GENIALES DESPISTES

 Isaac Newton encaja perfectamente en el conocido estereotipo del sabio distraído. Ya de adolescente se quedaba habitualmente sumido en sus cavilaciones y se cuenta que, en una ocasión, llegó a la cuadra de su granja familiar arrastrando la brida y el ronzal de un caballo que se le había zafado sin que él se diese cuenta.

 

 Pero es en Cambridge donde sus distracciones fueron antológicas. Se olvidaba de comer, se equivocaba de puertas, no pocas veces invitaba a algunos amigos a su habitación y éstos comprobaban con perplejidad cómo entraba en su estudio a buscar algo y no regresaba: se había quedado a resolver algún  problema.

 Vestía con frecuencia de forma desaliñada, sus camisas siempre estaban sucias y sus cabellos, sueltos y desarreglados. En sus habituales abstracciones se olvidaba de dormir, y llegó a pasar cuatro noches en vela.

 

 Otro hábito muy frecuente en él consistía en quedarse durante horas trazando líneas en la arena con un simple palito. Profesores y alumnos se acostumbraron a no pisarlas, rodeándolas para no borrar el misterioso significado de sus dibujos.

 Cuando Edmund Halley, en su famosa visita de 1684 a Cambridge, le preguntó por las órbitas de los cuerpos celestes, Newton le contestó que éstas serían elípticas. “¿Cómo lo sabe?”, le espetó Halley, muy sorprendido. “Las calculé hace algún tiempo”, contestó Newton sin inmutarse.”¿Y dónde están los cálculos?”, volvió a peguntar Halley.”Por ahí…”, concluyó el sabio. Para asombro de Halley, Newton no pudo encontrarlos y hubo de prometerle rehacer sus cálculos, promesa que cumplió escrupulosamente.

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