EL ISLAM

1. Los orígenes del Islam.

El Islam nació en la zona occidental de la península Arábiga, una región sumamente árida, en la que no existían verdaderos Estados, aunque la mayoría de la población hablaba distintos dialectos de un idioma común: el árabe. La sociedad se organizaba según el modelo tribal, donde el parentesco y el linaje definían la identidad de las personas. Algunos eran nómadas que pastoreaban sus camellos, cabras y ovejas entre la limitada y efímera vegetación del desierto. Otros vivían en oasis aislados donde el agua afloraba en cantidad suficiente para permitir los asentamientos humanos y el cultivo de cereales y palmeras. Algunos de los oasis de la orilla oriental del mar Rojo prosperaron al estar situados en una importante ruta comercial que los comunicaba con el Imperio bizantino al norte y con dos Estados al sur: Etiopia, un reino cristiano, y Yemen, un país en el que las lluvias monzónicas procedentes del Índico tornaban fértiles los valles. Yemen era una importante fuente de las codiciadas especias y un canal para el comercio de mercancías de lujo a través del océano Índico; desde aquí partían caravanas de camellos que las transportaban hacia el norte.

La Meca se benefició particularmente de esta actividad comercial, pero contaba además con otra importante ventaja: un santuario llamado la Kaaba, en el que se alojaban las efigies de muchos ídolos, que acudían a venerar en peregrinación las tribus del desierto circundante. De este modo, la Meca se convirtió en un territorio neutral, donde el comercio podía desarrollarse inmune a los ataques y las luchas tribales que se producían en los desiertos, y al que los peregrinos aportaban aún más riqueza. El gobierno de la ciudad estaba en manos de una oligarquía de comerciantes y líderes religiosos y tribales, entre quienes destacaban los miembros de la tribu de los quraysíes.

MahomaMohamed ibn Abu Talib (ibn significa en árabe “hijo de”)- Mahoma- procedía del clan Banu Hashim de la tribu quraysí, si bien no era rico antes de contraer matrimonio con Jadiya, una viuda con importantes intereses comerciales. Alrededor del año 610, siendo ya un hombre de mediana edad, Mahoma empezó a hablar de una revelación religiosa. Llega ésta de un solo Dios al que todos los hombres debían someterse. Islam significa “sumisión”, y quienes se someten son “musulmanes”. La idea no era del todo nueva en La Meca, pues ya había en la península judíos y cristianos, y empezaba a observarse un monoteísmo emergente. Mahoma decía ser el último de una estirpe de profetas que, pasando por Jesucristo, san Juan Bautista y Moisés, se remontaba hasta Abraham. Pero la oligarquía dominante en La Meca tuvo poca paciencia con un mensaje que amenazaba con eliminar a los numerosos dioses en los que se sustentaba su prosperidad. Para mayor disgusto de los oligarcas, halló Mahoma numerosos seguidores entre las capas menos favorecidas de la sociedad urbana. En torno al 622, perseguido por los gobernantes de la ciudad, Mahoma y la mayoría de sus seguidores huyeron al oasis cercano de Yatrib, rebautizado con el nombre de Medina ( Madinat al- Rasul, “la ciudad del Profeta”).

