LA ETERNA CUESTIÓN A DEBATE: ¿NECESITAMOS LA VERDAD?

 ¿Y si la verdad se revelara un concepto superfluo y falso? Es parte de nuestro vocabulario común y, sin embargo, es muy difícil definirla. Cuando lo intentamos, sólo conseguimos llegar a cuestiones obvias o a un callejón sin salida.

LO VERDADERO SUELE SER DEFINIDO POR LA CORRELACIÓN ENTRE NUESTRAS IDEAS Y LA REALIDAD. Por ejemplo, pienso en un ordenador con el que escribo un artículo, en el mismo momento en el que escribo este artículo con el ordenador: La proposición “Hay un ordenador delante de mí” es por lo tanto verdadera en el momento en el que escribo este artículo. O sea, la constatación de la presencia de un ordenador delante de mí, y la consciencia de escribir un artículo con un ordenador son dos representaciones que provienen a la vez de un estado mental, de una visión y de una sensación táctil. No está garantizado que exista una correlación entre estas representaciones y la realidad, aunque esta última es concebida como algo independiente de toda representación: Solamente está asegurada una correlación entre mis representaciones. Lo que sugiere que la verdad es, a lo mejor, simplemente el acuerdo de nosotros mismos con nosotros mismos. O, como dice el filósofo R. Rorty, sería un complemento que adherimos a nuestros enunciados o a nuestras teorías para expresar el hecho de que los aprobamos (porque son útiles, porque nos parecen que están justificados, etc.)

  1. ¿Un concepto a eliminar?

Además, este concepto un poco vacío de la verdad tendría, según este mismo filósofo, el fallo de dejar entender que se tiene acceso a una forma de instancia temporal y transcendente, como sería la realidad. También tendría una tendencia a eliminar nuestra “necesidad religiosa a inclinarse delante de un poder no humano”. La moralidad sería un concepto del que habría que deshacerse. La sugerencia tiene algo de sorprendente mientras la verdad es un concepto omnipresente en nuestra vida cotidiana. Cada día decimos convencidos “es verdad” o “no es verdad” según qué afirmación. Suprimir la idea de la verdad arriesgaría también la eliminación del concepto de error y el de mentira. Al no poder distinguir más entre lo verdadero y lo falso, nuestra representación del mundo se volvería caótica. Entre la posible ilusión metafísica y el caos, ¿qué sitio hay que otorgar entonces a la idea de la verdad?

Definir la verdad como una correlación entre unas afirmaciones o ideas y unos hechos independientes de nuestro espíritu, plante varios problemas. Para empezar, como se ha visto, los hechos no pueden ser concebidos sino por un espíritu que los conciba (la independencia del hecho y del espíritu no está resuelta). Luego, la noción de “hecho” no es muy clara. Si es verdad que vais a empezar la lectura de un artículo sobre la “verdad”, y no a escalar el monte Everest, ¿qué estatuto ontológico hay que atribuir al hecho correspondiente a la afirmación cierta “no vais a empezar a escalar el Everest”? Como constataría el G. Frege, no puede haber correlación si las dos cosas no son de la misma naturaleza:”Hay que poder probar la autenticidad de un billete bancario poniéndolo junto a otro autentico, pero intentar poner un billete de veinte marcos junto a un lingote de oro, seria ridículo. El descubrimiento de una cosa a través de una representación no sería posible si la cosa misma fuera una representación(…). Esto es precisamente lo que no se pretende cuando se define la verdad como concordancia de una representación con algo real. Es esencial que el objeto real y la representación sean diferentes”. Si no hay un acuerdo perfecto, ya que lo real y su representación no son de la misma naturaleza, ¿no se podría de todos modos hablar de unos grados de verdad? Así, una representación podría ser aproximativamente verdadera o aproximar la verdad. No, contesta Frege, la verdad “no soporta los más o menos”. Entonces. ¿cómo definir la verdad?

En lugar de evocar una correlación, ¿no habría que contentarse con hablar de la coherencia? Una afirmación sería verdadera si es coherente con un conjunto de frases consideradas como tales. Esta aproximación tiene la ventaja de no referirse a una realidad enigmática, exterior a nuestros pensamientos, que probablemente existe, pero a la cual no tenemos acceso, sino a través del filtro de nuestra percepción. Además, presenta el interés de subrayar implícitamente un carácter fundamental del error: la incoherencia.

  1. Coherencia y utilidad.

De hecho es la incoherencia la que nos permite juzgar falsa, por ejemplo, la afirmación de la alcohólica, según la cual hay elefantes rosas en la calle: Es incoherente con lo que sabemos de los elefantes y de lo que suele pasar en la calle. La aproximación, sin embargo, no está exenta de dificultades. En realidad, se pueden manifestar dos frases coherentes con un conjunto de proposiciones juzgadas como ciertas, pero que se contradicen la una a la otra. Por ejemplo, las afirmaciones “los extraterrestres existen” y “los extraterrestres no existen” son incompatibles entre sí, pero ninguna es contradictoria con el conocimiento actual de astrofísica. Sin embargo, es difícil afirmar que las dos sean verídicas. Esto indica la delicada problemática de la elección de las afirmaciones frente a las cuales hay que evaluar cada nueva afirmación. Lo que es juzgado verdadero en un tiempo, no lo es necesariamente en otro. Por último, si definimos la verdad según la coherencia, existe el riesgo de inflación de afirmaciones ciertas, puesto que cada afirmación que no sea contradictoria con el conjunto de las admitidas, debe ser considerada verdadera. Lo que se podría producir con muchas proposiciones extraídas de obras de ficción.

