UN REPASO A LA EDUCACIÓN ÉTICO-CÍVICA

FELICIDAD, DEBER Y LIBERTAD

Cuando se parte de la convicción de que sin el deber no podríamos sabernos libres, debemos admitir que la ética, al investigar la libertad, investiga necesariamente el deber.

Se dice en algunos manuales que el deber es el punto de vista de las “éticas del deber” (como la kantiana), pero no de las “éticas del bien” (como la de Aristóteles). Eso es sencillamente falso. Sin esa especie de misterio por el cual nos sabemos “obligados a ser libres”, ni Aristóteles, ni Kant, ni ningún filósofo de la historia de la filosofía se habría molestado en pensar sobre el comportamiento de los seres humanos. Las “éticas del bien”, se dice, son las que se interesan por lo que hace feliz al ser humano y por el modo de alcanzar la felicidad. Si ésa hubiese sido la tarea de Aristóteles, su ética sería una especie de gigantesco manual de autoayuda. Todo el mundo quiere ser feliz. Ése es el máximo bien que persigue el ser humano. Si la tarea de la ética fuera buscar las normas necesarias para alcanzar ese bien al que llamamos “felicidad”, la ética nunca nos obligaría a nada, sencillamente nos daría consejos. Todo el mundo quiere ser feliz, sin duda, pero nadie está obligado a serlo. Si hubiera una receta para ser feliz, ya sea, por ejemplo, buscar el placer, o creer en Dios, o ser vegetariano, sería estúpido no seguirla. Se podría decir que es muy conveniente seguir esa receta, incluso que esa receta es imprescindible para ser feliz. Pero no que seguir esa receta sea un deber. Cuando dices que algo es un deber, dices algo más que cuando dices que algo es imprescindible o sumamente conveniente. Ese “algo más” es el que interesó a la filosofía a lo largo de toda su historia.

En particular, a la filosofía le interesó el hecho de que ese “algo más” pretendiera elevarse, en ocasiones, sobre lo que mandan los amos más poderosos o los preceptos religiosos más enquistados en la tradición. Ese “algo más” que se esconde tras la idea de deber no es otra cosa que la libertad. Una persona que quiere ser feliz sigue determinadas recetas. Y aunque estas recetas, en ocasiones, parezcan muy sublimes, no por eso dejan de ser recetas. Si alguien, por ejemplo, no dice mentiras porque quiere salvar su alma, ir al Cielo y gozar ahí de la felicidad de la vida eterna está, sin más, siguiendo una receta para ser feliz. Lo mismo que si alguien miente porque cree que es el dinero el que da la felicidad, y piensa que eso le reportará ganancias. Ni uno ni otro se están planteando que la mentira es intolerable. Para el primero, decir la verdad es lo conveniente, para el segundo es conveniente mentir. Ni el uno ni el otro hacen justicia al hecho de que estemos obligados a decir la verdad. Los dos están buscando, sencillamente, lo conveniente, lo que consideran imprescindible para ser feliz. Pero, por muy imprescindible que sea algo, no por eso llega a ser un deber.

Cuando experimentamos de verdad que algo es nuestro deber, es como si una voz absoluta y necesaria se introdujera en nuestra vida con mucha más autoridad que cualquier otra autoridad, con mucha más fuerza que todas las fuerzas que empujan en uno u otro sentido nuestra voluntad. Para ilustrarlo podemos pararnos a reflexionar sobre este ejemplo que pone Kant:

“Suponed que alguien, a propósito de su inclinación al placer, pretende que, cundo se dan el objeto amado y la ocasión de alcanzarlo, esa inclinación es para él totalmente irresistible; preguntadle entonces si se erigiera un patíbulo delante de la casa donde él encuentra esa ocasión, para colgarlo inmediatamente después de haber gozado de ese placer, si no domeñaría su inclinación. No hace falta mucho tiempo para adivinar lo que contestaría. Pero preguntadle si, de pedirle su príncipe, bajo amenaza de la misma pena de muerte sin demora, que deponga un falso testimonio contra un hombre honrado cuya perdición busca el príncipe bajo pretextos aparentes, preguntadle si entonces, por grande que pueda ser su amor por la vida, no lo tendrá por superable. Si lo haría o no, no se atreverá quizá a asegurarlo; pero que es posible para él tiene que concederlo sin reparos. Él juzga, pues, que puede algo por esto: porque es consciente de que debe, y conoce en sí la libertad que de lo contrario, sin la ley moral, permanecería desconocida para él”.

