EL SER HUMANO PARA FREUD

 1. Introducción.

La obra de Sigmund Freud, aunque profundamente arraigada en la realidad del siglo XX, representa, junto con Marx y Nietzsche, un nuevo marco de referencia definitivamente alejado del optimismo ilustrado.

Frente a la confianza en la autonomía de la razón propia de la modernidad, Marx había mostrado el poder de las leyes de los procesos productivos y Nietzsche había transformado el culto a la razón en síntoma de una vida débil. Freud culmina el trío de los llamados filósofos de la sospecha.

Después de la crítica de la economía de Marx y de la crítica moral de Nietzsche, llega Freud con su crítica de la psicología. ¿Y si bajo las ideas, bajo la conciencia, hubiera un subsuelo inconsciente que fuera lo que realmente nos dirige? Ésta es la sospecha de Freud, la pregunta fundamental que motivará su psicoanálisis.

 

2. Biografía.
Freud nació en Freiberg (actualmente Príbor, República Checa) en 1856, en el seno de una familia judía. Pronto la familia se trasladó a Viena, donde Freud cursó sus estudios de medicina y se especializó en las enfermedades nerviosas

Las primeras teorizaciones sobre el inconsciente fueron publicadas con el título de "Estudios sobre la histeria". Entre sus escritos de finales del siglo XIX y principios del XX cabe destacar "La interpretación de los sueños" y "Psicopatología de la vida cotidiana".

Pese al rechazo de la clase médica, las doctrinas de Freud iban ganando adeptos, y en 1908 se celebró en Salzburgo el Primer Congreso Internacional de Psicoanálisis.

A partir de la I Guerra Mundial, la obra de Freud se orientó hacia el análisis de la sociedad y de la cultura. Son muestra de ello "Tótem y tabú", "Psicología de las masas", "El yo y el ello", "El futuro de una ilusión" y "El malestar en la cultura".

En 1933 los nazis quemaron públicamente sus obras. Con la entrada de los alemanes en Austria, en 1938, Freud se trasladó a Londres, donde murió en 1939.

3. El psiquismo humano.

Freud estudió neurología se especializó en el estudio de la histeria, de los problemas de funcionamiento físico sin causa orgánica. Con Breuer y Charcot aprendió el uso de la hipnosis, que permitía añadir, inhibir o modificar alteraciones de los enfermos. Esto demostraba que el origen de los males no era físico, que tenía que pertenecer al ámbito psíquico y, en éste, a un territorio que no era controlado por la conciencia.

Existe, por tanto, un territorio inconsciente capaz de determinar nuestras conductas. Lejos de la conciencia, su existencia no responde simplemente al olvido. Al contrario, lo que permanece inconsciente se ve activamente bloqueado, sometido a lo que Freud llama la censura. Por tanto, hay que distinguir claramente lo que no tenemos presente pero que podríamos recordar (el preconsciente) de lo que no pertenece a los espacios de la conciencia. Se trata del inconsciente.

Freud, que empezó simplemente postulando la existencia de este reino ignorando, fue aumentando su importancia hasta el extremo de asociar la estructura de la personalidad a la imagen de un iceberg del que sólo resulta visible un pequeña parte que aparece sobre la superficie. Esta parte sería la conciencia, que cree guiar el rumbo de la personalidad, ignorante de la existencia de la gran masa oculta que es el inconsciente.

Esta primera aproximación nos ofrece una perspectiva tópica (descriptiva de espacios) del psiquismo humano. Consciente, preconsciente e inconsciente aparecen como regiones psicológicas. Sin embargo, este planteamiento pronto se muestra insuficiente. ¿Qué fuerzas determinan que estos espacios aparezcan llenos de unas u otras cosas? ¿Qué funciones determinan el funcionamiento dinámico de la personalidad? Sabemos que nuestro psiquismo lo forman compartimentos diferenciados, pero aún desconocemos su origen y contenido.

4. La personalidad.

4.1. El ello: el principio del placer.
Según Freud, al nacer no somos más que impulso. Lejos de cualquier conciencia, el recién nacido es un mecanismo que sólo descansa cuando satisface sus necesidades.

Esta función primitiva está tan lejos de la conciencia, que apenas si podemos darle nombre: ello (id) es el término utilizado por Freud.

