LA METAFÍSICA EN BREVE

 Hay una parte de la filosofía que se plantea preguntas sobre la realidad y preguntas sobre Dios, el espacio y el tiempo, el origen y la finalidad del mundo, y otros muchos temas abstractos y muy generales, entre los que habría que contar los referidos al ser humano:¿cuál es nuestra naturaleza? , ¿qué hacemos aquí?, ¿qué sentido tiene nuestra vida?.  La metafísica es la parte de la filosofía que reflexiona sobre la naturaleza general de las cosas y propone un conjunto organizado y razonado de respuestas acerca del mundo como totalidad. Se trata de una reflexión que va más allá de lo que se sabe y, según algunos filósofos, de lo que se puede saber. De ahí que, quizá, hacer metafísica sea pensar más allá de lo que se puede o se debe pensar.

Veamos, de forma breve, algunas de las preguntas de la metafísica.

1. ¿Qué es lo que existe?

Llamamos realidad a lo que existe, pero ¿cuál es su naturaleza? En general, los filósofos metafísicos, se han esforzado por comprender la realidad y hacerla compatible con las ideas de pluralidad, movimiento y cambio. ¿Son reales los cambios o se trata de una simple apariencia? ¿La realidad es una o múltiple? ¿Cómo cambia la realidad?

En un extremo estarían los que defienden la existencia de un solo tipo de realidad, sea esta material o espiritual. Si solo se admite la existencia de un único tipo de realidad, la metafísica en cuestión se denominaría “monista”. Si se defiende la existencia de más de un tipo de realidad, hablaremos de una metafísica “pluralista”.

Si se considera que la realidad es material y que, por tanto, todo lo que existe tiene las propiedades de la materia, la metafísica se llamará “materialista”; en caso contrario, hablaremos de metafísica “idealista” o “espiritualista”.

Hay explicaciones metafísicas, como la de Descartes (siglo XVII), que admiten la existencia simultánea de realidades espirituales (el alma humana, Dios) y materiales
(los objetos físicos). En este sistema, el ser humano sería un compuesto de alma y cuerpo.

Otros metafísicos, como Berkeley (siglo XVIII) solo admiten la realidad espiritual.

Para Spinoza (siglo XVII), solo hay una realidad infinita y eterna (el espíritu o la materia) a la que puede llamarse “Dios” o “Naturaleza”.

Así pues, la metafísica encamina el pensamiento hacia temas que están más allá de lo que puede comprobarse, ya que aborda asuntos inobservables, en donde no cabe experimentación alguna. No obstante, si la razón se mantuviese en los estrictos límites de la experiencia de las ciencias no podría responder a ninguna de las preguntas que nos planteamos sobre la existencia, la vida y la muerte, Dios o el ser humano. De ahí que, para muchos filósofos, la metafísica sea la piedra angular de la filosofía.

2. ¿Por qué existe algo en lugar de nada?

Esta es la pregunta metafísica definitiva: ¿por qué existen las cosas? Con ella se trata de alcanzar la razón última de la existencia de la realidad. Esta pretensión se constituye sobre la idea de que todo lo que existe y todo lo que sucede ha de tener una razón de ser que lo explique. Quizá esta demanda de razones- el llamado “principio de razón suficiente”- sea una exigencia inevitable de la razón humana.

Si todo tiene una razón de ser y no hay evento sin causa- el llamado “principio de causalidad”- preguntarse por la causa de la existencia es preguntarse por la causa de la causa y así sucesivamente, hasta remontarnos, si ello es posible, a la causa de todas las causas, a una causalidad o razón de ser última.

Esta potencialidad del principio de razón suficiente es lo que hace tan difícil restringir su uso a los hechos observables y lo que explica el salto desde la física a la metafísica. La razón metafísica se remonta hacia el fundamento último de las cosas para buscar el origen y la causa primera de todo y esto a veces lleva a la teología natural o racional.

3. ¿Existe Dios?

