LA ACCIÓN

Si no paramos a reflexionar nos daremos cuenta de que nuestra vida y también nosotros mismos estamos definidos por nuestras acciones, por lo que hacemos. Por ello es importante que dediquemos un tiempo a este tema.
1. Aproximación al concepto.
En el lenguaje cotidiano usamos la palabra acción de un modo amplio, refiriéndonos a algún tipo de acto o suceso como cuando decimos “la acción erosiva del viento”, “la acción educativo de la profesora”…Pero si queremos usar el término de forma más específica  técnica diremos que las acciones son los actos humanos que se caracterizan por ser operaciones conscientes y voluntarias de un agente.
Suele entenderse por agente aquella persona, animal o cosa que lleva a cabo la acción expresada en el verbo. Así, cuando decimos “el viento erosiona la montaña”, estamos considerando como agente al viento. Sin embargo erosionar no es una acción porque su agente, el viento, no se propone hacer lo que hace ni se da cuenta de lo que hace; es decir, no actúa como agente consciente y voluntario.
En la naturaleza, el único agente consciente y voluntario es el ser humano  y, por ello, las acciones son de los seres humanos, no de los animales ni de las cosas. Pero es conveniente recordar que no todas las cosas que hacemos son acciones, como por ejemplo roncar, parpadear…que son cosas que hacemos de forma refleja, es decir, sin proponérnoslas ni controlarlas, o lo que es lo mismo, no son acciones conscientes ni voluntarias.
Está claro que el punto de partida de la acción es considerar que ésta es propia de un agente consciente y voluntario; es decir, de una persona. Sin embargo, muchos de los sucesos que consideramos acciones no están producidos por una persona, sino por varias, como por ejemplo casarse. Por ello es conveniente distinguir entre acción individual y acción colectiva.
*Acción individual: actividad producida por un agente consciente de forma voluntaria. Por ejemplo, ponerte a estudiar.
*Acción colectiva: actividad que llevan a cabo varios agentes, siempre que lo hagan cooperativamente y persiguiendo el mismo objetivo. Aunque, estrictamente, no se puede decir que el grupo sea consciente ni voluntario, los agentes individuales que lo forman si lo son. Por ejemplo, estudiar en grupo.
Existe un tipo de acción que no es estrictamente colectiva, porque la puede ejecutar un solo individuo, pero que de alguna forma necesita de la colectividad para llevarse a cabo. Es lo que se conoce como acción social.
*Acción social: actividad producida por una persona o un grupo de personas, pero que sólo puede llevarse a cabo y ser entendida en un marco social. Por ejemplo, casarse; ya que casarse sólo es concebible dentro de una sociedad determinada con determinadas convenciones, costumbres y tradiciones.
Las acciones individuales son también acciones motivadas, es decir, nuestras acciones obedecen a motivos que podemos entender de dos maneras: motivo como causa y motivo con fin.
El motivo como causa  es aquello que empuja a la acción. En general, todas aquellas consideraciones y factores que me mueven a hacer algo, o a no hacerlo, son los motivos o causas de mi acción. Por ejemplo, el motivo de que me ponga a estudiar es que tengo un examen.
El motivo como fin es aquello que persigo con mi acción. Podemos considerar que todo aquello que pretendo conseguir, alcanzar o producir es el motivo u objetivo de mi acción. Por ejemplo, el motivo de que me ponga a estudiar es que tengo que aprobar la materia.
A veces es difícil distinguir entre lo que me mueve a actuar (motivo como causa) y lo que quiero conseguir al actuar (motivo como fin). Para algunos autores, la diferencia está únicamente en la perspectiva en que nos colocamos a la hora de analizar la acción y, por ello, prefieren no hacer tal distinción.
Cuando hablamos de motivo como causa solemos distinguir entre motivos internos y motivos externos.
Los internos son actos o estados mentales, como creencias, deseos, emociones, sentimientos, suposiciones…, que condicionan que hagamos o no algo. Por ejemplo, el presentimiento de que me va a tocar la lotería hace que compre un número.
