LA ÉTICA SOCRÁTICA

   Sócrates (siglo V a.n.e.) representa en la historia de la filosofía el intento de establecer criterios racionales para distinguir la verdadera virtud de la mera apariencia de virtud. En esto podemos afirmar que se separa de los sofistas que defendían posiciones individualistas y relativistas que conducían al escepticismo respecto a la noción de virtud.

  Lo que preocupa a Sócrates es la cuestión de cuál es la excelencia propia del ser humano y, en consecuencia, de qué modo debiéramos conducir nuestras vidas. Los sofistas identificaban la excelencia humana con el éxito político, y a su vez el éxito político- en un sistema democrático asambleario como el ateniense- dependía en gran medida del dominio de la elocuencia, del dominio del arte de convencer por medio de artificios retóricos. En cambio Sócrates apuesta por la búsqueda continua de la verdad a través del diálogo y la reflexión. No valora el dominio de la retórica, sino que desea hacer su modesta aportación a la comunidad a través de la ironía y de las preguntas críticas (por ello le llamaban el tábano de Atenas).

  Aunque no dejó nada escrito podemos reconstruir algunas de sus aportaciones:
     1. La excelencia humana se muestra ante todo en la actitud de búsqueda del verdadero bien, puesto que sólo quien llega a conocer dicho bien puede ponerlo en práctica. En consecuencia, el primer paso para alcanzar la perfección moral es el abandono de actitudes dogmáticas y escépticas – que son producto de la pereza-, y la consiguiente adopción de una actitud crítica que solo se deja convencer por el mejor argumento.

    2. Dado que la verdad sobre el bien humano es una meta que continuamente hemos de estar persiguiendo, cabe preguntarse si acaso no será ilusorio creer que la alcanzamos en cada momento. La respuesta de Sócrates es que la vedad habita en el fondo de nosotros mismos, y que podemos llegar a ella mediante la introspección y el diálogo. Se cuenta que, en su juventud, nuestro autor adoptó como lema de su vida la inscripción que figuraba en la fachada del templo de Apolo en Delfos:"Conócete a ti mismo". De este modo, el autoconocimiento fue para él la vía idónea para penetrar en los misterios de todas las cosas, incluidas las cuestiones morales. Pero en este proceso de "alumbramiento de la verdad" nos podemos ayudar mucho unos a otros, de un modo semejante a como algunas personas ayudan a las parturientas a dar a luz. Este símil sirvió de base para que Sócrates llamase mayéutica (es decir, el arte de ayudar a parir) a su propio método de diálogo encaminado a la búsqueda de la verdad.

   3. A pesar de que toda verdad encontrada mediante el método mayéutico es provisional, revisable, nunca fijada dogmáticamente, constituye no obstante un hallazgo cuya validez sobrepasa las fronteras de la propia comunidad en la que se vive. Se trata de verdades encontradas por unos pocos estudiosos, pero que pueden valer universalmente, como orientación para todos los hombres, y que en un momento dado pueden servir como constancia crítica frente a las normas de la propia comunidad.

   4. El objetivo último de la búsqueda de la verdad es la asimilación de los conocimientos necesarios para obrar bien, y de este modo poder alcanzar la excelencia humana, o lo que es lo mismo: la sabiduría, o también: la felicidad o vida buena. Estos conceptos están tan ligados en Sócrates que llegó a sostener que nadie que conozca realmente el verdadero bien puede obrar mal. Esta doctrina se llama intelectualismo moral y consiste en afirmar que quien obra mal es en realidad un ignorante, puesto que si conociera el bien se sentiría inevitablemente impulsado a obrar bien. De ahí la importancia de la educación de los ciudadanos como tarea ética primordial, puesto que sólo si contamos con ciudadanos verdaderamente sabios podemos esperar que serán buenos ciudadanos.

La historia hace a los hombres sabios; la poesía, ingeniosos; las matemáticas, sutiles; la filosofia natural, profundos; la moral, graves; la lógica y la retórica, hábiles para la lucha

Autor: Francis Bacon

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