¿ES INNATA LA MORAL?

Imaginemos que nos encontramos en la siguiente situación: un vagón avanza desbocado por la vía del tren y va a atropellar a cinco trabajadores ferroviarios. Tú te encuentras junto al cambio de agujas y ves que el vagón sin conductor se acerca a toda velocidad. Si giras la aguja hacia la derecha puedes salvar en un segundo la vida de los cinco trabajadores. El único inconveniente es que, si el vagón gira a la derecha, atropellará a otro trabajador, pero solamente a uno. ¿Qué harías?

¡Alto! Antes de contestar debes plantearte una segunda pregunta. De nuevo nos las vemos con el vagón sin conductor, que vuelve a acercarse a toda velocidad hacia los cinco trabajadores. Pero esta vez no te encuentras en el cambio de agujas, sino en un puente que pasa sobre la vía. Buscas algo que poder lanzar a la vía del tren para detener el vagón. A tu lado se encuentra un hombre gordo. La barandilla del puente no es alta. Sólo tendrías que situarte detrás de ese hombre y empujarlo con fuerza. Su pesado cuerpo detendría el vagón y de este modo se salvarían los cinco trabajadores. ¿Lo harías?
Marc Hauser, un psicólogo de la universidad de Harvard, de Boston, ha planteado estas dos preguntas a más de 300.000 personas. Colgó su cuestionario en internet para que los internautas respondieran qué harían si se encontrasen en las dos situaciones descritas. Hauser utilizó el mismo cuestionario en Estados Unidos y China, e incluso planteó las preguntas a individuos de pueblos nómadas. Preguntó a niños y adultos, ateos y creyentes, mujeres y hombres, trabajadores y universitarios. El sorprendentes resultado fue el siguiente: las respuestas eran casi siempre las mismas, con independencia de la religión, edad, sexo, formación y país de procedencia de los sujetos de prueba.
¿Cuáles fueron las respuestas?

 Pregunta 1: casi todas las personas encuestadas girarían la aguja; sacrificarían una vida para salvar otras cinco.

 Pregunta 2: sólo una de cada seis personas empujaría al hombre del puente para salvar la vida de los cinco trabajadores; la gran mayoría no lo hara.