Sabemos que somos libres porque somos conscientes de que hay ciertas cosas que debemos hacer. Sabemos que no debemos levantar falsos testimonio contra un inocente ni siquiera si nos amenazan con el patíbulo o si no prometen, a cambio de hacerlo, la riqueza, la gloria o la felicidad. Y como sabemos que no debemos hacer eso, sabemos que podemos no hacerlo. Es por eso, por tanto, por lo que estamos seguros de que somos libres.

Hay veces, en efecto, que sabemos cuál es nuestro deber, con una extraña certeza. Y ello independientemente de que nos convenga o no, independientemente de que sea bueno o no para alcanzar la felicidad. Independientemente, también- y esto es lo más interesante-, de que la autoridad de la tradición, de nuestra religión, de nuestros jefes, de nuestros padres, de nuestras autoridades, nos diga lo mismo u otra cosa. Sabemos cuál es nuestro deber y punto. Los antropólogos, los sociólogos, los historiadores de las religiones estudian las distintas morales que puede tener el ser humanos. Los seres humanos, en virtud de su pertenencia a una determinada patria, a una determinada tradición, a una determinada religión, a una determinada cultura, creen que sus deberes son éstos o los de más allá. Ahora bien, los seres humanos no pueden evitar que, al mismo tiempo que les habla la voz de su tradición o de su cultura, les hable también la voz de la razón. Al mismo tiempo que hacen esto o lo otros porque es lo que manda hacer su tradición, su religión o su cultura, la razón les manda también, a veces lo mismo y a veces otra cosa.

Los seres humanos siempre han nacido aquí o allí, entre ciertas costumbres y ciertas creencias. Pero, al mismo tiempo, son también seres racionales. Y por eso mismo, en el fondo de su alma, saben que no dependen enteramente de su cultura o de su religión. En el fondo, saben que son libres. Y que un ser libre no debe obedecer más que a lo que le dicta la razón. Porque la razón, en ese sentido, no es más que la gramática de la libertad. Es más: sólo por la experiencia de ese “deber” que experimentamos en el fondo de nuestro ser y que nos habla con más autoridad que la voz de nuestros padres, de nuestro gobierno, de nuestra religión, con más autoridad que cualquier rey o que cualquier sacerdote, sólo en virtud de esa experiencia es por lo que nos sentimos y nos sabemos libres. Pues ese deber nos dice, ante todo, que estamos por encima de cualquier autoridad, por muy sagrada que se pretenda.

Así pues, sin la experiencia del “deber” no habría experiencia de la “libertad” y, por lo tanto, la ética no sería cosa de la filosofía. Y como ese “deber” habla a veces incluso contra la autoridad de las costumbres, de la tradición, de los dioses de una determinada religión, es absurdo pretender que puede haber, desde el punto de vista de la filosofía, una diversidad de morales. Los filósofos nunca reconocen que pueda haber morales distintas. Si la diversidad de morales fuera la última palabra para la ética, el comportamiento humano lo estudiarían, como decimos, los antropólogos, los sociólogos, los historiadores, no los filósofos.

ÉTICAS DEL BIEN Y ÉTICAS DEL DEBER.

Algunas historias de la filosofía muy mediocres llaman “éticas del bien”- en contraposición a las “éticas del deber”- a unas especies de manuales de instrucciones para ser feliz. Y lo peor es que pretendan meter en ese saco a filósofos tan importantes como Aristóteles. Es cierto que el camino que sigue Aristóteles para la investigación del fenómeno moral es muy distinto que el de Kant. Pero sus conclusiones no son tan distintas. Ni Kant aceptaría estar defendiendo una ética del deber frente a Aristóteles, ni éste aceptaría estar defendiendo una ética del bien frente a Kant. Es verdad, sin duda, que Kant habla sobre todo del deber. Y es verdad que Aristóteles habla sobre todo de la felicidad, que es, entre todos los bienes que perseguimos, el único bien que perseguimos por sí mismo, el único fin que no es un medio para conseguir otros fines. Pero ambos se toman el problema mucho más en serio de lo que hacen los manuales cuando hablan sobre ellos.