Según la metafísica tradicional, la razón de ser, causa última y soporte del universo es Dios. Pero ¿existe Dios? La idea de Dios puede ser pensada y no contiene ninguna contradicción interna. Es más, como apuntó I. Kant (siglo XVIII), es una idea que resulta, por así decirlo, del uso de la razón. Pero, lógicamente, no se puede confundir “pensar” con “conocer”, ni deducir la existencia de algo a partir de su idea, a pesar de que esta no sea contradictoria en sí misma.

El tema de la existencia de Dios es otro de los grandes problemas metafísicos. Y la respuesta a este problema depende, como es obvio, de lo que se entienda por Dios. ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de Dios? En este asunto, como podrá suponerse, no hay una única repuesta no tampoco la suficiente unanimidad como para poder dar el tema por zanjado.

Aunque, en general se ha defendido que Dios es alguien diferente o algo más que la totalidad del Universo, a veces se identifica a Dios con el universo como si se tratase de dos formas distintas de hablar de lo mismo. Estamos ante la posición denominada “panteísmo” (todo es Dios). Desde esta óptica, Dios no es un ser ajen al Universo o distinto de este. Todo lo que existe es una única sustancia, llámese “Dios” (naturaleza que crea) o “Universo” (naturaleza creada). Entre los filósofos panteístas, destaca Spinoza (siglo XVII), para quien Dios no es un ser personal, que recibe plegarias, castiga y premia a los humanos y realiza milagros. Para Spinoza, Dios se confunde con la naturaleza eterna( deus sive natura).

La idea que defiende la existencia de una sustancia sobrenatural de carácter espiritual que creó el mundo  y se ocupa de él se denomina “teísmo”. El teísmo, en principio, es una posición religiosa, pero fue compartida por la mayoría de filósofos de Occidente cristiano. Sin embargo, a partir del siglo XVI, con los avances científicos de la modernidad y la progresiva liberalización de la razón frente a la autoridad de la Iglesia, el teísmo entró en crisis, al menos en los ambientes intelectuales de la época. Muchos filósofos comenzaron a defender una religión natural y una moral independiente de tutelas eclesiásticas. Su posición se denominó “deísmo”. Los deístas no negaban la existencia de un creador del universo, pero sí se manifestaron contarios a las intervenciones divinas que explica la Biblia, que consideraron meras supersticiones. El filósofo Voltaire (siglo XVIII) constituye un modelo de intelectual deísta.

En la modernidad también hubo filósofos ateos. El ateísmo sostiene que no hay Dios en absoluto, aunque los pensadores que mencionaremos dirigían sus ataques contra el Dios cristiano de la tradición occidental y contra los teístas, en general.

Fueron ateos algunos ilustrados franceses como Diderot, d ´ Holbach, La Mettrie o D´Alembert, todos ellos del siglo XVIII y, posteriormente, Feuerbach y Marx en el siglo XIX y el que quizá sea el ateo más combativo de la historia del pensamiento, Nietzsche. También los existencialistas del siglo XX como Sartre, Camus y uno de los más importantes filósofos, Russell, se manifestaron abiertamente ateos y criticaron las ideas de Dios y del alma inmortal.

Otro de los filósofos más influyentes de la modernidad fue Hume (siglo XVII). Hume era escéptico y, en relación con el tema de Dios, adoptó una posición coherente con su escepticismo: criticó las pruebas de la existencia de Dios y pensó que tales pruebas no podían sacarle de dudas. En consecuencia, sembró el terreno para el agnosticismo. El agnosticismo sostiene que no tenemos ninguna razón que permite decantarnos a favor o en contra de la existencia de Dios. Algo similar logró Kant con sus escritos. A partir de su “Crítica de la razón pura” quedó demostrada la falta de solvencia de los argumentos a favor de la existencia de Dios.

Si la razón no puede demostrar nada, solo queda el camino del agnosticismo o bien la afirmación de la fe como única vía para adquirir certeza sobre la existencia de Dios. Esta última es a actitud fideísta. El fideísmo sostiene que los argumentos racionales son innecesarios en un tema que se apoya el la experiencia religiosa y no en la filosofía.

3. ¿Existe el alma humana?

