UN ÍDOLO A CUESTIONAR: ¿HAY QUE DEFENDER A LA CIENCIA?

  A los ojos de sus detractores, la ciencia no ha mejorado el mundo. Peor aún, no es tan racional como pretende ser. Pero antes de tirarle la primera piedra, quizás fuera necesario dejar de idealizarla….

 einstein A FINALES DEL SIGLO XIX, el influyente F. Brumetière, director de la Revue des deux mondes, publicó un artículo de amplia repercusión en el que recordaba la caída de la ciencia. Su argumento era que la ciencia no había cumplido sus promesas. Algunas, como la física y la química, habían progresado mucho; los trenes cada vez eran más veloces y la medicina se mostraba más eficaz. Pero la ciencia no ha hecho a la humanidad mejor, ni tenido un efecto beneficioso en la política, ni resuelto los grandes misterios de la naturaleza ni revelado el destino del ser humano. El propósito escandalizó a todos los que, muchos en la época, veían en la ciencia la única fuente de todo conocimiento y progreso. Se organizó también una respuesta enérgica. Sobre todo por parte de uno de los sabios más célebres de la época, M. Berthelot, que respondió directamente a F. Brunetière que “el triunfo universal de la ciencia llegará a garantizar a los hombres la máxima felicidad y moralidad”.

Más de un siglo después, este debate de fin de siglo parece un poco desusado. Ya nadie, o casi nadie, ve en la ciencia la panacea universal, aunque esté aureolada de un fuerte prestigio. Los científicos prometen menos: De entrada, las decepciones son menos fuertes. A lo largo del siglo XX, no han cesado de aparecer críticas a la ciencia. La más radical, formulada por algunos historiadores, filósofos y sociólogos, es que la ciencia no es la empresa racional que pretendía ni ofrece necesariamente la mejor descripción del mundo. Esta crítica, más o menos relativista, según el caso, tiene como la de F. Brunetière, un perfume de escándalo.

  1. Golpe de fuerza y creencias.

No resulta sorprendente que sea rechazada masivamente por la comunidad científica y que se encuentre, a su vez, acusada de poner en peligro los valores de racionalidad sobre los que descansan nuestras sociedades modernas. Pero entre los defensores y los detractores de la ciencia, ¿hay que decantarse realmente como lo hicieron Brunetière y Berthelot? ¿La ciencia tiene una disciplina unificada en este punto y bien definida para poder estar a favor o en contra?

El debate de la ciencia siempre ha sido delicado porque existen múltiples representaciones. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XX, M. Planck, premio Nobel de Física (1918), sin ser un detractor de la ciencia, había ofrecido una visión un poco desengañada del progreso científico:”En ciencia, una verdad nueva-escribía- no llega nunca a triunfar convenciendo a los adversarios y llevándoles a ver la luz, sino es porque finalmente estos adversarios mueren y una nueva generación aparece, para quien es familiar esta verdad”. Esta cita sale al encuentro de la idea actual según la cual los científicos son investigadores metódicos que confrontan sistemáticamente hechos e hipótesis de forma que validan las mejores teorías, y, sobre todo, que saben someterse al tribunal de la experiencia. Al contrario, la ciencia se desarrollaría gracias a diferentes tomas de poder o golpes de fuerza de las nuevas generaciones, acampando cada una de ellas hasta su último soplo. Esta visión del progreso científico no refleja ciertamente toda la historia de las ciencias. Pero tampoco es del todo falso el pensamiento de M. Planck: de la historia se obtiene esta visión. Entonces, ¿qué imagen del progreso científico debemos obtener?

Otro problema para definir la ciencia: Estos últimos decenios, muchos estudios han mostrado que los debates científico apenas pueden desconectarse del contexto social y cultural en el que aparecen ni de la dimensión psicológica de los investigadores. Los científicos son simplemente seres humanos como los demás, con sus subjetividades, sus pasiones, sus sueños, sus ideas, sus mensajes, sus luchas, sus dogmatismos, etc., y a veces pueden utilizar sus posiciones de fuerza para imponer sus puntos de vista.

Tomemos por ejemplo a F. Bacon. A menudo presentado como el heredero de la intelectualidad científica, como el que ha indicado cómo pasar de las creencias y las supersticiones al conocimiento objetivo, se inspiró no obstante en la magia y las consideraciones escatológicas para definir su concepto de ciencia. En realidad, la magia, al encuentro de las especulaciones escolásticas, le dio el sentido de la práctica experimental. En cuanto a la religión, la empujó a obrar a favor del progreso de las ciencias y a conferir una posición dominante del hombre sobre la naturaleza, ya que un progreso así debía anunciar el retorno de Cristo.