Tanto Aristóteles como Kant se hacen cargo de un problema que ya estaba perfectamente delineado en Sócrates. Quien satisface sus deseos se siente feliz. Quien cumple con su deber se siente digno. Es ridículo pretender que Aristóteles aconsejaba seguir el primer camino y Kant el segundo. Por el contario, todo lo interesante del asunto reside en que para un ser racional los dos caminos no son tan obviamente distintos como podría parecer.

Esto es hasta tal punto así, que muchos hombres son capaces de sacrificar su vida entera con tal de no perder la dignidad. Esto está en la raíz de todas las aparentes paradojas en las que Sócrates hace desembocar a sus interlocutores. Sócrates no cesa de interrogarles hasta que acaban por reconocer cosas aparentemente absurdas, como que es mejor sufrir injusticia que cometerla, que es mejor ser la víctima que el asesino, que es más feliz el más miserable de los súbditos que el más opulento de los tiranos. Sin estas paradojas no hay ética alguna para la historia de la filosofía (en cierto sentido se podría decir que ni siquiera habría historia de la filosofía).

ARISTÓTELES ANTE LA PARADOJA SOCRÁTICA.

Pero, ¿qué es lo que se esconde en esas socráticas paradojas? Que el ser humano no quiere ser feliz a costa de su dignidad. Que antes que ser feliz sin dignidad prefiere llamar felicidad al hecho mismo de ser digno. Esto, ciertamente, supone forzar un poco el sentido de las palabras: supone distinguir entre una apariencia de felicidad y una verdadera felicidad. El problema de intentar escapar de la paradoja por este camino es que esa “apariencia de felicidad” podríamos decir que se parece mucho a la felicidad, mientras que la “verdadera felicidad” no se parece en nada: en muchos casos se parece, más bien, a la vida más desgraciada del mundo. Es por eso por lo que algunos interlocutores de Sócrates se sentían irritados al llegar a este punto y tildaban de “ridícula” la conclusión: es ridículo pretender que el tirano es más infeliz que sus víctimas.

Sin embargo, es un hecho que muchos seres humanos- los que nos parecen, además, más dignos de respeto y admiración, más dignos de ser imitados-prefieren esa desgraciada condición antes que la promesa de la felicidad más completa, cuando ésta comporta la pérdida de la dignidad. Y en esa preferencia se demuestra que la aspiración a la felicidad no es el techo de todas las aspiraciones humanas.

El ansia de dignidad es, en efecto, la marca que deja la razón en los quehaceres y las aspiraciones humanas. A un ser racional-podríamos decir- no le basta la felicidad para ser feliz. Es por eso por lo que Aristóteles n se limita a decir que debemos ser felices. Muy al contrario, en él encontramos textos que podría perfectamente haber firmado Kant. Aristóteles, más bien, tensa al máximo la paradoja. Tras explicarnos en qué consiste la felicidad del ser humano, nos dice que al hombre le corresponde ser feliz en tanto que racional y no en tanto que humano. La forma en la que Aristóteles lleva la paradoja al límite es impresionante. Nos llega a decir que si el ser humano decide vivir humanamente, eso sería tanto como “elegir la vida de otros”.

Los seres humanos son, además, de humanos, racionales. Una vida conforme a la razón- nos dice Aristóteles- seria una vida superior a la humana, sería una vida semejante a la de los dioses. Algunos- continúa diciendo- nos aconsejan pensar humanamente, puesto que somos seres humanos, pensar como mortales, puesto que mortales somos…Pero en tanto que somos racionales, sabemos que hay algo en nosotros que no es simplemente humano o mortal. Nuestro deber es intentar “inmortalizarnos” y vivir conforme a lo más divino que hay en nosotros: la razón. Y puesto que somos seres racionales, concluye Aristóteles, sólo eso podrá hacernos realmente felices. Al ser humano, una felicidad meramente humana podríamos decir que siempre le sabría a poco.