Algunos sistemas metafísicos han defendido que, además del mundo físico y, eventualmente, de Dios, la realidad incluye sustancias espirituales como el alma de las personas. En estos sistemas, el alma es considerada la sede del intelecto y la voluntad; gracias al alma, el ser humano sabe lo que quiere y puede elegir libremente.

El alma, en las versiones más antiguas, es lo que da vida a los cuerpos, lo que les anima y mantiene activos. Este fue el sentido que recogió Aristóteles en sus escritos. Para Aristóteles (S IV a. C.), “alma” significa “principio de vida”, de modo que, por definición, todo ser viviente, y no solo los seres humanos, tiene alma. El alma, para Aristóteles, es la forma del cuerpo, es decir, el principio organizativo y la manera especial de comportarse que tiene cada cuerpo.

De ahí que constituya con el cuerpo una unidad y sea inseparable de él. El alma en Aristóteles puede ser simplemente vegetativa (propia de las plantas, animales y humanos), sensitiva (propia de animales y humanos) y racional (propia de humanos). En este planteamiento, el alma no tiene por qué ser espiritual; podría ser, en términos actuales, una cadena de ADN, encargada de mantener con vida a los seres vivos y proporcionar a cada uno de ellos su peculiar “manera de ser”.

Sin embargo, sobre todo a partir de la Edad Media, cuando se dice que el ser humano tiene alma, generalmente se quiere decir algo más, o algo distinto, a lo que defendía Aristóteles. En general, se quiere decir que, además de vida, sensación y razón, el ser humano posee un componente inmaterial que le singulariza y que es inmortal. En otras palabras, el alma es considerada la parte no material y esencial del ser humano; está temporalmente unida al cuerpo y no puede morir. Del alma depende todo aquello que distingue al ser humano del resto de cosas del Universo: su capacidad para pensar, su voluntad para actuar, su moralidad para juzgar. Del alma dependen también la conciencia de las cosas y la conciencia de uno mismo. Esta concepción del ser humano defendida por Platón  y Descartes, entre otros, se conoce como dualismo, y es una de las más influyentes en nuestra cultura.

Pero son ir tan lejos, también la moderna filosofía de la mente distingue en el ser humano una realidad física (constituida por el cuerpo y su cerebro) y una realidad mental (constituida por las experiencias, pensamientos y sentimientos de cada uno), aunque no todos los filósofos de la mente pretenden que mente y cerebro sean sustancias distintas como afirman los dualistas.

El fisicalismo sostiene que los humanos, y naturalmente otros animales, estamos hechos únicamente de materia. ¿Y qué son, pues, los fenómenos, procesos o estados mentales? ¿Qué es el dolor, por ejemplo? Según los fisicalistas reduccionistas los estados mentales no existen. Un estado mental es solo un estado físico del cerebro. Lo que llamamos “dolor” es la excitación de determinadas neuronas, pero expresado de una manera popular, nada científica, de hablar.

Según los fisicalistas no reduccionistas los estados mentales sí existen, pero dependen de estados físicos del cerebro. Los estados mentales no existirían sin objetos y estados físicos, pero no son estados físicos. Los estados mentales son propiedades de un objeto físico, el cerebro, pero no reducibles a sus estados físicos. Son algo nuevo. La excitación de determinadas neuronas acontece cada vez que se experimenta dolor, pero el dolor no es lo mismo que la excitación de las neuronas.

Según la teoría del doble aspecto, los procesos mentales son idénticos a los procesos físicos, son dos aspectos o dos maneras distintas de hablar de lo mismo. El dolor es la excitación de determinadas neuronas, pero mientras que el dolor se experimenta subjetivamente “desde dentro”, la excitación de las neuronas se observa objetivamente “desde fuera”. Según la teoría del doble aspecto, los fenómenos mentales ocurren en el cerebro, pero no son solo procesos físicos del cerebro. Esto significa que las neuronas tiene propiedades físicas, por su gran actividad química y eléctrica, pero producen también estados mentales, como el dolor o el deseo de comer, que tiene propiedades mentales, Las propiedades mentales, sin embargo, no son reducibles a propiedades físicas.

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