Los externos son los factores no subjetivos que me influyen para que haga o no una determinada cosa. Por ejemplo: el único motivo de que lo hicieras es que yo te estaba vigilando.
Cuando hablamos de motivo como fin solemos usar la palabra “intención”, es decir, la acción se convierte en intencional porque tiende o apunta a algo que está más allá, pero que pretendo alcanzar al actuar. El carácter intencional de la acción está muy ligado al carácter consciente y voluntario que ha de tener un acontecimiento para ser considerado acción. Así, levantar el brazo solo es una acción si lo hago consciente y voluntariamente con una determinada acción, ya sea saludar o llamar a un taxi.
De todo lo que hacemos, sólo consideramos acciones aquellas que responden a un fin. El fin al que tienden mis acciones y que provoca que hablemos de la acción como de un acto intencional es algo que está presente al actuar (mientras entro en el restaurante soy consciente de que mi intención es comer), pero, al mismo tiempo, es algo que está más allá (aún no estoy comiendo, espero hacerlo en un futuro próximo). Mientras actúo, las intenciones solo están presentes como ideas o contenidos mentales, y sólo se convierten en hechos si la acción llega a buen término.
Cuando nuestras intenciones se cumplen, decimos que la acción ha sido un éxito: hemos conseguido aquello que pretendíamos. En este caso, el resultado de la acción es la transformación de la intención en un hecho, por ejemplo: comer y saciar nuestro apetito. Puede ocurrir, sin embargo, que nuestra acción sea un fracaso: la intención no pasa de ser intención; es decir, no se convierte en hecho. En este caso, el resultado no coincide con nuestra intención, y ésta se queda en intento frustrado. Por ejemplo: entro en el restaurante, pero la cocina está cerrada y me quedo sin comer.
Tanto su la acción es un éxito como si es un fracaso, existe la posibilidad de que de ella se sigan efectos no imaginados. Entonces hablamos de las consecuencias no previstas de la acción. Si entro en el restaurante, está abierta la cocina y puedo comer, diremos que mi acción ha sido un éxito. Sin embargo, si después de la comida me da una indigestión, parece paradójico hablar de éxito. La indigestión no es un resultado de mi acción, sino una consecuencia de ella. Si entro en el restaurante y la cocina está cerrada, mi acción es un fracaso, pero si delante de la puerta del restaurante me encuentro cincuenta euros, entonces mi acción ha tenido una consecuencia no prevista (bastante agradable, por cierto). Las consecuencias no previstas no pueden considerarse acciones, ya que no son algo que hagamos intencionadamente, sino algo que nos pasa (como, por ejemplo, roncar).
Si veo a una persona que corre por la calle, pero no sé por qué (motivo) ni para qué (intención) corre, en realidad no sé lo que hace: puede estar huyendo de la policía o puede estar persiguiendo a su atracador, o, simplemente, puede ser que llegue tarde a su trabajo. Como la acción no es una mera ejecución de movimientos corporales, sino que hablamos de acción cuando éstos responden a unos motivos y a unas intenciones, entender  y poder explicar la acción consistirá en conocer los motivos y las intenciones que la definen y no, únicamente, en describir los movimientos corporales que la componen.
Sin embargo, comprender una acción no siempre es sencillo. En ocasiones, es difícil determinar los motivos y las intenciones que la definen. ¿Quién no ha dicho o ha oído alguna vez:”lo hago porque me da la gana” o “en realidad, no sabe lo que quiere”? En estos casos, parece que los motivos y las intenciones desaparecen. ¿Podemos hablar, entonces, de acción? Muchos autores opinan que no. Aunque no conocer los motivos e intenciones no significa que no existan, en los casos en que realmente no los hay, dejamos de hablar de acción. La acción es motivada e intencional.
(AA. VV. Filosofía y ciudadanía. Editorial Edebé. Barcelona. 2008).

La filosofía puede ser descrita como el estudio experimental o empírico, y de las relaciones que se derivan de lo empírico con lo a priori.

Autor: Samuel Alexander

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