No siendo la coherencia suficiente para caracterizar la verdad, algunos filósofos han intentado otorgarle un criterio de utilidad. Este acercamiento llamado pragmatismo fue defendido por C. S. Peirce. Muchas veces ha sido caracterizado bajo la forma “es verdad porque es útil”, lo que sería simplista, ya que es evidente que existen muchas afirmaciones que son útiles creer, pero que son falsas, y muchas frases verdaderas que son inútiles. La utilidad cuestionada por los pragmatistas es utilidad en cuanto conocimiento. La verdad no es solamente lo que es coherente, sino lo que es más ventajoso en un plano cognitivo. C. S. Peirce estima así que una creencia o una afirmación es verdadera cuando es resultado de una búsqueda racional. Particularmente, considera verídica una teoría científica que permita predecir y controlar el mundo mejor que sus rivales. Para concluir, la verdad de las afirmaciones, creencias y teorías significaría que son coherentes, verificables y prácticas. Sin embargo, consciente de que el saber es revisable, C.S. Peirce se ve obligado a admitir que la verdad es mejor alcanzada al hipotético final de un proceso ideal de investigación, como si la verdad no se pudiera definir únicamente por las características de nuestras representaciones (coherencia, utilidad, etc.). Lo que vuelve a introducir implícitamente la idea de correlación, de la que, por su carácter enigmático, el pragmatismo había querido deshacerse.

  1. ¿Una búsqueda desesperada?

Si la verdad es difícilmente conceptualizada como correlación entre nuestras representaciones y la realidad, si sólo traduce la coherencia de un conjunto de afirmaciones o creencias, y no puede ser simplemente resultado de una investigación racional, ¿entonces qué es? A lo mejor algo muy banal. Es la conclusión a la que nos invita el método llamado deflacionista, seguido, por ejemplo, por F. Ramsey. Contrariamente a los demás métodos, no supone que la verdad posea una naturaleza que los filósofos tengan que explicar. Si la búsqueda de la esencia de la verdad es tan frustrante, es porque al final no habría nada que buscar. Así, la verdad no sería ni un concepto verdadero por definir, ni una verdadera propiedad que haya que explicitar. Para comprender el primer punto, los deflacionistas afirman que decir, por ejemplo, que “la nieve es blanca” es verdadero y es equivalente a decir que “la nieve es blanca”. En otras palabras, afirmar la verdad de una frase no añade ninguna información adicional al hecho de afirmar la frase en cuestión. En este sentido la verdad sería un concepto superfluo o que este no sería un verdadero concepto. En cuanto al segundo punto, los deflacionistas indican que dos afirmaciones verdaderas no tienen necesariamente en común “la verdad”. Se puede entender fácilmente con otro ejemplo. Sean dos afirmaciones consideradas como verídicas: “París es la capital de Francia” y “El azúcar se deshace en el agua”. La primera encuentra su explicación en la historia de Francia; la segunda en los mecanismos químicos. Las dos explicaciones sobre la veracidad de estas afirmaciones, aunque no tienen nada en común, pueden tener una propiedad en común que sería la verdad, contrariamente a lo que podría hacer pensar un análisis superficial de la cuestión. La verdad tendría finalmente la apariencia de una propiedad sin ser una.

¿Hay que ponerse del lado de los deflacionistas y considerar que la verdad no es una noción metafísica profunda? No. Reduciendo la verdad a una banalidad, es decir, a una palabra vacía de connotaciones nefastas, el método deflacionista parece fallar en una dimensión importante. Afirmar que una frase es verídica no significa necesariamente que corresponda con la realidad (sin duda es imposible, pero hay que determinar el sentido de esta correlación). No quiere decir tampoco que no entre en conflicto con otras afirmaciones, ni que sea susceptible de ser modificada como consecuencia de otras investigaciones. Pero quiere decir que hemos ido lo más lejos posible en esta dirección. Por ejemplo, cuando el físico afirma que sus teorías son verídicas significa que ha hecho todo lo posible para establecer una correlación entre las entidades como los electrones, los agujeros negros, etc., y la realidad tal y como es. Sobrentiende igualmente que lo ha hecho lo mejor posible para que sus teorías no presenten afirmaciones contradictorias y que sean lo más sólidas posible. En definitiva, a lo mejor la verdad no es un concepto o una propiedad, sino, como el filósofo Pascal Engel la defiende, una norma. Es la que marca nuestra actitud en un plano cognitivo, la que define nuestras creencias. En este sentido, la verdad juega un papel fundamental; un papel que, cuando es asumido, nos permite evitar las ilusiones metafísicas o el caos conceptual.

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