KANT Y KOHLBERG

 Para Kant la ética es universal, al igual que la razón, de la que es un producto. El dilema moral más complicado cabe resolverlo de forma correcta preguntando desinteresadamente a la razón hasta. Hasta un niño sabe cómo hacerlo, del mismo modo que sabe aplicar intuitivamente la lógica. Lo correcto es actuar por deber, sin buscar más fin que el ser ético. Pero,¿tiene razón Kant cuando sostiene que cualquiera, en cualquier situación, hasta un niño, sabe cómo debe actuar?.

 Con el fin, entre otros, de confirmar si Kant tenía razón, Kohlberg, sobre la base de investigaciones pioneras de Piaget y Dewey, comenzó a partir de 1960 a realizar estudios de campo en diferentes culturas (Estados Unidos, México y Taiwán) presentando a una muestra significativa de cada una de ellas dilemas morales para ver cómo los resolvían. Como resultado de estas investigaciones, Kohlberg detectó seis fases del desarrollo moral humano agrupables en tres niveles distintos de moralidad. Sorprendentemente sólo un 5 por 100 de la población adulta mundial alcanzaría el nivel de la ética kantiana- nivel posconvencional-, según las investigaciones de Kohlberg. Es decir, sólo cinco de cada cien personas (adultas, nunca niños) orientaría su conducta de acuerdo a principios universales procedentes de su propia conciencia moral sin atender a posibles perjuicios que pudieran derivarse de ello. El 25 por 100 de la población se encontraría en este mismo nivel pero en una fase anterior, en la que la conducta se orienta de acuerdo a la legalidad, establecida, eso sí, mediante consenso democrático, que implica el espeto a los derechos de los demás y siempre está abierta a modificación.

 El resto de la población se encuentra en los dos niveles anteriores que Kohlberg denomina premoral y convenciones respectivamente. El más básico, el premoral, es el propio del niño, pero también hay muchos adultos que no van más allá de él. Es un nivel egocéntrico e interesado en el que todo se realiza o bien para obtener premio o bien para evitar el castigo. Castigo y premio determinan, pues, lo que está bien y lo que está mal. El nivel intermedio convencional es el que agrupa a la mayoría de la población. Lo ético aquí es lo establecido, por convención, por uso, por costumbre o por tradición. No hay nada que discutir: simplemente hay que hacer lo que “está mandado”, que es la única forma de mantener el orden social. Importa mucho en ello lo que diga la gente, el “qué dirán”.

 Kohlberg ejemplifica los tres niveles con un caso “históricamente acaecido”.Tres soldados reciben la orden de disparar contra civiles indefensos. El primero de ellos-que se encontraba en el nivel premoral- lo hizo para evitar el castigo que se le hubiera aplicado por desobediencia. El segundo-nivel convencional- lo hizo porque se lo había ordenado un superior y las órdenes han de cumplirse, fue su argumento. Un tercero se negó- nivel posconvencional kantiano- porque la orden le parecía injusta y no consideraba que debiera dispararse contra civiles indefensos, a pesar de tener presentes las graves consecuencias que podían derivarse de su desobediencia.

 Cabe preguntarse ahora si los resultados de Kohlberg refutan la doctrina kantiana. Al respecto hay que ser muy precisos. Una doctrina ética no versa sobre lo que es, sino sobre lo que debiera ser. Por tanto, su núcleo no puede verse afectado en modo alguno por ningún tipo de investigación experimental. Sin embargo, Kant realiza también afirmaciones susceptibles de ser contrastadas empíricamente: así, que la razón humana puede emplearse de forma universal en ética y hasta que un niño puede hacerlo, es una afirmación que es susceptible de contrastación con la experiencia. Kohlberg lo hizo, y los resultados “parecen” hablar en contra de Kant. Pero antes de fijarnos en “lo negativo” empecemos por los detalles positivos: con independencia de la cultura, cinco de cada cien personas son kantianas, es decir, se presentan en ello atisbos de la universalidad de la razón práctica defendida por Kant. El resto, lo que se encuentran en niveles anteriores, precisan ser “ilustrados”, diría Kant, que no era un ingenuo. Cuando dice que hasta un niño puede obrar según su ética, lo que quiere decir es,”con la condición de que se le eduque para ello” de modo que descubra esa razón universal práctica que lo habita.

 Digna de reflexión resulta la jerarquía que Kohlberg establece, sobre todo en el nivel más elevado: coloca en ella el estadio kantiano por encima del democrático. Se sobrentiende que para alcanzar una fase ha de haberse pasado antes por las anteriores, de modo que a Kant se llegaría en ética tras un período previo de concepción democrática, dialógica de la ética. Esto presenta sus sombras, contradicciones y aun riesgos. Enfrentada a la ética del diálogo, del consenso democrático, la moral de Kant aparece no ya como ilustración, sino como iluminismo: el ético kantiano se encuentra en posesión de la verdad, está dispuesto a obrar por deber aunque reviente el mundo. No habría nada sobre lo que discutir, entre otras cosas, porque todos deberíamos estar de acuerdo. Pero es un hecho que no lo estamos (¡sólo el 5 por 100 de la población kantiana!). Por eso hay que dialogar. El aparente escollo tal vez se salve diciendo que la ética de Kant es la mejor ética individual posible y la ética dialógica, consensuada, democrática, la mejor ética colectiva “provisional” posible, que se convertiría en inútil una vez que el kantismo se apoderara de todas nuestras razones prácticas.

 En fin, nos quedaremos con que las investigaciones de Kohlberg suponen una confirmación empírica más, si bien parcial, de la corrección de una de las doctrinas del profesor de Königsberg que más siguen dando que pensar a la gente.

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