Origen de la energía de la persona, permanecerá fiel, durante toda la existencia del individuo, a esta ley de funcionamiento, que conocemos como principio del placer.

4.2. El yo: el principio de realidad.
Sin abandonar su estatus inconsciente, la fricción con la realidad irá produciendo en el ello una corteza capaz de conciencia, capaz de distinguir entre el mundo interior y el mundo exterior, capaz de dar nombres. Una función que conocemos como yo (ego) y que será capaz de ejercer de mediador entre el ello, impulsivo e inconsciente, y las posibilidades de disminución de las tensiones que ofrece el mundo exterior.

La ley rectora de esta nueva función, capaz de calibrar y ordenar las necesidades, de posponer su satisfacción- superando el ahora y aquí propios del ello- es conocida como principio de realidad. Aunque no acaba de emerger completamente del mundo inconsciente, identificamos básicamente el yo con la conciencia, y es esta función vinculada a la realidad la que genera la sensación de nuestra identidad.

Las tensiones originales que determinan el movimiento permanecen, no obstante, en las profundidades. Principio de placer y principio de realidad se contraponen constantemente, el yo a menudo tiene dificultades para identificar las tensiones del ello que reclaman satisfacción, y las energías de que dispone el yo no le son propias, sino prestadas del ello, origen de todo impulso.

4.3. El superyó: el guardián de la moral.

Hacia el quinto o sexto año de vida, se genera la tercera de las instancias del aparato psíquico: el superyó (superego). Esta tercera función es para Freud también inconsciente, y actúa como vigilante moral del yo.

4.3.1. La superación del complejo de Edipo o de Electra.
Según Freud todos los niños desean acaparar el amor de su progenitor del sexo opuesto. Esto provoca que el progenitor del mismo sexo aparezca como un rival, Es el llamado complejo de Edipo, en los niños, o de Electra, en las niñas. Ante la imposibilidad de competir con ellos, inconscientemente adoptan la estrategia de incorporarlos como modelos.

La aparición de este modelo interiorizado crea la posibilidad de la autoestima y determina sus niveles. Éstos dependerán del grado de coherencia entre las actuaciones conscientes y los modelos inconscientes. No hay que confundir el superyó con la voz de la conciencia. El superyó es inconsciente y puede entrar en colisión con las convicciones morales conscientes.

La interiorización del modelo establece una gran diferencia en relación con la situación original, Ante el padre o la madre podemos dejar de realizar las conductas reprobadas o esconderlas. Ante el superyó, en cambio, no hay escondite posible. El superyó, por tanto, origen del sentimiento de autoestima, se convierte también en origen del sentimiento de culpabilidad.

4.3.2. Las tensiones del yo.
El yo, que se presentaba como mediador entre el impulso y la realidad, aparece ahora sometido a una nueva presión. La obtención de la satisfacción no encuentra sus límites no solo en la realidad, sino también en las duras exigencias del superyó.

Sobre un magma en ebullición del que solo observamos los resultados, la razón intenta mantener el equilibrio compensando presiones internas y externas. Desde la conciencia, percibimos las razones que el yo ofrece para justificar conductas en el fondo irracionales. Frente a la previsibilidad racionalista, la nueva imagen del ser humano se parece más a una caja de sorpresas.

5. Las pulsiones.
5.1. Autoconservación y libido.
¿Cuáles son el última instancia los móviles que guían nuestros actos? Freud defenderá que las pulsiones instintivas básicas, a las cuales pueden ser reducidas todas las otras, se limitan a autoconservación y a impulso sexual (libido).

Pese a la incomodidad que para el mismo Freud representó, él insistía en defender la importancia de la sexualidad infantil. Al fin y al cabo, afirmaba, si observamos el desarrollo de los niños, es evidente la conexión entre la experimentación del propio cuerpo y la relación que establecen con la realidad. Y esta experimentación sigue el curso del placer que van encontrando en ello. ¿Qué otra motivación de índole superior podría empujar a un niño?

5.2. Éros y tánatos.
Las obras de madurez de Freud reflejan un nuevo planteamiento. Las fuerzas de autoconservación y la libido ofrecían un aspecto inicialmente constructivo, capaz de arraigar en la vida. Sin embargo, este anhelo de unión y de permanencia se muestra insuficiente para explicar la realidad.

