LA CERTEZA MÁS ANGUSTIOSA

Acerca de la muerte, la filosofía sólo conoce dos posturas: o bien se aferra a los postulados religiosos, que ofrecen la esperanza de una existencia en el más allá; o bien niega la vida de ultratumba y recomienda concentrarnos en la presente.

Todo ser vivo ha de morir algún día. Los vegetales mueren, pero no lo saben; los animales también mueren, pero tampoco lo saben. Sólo el ser humano muere y lo sabe. Muchos pensadores han considerado que ésta es la diferencia más radical entre las que separan a la especie humana de las demás. Más radical incluso que la constitución biológica o las funciones intelectuales. Nos tenemos que morir y lo sabemos. He aquí un hecho indiscutible.

La muerte nos inquieta, nos obsesiona y nos atormenta. Por eso la conciencia de nuestra inevitable desaparición ha sido desde los albores de la humanidad una de las raíces de la religiosidad, quizá la principal. Otra se halla, sin duda, en la contemplación del esplendor de la bóveda celeste. Sin embargo, el ser humano se niega a morir. Anhela la vida tras la muerte. De ahí que entierre a sus muertos. Somos los únicos animales que entierran a sus muertos. Porque deseamos la vida para ellos y ansiamos que en ellos se repita el milagro de la semilla que se introduce en la tierra para luego transformarse, resucitar y revivir. ¡Volver a vivir, aunque sea transformado y en otro mundo!

Esta costumbre es tan vieja que se puede seguir la evolución humana estudiando sus enterramientos. Uno de los más antiguos redescubrió en la cueva de Hortus, en Francia, correspondiendo al Paleolítico medio. Los paleoantropólogos han podido comprobar que extraían el tuétano a los huesos, pero probablemente no por canibalismo, sino como parte de un ritual que reflejaba desconocidas creencias sobre la muerte y la vida en el más allá. Casi no había nacido el ser humano como especie y ya pensaba en la otra vida. En el Paleolítico superior los enterramientos se hacen más complejos. Se deposita al cadáver arrodillado y se le acompaña con objetos personales, adornos e instrumentos. Y en el Neolítico se erigen ya grandes monumentos funerarios, muy directamente relacionados en muchos casos con un cierto sentido de la jerarquía social.

La idea del más allá fue general entre los egipcios. Según sus creencias religiosas, el ser humano estaba compuesto por dos elementos: uno material, el cuerpo, y otro espiritual, el Ka o hálito vital, recibido al nacer y que formaba parte intrínseca de la persona.

Tras la muerte, el alma o Ka comparecía ante el tribunal de Osiris para responder de sus actos y ser pesada en la balanza de la verdad. La colocaban en un platillo y en el otro la pluma, que representaba a Maat, diosa de la justicia. Cuando los actos buenos superaban a los malos, se conducía al Ka ante Osiris para gozar eternamente; pero, en caso contrario, el alma perecía devorada por un monstruo llamado Ammit, con cabeza de cocodrilo, cuerpo de perro y melena de león.

 

 Nada más surgir el ser humano como especie, comenzó a pensar en la posibilidad de otra vida después de la muerte.

 

En la tumba, alimentos pintados.

El difunto podía utilizar trucos y artificios para salir bien parado del juicio de Osiris. Y una vez superada la prueba, el Ka necesitaba un soporte para su existencia eterna, que bien podía ser el propio cuerpo embalsamado y momificado o las esculturas que retrataban al difunto. También precisaba una morada eterna, que encontraba en las tumbas de piedra, y alimentos, si no reales, al menos grabados y pintados en las paredes.

Muy diferente era la idea del más allá en la religión oficial griega. Tras la muerte el alma no tenía que someterse a ningún juicio y, en consecuencia, no recibía premios ni castigos por su comportamiento en la vida terrenal. Los griegos no contemplaban el concepto de pecado, y su profunda creencia en la existencia del destino incluso les evitaba sentirse responsables de su conducta. En los poemas homéricos, el alma separada del cuerpo no era capaz más que de llevar a cabo una vida débil y fantasmal en el Hades; una vida triste y sombría que, en definitiva, no merecía la pena. En el canto XI de la Odisea, cuando Ulises desciende al Hades, el alma de su antiguo compañero Aquiles le confiesa melancólicamente que más querría ser siervo en el campo de cualquier labrador sin caudal y de corta despensa, que reinar sobre todos los muertos.