Esta migración (hégira, hijra en árabe) hizo que el mensaje religioso del Islam se transformara en movimiento político. Comienza entonces un nuevo calendario, el islámico (anno hejirae(AH) 1= 622 de la era cristiana), y es el momento en el que se define un nuevo Estado. En su calidad de líder político, además de profeta, Mahoma lanza una guerra santa (yihad) contra los politeístas de La Meca, si bien exime a judíos y cristianos de toda obligación de convertirse al Islam. En el año 629 consigue tomar la ciudad con escaso derramamiento de sangre, pues la élite comercial ya había cambiado de bando. Tras la muerte del profeta, en el 632, el nuevo Estado religioso controlaba la mayor parte de la península Arábiga mediante una institución política basada en la fe antes que en el tribalismo o el linaje. El mensaje del Islam, característicamente sencillo, trataba a todos los creyentes por igual y los animaba a actuar en unión. Todos debían aceptar esta sencilla expresión de fe: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”; todos debían ayunar durante las horas del día del mes del Ramadán; todos debían rezar a la misma hora, cinco veces al día; todos debían acudir unidos, siempre que fuera posible, al menos una vez en la vida, en peregrinación a La Meca; todos debían dar limosna a los miembros más necesitados de la comunidad. Además de estas obligaciones, había otras expectativas. Los fieles no sólo debían rezar cinco veces al día, sino que la comunidad debía reunirse también una vez a la semana para la oración del mediodía, los viernes, en la principal mezquita de su comunidad, y escuchar allí el sermón del imán o guía espiritual. Ante todo, los musulmanes debían contribuir a que el Islam, la religión de un solo Dios, se extendiera por todo el mundo. Puesto que el Profeta era el último de una estirpe que a través de Jesucristo se remontaba hasta Abraham, tenía la obligación de conquistar Jerusalén, asunto que había empezado a preparar antes de su muerte.

2. Los comienzos del estado islámico.

El profeta abandonó este mundo sin haber designado un sucesor ni haber tenido un hijo varón. El liderazgo de la comunidad se dividió entonces entre sus compañeros, los que le acompañaron en la hégira, sus seguidores en Medina y los oligarcas de La Meca que se habían convertido al Islam tras la toma de la ciudad por el Profeta. Muchos de estos hombres tenían vínculos con Mahoma a través de sus esposas. La elección recayó finalmente sobre Abu Bakr, cuya hija Aisha había sido la favorita de Mahoma. Abu Bakr recibió el nombre de “califa”, sucesor o representante del Profeta, y su tares era la de líder político de la comunidad; no era un simple líder religioso. Abu Bakr dirigió la comunidad por espacio de dos años (623-624), y su sucesor, Omar (634-644), fue designado del mismo modo. Omar era uno de los más destacados líderes militares del ejército del Profeta, y también su hija estaba casada con Mahoma. Bajo el mandato de estos dos hombres las fronteras del Islam se ampliaron rápidamente. Fue Omar quien ocupó Jerusalén en el 638 y toda Siria hacia el 641, además de gran parte de Mesopotamia. Alejandría fue ocupada en el 643, y la Cirenaica en el 644. Para el 649 el Imperio sasánida en Persia y Mesopotamia ya había sido completamente derrotado, como buena parte del Imperio bizantino al este. Esta rápida expansión responde a factores políticos y económicos, toda vez que los cristianos y los judíos no tenían la obligación de convertirse al Islam. Gozaban de libertad para gestionar sus propios asuntos, sierre y cuando reconociesen a la autoridad musulmana. Ésta puede ser una de las razones por las cuales la resistencia fue relativamente escasa.

Sin embargo, esta cohesión duró muy poco. El asesinato del segundo califa, Omar, en el año 644, trajo consigo ciertos disturbios, si bien la expansión militar aún se prolongaría por algún tiempo. El tercer califa, Otman (644-656), había sido uno de los primeros en convertirse al Islam y estaba casado con dos hijas del Profeta. Pero era ante todo el candidato de la oligarquía de La Meca; y favoreció a su propio clan dentro de la tribu de los quraysíes. Muchos de los nuevos conversos de Mesopotamia compartían el resentimiento de los primeros compañeros del Profeta hacia este grupo que antaño persiguiera a los musulmanes. En el 656 Otman fue asesinado, y el grupo descontento tomó las medidas oportunas para que Alí, marido de Fátima, la hija de Mahoma, y uno de los primeros conversos a la nueva fe, accediera al califato.