 ¿No es un resultado curioso? Tanto si giro la aguja como si empujo al hombre, ¡el resultado es el mismo! Un hombre muíerte y de este modo otros cinco se salvan. Desde el punto de vista del balance de los muertos y los supervivientes, no hay ninguna diferencia, y, sin embargo, parece que sí hay una. Es obvio que no es lo mismo asumir la muerte de una persona que provocar personalmente esa muerte. Desde el punto de vista psicológico, supone una diferencia considerable el hecho de que mi responsabilidad en la muerte de un ser humano sea activa o pasiva. En el primer caso tengo la sensación de cometer un asesinato, aun cuando ello sirva para salvar la vida de otras personas; en el segundo, se trata más bien del sentimiento de manipular el destino. En nuestro sentimiento, la acción activa y la omisión pasiva están separadas por un abismo. Y no deja de ser revelador que los códigos penales de casi todos los países distingan con mucha precisión entre los delitos por acción y por omisión.
Desde el punto de vista moral, la acción activa es considerada algo distintos de, por ejemplo, dar una orden o una instrucción. Los soldados que lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki jamás lo acabaron de digerir anímicamente; sus superiores jerárquicos, hasta el presidente Truman, que fue quien tomó la decisión de lanzar las dos bombas atómicas, tuvieron menos problemas de conciencia. Distinguimos entre los daños intencionados y los previstos, del mismo modo en que diferenciamos entre las acciones directas y las indirectas, Y la mayoría de las persona considera que el daño causado de forma directa es más reprobable que el que se ocasiona sin ningún contacto. Resulta más fácil apretar un botón para matar a alguien que clavarle un cuchillo en el corazón. Cuanto más abstracta sea una acción brutal, tanto más fácil parece cometerla.
M. Hauser, no obstante, todavía saca más conclusiones de su cuestionario. Que la mayoría de los seres humanos, al enfrentarse a una misma situación, la enjuicien moralmente de un modo muy parecido y actúen de igual forma ¿no es una prueba de que en cada uno de nosotros existe un sustrato moral general que atraviesa las distintas culturas? ¿No disponemos todos del mismo reglamento? ¿No nos ceñimos todos en cierto modo a los mismos principios como: “¡Sé justo!”, “¡No hagas daño a nadie!” o “¡Actúa de forma pacífica!”? Hauser está convencido de que en el interior de cada uno de nosotros existen reglas morales. Puesto que normalmente los seres humanos no somos conscientes de estas reglas, éstas no pueden transmitirse por la educación, sino que deben estar programadas en nuestros genes y son interiorizadas durante los primeros años de vida. Hauser supone que adquirimos el sentido moral de una forma parecida a como adquirimos el lenguaje. Como Noam Chomsky ha demostrado, en el cerebro existe una gramática universal a partir de la cual cada niño desarrolla su lengua materna en virtud de la influencia del medio. La primera lengua no la aprendemos, sino que la adquirimos, del mismo modo en que crecen nuestros brazos. Según Hauser, en lo que se refiere a la moral sucede algo parecido: existe una especie de gramática profunda que nos ayuda a apropiarnos de forma estructurada de la moral de cada medio social. Según esta teoría, cada ser humano nace con un sentido para el bien y el mal, con un “instinto moral”. No sólo aprendemos las buenas costumbres y la decencia gracias a las enseñanzas de las religiones y los sistemas jurídicos, de los padres y los maestros, sino que ya hemos nacido con un sentido para estas cosas. Este sentido es el que nos permite determinar, sin que nos tengamos que romper la cabeza, si una acción es buena o mala. Incluso un delincuente, en su fuero interno, casi siempre sabe muy bien lo que es moralmente correcto e incorrecto.
¿Está Hauser en lo cierto? ¿Han encontrado los psicólogos con sus pruebas la clave de la moral instintiva, esa moral que escapa a los filósofos con sus imperativos y leyes abstractas y a los neurólogos con sus escáneres de resonancia magnética? Kant despreciaba los sentimientos, pues aspiraba a instaurar una moral que funcionara sin ellos. Los sentimientos, razonaba el filósofos, no son una buena compañía para la razón, ya que enturbian nuestro juicio moral, lejos de hacerlo posible. La teoría de los sentimientos morales de Hauser afirma lo contrario. Las emociones, según éste, no son necesariamente instintos inferiores, sino que también conducen a sentimientos nobles. Para estar del todo seguro de que en cada persona sana y normal existe ese sentido moral, Hauser recurrió a la ayuda de Antonio Damasio con quien examinó a pacientes con lesiones en la región ventromedial del lóbulo frontal, es decir, a personas que presentaban lesiones parecidas a las de Phineas Gage. También a estas personas se les plantearon los dilemas del ejemplo del vagón de tren descontrolado, y el resultado fue claro e inequívoco. Como la mayoría de las personas sanas, los pacientes lesionados afirmaron que moverían la palanca para salvar a los cinco trabajadores, pero, a diferencia de ellas, los sociópatas con el síntoma de Phineas Gage también se mostraron dispuestos, sin ningún asomo de duda, a empujar al hombre gordo del puente. Mientras que las otras personas se sentían reprimidas por un instinto moral intuitivo, estos pacientes, que al parecer carecían de sentimiento moral, enjuiciaban la situación únicamente con la razón.
Si confiamos en esta prueba, hay que concluir que el sentido moral intuitivo se encuentra en el lóbulo frontal humano. En este lóbulo, que está escondido en la región ventromedial, se hallaría la gramática universal innata de la moral. No obstante, antes de suscribir este extremo, debemos plantear unas cuantas objeciones importantes. En primer lugar, la primera pregunta de la prueba plantea una situación clara e inequívoca, mientras que en la segunda pregunta no ocurre lo mismo. Imaginemos de nuevo que nos hallamos en el puente junto al hombre gordo que debemos empujar para detener el vagón. Si el hombre nos da la espalda, empujarlo nos parece relativamente fácil, pero si nos mira a la cara, nos resultará mucho más difícil. ¿Eses hombre nos es antipático? Bien, entonces no nos costará empujarlo. ¿Es simpático y agradable, nos muestra una sonrisa amable? En tal caso, seguramente no lo empujaremos. Aunque nada de eso contradice la teoría de Hauser sobre el instinto moral, sin duda la vuelve más compleja, pues nuestros sentimientos personales de simpatía y antipatía afectan a nuestra moral intuitiva.
