ORIGEN Y FUNDAMENTOS DEL CONOCIMIENTO

1. El racionalismo.

   Aunque guardan relación hay que distinguir la cuestión psicológica de cuál es el origen del conocimiento, de qué fuentes proviene, y la cuestión epistemológica de su fundamentación, la base de su validez. Es innegable que algunas ideas o contenidos mentales provienen de nuestros sentidos, de la experiencia. Si nunca ha visto un color o probado un sabor no podré tener la idea o contenido mental correspondiente. Ahora bien, ¿son estas ideas, originadas en la experiencia sensible, las fuentes de un auténtico conocimiento, el fundamento del saber? Sin negar  su existencia los racionalistas consideran que un saber digno de tal nombre no puede basarse en estas ideas, sino solamente en las que provienen de la propia razón. Para el racionalismo el origen y fundamento del auténtico conocimiento es la razón. Los sentidos sólo pueden proporcionar opinión.

   Un saber válido, a diferencia de la mera opinión, debe poseer las características de necesidad (debe ser así y no puede ser de otra manera) y universalidad (en todos los casos). Si un juicio como “la suma de los ángulos de un triángulo es de 180º” fuera contingente y se pudiera dar o no, o se diera en unos casos y no en otros, consideraríamos que tal enunciado no constituye un auténtico saber científico porque carecería de los requisitos de necesidad y universalidad. En base a la experiencia, que me muestra este caso particular y aquel otro y aquel otro, sólo puedo realizar inducciones falibles y probables: hasta ahora ha sido así, pero no puedo asegurar que será así siempre, necesariamente y en todos los casos. Estos requisitos sólo los pueden satisfacer los juicios basados en la razón (analíticos, tautológicos). Así, los juicios “todo cuerpo es extenso” o “el todo es mayor que las partes” son universales y necesarios porque no se basan en la experiencia, sino en la lógica, en relaciones racionales entre las ideas (recordemos que en los juicios analíticos el predicado está contenido en el sujeto).

  El modelo racionalista de saber es el modelo matemático: sobre la base de unas primeras evidencias racionales, captadas por intuición intelectual, la deducción permitirá extraer otros juicios igualmente universales y necesarios. Se entiende por intuición la captación directa e inmediata de una verdad, sin mediar un proceso de inferencia, sin derivarla de otros conocimientos previos. Evidentemente las primeras premisas no pueden ser deducidas de otras (porque entonces no serían ellas las primeras). El edificio del conocimiento racionalista está construido deductivamente, pero necesita unos fundamentos que no pueden ser inferidos, sino intuidos intelectualmente, captados por la razón de una manera directa e inmediata en su verdad.

   La razón no se limita a aportar relaciones formales o lógicas entre conceptos estableciendo juicios necesarios y universales, sino que también aporta los propios contenidos conceptuales. Según los racionalistas poseemos ideas innatas, contenidos que la propia razón obtiene a partir de sí (“innatas no significa aquí que nacemos poseyendo ya estos contenidos mentales, sino que la sola razón puede llegar a ellos sin tener que basarse en la experiencia). Por ejemplo, ¿de qué experiencia podría provenir la idea de infinito?

  Según el racionalismo, pues, tenemos unas ideas innatas que son la base del auténtico conocimiento, el cual va construyéndose a partir de la razón mediante un proceso intuitivo y deductivo.

   Como ya se ha dicho, los filósofos racionalistas suelen ser dogmáticos. Sin haber hecho antes una crítica sobre cuáles son los poderes y límites de nuestra razón, poseen un confiado optimismo con respecto a la posibilidad de un conocimiento objetivo y absoluto de la realidad, concebida como una realidad que es en sí misma inteligible y racional. Podemos destacar como representantes de la postura racionalista a Platón (s. V-VI a. C) en la filosofía antigua y a Descartes (s. XVIII) en la moderna.

2. El empirismo.

   El empirismo (del griego empiria, experiencia) afirma, al contrario que el racionalismo, que todo nuestro conocimiento tiene su origen y obtiene su fundamentación legitimadora en la experiencia sensible, en nuestras percepciones. La mente es como una “tabula rasa” (una hoja en blanco) donde se inscriben las impresiones de los sentidos. Niegan por lo tanto que haya ideas innatas o intuiciones intelectuales, sólo tenemos intuiciones sensibles de ideas empíricas. La razón podrá relacionar lógicamente las ideas así formadas; pero eso únicamente da lugar a juicios analíticos, tautologías sin contenido empírico, como en las matemáticas. Para establece entre las ideas relaciones que den lugar a juicios sobre los hechos hace falta experiencia.

   La experiencia, además de ser la que origina todas nuestras ideas, es también la que aporta validez a toda pretensión de conocimiento. Si un concepto no se puede remitir a una impresión sensible de la cual proviene, tal concepto carecerá de sentido, será una palabra vacía que no significa nada. Este criterio empirista comporta una crítica radical a algunos conceptos de realidades inteligibles que el dogmatismo racionalista consideraba ideas innatas. Así Descartes establecía como primera evidencia racionalmente intuida la existencia del yo como sujeto de los pensamientos, sustancia pensante a la que también llama alma. Ahora bien, apliquemos el criterio empirista: ¿tenemos experiencia de este “yo”, de un sujeto de los pensamientos? ¿De qué impresión sensible provendría esta idea? Sólo tenemos experiencia de unas impresiones externas o internas, no del propio sujeto que las tiene (de igual modo que el ojo que mira no se ve a sí mismo). Descartes hubiese podido afirmar que hay pensamientos, pero no un sustrato o sustancia  que los tiene, una entidad permanente o “yo” en quien residen y que nunca es objeto de experiencia. Así, desde el punto de vista empirista, el “yo” no sería más que una sucesión de ideas hilvanadas por la memoria, una cadena de pensamientos conectados por la experiencia vital.

