se hace hombre, esto es, que es Dios y hombre al mismo tiempo. En la línea de Hume (de sus Diálogos e Historia natural de la religión), Feuerbach convierte a la divinidad en un simple constructo humano, una proyección de anhelos, temores y deseos, que debe servirle, pero que al final le oprime mediante la religión. Feuerbach ha visto también correctamente que, al proyectarse el hombre en lo divino y acabar no reconociendo su proyección, al olvidar el carácter ficticio de lo proyectado, se enajena, se aliena, se convierte un extraño para sí mismo. Sin embargo, para Marx, Feuerbach no ha ido lo suficientemente lejos con su crítica, se ha quedado a medias, pues carácter ideológico posee no sólo la religión, sino también la filosofía, el derecho y, según interpretaciones, hasta la misma ciencia.

Desde el prisma marxiano, la ideología aparece así como un conjunto de ideas de naturaleza divina- religiosas, políticas, jurídicas y hasta científicas- de carácter subjetivo, a pesar de presentarse revestidas con el halo de objetividad, e interesado. El carácter interesado de la ideología presenta una doble cara: por un lado, defiende terminados intereses de clase, por tanto intereses particulares, como si constituyeran el interés universal, por otro lado, justifica- explica, santifica, bendice, confirma, etc.-la situación reinante- que es siempre la dominación y explotación de una clase mayoritaria por parte de otra minoritaria- y constituye por tanto siempre un freno a toda propuesta de cambio o progreso. La ideología, en tanto que cobertura superestructural, está determinada por las condiciones materiales de producción (y explotación) y su función no es otra que defender este núcleo económico de cualquier tipo de ataque).

Aparte de los más conocidos análisis marxianos en clave ideológica de la religión, en los que ésta aparece fomentando-en interés de la clase dirigente- la resignación y la humildad ante las miserias e injusticias del mundo, adormeciendo las conciencias y enajenando al ser humano al situar en otro mundo la esencia de su existencia, resultan muy brillantes, actuales y en gran parte asumidos sus diagnósticos sobre los encubrimientos ideológicos operador por conceptos tan generalizados como los de familia, educación y cultura. Así, por ejemplo, la familia tradicional burguesa se vende como algo esencial al ser humano y, sin embargo, su verdadero fundamento es el interés explotador capitalista: el compromiso familiar fuerza la disposición a trabajar del obrero- le da estabilidad, esto es, continuidad en su papel de esclavo explotado-, le obliga a aceptar puestos mal pagados para sacar a su familia adelante, lo atenaza de por vida en una sangrante hipoteca que le facilite el techo, el hogar familiar-además del patrono, ahora lo explota el banco-, hogar familiar y familia de los que no disfruta pues se pasa el día fuera trabajando; con sus retoños no hace sino suministrar futura mano de obra asalariada que repetirá el esquema- más carnaza para el engranaje. Por si esto fuera poco, hace uso de la prostitución que, con oportuna doble moral ideológica, se interpreta como contribución a la buena marcha del matrimonio, pues de algún modo ha de satisfacer unos impulsos irrefrenables propios y característicos del macho trabajador. Educación y cultura en su descarado papel ideologizante refuerzan estos esquemas, lo que interesa sólo a unos pocos lo presentan como interés general y preparan a los hombres incipientes- desde la más temprana escuela introduciéndoles, inculcándoles, el oportuno programa de ordenador- para que luego repitan el esquema sin fricciones: una educación lograda es aquélla que ha sabido convertir en deseado ideal, convenientemente encubierto, este esquema explotador. La cultura- la filosofía, la política, el arte, los medios de comunicación- se limitan a reforzar el esquema presentando modelos positivos a imitar y toda crítica como ejemplo de resentimiento.

(González Ruiz A. y González Ruiz F. Filosofía y ciudadanía. 1º Bachillerato. Editorial Akal.2008)

La filosofía responde a la necesidad de hacernos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida.

Autor: Miguel Unamuno

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