Frente a la concepción homérica del alma, las doctrinas órficas, que se extendieron por el mundo griego a lo largo del siglo VI a. C. procedentes de Tracia, proclamaron la fe en un alma que, aún separada del cuerpo, gozaba de una plena fuerza vital y era, por tanto, inmortal e, incluso, de naturaleza divina. Se trataba de una renovación del culto al dios Dioniso, que en la religión griega tradicional ocupaba un lugar secundario. Orfeo era tenido como el profeta de esa nueva religión que prometía a quienes respetaran las reglas órficas de vida ascética y participaran en los diferentes rituales de purificación que su alma rompería el ciclo de las reencarnaciones y accedería a una vida eterna, libre y feliz, propia de la divinidad. Las doctrinas órficas no lograron desbancar a la religión tradicional griega, pero su afirmación tajante de la inmortalidad del alma, la idea de la reencarnación y la de una vida dichosa tras la muerte dependiendo de nuestra conducta en la vida presente permanecerán en el mundo griego a través de la filosofía pitagórica y el pensamiento de Platón.

Inevitablemente, la idea de la reencarnación evoca en nuestra mente las civilizaciones orientales, pues forma parte esencial del hinduismo y del budismo. La religión hinduista afirma que la parte espiritual del ser humano está destinada a reencarnarse eternamente. La forma de vida en la que se reencarnará depende de su comportamiento en la vida presente, pero, sea cual fuere esa nueva forma, al fin y a la postre siempre implicará sufrimiento: reintegrarse a la vida es reintegrarse al mal. No obstante, el hinduismo cree que tenemos un modo de escapar al eterno ciclo de reencarnaciones: la ascesis, un camino purificador que incluye ayuno, penitencias, continencia sexual, y que unido a la práctica de la meditación, permitirá a la persona establecer contacto con la forma de ser más perfecta que existe, Brama, y acabar participando de la misma.

Nos merecemos nuestra próxima vida.

El budismo, a principios del siglo V a.C. reelaboró la teoría hinduista de la reencarnación haciendo hincapié en nuestra responsabilidad moral: para asegurarse la reencarnación en una forma de vida mejor no basta con hacer sacrificios a los dioses y obsequios a los sacerdotes. Para el budismo, el ser humano cosechará en sus vidas futuras los frutos que con sus actos haga madurar en la presente. Y cuando consiga eliminar de sí todo deseo y toda pasión- fuente del mal, del sufrimiento y del dolor-, podrá romper el ciclo de las reencarnaciones y acceder al nirvana, estado de eterna paz y serenidad, donde la persona descansará en la no-vida, en el no-tiempo, en el no-mundo. Por eso se ha dicho del budismo que es una religión sin dios.

La idea de la reencarnación desaparece en las tres grandes religiones monoteístas- el judaísmo, el cristianismo y el islamismo-, que, a su vez, comparten tres nociones con relación a la idea de la muerte y del más allá: la inmortalidad del alma, la retribución personal en el más allá y la resurrección final.

Y la filosofía, ¿qué ha pensado sobre la muerte? Cuando la conciencia de la muerte no ha llevado a los filósofos a aferrarse a la idea de Dios, les ha servido para concluir que la vida carece de sentido. Los seres humanos mueren y no son felices-exclamaba Albert Camus-, por tanto, la vida es absurda. La cuestión subsiguiente entonces será ésta: si la vida no tiene sentido, ¿qué hemos de hacer?, ¿suicidarnos?, ¿inventárnoslo?, ¿obrar sin esperanza? El existencialista del siglo XX Albert Camus apostaba- siguiendo la estela del superhombre que anunciara Nietzsche en el siglo XIX- por gozar sensualmente de esa vida que se sabe absurda, resistiendo la tentación de inventarse dioses u otras vidas tras la muerte. Sensualidad, lucidez y mundaneidad, ésta era su respuesta.

Sin embargo, siempre hay que tener presente la actitud de Sócrates. En la Apología escrita por Platón, Sócrates se sorprende de que los humanos tengan miedo a la muerte como si supiéramos con certeza- dice- que es el mayor de los males. A lo mejor incluso es un bien, apunta. Para él, el temor a la muerte es una forma de ignorancia: es creer que se sabe lo que no se sabe. Por eso, en vez de temer a la muerte, nos propone que examinemos nuestra vida y nos preocupemos de aquello que de cierto sabemos que es un mal: la injusticia. Antes que preocuparse por la muerte, preocuparse por vivir sin cometer injusticia. He aquí el profundo mensaje ético y vital de Sócrates.

Sostiene Sócrates que el temor a la muerte no es sino una forma de ignorancia: ¿por qué tenerla miedo si no sabemos nada de ella?

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