Popper

  1. Una historia no siempre resplandeciente.

Tomemos un segundo ejemplo a propósito de otra figura tutelar de la ciencia, A. Einstein. Hemos oído decir con frecuencia que su teoría de la relatividad general fue confirmada en 1919 por las observaciones de A. Eddington. Esta afirmación se presenta entonces no sólo como un éxito de esta teoría, sino también como un triunfo de la investigación científica. La historia es, sin embargo, menos atractiva. El proyecto de Eddington era mostrar una expedición para fotografiar las estrellas cercanas a la dirección del sol con ocasión de un eclipse para determinar si la trayectoria de su luz era curvada tal y como precisaba Einstein. Pero, a las dificultades inherentes a este tipo de observaciones, se añadieron malas condiciones meteorológicas. En consecuencia, las fotografías fueron de mala calidad. La expedición fue un fracaso, salvo en que Eddington- ya convencido por la teoría de la relatividad general- ajustó sus resultados para que correspondieran con los de Einstein. Podríamos multiplicar este tipo de ejemplos. Cuando los historiadores o los sociólogos adelantan que la idea de una ciencia únicamente fundamentada en la racionalidad es difícilmente defendible, no se equivocan. Para entender la dinámica de las ciencias, tienen que intervenir las consideraciones culturales, sociológicas y psicológicas. Esto no quiere decir que no haya que recordar así mismo las limitaciones experimentales ni hacer considerar los conceptos relativos a las teorías científicas. Pero estas múltiples dimensiones, tanto culturales y experimentales de la actividad científica indican la dificultad de ponerse de acuerdo sobre una imagen de esta última de contornos bien definidos. Todo debate sobre la ciencia se encuentra enfrentado a su vez al delicado problema de la caracterización del método científico. La idea de que existe un método propio de la ciencia que sería válido a pesar de todos los científicos, a pesar de sus debilidades humanas, ha sido debatida en gran medida en la filosofía de las ciencias. Este método es el que permitiría diferenciar la ciencia del mito, de la metafísica, de las pseudociencias y de cualquier otra pretensión del saber. Por ejemplo, en los años 1930, el filósofo K. Popper había adelantado que para ser científica una teoría debía ser refutable, es decir, que los científicos debían construir sus teorías de tal manera que las experiencias pudieran comprobar su validez. Esto no permitía decir si una teoría era cierta, solamente si era falsa.

  1. Una unidad ilocalizable.

Este criterio de cientificidad que obliga a dictar el método a seguir por los científicos, se ha demostrado demasiado severo: Muchos científicos de reputación demostrada han decidido simplemente no seguirlo. Desde K. Popper, los filósofos han intentado afinar la descripción del método científico o, lo que viene a ser lo mismo, la caracterización de los criterios de cientificidad. Pero nunca han conseguido entenderse. Ante esta dificultad, algunos historiadores y filósofos de las ciencias han llegado a dudar de la existencia de unos criterios así, ya desde hace muchos decenios. La filosofía ha llegado más lejos en la negación de su existencia, sobre todo en el caso de P. Feyerabend. Mostró, a partir de muchos ejemplos históricos, que es imposible mostrar un método propiamente científico. Obtendrá la conclusión de que, en un nivel metodológico, “todo es bueno” para que la ciencia avance. La tesis se ha entendido mal con frecuencia: Se ha querido leer en ella que “todo vale”. Sin embargo, lo que quería decir Feyerabend es que no existe un método universal en la ciencia aplicable a cualquier ocasión. Todo depende del contexto. Y, en realidad, nadie ha demostrado nunca en qué consistiría exactamente el método científico. Además, cualquier defensa de la existencia de un pretendido método universalmente aplicable aparece presuntuosa.

Paul_Feyerabend  Por último, existe el problema de la unidad de las ciencias. ¿Qué tienen en común el fisiólogo que estudia la reproducción de los leones marinos, el cosmólogo que especula sobre los universos paralelos, el climatólogo que analiza la fuente de los glaciares polares, el físico que va detrás de las partículas fantasmas, etc.? La cuestión es aún más delicada si incluimos las ciencias humanas en esta lista. Ante una multiplicidad de tal categoría, comprobamos que las diferentes disciplinas científicas comparten una visión materialista del mundo. Este sería su denominador común más pequeño. Pero en esta tesis se puede argüir, así mismo, que los grandes científicos a veces son profundamente religiosos. Este materialismo, concepto por otro lado un poco vago, podría plantear problemas a algunos matemáticos que creen que las entidades matemáticas existen con independencia de nuestro espíritu. En un contexto así, ¿qué podría significar esta prociencia? ¿Hay que mostrarse defensor indistintamente de la fisiología, cosmología, climatología, física, psicología, sociología que denuncian la racionalidad ilusoria de la ciencia? Sería absurdo. Por el mismo motivo, una posición anticientífica parece igual de problemática. Si se considera anticientífica, como ocurre a veces, una visión holística de la naturaleza, es decir, una visión en la que nada puede reducirse al conjunto de sus partes, entonces muchos científicos, empezando por los biólogos, se verían obligados a considerarse como tales. El término ciencia comporta prácticas e ideas tan diferentes que podemos mostrarnos a favor y en contra de la misma por cualquier motivo. La clave de esta paradoja es quizás que, más allá de la palabra, la ciencia en sí no existe y que no hay ciencias. Esto no quiere decir que cualquier pretensión del saber valga porque sí. Más bien querría decir que no hay que defender la ciencia sin más, sino simplemente este o aquel argumento, teoría o concepción. En definitiva, únicamente lo que es defendible.

La filosofía triunfa con facilidad sobre las desventuras pasadas y futuras, pero las desventuras presentes triunfan sobre la filosofía.

Autor: François De La Rochefoucauld

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