LAS DOS CIUDADES DE SAN AGUSTÍN

Parece que la toma por parte de los godos, al mando de Alarico, de la ciudad de Roma el 24 de agosto del 410, y su posterior saqueo y quema motivó decisivamente la reflexión agustiniana sobre política e historia. La caída de Roma se interpreta pronto como un signo de debilidad, de importancia del nuevo dios cristiano representado por esta ciudad, que habría caído en des-gracia, cosa que supuestamente no ocurría cuando la ciudad eterna se encontraba al amparo de los viejos dioses.
El obispo de Hipona sale en defensa de la religión nueva desmontando primero la incorrección del argumento histórico: Roma se vio vencida ya en otras ocasiones cuando la “defendían” dioses paganos (salió derrotada frente a los galos, en las guerras púnicas, contra los persas, etc.). De manera que el saqueo de Roma ha de deberse a una causa diferente: más bien tiene que ver con un modo de vida desacorde con el cristianismo. A la actual, caduca y pervertida Roma, una auténtica ciudad del diablo, le enfrenta san Agustín el modelo de la ciudad perfecta, ideal, la ciudad de Dios. Lo distintivo de estas dos ciudades es el afán que mueve a los hombres que las componen: en una, se trata de seres que quieren vivir “en pos de la carne”, en la otra, de seres que quieren vivir “de acuerdo con el espíritu”. Estos dos tipos de afanes se corresponden con dos tipos de amor: en el primer caso, se trata del amor propio        (amor sui) egoísta que conduce al desprecio de Dios, en el segundo, del amor de Dios (amor dei) que puede llevar incluso al desprecio de sí mismo, al olvido de sí. Sólo el segundo puede constituir una verdadera sociedad, que se basa siempre en un amor compartido. El amor de Dios compartido se expresa socialmente, en clave cristiana, en la humildad( humilitas) por la que puede decirse que el amor ocupa el lugar que verdaderamente le corresponde dentro del todo: por eso puede decirse que el amor verdadero es un amor ordenado, en el doble sentido de que ama correctamente, en su justa medida, lo que debe ser amado y, además, produce orden, orden social. A él se opone el amor desordenado, desproporcionado, el amor propio soberbio, la soberbia (superbia) misma que no puede instaurar más que el caos del egoísmo, en el que cada cual, siguiendo más su propio interés que el de la comunidad, el del todo, busca ocupar un lugar que no le corresponde.
De este modo, aparecen claras y enfrentadas la ciudad de Dios(civitas dei) y la ciudad del diablo( civitas diaboli) que, en clara oposición al maniqueísmo, no es un tipo de ciudad que exista independientemente, sino que supone sólo una privación, en este caso un distanciamiento del ideal, de la ciudad de Dios. Tampoco a lo largo de la historia de la humanidad se ha dado ninguna de ellas de forma pura, sino siempre entremezcladas. De lo que se trata es de que, una vez establecido el ideal como meta, el hombre se afane por conseguirlo. Huelga decir que para san Agustín la Iglesia es el modelo del amor a Dios, de la ciudad de Dios y el único lugar donde ésta puede realizarse: de manera que sus reflexiones, estrictamente tomadas, son más propias de una Teología de la historia que de una Filosofía de la historia; si bien el interés social-filosófico se hace patente tan pronto como, conscientes del giro o desplazamiento semántico( es el proceso por el que cambian de significado diferentes conceptos. Se produce, por ejemplo, en las revoluciones científicas cuando los mismos términos adquieren un sentido nuevo. Aplicado a la interpretación de sistemas de pensamiento, sirve para entenderlos mejor y aproximarlos más a la problemática contemporánea) característico de la Filosofía medieval, donde se dice “Dios• entendemos “comunidad, sociedad”. Así, la ciudad de Dios no es sino una comunidad de seres humanos que comparten intereses, a saber, un genérico bien común, que puede concretarse en la paz social, duradera, el bienestar, la felicidad, que son más fáciles de alcanzar cuando cada uno ocupa su puesto y se unen fuerzas en pos de una meta común.
1.1.    La paz como meta.
La actualidad de esta Teología de la historia es enorme si se piensa que se adelantan en ella ideas que ocuparán a destacados filósofos posteriores. Kant en el siglo XVIII en sustanciosos ensayos como “Idea de una historia universal en sentido cosmopolita o Para la paz perpetua” plantea, con carácter normativo, el devenir de la historia como un esfuerzo colectivo mundial en pos de una paz duradera. También san Agustín considera la paz- que define como “el reposo del orden de todas las cosas”- el fin supremo no alcanzable completamente en esta vida. Coincide en ello, si bien la interpretación es completamente diferente, con el diagnóstico de Kant, que en un mundo-también el suyo- que garantiza la paz mediante la carrera armamentística y la basa más en el temor que en el amor al otro, no veía otra paz perpetua que la de los cementerios.
Actualidad de la política de san Agustín.
La Filosofía (Teología ) de la historia de san Agustín, como proceso tendente a la consecución de una meta, la paz, no alcanzable en este mundo, habría experimentado un muy reciente reverdecer con las tesis, por lo demás fluctuantes, de Fukuyama: primero de un final de la historia, al que ya habríamos asistido; para pasar después a la- más verosímil- postura de un final aún no alcanzado, en la medida en que ni ciencia ni tecnología habrían llegado a su fin y ulteriores cambios en estos ámbitos no podrán dejar de tener consecuencias- insospechadas- en el futuro devenir de la historia. Curiosamente, en su carta 197 ya se había manifestado san Agustín en contra de la previsibilidad del final de la historia: tesis, dicho sea de paso, que también defenderá Popper en el siglo XX.
La actualidad del pensamiento político de san Agustín crece, sin embargo, exponencialmente su desactivando el giro semántico hacia lo religioso característico de la Filosofía medieval, e interpretando entonces los conceptos con cierta libertad en la letra, pero no así en el espíritu, nos encontramos, por ejemplo, con que la existencia del mal, de los “malos”, como consecuencia necesaria del bien que es la libertad humana, sería equiparable a la existencia para la sociología contemporánea de grupos “desviados”, “antisociales”, “rebeldes”, “outsiders” imprescindibles en la medida en que cumplen una determinada función positiva- “funcionalismo  sociológico”- dentro de la estructura social: ya sea como voz de alarma, como válvula de escape retroalimentadora del orden o como fuente de cambio- mejora- social.
También la ciudad ideal basada en el amor a Dios cabe interpretarla desde parámetros contemporáneos si releemos el concepto de amor como fuerza integradora, constructiva que fomenta la identidad y la interdependencia sociales, esto es, el amor a Dios significaría amor al grupo, al bien común, a la sociedad, en la actual- en la medida en que ocupo un lugar, un puesto, cumplo una función, adquiero una identidad-, me integro. El amor al bien común- a Dios- acaba instaurando y garantizando el orden. De modo que amor y orden se coimplica, coimplicación que san Agustín expresa como “amor correctamente ordenado”.
 (González Ruiz A. y González Ruiz F. Filosofía y ciudadanía. 1º Bachillerato. Editorial Akal.2008)

No hay ninguna filosofía de la vida que un hombre razonable no pueda fundamentar de manera convincente.

Autor: Leszek Kolakowski

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