Sin esta paradoja-perfectamente planteada, como decimos, por Sócrates-la mora no sería cosa de filósofos, sino de antropólogos o sociólogos. La paradoja consiste en que haya un punto de vista en que el bien y el deber no puedan simplemente seguir su propio camino, como si fuera posible, sin más, una moral del bien, por un lado, y otra moral del deber, por otro. Pretender que hay “éticas del bien y “éticas del deber” es pretender que la paradoja no existe y es, por tanto, perder el objeto mismo del que se ocupan los filósofos. Ahora bien, como se trata de una paradoja, los filósofos la abordan de muy distintas maneras y buscan fórmulas diversas para extraer su contenido racional. Es aquí donde puede empezar a surgir el desacuerdo, no en la elección entre el camino del bien (o la felicidad) o el camino del deber(o la justicia).

ÉTICAS DEL PLACER Y ÉTICAS DE LA VIRTUD. ENTRE EL EPICUREÍSMO Y EL ESTOICISMO.

Toda la historia de la ética ha dado vueltas sin cesar en torno a la paradoja de la divergencia entre dignidad y felicidad. En la mayor parte de las ocasiones, los filósofos han optado por distinguir de un modo u otro entre una felicidad a la que podríamos considerar “verdadera” y una felicidad a la que podríamos considerar “aparente”. Por este camino, filósofos que parecían estar en las antípodas los unos de los otros estaban, en el fondo, bastante de acuerdo. Algunos manuales de Ética o Filosofía contraponen, por ejemplo, el estoicismo y el epicureísmo. El estoico dice que el bien al que aspira la voluntad moral es la virtud. El epicureísmo dice que ese bien es el placer. Expuestas de este modo sus respectivas posiciones, éstas parecen de lo más opuestas. Al estoico parece que no le importa nada el placer y que sólo le interesa ser virtuoso. Al epicúreo nos lo representamos persiguiendo placeres sin cesar, sin preocuparse para nada de la virtud.

El estoico es presentado como un obseso de la dignidad. El epicúreo, como un obseso de la felicidad. Y, sin embargo, cuando obligamos al uno y al otro a explicarse, a llevar su discurso hasta sus últimas consecuencias, parece como si intercambiasen sus posiciones. El estoico no para de intentar convencerte de lo muy feliz que te hace el hecho de sentirte digno, una felicidad mucho más verdadera que la apariencia de la felicidad que se consigue por otro medios, un placer mucho más placentero que lo que habitualmente llamamos placer. Al final, el estoico está obsesionado por hablarte de felicidad, por explicarte lo profunda y seria que es la felicidad, la felicidad de ser virtuoso.

Por su parte, el epicúreo, que parecía obsesionado con el placer, tan pronto abre la boca te explica que, por supuesto, no se puede perseguir el placer de cualquier manera, que hay que ser muy “virtuoso” a la hora de usar los placeres. De lo contrario, los placeres se destruyen unos a otros. Hay que saber usarlos, saber administrarlos, saber posponer el placer de hoy para tener el de mañana…Y, al final, acaba resultando que la mejor forma de asegurarte el placer es ser virtuoso, que el verdadero placer reside en la virtud.

LA TAREA MORAL.

De todos modos, Kant no estaba de acuerdo en que ésa fuera una manera adecuada de hacerse cargo del problema. Hay un cierto juego de palabras en este planteamiento que no hace justicia a la gravedad del asunto.

Por eso Kant prefiere seguir otro camino: considerar que la felicidad y la dignidad son dos cosas distintas, admitir que ponen en juego lógicas de comportamiento completamente diferentes. Una cosa es perseguir la felicidad, otra perseguir la dignidad. No hay nada que garantice que el hombre virtuoso sea feliz. Ahora bien, hay una cosa que sí dice inequívocamente la razón: que el ser humano bueno merece ser feliz. Por eso la libertad no puede dejar de trabajar por un mundo en el que los hombres buenos puedan ser felices. Así pues, para Kant, no se puede decir que a los seres racionales sólo les hace “verdaderamente” felices la dignidad y la virtud. Esto es forzar las palabras y eludir el problema mediante un truco verbal.

(Grupo Pandora. Filosofía y Ciudadanía. 1º Bachillerato. Editorial Akal. Madrid. 2011.)

Si no actúas como piensas, vas a terminar pensando como actúas.

Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés.

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