Sobre el ejemplo del cambio de agujas puede decirse lo mismo. Cinco de cada seis encuestados afirmaron que dejarían que un trabajador fuera atropellado para salvar a otros cinco. Hasta aquí, todo bien. Pero ¿qué ocurriría si uno conoce al trabajador que debe sacrificar, si es un buen amigo suyo? ¿También moverá entonces la palanca? ¿Qué ocurriría si en la otra vía no estuviera un trabajador, sino la madre de uno, su hermano, hijo o hija? ¿Quién movería en tal caso la palanca? ¿Quién giraría la aguja si tuviera que elegir entre cinco trabajadores adultos por un lado y un niño que estuviera jugando en el otro lado? En el otro ejemplo, seguramente muchos estudiantes empujarían puente abajo a su odiado profesor de matemáticas para salvar la vida de los trabajadores ferroviarios.
En el segundo caso todavía intervienen otros aspectos que no tienen nada que ver con los instintos. Y es que, si empujo al hombre gordo, ¿quién me asegura que va a caer en la vía? Y, si efectivamente cae en la vía, ¿puedo estar seguro de que va a detener el tren? ¿Qué pasaría si no fuera así? En tal caso, no sólo morirían los cinco trabajadores, sino que además yo habría cometido un asesinato. ¿Quién creería que lo hice con buena intención? Todas estas preguntas son importantes para mi actuación; y no son el resultado de largas meditaciones, sino que cruzan mi mente a la velocidad del rayo. Son algo así como reflejos sociales y culturales que se han formado por la experiencia de la vida.
La disposición genética y el saber cultural no se pueden distinguir tan fácilmente, pues ambas, cosas interactúan de forma inseparable. El hecho de que miembros de distintas culturas respondan igual a los dilemas planteados por el experimento de Hauser no demuestra necesariamente que las ideas morales sean congénitas. También podría ser que las ideas morales se hayan desarrollado de forma muy parecida en las diversas culturas porque en todas partes hayan resultado ser buenas o, cuando menos, ventajosas. No sólo no se puede determinar si las ideas morales son “innatas” o “adquiridas”, sino que no se puede diferenciar claramente entre lo innato y lo adquirido. Por ejemplo, muchos niños y adolescentes que habían sido educados en la época de Hitler, una vez convertidos en miembros de la SS no tuvieron ningún escrúpulo a la hora de matar a otras personas, incluidas mujeres indefensas y niños pequeños. Al igual que sucede con el aprendizaje del lenguaje, al nacer no poseemos los sentimientos morales de forma completa y acabada. No venimos al mundo equipados con valores, sino sólo con un plan educativo que estipula qué informaciones podemos recibir y con algunas condiciones previas que determinan cómo podremos organizar esas informaciones.
La diversidad de las ideas morales muestra de cuán distintas maneras puede emplearse esta facultad moral. El derecho de propiedad, la moral sexual, los preceptos religiosos y los modales han presentado y presentan formas tan diversas que se hace difícil decir qué es típicamente “humano”. También en nuestra sociedad coexisten muchos matices: la moral cotidiana, la moral de convicción, la moral de responsabilidad, la moral de clase, la moral de contrato, la moral maximalista y minimalista, la moral inicial, la moral de control, la moral masculina y femenina, la moral de empresa, la moral para directivos, para feministas y para teólogos. Cada vez que la sociedad reconoce que tiene un nuevo problema, el próximo correo trae una nueva moral. No obstante, todas las morales nuevas se basan en los mismos valores de siempre: apelan a la conciencia, claman responsabilidad, exigen más igualdad, democracia y fraternidad entre hombres y mujeres.
Quien piensa de forma moral separa el mundo en dos ámbitos: el de lo que aprueba y el de lo que desaprueba. Durante más de dos milenios los filósofos no han escatimado esfuerzos por encontrar pruebas irrefutables que cimentaran definitivamente estos criterios de aprobación y desaprobación. El resultado de este proceso da que pensar: por un lado, la influencia filosófica de siglos creó un sistema moral moderno que se plasmó en el sistema jurídico burgués; por otro, esta construcción (al menos en Alemania) fue tan frágil que durante el nacionalsocialismo se pudo suprimir de un plumazo sin provocar grandes protestas morales. Según todas las apariencias, el progreso moral en una sociedad se produce, más que por la razón, mediante la sensibilización de amplios sectores de la población respecto a ciertos problemas. El motor de los progresos sociales es el afecto. O, tal como lo ha formulado el filósofo norteamericano R. Rorty: “El progreso moral no [...] depende de que la gente se eleve por encima de los sentimientos y llegue a la razón. Asimismo tampoco se basa en que la gente, en lugar de seguir remitiéndose a instancias provinciales viles y corruptas, apele a un tribunal superior de justicia que dicte sentencia conforme a una ley moral ahistórica, desligada de todo lugar y de toda frontera cultural”.
Podemos, entonces, extraer la siguiente conclusión: el hombre es un animal capacitado para obrar moralmente. La facultad moral es innata, pero resulta difícil determinar en qué medida lo es. El cerebro de los primates ofrece la posibilidad de ponerse en el lugar de los otros, como también ofrece recompensas (neuroquímicas) para las “buenas” acciones. La conducta ética, compuesta de sentimientos y de reflexiones, es un fenómeno de altruismo complejo. Aunque le pese a Kant, lo existe ninguna “ley moral” en el ser humano que lo obligue a ser bueno. Si se ha llegado a formar la conducta moral, ha sido porque a menudo ha demostrado ser ventajosa para el individuo y para el grupo. El grado en que cada individuo obre moralmente depende en gran medida de la propia dignidad, y ésta a su vez depende de la educación que cada cual haya recibido.
(Precht. R. D. ¿Quién soy yo...y cuántos? Editorial Ariel. Barcelona. 2015)

Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.

Buda (563 AC-486 AC) Fundador del budismo.

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