La élite de La Meca devolvió el golpe, y tras una batalla sin resolver librada en Siffin (Mesopotamia), en el 657, Alí aceptó un arbitraje. Esto no satisfizo a sus seguidores, quienes exigían que el califa no fuese “elegido” por la oligarquía de la ciudad, sino que se limitase a los descendientes de Alí. El partido de éste, el shiat Ali, o chiíes, se convirtió en permanente foco de disidencia de la corriente dominante, los suníes. Cuando Alí fue asesinado en Kufa (Mesopotamia) en el 661, la línea de imanes chiíes elegidos entre sus descendientes se perpetuó hasta el siglo IX. Desaparecido el duodécimo imán, sus seguidores creyeron que se había ocultado y que habría de regresar en el futuro para impulsar un período de justicia en el que la verdad al fin prevaleciese en el mundo. Esta misma idea era sostenida por los seguidores de un séptimo imán alternativo: los chiíes se distinguían por una mezcla de ideales milenarios y por compartir el linaje del profeta a través de Fátima y Alí. El mahdi, un líder justo que restablecería el orden social, religioso y legal, fue el equivalente de esta idea en el Islam suní.

3. Suníes, chiíes y jariyíes.

Había también quienes no compartían esta visión. Afirmaban que Alí no tenía derecho a aceptar un arbitraje y que ni el criterio de ascendencia ni el dictamen de la oligarquía de La Meca eran los mecanismos adecuados para elegir al califa. Exigían que el líder de la comunidad fuera elegido únicamente por su piedad y probidad. Se separaron de la comunidad principal (de ahí el nombre de jariyíes, “los que se marchan”) y lucharon por una sociedad basada en la justicia y la igualdad.

El debate se articulaba en torno al modo de organizar una sociedad de acuerdo con los principios religiosos. La respuesta también era esencialmente sencilla: tanto la conducta como la religión debían ser reguladas por un único sistema legal, la sharia, que en primera instancia se extraería directamente del Corán, la palabra de Dios revelada. Dado que esta propuesta por sí sola no bastaba para responder a cualquier eventualidad, la otra fuente de inspiración legal serían las instrucciones, los dichos y los actos del propio Profeta. El debate se complicaba en este punto. Pse a que estas instrucciones y dichos se habían recopilado en grandes compendios de tradiciones, los hadith, su fiabilidad y su modo de aplicación, junto con el significado del propio Corán, eran asuntos más delicados. La cuestión pronto quedó en manos de los hombre instruidos, los ulemas, cuya función era la de comprender y enseñar el significado de la religión y su ley.

Tanto chiíes como jariyíes causaron numerosas dificultades a Muawiya, el rival de Alí finalmente victorioso, que procedía del clan Banu Omeya, el mismo que asesinó al califa Otman. Los omeyas transformaron el califato en una dinastía. Desde su sede en damasco se extendió por oriente hasta la India y por occidente hasta el norte de África y la península Ibérica, a la que los musulmanes llamaron al-Andalus. Pero el régimen no era estable, y hacia mediados del siglo VIII las disputas sucesorias y la rapiña del gobierno omeya provocaron la rebelión. Abu- al- Abbas al- Saffah estableció un nuevo califato. Los abasíes reclamaban su legitimidad como miembros de la familia del profeta, mientras que los chiíes afirmaban que procedían de otro linaje. La genealogía del profeta se convirtió en un poderoso medio para exigir legitimación en la historia islámica, pero no habría de ser el único: los jariyíes siguieron reivindicando un califato basado en la justicia. Los abasíes lograron reducir a chiíes y jariyíes y establecer un imperio cuya capital se situó en Bagdad. Resultó ser la dinastía árabe más longeva, pues logró sobrevivir de distintos modos hasta 1258. Pero no incluía a la totalidad del mundo musulmán; nunca gobernó al-Andalus, que fue tomada por un miembro superviviente de la familia de los omeyas. Así pues, el norte de África y la península Ibérica fueron las primeras zonas en escindirse.

Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.

Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo.

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