EL SER HUMANO EN LA EDAD MEDIA

Los pensadores cristianos medievales pretendieron que los temas referidos a la fe se trataran por medio de la razón y consideraron que la filosofía debía estar al servicio de la teología. El cristianismo adoptó muchas ideas filosóficas de la Antigüedad.

Platón y Aristóteles tuvieron una gran influencia en los pensadores cristianos de la época. A pesar de que el cristianismo rechaza cualquier concepción dualista o monista del ser humano, las ideas platónicas perduraron, sobre todo entre las capas populares de la sociedad cristiana. Su difusión puede atribuirse al hecho de que Agustín de Hipona intentó adaptar al cristianismo la teoría platónica sobre el alma, pero, sobre todo, se debe al carácter ascético, de lucha interior, que esta irradia y que es fácilmente asimilable por la ética cristiana. Aristóteles, por su lado, tuvo una gran influencia en Tomás de Aquino.

1. Agustín de Hipona.

Las concepciones filosóficas de Agustín de Hipona están muy influidas por las ideas de Platón; sin embargo, entre ambos autores se observan algunas diferencias.

Para Agustín de Hipona, igual que para Platón, el ser humano está formado por la unión de dos realidades distintas, cuerpo y alma. El cuerpo constituye la parte inferior y física; el alma, la superior. Es en esta donde se encuentran las facultades superiores, como el intelecto. Gracias al alma, el ser humano se aproxima a la divinidad.

*El cuerpo. Es finito y mortal, pero, a diferencia de Platón, Agustín de Hipona no lo entiende como una prisión del alma. Lo entiende como un instrumento que el alma puede utilizar de un modo correcto, para acercarse a Dios, o incorrecto, como instrumento de pecado.

*El alma humana. Es inmortal e imagen de Dios, un reflejo de la Trinidad cristiana: la inteligencia humana es el equivalente al Padre; el conocimiento que la inteligencia tiene de sí mismo es el Hijo y, por último, de esta relación nace el amor, que es el Espíritu Santo. El amor es lo que impulsa el alma.

2. Tomás de Aquino.

Tomás de Aquino tiene una concepción unitaria del ser humano que se fundamenta en Aristóteles. El ser humano es un ser unitario, compuesto de cuerpo y alma, en el que alma y cuerpo se unen de forma sustancial. El alma humana es racional e inmortal y, separada del cuerpo, mantiene sus funciones propias, unas por entero, y otras, solo de forma potencial.

Esta concepción unitaria más allá del dualismo y del monismo, forma parte de la tradición cristiana y es una de las ideas centrales de la antropología cristiana. El Concilio Vaticano II (1962-1965) lo subraya afirmando que "en la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material".

( Corcho Orrit R. y Corcho Asenjo A. Filosofía y Ciudadanía. Bachillerato. Editorial Bruño. Madrid. 2008)

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