   La crítica empirista al concepto de sustancia, entendido como el substrato permanente que subyace a las cualidades cambiantes, afecta sólo al “yo”, en tanto que sujeto de los diversos pensamientos, sino también a las cosas u objetos sensibles. Decimos “la mesa es verde”, la “mesa es rectangular”, como su hubiese una entidad permanente “mesa” donde residen las cualidades “verde” o “rectangular”, que se mantendría aunque éstas cambiaran (porque la pintamos de otro color o le alteramos la forma). Pero únicamente tenemos experiencia de las cualidades de las cosas (de tal color, tal figura, etc.) no de un invisible substrato permanente que sería el soporte de tales cualidades. Desde el punto de vista empirista las cosas son colecciones de cualidades reunidas por una repetida experiencia. Si no tenemos, como es el caso, impresiones sensibles de ningún substrato permanente de las cualidades o de los pensamientos, el concepto de “sustancia” es vacío, no significa nada, por mucho que lo empleen los filósofos. Y lo mismo ocurre con otros conceptos “metafísicos” (más allá de la física, y por lo tanto de la experiencia) como el del alma o el de Dios.

   Pero el criterio empirista de significación y validez no sólo afecta a los conceptos metafísicos. También afecta a ciertos conceptos que son fundamentales para que sean posibles las ciencias empíricas, como el concepto de causalidad. La ciencia intenta descubrir las causas de los hechos, establecer conexiones necesarias entre causa y efecto. Pero, ¿tenemos alguna impresión sensible de tal conexión necesaria? Por la experiencia sólo nos viene dada una sucesión o conjunción constante entre el hecho que llamamos causa y el que llamamos efecto y, por muchas veces que hasta ahora se haya reiterado tal sucesión o conjunción, nada nos asegura que se vuelva a repetir en la próxima ocasión y en todos los casos ( problema  de la inducción). No hay un fundamento empírico para la idea de “conexión necesaria” y, con eso, queda en entredicho la posibilidad de la ciencia empírica, en tanto que saber universal y necesario de las relaciones causales entre los hechos (leyes naturales)

3. La síntesis kantiana: el apriorismo.

   Dice Kant (siglo XVIII) que el empirismo escéptico de Hume lo despertó del “sueño dogmático” racionalista. La filosofía crítica kantiana es un intento de reconciliar y superar ambas posturas considerando que todo conocimiento comienza con la experiencia, pero no todo proviene de ella: el objeto conocido( el fenómeno, no la incognoscible cosa en sí) es una síntesis de elementos a posteriori, aportados por la experiencia, y de elementos a priori, previos a la experiencia, aportados por el sujeto. Sin experiencia no habría conocimiento, como decían los empiristas, pero el material aportado por ésta debe ser configurado según unas formas a priori de la razón.

   Hay, por tanto, ciertos conceptos que provienen de la razón pero, a diferencia de las “ideas innatas” del racionalismo, estos a prioris son meramente formales, no significan nada ni aportan ningún conocimiento independientemente de toda experiencia. Sólo tienen sentido aplicados al caótico material que ésta aporta: las intuiciones sensibles sin conceptos son ciegas, los conceptos sin intuiciones sensibles son vacíos. Se requieren los dos elementos, a priori y a posteriori, para que hay conocimiento. El componente a priori del conocimiento es el que confiere necesidad y universalidad que caracteriza al saber científico, superando así las escépticas conclusiones del empirismo; pero la exigencia de un contenido a posteriori en el conocimiento limita las pretensiones dogmáticas racionalistas de saber prescindiendo de la experiencia.

   Todo objeto de experiencia estará en un lugar del espacio y en un momento del tiempo. No es posible decir que he conocido una cosa, pero que no estaba en ningún lugar ni era en momento alguno. Ahora bien, la necesidad y la universalidad que tienen el espacio y el tiempo como condiciones de todo fenómeno denota que no derivan de la experiencia, sino que la anteceden como condiciones de toda experiencia posible. Según Kant espacio y tiempo son formas a priori de nuestra sensibilidad: no podemos saber cómo es la cosa en sí, pero todo objeto de experiencia, es decir, todo fenómeno, estará en un espacio tridimensional y en un tiempo irreversible.

   Al igual que nuestra sensibilidad, también nuestro entendimiento tiene unas formas a priori, unos conceptos que no provienen de la experiencia, sino que los aplicamos a ella para hacer posible el conocimiento, son conceptos a priori, pero que sólo son legítimos y tienen sentido en tanto que los aplicamos al material sensible aportado en la experiencia. Se trata de conceptos que el empirismo había puesto en entredicho, como el de sustancia(todo fenómeno es conocido como una sustancia que persiste aunque cambien sus cualidades) o el de causalidad(todo fenómeno debe ser conocido como vinculado con otros fenómenos según una conexión causa-efecto. Un fenómeno sin ninguna causa nos resulta incomprensible). La experiencia no aporta ninguna impresión sensible de sustancia o conexión necesaria- en eso tenía razón el empirismo- pero eso no comporta la imposibilidad de conseguir un saber universal y necesario de las relaciones entre los hechos, no aboca a un escepticismo con respecto a la posibilidad de las ciencias empíricas. La conexión necesaria la aportamos nosotros con el concepto a priori de causalidad, que aplicamos a todo objeto conocido, a todo fenómeno. “Todo cambio tiene una causa” es un juicio necesario y universal porque no es a posteriori, no proviene de la experiencia, sino de aplicar a la experiencia(cambio) el concepto a priori de causalidad. Los conceptos a priori de nuestro entendimiento, aplicados al material de la experiencia, son por lo tanto los que hacen posible las ciencias empíricas como la física.

Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.

Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo.

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