LAS CATEGORÍAS

   Una dificultad que podemos encontrar es la relación que se establece entre la realidad, el conocimiento y el lenguaje. La caracterización que hagamos de la realidad no es separable de nuestro conocimiento ni del lenguaje con el que la enunciamos, sino que éstos condicionan nuestra visión de ella. Por lo que respecta al lenguaje, la cuestión de si las palabras representan o no la realidad y cómo lo hacen es tan antigua como la reflexión filosófica.

La historia del pensamiento nos enseña que hay un punto de encuentro de la realidad, el conocimiento de ella y la expresión de ambos: las categorías.

La palabra “categoría” proviene de dos términos griegos: katá y agoreuein. El primero es una preposición que expresa la relación que une un predicado a un sujeto, mientras que el segundo es un infinitivo usado en el campo jurídico que significó originariamente “hablar en público testificando” y, posteriormente, “hacer público”, “manifestar algo en lo que es”. Etimológicamente, pues, con la categoría “manifestamos” que un predicado pertenece a un sujeto.

  Aristóteles emplea el término “categoría” en el sentido de atribuir un predicado a un sujeto. Por ejemplo, decimos algo de algo, de la rosa predicamos que es una flor y roja, con ello ponemos de manifiesto su esencia (“ser flor”) y su cualidad (“ser roja”). Esencia, cualidad, cantidad y otras son, como decía Aristóteles, categorías que atribuimos a la realidad de las cosas.

Así, en filosofía se entiende por categorías los conceptos más generales con los que ordenamos la realidad, la conocemos y expresamos.

Por tanto, las categorías tienen una dimensión ontológica, pues manifiestan los modos de ser que presenta la realidad; y tienen también una dimensión lógico-lingüística, pues mediante ellas organizamos nuestro conocimiento de lo real y lo expresamos.

Los dos sistemas de categorías más representativos son los de Aristóteles y Kant.

*Aristóteles concibe las categorías como los modos originarios de ser (dimensión ontológica), íntimamente relacionadas con nuestros conceptos y con nuestro lenguaje. Distingue diez categorías: la primera es la sustancia (esencia), que es el primer modo de ser o manifestarse la realidad; las otras se dicen de esta manera, algunas de ellas son: cantidad, cualidad, relación, lugar y tiempo.

Para Aristóteles, la sustancia de un objeto, su esencia, se identificaba con su forma. La forma de un objeto requiere de la materia porque sin ella no tendría ninguna realidad. Definimos materia como aquello que es susceptible de recibir una forma. La forma sería la realización de una de las posibilidades que ya se encontrarían en la materia. La forma es lo que hace que un objeto o ser sea genéricamente lo que es. La cuestión de la sustancia ha sido debatida por numerosos filósofos y cuestionada por otros tantos que, como Hume, sospechan que si de un objeto extraemos sus accidentes, no nos queda absolutamente nada. No hay ningún medio empírico para alcanzar la sustancia. La sustancia, de hecho, no es experimentable, sino tan solo pensable, por lo que es lícito cuestionarnos si realmente existe.

*Kant, por el contrario, entiende que las categorías no son modos del ser mismo, sino que las pone el entendimiento del sujeto que conoce. Las categorías son, según él, conceptos puros de nuestro entendimiento de los que nos servimos para conocer y saber. Estos conceptos los pone el entendimiento a priori, es decir, con anterioridad a la experiencia, y sirven para unir entre sí los fenómenos de modo que, en vez de presentársenos de forma caótica, nos aparezcan ordenados.

Por ejemplo, si percibo primero fuego y después humo, puedo relacionarlos mediante la categoría de causa, diciendo que el fuego es la causa del humo; o bien, si veo una semilla y más tarde en el mismo lugar una planta, uno los dos fenómenos diciendo que, a pesar de los cambios accidentales, la sustancia que permanece es la misma y por eso hay una conexión entre semilla y planta. Causa, sustancia, accidentes son, entre otras, categorías que pone el entendimiento.

Un poco de filosofía inclina la mente del hombre al ateísmo; pero profundizar en la filosofía la conduce a la religión

Autor: Francis Bacon

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