SIMONE WEIL

 Si el ser humano es filósofo en la medida en que es racional, sería sumamente extraño que la Filosofía fuera sólo cosa de hombres y no, también, de mujeres. Por razones sociohistóricas conocidas, la mujer no ha accedido- salvo contadísimas excepciones- en pie de igualdad con el hombre al “mundo de Sofía”, ni como receptora no como productora del discurso filosófico.

 En el recién concluso siglo XX se produce un drástico cambio en este sentido y aparecen, por primera vez en la historia, un considerable número de filósofas con obra más apreciable, que gozan de un reconocimiento general. Entre ellas nos permitimos destacar a H. Arendt, S. Beauvoir, M. Zambrano y S. Weil.

 Simone Weil nació en París en 1909 y murió el 24 de agosto de 1943, con sólo 34 años, en Inglaterra. Estudió Filosofía en su ciudad natal, bajo la tutela del filósofo Alain (pseudónimo de Émile Chartier), que ejerció una influencia decisiva en su obra. Se licenció con una tesina titulada “Science et perception dans Descartes” (1929-1930). Ejerció como profesora de esta materia en diversas poblaciones francesas. Su compromiso político con el movimiento obrero de izquierdas, aunque no militó jamás en ningún partido,-ella procedía de una familia acomodada- y su interés filosófico por experimentar el sufrimiento, el mal en propia carne la hicieron abandonar la docencia e ingresar como una obrera más en diversas fábricas: en la empresa Alsthom de componentes eléctricos, en una fundición y como fresadora en la Renault. Las durísimas condiciones de trabajo la hicieron caer enferma a los seis meses. De este período procede su “Diario de la fábrica”: una especie de cuaderno de bitácora en el que Weil apunta, con todo lujo de detalles, sus duras experiencias. Al respecto escribirá: “el hombre más perfecto, el más auténticamente humano, es el que al mismo tiempo es trabajador manual y pensador”. Para Weil, pensamiento y acción deben ir unidos: el trabajo físico es una vía-más- de conocimiento de la realidad. En este sentido, comparará la relación del cuerpo humano y el intelecto con la que media entre el ciego y su bastón. Antes de abandonar la docencia, repartía su sueldo de profesora con la gente más necesitada. Para ella sólo reservaba la cantidad del subsidio de un parado y se negaba a hacer en invierno uso de la estufa, porque los obreros tampoco podían calentarse. Estas y otras hazañas similares le valieron los sobrenombres de “Virgen roja” o de “novia de la pobreza”.

 Con la misma voluntad de experimentar in situ el mal y los sufrimientos del mundo, de combatir como don Quijote, todas las injusticias de la tierra y de poner a prueba su pensamiento, se trasladó a España para participar en la Guerra Civil: lo hizo en el frente de Aragón, en la Columna Durruti, pero su estancia en la guerra sólo duró mes y medio por culpa de un desgraciado accidente: tropezó y se quemó con el aceite de una cocina de campaña. Sobre el sufrimiento humano anotará una de las cosas más profundas, bellas y escalofriantes que se hayan escrito jamás:”Sufrimiento: superioridad del hombre sobre Dios. Fue precisa la Encarnación para que esa superioridad no resultara escandalosa”. No en vano, está considerada como la mayor pensadora del amor y la desgracia del siglo XX. También participó en la Segunda Guerra Mundial, desde Inglaterra, donde colaboró con la resistencia francesa en tareas burocráticas, a pesar de que insistiría en trasladarse a Francia para colaborar más de cerca. La tuberculosis, agravada por negarse a comer en Inglaterra más de lo que pudieran comer los franceses en tiempos de ocupación y penuria, pondrían fin a sus días.

 De entre sus teorías, destacamos, por último, una muy ingeniosa que consiste en interpretar en clave moral las leyes de la Física. Weil afirma que el objeto de la ciencia debe ser el bien, pero el bien es un fenómeno raro en el universo, que está  regido por dos fuerzas opuestas: “Dos fuerzas reinan en el universo: luz y gravedad”. La luz es el símbolo del bien, la gravedad del mal: “Todo cuanto denominamos bajeza constituye una manifestación de la gravedad”. Como nada escapa a la fuerza de gravitación universal, todas las cosas-cuerpos- se ven afectados por ella, también “todos los movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad física”, lo omnipresente es el mal, la caída. “Si no existiera gravedad, el bien sería natural, y el mal sería fortuito; sorprendentemente, en virtud de la gravedad, es al revés”.Sólo la luz, el bien mismo, escapa a esta fuerza en la medida en que sus componentes, los fotones, no tienen masa. Pero ello implica que el bien esté emparentado con la carencia de cuerpo, con la carencia de masa, con el vacío, con la nada. No extrañará a nadie, en este contexto, la simpatía que experimentó Weil por ascetas y místicos.

La meta ideal de la filosofía sigue siendo puramente la concepción del mundo, que precisamente, en virtud de su esencia, no es ciencia. la ciencia no es nada más que un valor entre otros.

Autor: Edmund Husserl

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