La práctica médica pondrá a Freud en contacto con pacientes sadomasoquistas, personas que disfrutan haciendo y recibiendo daño. Es más, el análisis de personas consideradas normales descubrirá la presencia, física o psicológica, de estos elementos. El estallido de la Primera Guerra Mundial y la crudeza del período de entreguerras contribuirán sin duda a convencer a Freud de la dualidad original: eros y tánatos, instinto de la vida e instinto de la muerte.

Freud insiste en que todos llevamos dentro este instinto de muerte, por más que la enseñanza moral que recibimos desde pequeños sea tan intensa que la mayoría no sólo no nos damos cuenta de que está en nuestro interior, sino que el simple hecho de pensar en ello nos hace sentir incredulidad, rechazo e incluso repugnancia.

6. El malestar de la cultura.

6.1. La inevitable represión.
Los conflictos en el individuo que hemos visto n dejan de ser la manifestación concreta de un conflicto a mayor escala, el que se produce entre lo más primario, lo más asociado a la pura naturaleza, y la creación de ámbitos sociales y culturales.

Los humanos necesitamos agruparnos para sobrevivir, y el eros, el impulso de vida, favorece que lo hagamos. Sin embargo, los instintos agresivos del tánatos dificultan la cohesión social, A causa del origen inconsciente de estas fuerzas, la convicción racional de las ventajas de la vida en comunidad resulta insuficiente para controlarlas. Este control solo será posible si se produce también en el inconsciente. No es al yo consciente, sino al superyó a quien corresponde esta función represora.

El superyó tendrá que actuar en dos direcciones. En primer lugar, castigando las tendencias agresivas, que de modo directo atentan contra la convivencia. Pero será necesario además reprimir el impulso erótico, y esto por una razón de estricta economía. La vida que llamamos civilizada requiere grandes inversiones de energía, y la fuente primaria de toda energía es el eros. La renuncia al placer erótico se convierte así en condición necesaria para el desarrollo social.

La vida civilizada exige construir comunidades afectivas no sexuales favoreciendo el sentimiento de pertenencia a la comunidad. Además, hay que impulsar el conocimiento de la realidad. En definitiva, se trata de reducir las amenazas derivadas tanto de la naturaleza como de la convivencia.

El problema es que la primitiva pulsión hacia el placer, fuente primera de arraigo vital, no se muestra especialmente dispuesta a ser ignorada. De aquí proviene, según Freud, la dureza de la represión sexual de los niños y la limitación de la sexualidad adulta a la mínima expresión exigida para permitir la continuidad de la especie.

6.2. De la represión al malestar.
La cultura exige la interiorización de la represión. Pero la presión del superyó genera sentimientos de culpa. Cuanto más se opongan las normas morales a las tendencias constitutivas de la persona más grave será la pérdida de autoestima y más intenso el sentimiento de culpabilidad.

Esta culpabilización no es necesariamente percibida de modo consciente. De hecho, en la mayor parte de los casos, permanece inconsciente. Se traduce en una sensación de malestar que atribuimos a otros motivos. El precio pagado por el avance cultural es la pérdida de felicidad por el aumento del sentimiento de culpabilidad.

Freud nos ha presentado una naturaleza humana esencialmente conflictiva. Impulso, realidad y normas pugnaban en una lucha en la que el yo probaba a instaurar algo de paz. De modo análogo las exigencias individuales y colectivas no parecen tampoco fácilmente conciliables.

Considerar que el yo tiene un poder ilimitado sobre el ello en sus intentos de responder a las exigencias del superyó cultural es un error que lleva a la neurosis, al desequilibrio de aspectos de la conducta por una causa psicológica. Por eso, Freud plantea este conflicto como uno de los grandes problemas del destino humano.

La situación lleva a algunos a la añoranza de una idealizada comunidad primitiva, en la que la represión de los instintos dejaría paso a una sana convivencia con la propia naturaleza, pero Freud no está dispuesto a las concesiones fáciles. La eliminación de la represión se paga en inseguridad. Con la cultura hemos intercambiado felicidad por seguridad.

La modernidad se edificaba sobre la convicción de que la razón nos coloca en una senda de progreso ilimitado. Freud ha abandonado el camino del optimismo.

La filosofía puede ser descrita como el estudio experimental o empírico, y de las relaciones que se derivan de lo empírico con lo a priori.

Autor: Samuel Alexander

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